Resumen de El Camino de la Servidumbre

Por Friedrich A.Hayek Friedrich A. Hayek

Introducción a la edición sintetizada.

El Camino de la Servidumbre fue un libro que no encontró difusión ni popularidad en Occidente tras su aparición en 1944. El ambiente ideológico imperante le era francamente hostil: era el mismo que existía en Cuba en la época pre revolucionaria. El mismo que no pudo ofrecer prácticamente ninguna resistencia a que Fidel Castro llegara al poder e instituyera el comunismo en Cuba. ¿Qué ambiente era ese? ¿Cuál se pensaba entonces que era el camino del progreso y el desarrollo? Pero ¿qué decía la experiencia histórica sobre el mismo? Ese es el tema de este libro.

Es un texto agudo, profético, uno de las grandes producciones liberales del siglo XX. Estoy seguro de que si hubiera sido popular entre nosotros antes del triunfo de la revolución, Fidel Castro no hubiera haber podido hacer lo que hizo. No sólo eso. Si conseguimos hacerlo popular entre nuestros intelectuales, aun ahora, pudiéramos ahorrarnos grandes frustraciones en el futuro.

El Camino de la Servidumbre es un libro de poco más de 200 páginas. La síntesis de una obra tan densa, y tan rica, no es tarea fácil. Hice una amplia utilización de las negritas para tratar de compensar con ese énfasis la eliminación de ciertas reiteraciones. Igualmente, en unos pocos casos, he simplificado un tanto la redacción para ganar en claridad expositiva. No pude resistir la tentación de hacerle algunos comentarios al texto, que aparecen numerados al pie de cada capítulo y que, por supuesto, sólo representan mis opiniones personales. Sólo espero que este trabajo despierte en los lectores el interés por leer el insustituible original, tan poco conocido entre nosotros.

Adolfo Rivero Caro

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RESUMEN DE “EL CAMINO DE LA SERVIDUMBRE

Introducción

Los estudiantes de la historia de las ideas difícilmente puedan dejar de apreciar algo más que una similitud superficial entre la tendencia del pensamiento alemán después de la I Guerra Mundial y la tendencia del pensamiento actual en las democracias occidentales. Hasta hace muy poco tiempo, las políticas socialistas de los gobiernos alemanes eran consideradas como un modelo para los “progresistas”, de la misma forma en que han sido consideradas las de Suecia más recientemente. Pocos han tenido el coraje de reconocer que el ascenso del fascismo y del nazismo no ha sido una reacción contra el socialismo anterior sino precisamente su consecuencia, y que los conflictos entre la “derecha” del nacionalsocialismo y la “izquierda” comunista no han sido sino luchas entre fracciones socialistas rivales.

Actualmente (1944) existe entre las democracias occidentales la misma determinación, típica de Alemania después de la I Guerra Mundial, de preservar el tipo de organización nacional en la paz que había servido para los fines de la guerra. Hay el mismo menosprecio por el liberalismo del siglo XIX, el mismo espurio “realismo” e incluso el mismo cinismo y la misma aceptación fatalista de las “tendencias inevitables” de la economía. Tal parece como si existiera un rechazo a aprender de las lecciones de la historia.

A través de todo el libro utilizo el término “liberal” en el sentido original del siglo XIX que todavía es habitual en Inglaterra. Sin embargo, con frecuencia su uso habitual en Estados Unidos viene a significar casi exactamente lo contrario. Ha sido parte del camuflaje del movimiento izquierdista de ese país, ayudado por la confusión de muchos que realmente creen en la libertad, que “liberal” haya venido a significa la defensa de casi todo tipo de control gubernamental. Todavía me resulta enigmático por qué los que verdaderamente creen en la libertad en Estados Unidos no sólo permitieron que se apoderara de este término, prácticamente indispensable, sino que casi la ayudaron al comenzar ellos mismos a utilizarlo como término de oprobio. Esto parece particularmente lamentable dado la consiguiente tendencia de los verdaderos liberales a describirse a si mismos como conservadores.

Es cierto, por supuesto, algunas veces, en la lucha contra los que creen en el estado todopoderoso, los verdaderos liberales tienen que hacer causa común con los conservadores y, en algunas circunstancias, como en la Gran Bretaña contemporánea, difícilmente tengan otra forma de trabajar activamente por sus ideales. Pero el verdadero liberalismo sigue siendo muy distinto del conservadurismo, y el conservadurismo, aunque un elemento necesario en cualquier sociedad estable, no es un programa social; en sus tendencias paternalistas, nacionalistas y adoradoras del poder frecuentemente está más cerca del socialismo que el verdadero liberalismo; y con sus propensiones tradicionalistas, anti-intelectuales y frecuentemente místicas, nunca, excepto en cortos períodos de desilusión, resultará atractivo para los jóvenes y para todos los que creen que algunos cambios son deseables si este mundo ha de convertirse en un lugar mejor. Un movimiento conservador, por su propia naturaleza, está obligado a defender los privilegios establecidos y apoyarse en el poder del gobierno para la protección de esos privilegios. Sin embargo, lo esencial de la posición liberal es la negación de todo privilegio, si por privilegio se entiende, en su sentido propio y original, un estado que garantiza y protege derechos disponibles para algunos y no para otros (1).

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(1) La sociedad norteamericana contemporánea se ha alejado enormemente del ideal liberal. La izquierda americana, que se siguen llamando “liberal” dentro del Partido Demócrata, está integrada por los modernos herederos del utopismo comunista. Consideran al estado como el instrumento idóneo para resolver todos los problemas de la sociedad. Han construido un enorme estado de beneficencia social (welfare state) y luchan por proteger privilegios, como la acción afirmativa, para determinados grupos como negros y mujeres, homosexuales, inválidos, viejos, veteranos y muchos otros. Y, a través del llamado “multiculturalismo” están impulsando la balcanización del país.

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Capítulo I

El Camino Abandonado

Desde por lo menos 25 años antes de que el espectro del totalitarismo se convirtiera en una amenaza real, nos hemos estado alejando de las ideas básicas que han servido de fundamento a la civilización occidental. Hemos ido renunciando progresivamente a la libertad en los asuntos económicos. Sin embargo, sin esa libertad en los asuntos económicos, la libertad política y personal nunca ha existido en el pasado. Aunque hemos sido advertidos por los más grandes pensadores políticos del siglo XIX como De Tocqueville y Lord Acton, de que el socialismo significa esclavitud, nos hemos estado moviendo precisamente en la dirección del socialismo.

Nos hemos estado alejando rápidamente no sólo de las ideas de Adam Smith y Hume, sino de las de Locke y Milton, y hasta de las características básicas de la civilización occidental establecidas por el cristianismo y la filosofía de los griegos y los romanos. Se ha estado abandonando progresivamente el individualismo básico de Erasmo y Montaigne, de Cicerón y Tácito, de Pericles y Tucídides. El individualismo se ha convertido en una mala palabra, y se ha querido hacer sinónimo de mezquindad y de egoísmo. Esto es completamente erróneo. El individualismo es el opuesto del socialismo, el fascismo y las demás formas de colectivismo. Los rasgos esenciales del individualismo se han derivado de elementos cristianos y de la filosofía de la antigüedad clásica que se cristalizaron por primera vez en el Renacimiento, y que se siguieron desarrollando en lo que conocemos hoy como la civilización occidental (2).

La progresiva transformación de un rígido sistema jerárquico e otro sistema en donde los hombres pudieran intentar escoger su propio camino y donde hubiera la posibilidad de escoger entre diversas formas de vida, se encuentra íntimamente relacionado con el desarrollo del comercio. Una nueva perspectiva de la vida fue extendiéndose junto con el comercio desde las ciudades comerciales del norte de Italia hacia el norte y el oeste, a través de Francia y del suroeste de Alemania hasta Holanda y las islas británicas, echando profundas raíces dondequiera que no hubiera algún despotismo que pudiera asfixiarla.

Fue en Holanda y en Inglaterra donde el comercio pudo desarrollarse mejor y convertirse en el fundamento de la vida política y social de esos países. Y fue de ahí que, a fines de los siglos XVII y XVIII comenzó de nuevo a extenderse, en una forma más desarrollada, hacia el este y el oeste, hacia el Nuevo Mundo y el centro de Europa, donde la opresión política y guerras devastadoras habían asfixiado los tempranos inicios de un desarrollo similar.

Durante todo este período moderno de la historia de Europa, la dirección general del desarrollo social había sido hacia la

liberación del individuo de las tradiciones culturales que lo mantenían limitado en sus actividades ordinarias. La consciencia de que los esfuerzos espontáneos de los individuos eran capaces de producir un orden complejo de actividades económicas, como era el mercado, sólo pudo producirse después que ese desarrollo hubo hecho algún progreso. La subsiguiente elaboración de una argumentación coherente a favor de la libertad económica fue el resultado del libre crecimiento de esa actividad económica que, a su vez, había sido el resultado, espontáneo e imprevisto, de la libertad política.

Quizás si el mayor resultado del desencadenamiento de las energías individuales fue el maravilloso crecimiento de la ciencia que siguió la marcha de la libertad individual de Italia a Inglaterra, y más allá. Por supuesto que en otras épocas la capacidad de invención no había sido menor. Sin embargo, en otras épocas, los intentos de extender el uso de las invenciones mecánicas había sido rápidamente suprimido y el anhelo de cocimiento había sido sofocado. La concepción dominante en la mayoría se utilizaba como justificación para rechazar al innovador individual. Sólo desde que libertad industrial abrió el camino para explorar nuevos conocimientos, sólo cuando todo pudo ensayarse -si se podía encontrar a alguien que lo respaldara a su propio riesgo- fue que la ciencia comenzó a avanzar con pasos de gigante.

Lo que el siglo XIX añadió al individualismo del período precedente fue la consciencia de la libertad, el desarrollo sistemático de lo que había ido creciendo de manera espontánea, y extender esas ideas de Inglaterra y Holanda al resto de Europa.

Los resultados de este crecimiento superaron todas las expectativas. Dondequiera que se eliminaron las barreras al libre ejercicio del ingenio humano, el hombre pudo satisfacer un diapasón cada vez más amplio de sus necesidades (3). Y aunque el aumento del nivel de vida llevó a descubrir rápidamente aspectos tenebrosos de la sociedad, aspectos que la gente ya no estaba dispuesta a tolerar, el progreso llegó a todos los estratos de la sociedad. Lógicamente, el éxito desarrolló la ambición. Pronto, lo que había sido una deslumbradora promesa dejó de parecer suficiente. Se percibió el ritmo del progreso como muy lento, y los mismos principios que habían hecho posible ese progreso comenzaron a percibirse como obstáculos para un progreso todavía más rápido.

Los principios básicos del liberalismo no se oponen en lo más mínimo al cambio. El principio fundamental del liberalismo: que para el ordenamiento de nuestros asuntos debemos hacer tanto uso como sea posible de las fuerzas espontáneas de la sociedad, y recurrir tan poco como sea posible a la coerción, es capaz de infinitas variaciones. Y, por supuesto, también ha progresado nuestra comprensión de las fuerzas sociales y de las condiciones más favorables para que esos principios funcionen de la mejor manera posible. (pág. 18)

En realidad, la pérdida de popularidad del liberalismo se explica, en cierta medida, por su propio éxito. Ha venido a ser considerado un credo “negativo” porque no puede ofrecerle a los individuos otra cosa que una participación en el progreso general. Sin embargo, ya no se reconoce que ese progreso ha sido precisamente el resultado de la política liberal de libertad. Todo lo contrario, los hombres se han acostumbrado tanto a su nueva prosperidad que ahora las desigualdades les parecen insoportables e injustificadas. Ahora, la gran pregunta no es por qué algunos llegan a la riqueza, sino por qué no todos somos ricos.

En este cambio de perspectiva ha jugado un papel decisivo la transferencia acrítica al terreno social de los hábitos intelectuales engendrados por los hábitos del ingeniero. Desde hace tiempo se pretende desplazar los anónimos e impersonales mecanismos del mercado por la dirección “consciente” de todas las fuerza sociales para poder alcanzar objetivos deliberadamente escogidos. En este proceso, ha sido muy importante que Inglaterra haya perdido su hegemonía cultural alrededor de 1870 y que ésta fuera pasando a Alemania. Hegel, List, Marx, Sombart y Mannheim se convirtieron e los pensadores más influyentes del mundo interpretando las ideas liberales como simples racionalizaciones de intereses egoístas.

2) Actualmente, la arremetida contra la civilización occidental en Estados Unidos es directa. Bajo las banderas del llamado multiculturalismo, en numerosas universidades se han abandonado o rebajado drásticamente los tradicionales estudios sobre civilización occidental. Recientemente, la Universidad de Yale rechazó una donación de $20 millones (!) simplemente porque el donante quería que se invirtieran en el fortalecimiento de esos estudios tradicionales. Los multiculturalistas consideran que esos estudios son eurocéntricos (es decir, de interés sólo para descendientes de europeos y no de los mexicanos, chinos, vietnamitas, etc., que viven en Estados Unidos), racistas (de interés sólo para blancos) machistas (de interés sólo para varones) y homófobos (saturados de un temor patológico a los homosexuales). Y esto se ha convertido, en el decursar de las últimas tres décadas, en la ideología dominante en los medios académicos y de comunicación en Estados Unidos. No es extraño que los disidentes cubanos hayan encontrado tan poco apoyo en ellos. Quizás resida aquí una de las claves ocultas de la supervivencia del régimen de Fidel Castro.

(3) Las consecuencias para la especie humana fueron incalculables. La población de Europa, la más adelantada del planeta, se había mantenido estática durante siglos. Pero, a partir del siglo XVIII, su crecimiento comenzó a acelerarse. Creció de 140 millones en 1750 a 187 millones en 1800, a 266 millones en 1850. Pero este crecimiento no se limitó a los países europeos sino que se extendió al mundo entero. La población de Asia, por ejemplo, creció en 300 millones en este mismo tiempo. La explosión demográfica, la mejor demostración de la efectividad del capitalismo, ha seguido incontenible hasta el día de hoy. Y, a pesar de todo, el crecimiento de la productividad del trabajo siempre se ha mantenido siempre por delante del crecimiento demográfico.

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Capítulo II

La Gran Utopía

El extraordinario que el socialismo haya desplazado al liberalismo como la doctrina “progresista” de nuestro tiempo. Es extraordinario teniendo en cuenta que el socialismo fue reconocido tempranamente como una peligrosa amenaza para la libertad. No sólo eso. El socialismo comenzó como una reacción abierta contra el liberalismo de la Revolución Francesa. Ahora casi nadie recuerda que, en sus orígenes, el socialismo era francamente autoritario. Los escritores franceses que pusieron las bases del socialismo moderno no tenían la menor duda de que sus ideas sólo podían ser puestas en práctica mediante un gobierno dictatorial.

Sólo bajo la influencia de las fuertes corrientes democráticas que precedieron la revolución de 1848 comenzó el socialismo a aliarse con las fuerzas de la libertad. Nadie vio esto más claramente que Tocqueville.

“La democracia extiende la esfera de la libertad individual” dijo Tocqueville en 1848, “el socialismo la restringe. La democracia le da todo el valor posible a cada hombre; el socialismo hace de cada hombre un simple agente, un número. La democracia y el socialismo no tienen nada en común sino una palabra: igualdad. Pero observen la diferencia: mientras la democracia busca la igualdad en la libertad, el socialismo busca la igualdad en la restricción y la servidumbre”.

Para acallar esas sospechas y convertir el poderoso anhelo de libertad en un aliado, el socialismo comenzó a hacer, cada vez más, promesas de una “nueva libertad”. Era la libertad económica sin la que, supuestamente, la libertad política “carecía de significado”. Sólo el socialismo era capaz de hacer culminar la vieja lucha por la libertad humana, en la que la libertad política no era sino el primer paso. Por supuesto, hubo que cambiar el significado de la palabra “libertad” para hacer plausible este argumento. Para los creadores del concepto de la libertad política, ésta había sido siempre la libertad de la coerción, la libertad del poder arbitrario de otros hombres. Pero la “nueva” libertad era la eliminación de las circunstancias que limitan nuestras opciones. En este sentido, sólo venía a ser un sinónimo de poder o riqueza.

La promesa era que las disparidades en las opciones de la gente iban a desaparecer. La demanda de la nueva libertad no era sino otro nombre para la vieja demanda de la distribución igualitaria de la riqueza. Esta promesa llevó a muchos liberales por el camino socialista, cegándolos al ineludible conflicto que existe entre socialismo y liberalismo. Engañados, abrazaron al socialismo como si fuera el legítimo heredero de la tradición liberal.

Resulta particularmente significativa, y digna de observar, la relación entre fascismo y comunismo, y la facilidad con que se hace el tránsito de una ideología a la otra. Es verdad que ambas ideología compitieron en los años 30, pero ambas representan la misma ideología colectivista y antiliberal y compitieron por el mismo tipo de mentalidad (3). Sin embargo, ninguna de las dos podían convencer a los liberales de viejo tipo. El socialismo democrático ha sido la gran utopía de las últimas generaciones. Es una idea inalcanzable, y luchar por ella provoca efectos tan radicalmente opuestos a los que se persiguen que cuesta trabajo aceptar su necesaria vinculación.

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(4) Son muy significativos los elementos fascistas en la ideología multiculturalista de los liberales contemporáneos, con su nihilismo básico.

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Capítulo III

Individualismo y Colectivismo

Es imprescindible tener en cuenta que el socialismo no sólo significa un objetivo de mayor igualdad y seguridad sino también un método: la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, y la creación de un sistema de “economía planificada” en la que un organismo de planificación central sustituye a los empresarios que trabajan por una ganancia (5).

Es necesario subrayar que la discusión sobre el socialismo no puede limitarse a los fines sino que también tiene que comprender los medios que hacen falta para conseguir esos fines. Porque el problema es que los métodos para conseguir una distribución igualitaria siempre son iguales, lo mismo sirvan para beneficiar a una raza superior que a los miembros de una aristocracia.

La discusión entre los modernos planificadores y sus oponentes gira en torno a cuál es la mejor forma de conseguir nuestros objetivos. Lo que se discute es si una utilización racional de los recursos exige una dirección centralizada o si es mejor limitarse a crear las condiciones para que sean los individuos los que puedan planificar de la mejor manera posible.

El pensamiento liberal no es defensor de ningún status quo. Considera sencillamente que la mejor manera de coordinar los esfuerzos humanos es mediante la competencia. Pero para que la competencia pueda funcionar exitosamente hay que crear un marco legal bien reflexionado. La competencia es el único método mediante el que podemos coordinar nuestras actividades sin la intervención arbitraria de alguna autoridad. Por supuesto, el mantenimiento de la competencia es perfectamente compatible con la prohibición de usar substancias tóxicas, la limitación de las horas de trabajo o la exigencia de ciertas condiciones sanitarias. En ese sentido, el único problema es determinar si las ventajas que se consiguen son mayores que los costos sociales que imponen.

Obviamente, el funcionamiento de la competencia requiere, y depende, de condiciones que nunca pueden ser totalmente garantizadas por la empresa privada. La intervención estatal siempre es necesaria pero la planificación y la competencia sólo pueden combinarse cuando se planifica para la competencia, no en contra de ella.

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(5) En el mundo posterior a la Guerra Fría, habría que redefinir la política económica colectivista. Fracasados sus dogmastradicionales básicos (su desprecio por el mercado, su pasión por la estatización o nacionalización de las empresas) ahora parece caracterizarse por la enorme cantidad de regulaciones burocráticas con que el gobierno central abruma a la empresa privada (que en EEUU incluyen la acción afirmativa) así como por la excesiva carga tributaria necesaria para mantener su inmenso aparato burocrático de beneficencia social.

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Capítulo IV

La “inevitabilidad” de la planificación

Se habla mucho de que la planificaciones es inevitable. Se dice que los cambios tecnológicos han hecho imposible la competencia en toda una serie de campos, y que la única opción que nos queda es el control de la producción o bien por los monopolios privados o bien por el gobierno. En gran medida, esta tesis se deriva de la doctrina marxista de la “concentración de la industria”.

La supuesta causa tecnológica del crecimiento de los monopolios es la superioridad de la empresa grande sobre la pequeña, debido a la superior eficiencia de los métodos modernos de producción en masa. Sin embargo, la superioridad de la gran empresa no ha sido demostrada nunca. Frecuentemente, los monopolios son producto de otros factores como los acuerdos secretos o una deliberada política gubernamental. No constituyen ninguna tendencia “necesaria” del capitalismo. Si así fuera, hubieran aparecido primero en los países de capitalismo más desarrollado. Pero no fue así. Los monopolios aparecieron primero en Estados Unidos y Alemania, países de capitalismo joven. El crecimiento de los monopolios y carteles en Alemania desde 1878, fue una política deliberada del gobierno alemán. Fue el primer gran experimento en “planificación científica” y “organización consciente de la industria”. El supuesto “inevitable” desarrollo del capitalismo en “capitalismo monopolista” fue simplemente una idea popularizada por teóricos alemanes, particularmente Sombart. Cuando EEUU siguió una política altamente proteccionista a principios del siglo XX, esto pareció confirmar sus generalizaciones.

La afirmación de que la complejidad de la civilización industrial moderna hace necesaria la planificación central revela una falta de comprensión sobre la verdadera función de la competencia. Lejos de sólo ser apropiada para condiciones relativamente simples, es la misma complejidad de la división del trabajo en las condiciones modernas es lo que hace de la competencia el único método eficiente para poder conseguir esa coordinación. Es precisamente cuando los factores a tomar en cuenta son tan numerosos que es imposible conseguir una visión de conjunto sobre los mismos, cuando la descentralización se hace verdaderamente imprescindible.

En efecto, el mercado en un sistema que registra automáticamente todos los actos individuales relevantes y permite a los empresarios ajustar sus actividades a las de los demás con sólo observar el comportamiento de unos cuantos precios. Los esfuerzos individuales se coordinan así mediante un mecanismo impersonal que trasmite la información relevante.

Una de las razones que explican que haya tantos expertos que apoyen la planificación centralizada estriba en que los ideales técnicos que cada uno persigue pudieran ser alcanzados, si sólo cada uno de ellos pudiera convertirse en el único objetivo único a conseguir. Una de las razones que alimenta la rebelión de los especialistas contra el sistema es, precisamente, que sus ideales son inalcanzables. Lo que les resulta difícil de comprender a los especialistas es que cada uno de esos objetivos sólo puede ser alcanzado mediante el sacrificio de los demás (6). Lo que agrava la dificultad de la tarea es que hay que balancear lo que nos importa mucho con otros factores en los que estamos mucho menos interesados.

El movimiento a favor de la planificación deriva mucho de su fuerza de reunir a todos los idealistas unidireccionales, a todos los hombres y mujeres dedicados a la persecución de un solo ideal. Pero su devoción a la planificación no es el resultado de una amplia visión de la sociedad sino, todo lo contrario, de una exagerada valoración de sus estrechos intereses. Probablemente sean los más peligrosos para poner al frente de la sociedad porque del idealista unidireccional al fanático no suele haber más que un paso.

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(6) Un caso que viene a la mente es el de los ambientalistas o “verdes” contemporáneos, cuyos grupos extremistas aspiran a eliminar… ¡el crecimiento económico!

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Capítulo V

Planificación y democracia

El rasgo común de todos los sistemas colectivistas es la deliberada organización de toda la actividad de los individuos en función de un objetivo social definido, rechazando cualquier área donde los intereses individuales sean lo más importante. Ahora bien, el bienestar de millones no puede ser medido en una sola escala, depende de muchas cosas que sólo pueden conseguirse mediante una infinita variedad de combinaciones. Es por eso que ese bienestar de millones no puede ser expresado mediante un objetivo único sino gracias a una gran jerarquía de objetivos en las que las necesidades de cada persona ocupan un cierto lugar. Pretender dirigir nuestras actividades mediante un plan único significaría poder darle a cada una de nuestras necesidades un lugar en un orden de valores entre los que el planificador tendría que poder escoger. Pero eso es simplemente imposible. ¿Cómo decidir, por ejemplo, dónde ubicar recursos necesariamente limitados? ¿En un nuevo hospital en el campo? ¿En una máquina sofisticada para un centro de investigación? ¿En un aumento de salarios a los maestros? Por otra parte, esto también requeriría un código ético completo porque sería la única forma de poder establecer algún tipo de priorización.

Por supuesto, no estamos acostumbrados a pensar en códigos morales completos. Constantemente estamos escogiendo entre diferentes valores sin que haya un código social que nos señale qué deberíamos escoger. En realidad, el desarrollo de la civilización ha ido acompañado de la progresiva disminución de reglas de conducta fijas para orientar la acción. El hombre primitivo rodeaba de un elaborado ritual casi todas sus actividades cotidianas y estaba limitado por una infinidad de tabúes. Ni siquiera hubiera soñado con hacer las cosas de manera diferente a los demás miembros de la tribu. Ha sido el desarrollo de la civilización, precisamente, el que ha ido disminuyendo el número de esas reglas y haciéndolas más generales.

La filosofía del individualismo no está basada en la idea de que el hombre deba ser egoísta. En lo que está basada es en la aceptación de la imposibilidad de incluir en nuestra escala de valores algo más que un pequeño sector de las necesidades del conjunto de la sociedad. De aquí, la imposibilidad de un plan social único. Las únicas escalas de valores son las parciales, que son diferentes entre un individuo y otro y que frecuentemente son contradictorias. De esto, el liberalismo concluye que, dentro de ciertos límites, se le debería permitir a los individuos perseguir sus propios valores sin interferencia de los demás. Esto no excluye el reconocimiento de la coincidencia de objetivos individuales que hace posible y conveniente la asociación para conseguirlos. Pero esa acción conjunta está limitada a los casos en que esos puntos de vista individuales coinciden.

Es el precio de la democracia que las posibilidades de un control consciente se encuentren restringidas a los campos en donde haya un acuerdo real y que, en otras áreas, haya que dejar las cosas al azar. La democracia es esencialmente un invento para salvaguardar la paz interna y la libertad individual. No tiene nada de infalible ni de seguro. La planificación y la democracia chocan porque la planificación exige cierta supresión de la libertad.

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Capítulo VI

La planificación y el imperio de la ley

Nada distingue mejor a un país libre de un país bajo un gobierno dictatorial que la observancia del llamado imperio de la ley o estado de derecho (rule of law). Despojado de todo tecnicismo, el imperio de la ley (o estado de derecho) significa que todas las acciones del gobierno están limitadas por reglas establecidas y anunciadas previamente, reglas que permiten preveer con certeza la forma en que las autoridades utilizarán sus poderes de coerción y que, de esa forma, permiten planificar la actividad individual.

Toda ley restringe en alguna medida la libertad individual al determinar los medios que pueden utilizarse para conseguir ciertos fines. Sin embargo, bajo el estado de derecho el gobierno no puede frustrar los esfuerzos individuales mediante medidas ad hoc, o específicamente dirigidas a conseguirlo. Bajo el imperio de la ley, el gobierno se limita a fijar las condiciones de utilización de los recursos disponibles mediante reglas formales que no están dirigidas a la solución de ningún problema en particular. Son, simplemente, los medios establecidos para conseguir los fines individuales. Están concebidas para un período de tiempo lo suficientemente largo como para que sea imposible saber por anticipado a quien van a beneficiar. Ayudan a la gente a predecir el comportamiento de aquellos con quienes tienen que colaborar, mas bien que a satisfacer necesidades particulares. Es, para poner un ejemplo, como el sistema de signalización de las carreteras, establece las reglas pero no le dice a nadie a dónde ir.

La planificación económica colectivista es justamente lo opuesto. La autoridad planificadora no puede limitarse a proporcionar oportunidades para que personas desconocidas hagan con ellas lo que estimen conveniente. No puede amarrarse a reglas formales que limiten su acción. Y esto es así porque los planificadores tienen que resolver necesidades concretas en la medida en que éstas vayan apareciendo. Constantemente tienen que resolver problemas que, inevitablemente, dependen de las circunstancias y, al tomar esas decisiones, están obligados a balancear unos intereses contra otros. Al final, los puntos de vista de alguien tendrán que decidir cuáles intereses son los más importantes, y esa decisión se convertirá en una ley que habrá que imponer por la fuerza, independientemente de cualquier reglamentación anterior y de cualquier “formalismo” preestablecido. El mercado permite guiarse por leyes generales fijas pero la dirección “consciente”, por el contrario, necesita estarse reorientando constantemente. Por consiguiente, no puede permitir que una reglamentación anterior, cuyos resultados no habían sido previstos, venga a estorbar o perjudicar los objetivos que ella misma se ha fijado.

Esta distinción entre leyes formales (que establecen las condiciones en que los individuos persiguen sus fines) y leyes sustantivas (en las que el estado trata de conseguir directamente ciertos fines) es muy importante aunque, al mismo tiempo, es difícil de precisar en la práctica.

El estado debe limitarse a establecer reglas para situaciones generales y debe permitir plena libertad a los individuos en todo lo que tenga que ver con las condiciones concretas porque sólo ellos pueden conocer plenamente las circunstancias de cada caso y adaptar sus acciones a las mismas. Si los individuos han de poder hacer planes efectivos, tienen que poder predecir las acciones gubernamentales que puedan afectar esos planes. Y si esas acciones han de ser predecibles, tendrán que estar determinadas por reglas independientes de las condiciones concretas.

Por el contrario, si es el gobierno el que ha de dirigir las acciones individuales para conseguir sus propios fines, esa dirección tendrá que basarse en las cambiantes circunstancias del momento y, por lo tanto, será necesariamente impredecible. Mientras más planifique el estado, menos podrá planificar el individuo.

Una de dos. Si estado tiene que poder prever los resultados de sus acciones, no podrá dejar ninguna opción a los afectado por ellas. Y si queremos dejar opciones a la gente, los resultados de la acción gubernamental tendrán que ser imprevisibles. Las reglas generales, a diferencia de las reglas específicas o sustantivas, tienen que operar en circunstancias que no puedan ser previstas en detalle. Ser imparcial significa no tener respuesta para ciertas preguntas.

La planificación implica elegir entre las necesidades de diferentes personas y permitirle a alguien lo que habrá que prohibirse a otro. Tiene que hacer obligatorio lo que se le permitirá, o no, a las personas. Para hacer posible una dirección centralizada de la economía es necesario legalizar lo que, a ojos vistas, son acciones arbitrarias. En realidad, esto significa una inversión del movimiento histórico progresivo “del status al contrato”, es decir, de épocas donde lo único que podían hacer las personas era lo que les era permitido por su posición social (status) como había sido siempre en la historia de la humanidad hasta la aparición del capitalismo, hasta esta otra época donde la actividad de las personas no tiene otra limitación que lo que establezcan los acuerdos entre las partes (contrato) (7).

Cualquier política dirigida directamente a un ideal de justicia distributiva, es decir, a lo que alguien entienda como una distribución “más justa”, tiene necesariamente que conducir a la destrucción del imperio de la ley porque, para poder producir el mismo resultado en personas diferentes, sería necesario tratarlas de forma diferente. Y ¿cómo podría haber entonces leyes generales?

No puede negarse que el imperio de la ley produce desigualdad económica, lo único que puede alegarse es que esa desigualdad no está concebida para afectar a nadie en particular. Es muy significativo que socialistas (y nazis) siempre hayan protestado contra la justicia “simplemente” formal, por su deseo de conseguir ciertos resultados sociales a toda costa, y que siempre hayan criticado la independencia de los jueces.

Para que el imperio de la ley sea efectivo es más importante que haya una regla que se aplique sin excepción, que lo que la misma regla sea. Lo importante en que la regla permita predecir el comportamiento de los demás, y esto requiere que se aplique en todos los casos, inclusive en los que nos parezca que es injusta.

El estado de derecho es la encarnación legal de la libertad. Como dijo Voltaire: “El hombre es libre si sólo tiene que obedecer las leyes”.

La idea de que no debe haber límite para el poder de los legisladores es, en parte, un resultado negativo de la soberanía popular y el gobierno democrático. A veces se piensa que mientras todas las aciones del gobierno estén debidamente autorizadas por los legisladores, vivimos bajo un estado de derecho. No es así. El estado de derecho no tiene nada que ver con que las acciones gubernamentales sean legales. Decir que una sociedad no es un estado de derecho no significa que no tenga leyes, lo que significa es que el empleo de la coerción por parte del gobierno ya no está determinado y limitado por reglas preestablecidas.

El conflicto es entre dos tipos de leyes, las leyes bajo un estado de derecho, que le permiten a los individuos prever como va ser utilizado el poder coercitivo del estado, y las leyes bajo una dictadura, que simplemente le dan a las autoridades el poder para hacer lo que estimen conveniente. En uno, el espíritu de la legislación es proteger al individuo contra el poder del estado. En el otro, el espíritu de la ley es impedir toda limitación a la voluntad de las autoridades. El imperio de la ley no significa que todo esté regulado por la ley sino, por el contrario, que el poder estatal sólo puede ser usado en los casos definidos por la ley, y de forma tal que pueda preverse cómo va a ser usado. El estado de derecho implica el reconocimiento de los derechos inalienables de los individuos, el reconocimiento de los derechos del hombre. En un caso “no hay castigo sin ley”, en el otro,”no hay delito sin castigo”.

(7) Curiosamente, el socialismo representa entonces un movimiento de sentido inverso al desarrollo histórico y, por consiguiente, verdaderamente reaccionario. Es interesante, en este sentido, consultar a Popper (La Sociedad Abierta y sus Enemigos).

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Capítulo VII

Control económico y totalitarismo

La mayoría de los planificadores tienen pocas dudas de que una economía dirigida tienen que ser administrada de manera más o menos dictatorial. El consuelo que nos ofrecen es que esa dirección sólo se aplicaría a problemas económicos. Sin embargo, los objetivos de las personas racionales nunca son económicos. La motivación económica sólo significa el deseo de poder alcanzar fines no especificados. Si luchamos por el dinero es porque éste nos ofrece el mayor rango de opciones al disfrute del producto de nuestro trabajo.. Debido a que las limitaciones del dinero son las que nos hacen sentir las limitaciones de nuestra relativa pobreza, el dinero viene a simbolizar esas restricciones. Sin embargo, el dinero ha sido el mayor instrumento de libertad que sehaya inventado nunca. El dinero le abre más posibiildades a los pobres que las que tenían los ricos hasta hace poco.

Pensemos lo que significaría que las recompensas no se entregaran en dinero. Significaría que uno no podría escoger, y que el que diera la recompensa no sólo determinaría la magnitud de la misma sino también la forma en que ésta habría de disfrutarse. Siempre que podamos disponer libremente de nuestros ingresos y de nuestras posesiones, la pérdida económica siempre nos privará de lo que consideramos menos importante. Una pérdida económica es una cuyos efectos podemos hacer recaer sobre las menos importantes de nuestras necesidades, y lo mismo con la ganancia. Los cambios económicos sólo nos afectan marginalmente.

Lo valores económicos son menos importantes para nosotros que muchas otras cosas precisamente porque somos libres de decidir lo que, para nosotros, es más o menos importante. La cuestión que plantea la planificación económica es si somos nosotros los que debemos decidir lo que es más o menos importante o sin son las autoridades planificadoras. Una autoridad planificadora controlaría la utilización de los recursos limitados para la satisfacción de todos nuestros objetivos.

No sólo la planificación tendría que ver con nuesta capacidad como consumidores sino también con nuestra capacidad como

productores. Tendríamos que ajustarnos los estándares que la autoridad planificadora fijara para poder simplificar su tarea. Y para simplificar su tarea tendría que reducir la diversidad de las capacidades individuales a unas a una pocas categorías de unidades intercambiables, y descartar deliberadamente las diferencias personales menores.

Puede ser que el objetivo de la planificación sea que el hombre deje de ser un medio. Pero, en la práctica -puesto que el plan no puede tener en cuenta las preferencias y las repulsiones individuales- el individuo se convierte más que nunca en un medio a ser utilizado por las autoridades al servicio de esa abstracción que es “el bien de la comunidad”.

Hay gente que critica que en una sociedad competitiva casi todo puede ser conseguido por cierto precio. Eso parecer muy espiritual y muy moralista, pero lo que realmente quiere decir es que no deberíamos poder sacrificar necesidades menores para salvarguardar nuestros objetivos más importantes, y que alguien debería hacer esas decisiones por nosotros. Porque o el precio de la satisfacción de las necesidades está establecido por el mecanismo impersonal del mercado, o está establecido por alguna autoridad. No podemos olvidar que todos nuestros objetivos compiten por los mismos medios.

No es nada sorprendente que la gente quisiera ser aliviada de las duras opciones que los hechos nos imponen. Y tampoco es extraño que estén dispuestos a creer que esas opciones no son realmente necesarias sino que les son impuestas por un cierto sistema económico. En realidad, lamentan que haya un problema económico.

La creencia de que no hay realmente un problema económico es confirmada por la cháchara absolutamente irresponsable sobre la “riqueza potencial”, y sobre “la escasez en medio de la abundancia” (8). La realidad es que nadie, nunca, ni en Estados Unidos ni en Europa Occidental, ha podido producir ningún plan para elevar la producción lo suficiente como para poder eliminar la pobreza. No hablemos ya del resto del mundo.

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(8) En Cuba nos hemos criado oyendo esa cháchara irresponsable de que éramos un país rico, cuyo sentido ideológico ahora vemos claro. ¿Por qué entonces éramos pobres? ¡Porque nos robaban!, respondía la demagogia imperante, porque nos robaban los gobiernos corrompidos, porque nos robaban los imperialistas yanquis (que exportaban las ganancias) y porque nos robaban los capitalistas cubanos con su consumo suntuario. Se deducía, implícitamente, que la fórmula para conseguir la riqueza era extremadamente sencilla: aliminar a los ladrones.

Después hemos oído repetir que ¡también Angola y Zaire son “ricos” porque tienen petróleo, uranio y otras materias primas! Ese tipo de razonamiento sofístico apunta a culpabilizar de la pobreza precisamente a las inversiones que están luchando por superarla. Su objetivo es desprestigiar a los capitalistas para luego poder ocupar su lugar, con las desastrosas consecuencias que conocemos.

La diferencia entre el “potencial” y la realidad es enorme. Cualquier muchacho ágil y fuerte es, potencialmente, un jugador de Grandes Ligas… Pero, para países completos, realizar sus potencialidades es todavía infinitamente más difícil. El principal capital de un país lo constituye su pueblo, su nivel de educación, de instrucción, de espíritu de sacrifio y de hábitos de trabajo y ahorro. Y, en segundo lugar, la organización social que ese pueblo adopte para poder maximizar la energía creadora de sus ciudadanos. No sus materias primas, como lo saben muy bien los japoneses.

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Capítulo VIII

¿Quién? ¿A quién?

Fue Lenin el que planteó en los primeros tiempos del poder soviético, que el problema fundamental era quién iba a dirigir a quién. En cuanto el estado se hace cargo de la tarea de planificar toda la vida social, el único poder que merece la pena tener es el de ejercer ese poder de dirección. Cuando se trata de planificar toda una sociedad uno se encuentra con que ésta se halla compuesta por una multitud de grupos que compiten por la asignación de recursos limitados. ¿Qué recursos se van a asignar a qué problemas? Pronto se hace evidente la necesidad de crear un punto de vista común.

Los socialistas siempre han pensado resolver este problema mediante la educación. Ha sido por esto que los socialistas se han preocupado tanto por la creación de instrumentos de adoctrinamiento. Fueron los socialistas los primeros en concebir la idea de un partido político que abarcara todas las actividades del individuo desde la cuna hasta la tumba, y que pretendiera orientar sus ideas en relación a todas las cosas. Fueron los los socialistas, no los fascistas, los que organizaron los primeros movimientos políticos de niños y de jóvenes. Fueron los socialistas los primeros en insistir en que sus miembros debían distinguirse por la forma de saludar. Y fueron ellos los que organizaron las primeras “células”.

La opción que tenemos es entre un sistema en que cada quien conseguirá lo que merece según cierto criterio universal y absoluto, y otro sistema donde eso estará determinado en gran medida por el azar. Pero es también la opción entre un sistema donde la voluntad de unas cuantas personas es lo que decide y otro donde, al menos parcialmente, dependerá de la habilidad y espíritu de empresa de la gente. Por supuesto, se puede argumentar a favor de reducir las diferencias de oportunidad entre las personas siempre que sea posible hacerlo sin destruir el carácter impersonal del proceso.

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Capítulo IX

Seguridad y libertad

Frecuentemente se representa la seguridad económica como una condición indispensable para la verdadera libertad. Por supuesto, hay algo de verdad en eso. Sin embargo, habría que contrastar dos tipos de seguridad: la limitada y la ilimitada. La limitada trata de garantizar una protección mínima contra circunstancias adversas e imprevisibles. Es bueno y conveniente organizar un sistema de seguridad social así como tratar de combatir las fluctuaciones de la actividad económica.

Pero tratar de garantizar contra las disminuciones de los ingresos que constituyen las durezas implícitas en el mismo sistema competitivo, tiene que conducir a una planificación que afecta la libertad individual. Esta seguridad es una variante de la “renumeración justa” del medioevo que buscaba un acuerdo no con los requerimientos del mercado sino con los méritos subjetivos (9).

En un sistema donde sea libre la distribución de las personas en las distintas ocupaciones, es necesario que la renumeración corresponda a su utilidad a los demás miemmbros de la sociedad, aunque ésta no tenga relación con los méritos subjetivos. Pero lo que no se puede hacer es garantizarle a la gente sus ingresos y protegerlos contras las viscicitudes del mercado. Si no es el mercado el que determina, entonces tendría que ser un grupo de personas los que determinaran la “utilidad” de la gente. ¿Y cómo podría medirse ésta entonces objetivamente?

Habría que buscar limitación de producción para poder garantizar precios artificialmetne altos aunque esto redujera las oportunidades de otras personas. Y esos otros no podrían participar en la prosperidad de las industrias controladas. Toda restricción de la libertad de entrar en un comercio reduce la seguridad de los que están fuera del área protegida. Mientras mejor estén los asegurados, mayor será la demanda de esa seguridad. Y, en la medida en que el número de los protegidos vaya aumentando, se irá desarrollando todo un nuevo sistema de valores sociales. Se desalentará toda actividad que implique riesgo y se censurarán las ganancias que justifican tomar esos riesgos. No sería la independencia sino la seguridad lo que daría status social, y el prestigio no estaría determinado por el ímpetu empresarial sino por la certidumbre de una pensión.

Fue la extensión de los métodos de la guerra a otras esferas de la vida civil después de la I Guerra Mundial (aunque los primeros intentos se retrotraen a Bismarck), lo que le dió su carácter peculiar a la estructura social de Alemania. Hay que volver a aprender que libertad exige un precio, y que hay que estar dispuesto a sacrificios materiales para preservarla. Como dijo Benjamín Franklin, “Los que están dispuestos a renunciar a la libertad para comprar un poco de seguridad temporal, no merecen ni la libertad ni la seguridad”.

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(9) La concepción del “precio justo” era defendida encarnizadamente por los gremios medievales. Fue una de las típicas trabas al desarrollo de las fuerzas productivas que caracterizaba a la sociedad feudal. La libertad de contratación reside precisamente en dejar que el salario, como los demás factores de la producción, sea establecido por la oferta y la demanda. Aunque, en cierta medida, los sindicatos pueden imponer la violación de este principio esto siempre tiene tendencias perversas sobre la economía. A la Iglesia le ha costado mucho trabajo desembarazarse de ese concepto arcaico. Sólo muy recientemente ha venido a reconciliarse con algunas de las características del capitalismo.

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Capítulo X

Por qué suben los peores

Algunos piensan que los peores rasgos del socialismo se deben a simples accidentes históricos, a que fueran individuos de baja catadura moral los que organizaron el sistema (10). Pero hay razones para creer que estos rasgos no son accidentales sino que fenómenos que un sistema totalitario tiene que producir tarde o temprano. Al igual que un estadista que quiera planificar se verá confrontado con la necesidad de adquirir poderes dictatoriales o renunciar a sus planes, el dictador totalitario tendrá que optar entre la renuncia a los valores morales ordinarios o el fracaso. Es por esta razón que en una sociedad que tienda al totalitarismo tendrán más éxito los inescrupulosos. Quien no comprenda esto, no comprenderá el abismo que separa al totalitarismo del régimen liberal, la diferencia de atmósfera moral entre el colecitivismo y el carácter esencialmente individualista de la civiliación occidental.

En momentos de confusión, muchas veces se experimenta fatiga con los procedimientos de la democracia, con el carácter lento e intermitente de un progreso que tiene que conseguirse sobre la base de múltiples transaciones entre diferentes contradictorios. Es en esos momentos cuando se experimenta la necesidad de una dirección fuerte, que arrastre y que consiga resultados.

Lo normal en una democracia e, inclusive, dentro de los mismos partidos, es la diversidad de opiniones. Esto es perfectamente normal. Mientras más alto el nivel de educación y cultura, más tienden a diferenciarse las opiniones. Es por esto, precisamente, que en una democracia cualquier grupo puede ganar una fuerza desproporcionada en relación con el número de sus militantes gracias al apoyo total de sus seguidores. En una democracia esto es casi imposible de conseguir y sus dirigentes tampoco lo pretenden. Pero el que consiga esto habrá dado un paso importante en el camino hacia la captura del poder, desde donde podrá, a su vez, extender el imperio de su voluntad a todo el país.

Históricamente, ha habido momentos en que todos los partidos democráticos (burgueses) han enfrentado grandes emergencias nacionales que han debilitado las instituciones y en los que la desmoralización y la desesperación llevan a las masas a pedir cambios a toda costa. En esos momentos, la existencia de un grupo que tenga una visión universal y que parezca tener respuesta para todos los problemas, puede convertirse en una fuerza política decisiva. En este momento, lo que hace falta para capturar el poder es una organización política con un apoyo particularmente firme. Apoyo que no sea tanto el de los votos de una masa, con el apoyo sin reservas de un grupo más pequeño pero mejor organizado.

Originalmente, el espíritu democratista de los partidos socialistas de Europa esperaba a que una mayoría estuviera de acuerdo en su plan para reorganizar el conjunto de la sociedad. Pero algunos comenzaron a sospechar que en una sociedad

planificada, lo importante no era en qué estaba de acuerdo la mayoría del pueblo, sino cuál era el mayor grupo que estuviera lo suficientemente de acuerdo para hacer posible una dirección centralizada, total, efectiva o, si ese grupo no existiera, cómo podría crearse.

Pero ¿qué puntos de vista morales tenderá a producir una organización colectivista de la sociedad? ¿Cuáles serán las cualidades más a propósito para llevar a los individuos al éxito en un sistema totalitario?

Hay varias razones por las que la tendencia será a que esos grupos no estén formados por los mejores sino por los peores elementos de la sociedad. En primer lugar, mientras mayor sea la educación y la inteligencia de la gente, más diferenciados serán sus gustos y sus puntos de vista, y menos probable que puedan estar de acuerdo en una gama muy amplia de valores.

Por el contrario, para encontrar esa unanimidad, hay que descender a los niveles más bajos, donde prevalecen los gustos e instintos más primitivos. El mayor número de personas con valores muy similares será el grupo de los niveles más bajos. Lo que une al grupo es el mínimo común denominador. Los miembros del partido totalitario serán los que menos convicciones tengan, los más crédulos, los más dispuestos a aceptar un sistema de valores preestablecidos con tal de que se le repita con la suficiente frecuencia.

Y en tercer lugar, parece ser una ley de la naturaleza humana que es más fácil ppara la gente estar de acuerdo en un programa negativo que en uno positivo. El contraste entre ellos y nosotros, la lucha entre los de adentro y los de afuera, parece ser un ingrediente indispensable en cualquier credo que quiera unir sólidamente a un cierto grupo.

En realidad, es cuestionable si puede concebirse un programa colectivista que no esté al servicio de algún tipo de particularismo, de nación, raza o clase. No es practicable la idea de una comunidad de objetivos e intereses que abarque a todos los hombres. La coherencia de ese programa le exigiría una proyección internacional francamente filantrópica. El colectivismo no tiene espacio para el amplio humanitarismo del liberalismo. Los socialistas, por ejemplo, empezando por Marx y Engels, siempre menospreciaron a las pequeñas nacionalidades.

Por otra parte, si la comunidad es anterior al individuo y si sus fines son independientes y superiores a los de los individuos, entonces sólo los individuos que trabajen para esos mismos fines comunitarios podrán ser considerados como miembros de la comunidad. Su valor se derivará de esta membrecía y no de su calidad de ser humano.

En realidad, entre los factores que tienden al colectivismo está ese sentimiento de inferioridad que impulsa al individuo a identificarse con un grupo y, por lo tanto, ese sentimiento sólo será satisfecho si la membrecía en ese grupo le da alguna superioridad sobre los que no forman parte del mismo.

Como decía Reinhold Niebuhr: “Existe una creciente tendencia entre los hombres modernos de imaginarse a sí mismo éticos porque han delegado sus vicios en grupos cada más grandes”. Actuar a nombre de un grupo parece liberar a la gente de las restricciones morales que controlan su cmportamiento como individuos.

Mientras que los grandes filósofos sociales del individualismo dentro de la gran tradición liberal han considerado siempre al poder como un peligro para la libertad del hombre, los colectivistas lo han considerado como un bien en si mismo. Esto se deriva de su deseo de organizar a la sociedad de acuerdo a un plan unitario. Para poder conseguir una reorganización radical de la sociedad, los colectivistas necesita disponer de un poder sin precedentes. En contraste, el vilipendiado poder económico nunca llega a a ser un poder sobre toda la vida de la persona.

De la necesidad de un sistema de objetivos comúnmente aceptado, y del deseo de darle el máximo de poder a un grupo para conseguir esos objetivos, se desprende un sistema de valores que excluye una moral universal, válida para todas las circunstancias. Es algo similar al caso del imperio de la ley. Las reglas de la ética individual, aunque imprecisas, son absolutas y prohiben cierto tipos de acciones, independientemente de que las intenciones sean buenas o malas. Estafar, torturar, traicionar la confianza son malas acciones independientemente del objetivo que sirvan. Aunque a veces tengamos que escoger entre distintos males, siempre los consideraremos como males.

El fin justicia los medios es un principio que, en la ética individualista, significa la negación de la moral pero que en la ética colectivista representa la ley suprema. El principio de la raison d’etat en las relaciones entre los países, es aplicado por el estado colectivista a las relaciones entre los individuos.

Eso no significa, por supuesto, que la ética colectivista no considere conveniente cultivar ciertos hábitos útiles. Todo lo contrario. Se tomará mayor interés en los hábitos individuales que los comunidad individualista. Para ser un miembro útil de una comunidad colectivsta hacen falta “hábitos útiles” que hay que fortelecer con una práctica constante. Sirven para llenar el vacío entre las órdenes aunque nunca para justificar un desacuerdo con la autoridad.

A los buenos alemanes se les tenía por ser industriosos, disciplinados, conscientes, responsables, ordenados, con sentido del deber, con respeto por la autoridad y disposición para el sacrificio. Eran un excelente instrumento para ejecutar órdenes. Pero de lo que el “alemán típico” carecía es de las virtudes individualistas de la tolerancia, de la independencia de pensamiento y de la disposición a defender las convicciones propias, de la consideración por los débiles y de una cierta aversíon por el poder que sólo una vieja tradición de libertad personal ayuda a crear. Tambien es deficiente es cualidades menores pero importantes como bondad, sentido del humor, modestia, respeto por la privacidad y creencia en las buenas intenciones de los demás. Estas son virtudes que facilitan los contactos sociales y que no sólo hace superfluo el control externo sino que lo dificultan. Son virtudes que han florecido siempre en una sociedad individualista o comercial, y que son raras en la sociedad colectivistas o de tipo militar.

Una vez que se admite que el individuo es sólo un medio para servir los fines de una entidad superior, llamada estado o nación, la mayor parte de las características de una sociedad totalitaria se derivan con inflexible necesidad. La intolerancia, la represión de la disidencia y el menosprecio por la vida y la felicidad del individuo, son consecuencias fatales e inevitables de esa premisa. El colectivista prooclamará la superioridad de un sistema sobre otro que permite que los intereses “egoistas” estorben la realización de los fines de comunidad.

Pero aunque la masa de los ciudadanos puede mostrar una devoción altruista, no se puede decir lo mismo de los que dirigen ese proceso. Para ser útil en la dirección de un estado totalitario, no basta con que el individuo tenga que estar preparado para justificar cualquier acción canallesca, él mismo tiene que estar dispuesto a quebrantar toda regla moral para poder alcanzar los fines que se le han asignado. Tiene que estar absolutamente comprometido con la persona del líder pero, después de ese principio vital, tiene que ser un hombre literalmente capaz de todo. En una sociedad totalitaria, las posiciones en las que hay que deliberadamente engañar, intimidar y ser cruel son numerosas.

Evidentemente, es muy probable que esas posiciones sean ejercidas por individuos naturalmente afines a las mismas. El único gusto personal que el funcionario de un sistema totalitario pued satisfacer plenamente es el de ser obedecido, y el de formar parte de una aparato enormemente poderoso al que todo el mundo tiene que obedecer.

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(10) Así se oye hablar con demasiada frecuencia de los antecedentes gangsteriles de Fidel Castro.

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Capítulo XI

El fin de la verdad

Por supuesto, la manera más efectiva de hacer que todo el mundo sirva los fines de un plan social es que todo el mundo crea en esos fines. Para conseguir que un sistema totalitario funcione efectivamente no basta con que todo el mundo se vea obligado a trabajar por esos fines, es necesario que la gente haga suyos esos fines. En general, el control de todos los medios de comunicación le permite a un gobierno totalitario influir en gran medida sobre la gente.

Si el objetivo de la propaganda totalitaria sólo fuera instruir a la gente en otro código moral, el problema se limitaría a si ese código es bueno o es malo. Pero esa propaganda tiene un influencia negativa aun más profunda, es destructiva porque socava el fundamento de toda moral: el sentido y el respeto por la verdad

La propaganda totalitaria no puede limitarse a pincipios abastractos. Tiene que llevar a la gente a creer no sólo en los fines sino también en los medios. La autoridad no sólo tendrá que estar tomando decisiones constantemente sobre temas sobre los que no hay reglas morales definidas, sino que también tendrá que justificar sus decisiones ante la gente. Tendrá que racionalizar los gustos y las aversiones que, a falta de otros criterios, tienen que guiar a los planificadores. Y tendrá que plantear esas “razones” de la manera más atractiva posible, viéndose obligada a construir teorías que luego se convierten en parte integral de la doctrina.

El proceso de creación de un “mito” para justificar sus acciones no tiene que ser consciente. El líder totalitario puede simplemente estar guiado por una aversión instintiva por el estado de cosas que ha encontrado y por un deseo de crear un nuevo orden jerárquiico que se adapte mejor a su concepción del mérito. De esa forma, abrazará teorías que parezcan proporcionarle una justificación racional para lo que, en realidad, son simplemente los prejuicios que comparte con muuchos de sus asociados. Es de esa forma que una teoría pseudo científica se convierte en parte del credo oficial que, en mayor o menor medida, dirige las acciones de todos.

La necesidad de semejantes doctrinas oficiales como instrumento de direción y de unificación han sido previstas por varios teóricos del sistema totalitario, empezando por las “nobles mentiras” de Platón. Son puntos de vistas particulares sobre los hechos que se elaboran como teorías pseudocientíficas para poder justificar opiniones preconcebidas.

La mejor manera de hacer que la gente acepte la validez de los valores que van a tener que servir es convenciéndola de que son los mismos valores que ellos mismos habían apoyado siempre pero que no habían sabio comprender o reconocer antes. Se logra que la gente transfiera su lealtad de los viejos dioses a los nuevos con el pretexto de que los nuevos son realmente los que su sano instinto les había dicho siempre, aunque antes sólo lo habían percibido a medias. Y la manera más eficiente de conseguir esta nueva lealtad es usando las viejas palabras pero cambiando su significado. Pocos rasgos de los regímenes totalitarios son, al mismo tiempo, tan confusos para el observador superficial y tan característicos del clima intelectual que impera en ellos como la completa perversióndel lenguaje, el cambio de significado de las palabras.

Por supuesto, la principal víctima en este sentido es la palabra “libertad”. Dondequiera que se ha destruido la libertad, se ha hecho a nombre de alguna nueva libertad prometida. Lo mismo sucede con “justicia”, “ley”, “derecho” e “igualdad”, entre muchas otras. Gradualmente, en lo que este proceso se desarrolla, todo el lenguaje va perdiendo su sentido y las palabras se convierten en cascarones huecos desprovistas de significado preciso, y tan capaces de describir un fenómenos como su opuesto.

Por supuesto, no es difícil despojar a la mayoría de un pensamiento independiente. Pero siempre existirá una minoría que retendrá una inclinación a criticar y que tendrá que ser silenciada. Hemos visto por qué la coerción no puede limitarse a una aceptación pasiva del nuevo código ético. Y puesto que muchos elementos de ese código no podrán ser explícitamente formulados ya que sólo existirán implícitamente en las medidas del gobierno, esas medidas mismas tendrán que estar exentas de toda crítica. Si la gente tiene que apoya el esfuerzo común sin vacilaciones, tiene que estar convencida no sólo del fin a perseguir sino también de que los medios son los mejores posibles. Por consiguiente, el credo oficial, cuyo acatamiento tiene que ser impuesto, comprenderá también la interpretación de los hechos sobre los que se basa el plan. La crítica tendrá que ser suprimida porque debilitará el apoyo popular.

Como decían los Webbs hablando sobre la posición de cada empresa soviética: “Mientras se este desarrollando el trabajo, cualquier expresión pública de duda, o incluso de que el plan no vaya a tener éxito, es un acto de deslealtad e inclusive de traición debido a sus posibles efectos sobre la voluntad y los esfurzos del resto del personal”. Y, por supuesto, cuando esas dudas se refieren al conjunto del plan social, tendrán que ser tratadas como sabotaje.

Todo el aparato de divulgación del conocimiento será utilizado exclusivamente para difundir los puntos de vista que, verdaderos o falsos, fortalezcan la creencia en la justeza de las decisiones del gobierno; y cualquier información que puede arrojar dudas o vacilaciones será suprimida. El probable efecto sobre la lealtad popular se convierte así en el único criterio para decidir si una información cualquiera será publicada o suprimida. Por consiguiente, no hay ningún campo a donde no se extienda el control sistemático de la información, y donde no se impongan puntos de vista uniformes.

El espíritu del totalitarismo condena cualquer actividad que no tenga un propósito bien definido. Toda actividad tiene que derivar su justificación de un propósito social deliberado. No puede haber ninguna actividad espontánea puesto que pudiera generar consecuencias imprevistas para el plan. Semejantes aberraciones son producto del deseo de verlo todo dirigido por “una concepción unitaria”, de la creencia de que el conocimiento y las creencias de todo un pueblo no son más que instrumentos al servicio de un objetivo único. La misma palabra “verdad” pierde su sentido original, se convierte en lo que decida el gobierno, en algo que tiene que creerse en interés de determinados objetivos, y que podrá que ser alterado si ese objetivo lo exige. Esto genera un clima intelectual de absoluto cinismo en relación con la verdad, la pérdida del sentido e, inclusive, del significado de la verdad, la desaparición del espíritu de investigación independiente y de la fe en el poder de la razón (11).

La propaganda totalitaria afirma que en las sociedades de libre mercado no hay verdadera libertad porque las opiniones y los gustos de las masas son influidos por la propagada, por los anuncios, por el ejemplo de las clases acomodadas y por otros factores ambientales. De ello deducen que las ideas y los gustos de las masas siempre son producto de circunstancias que pueden ser controladas, y que debemos utilizar ese poder deliberadamente para encauzar los pensamientos de la gente hacia lo que considermaos la dirección correcta.

Probablemente sea cierto que, en cualquier sociedad, la libertad de pensamiento sólo sea directamente importante para una pequeña minoría. Pero esto no significa que nadie sea competente, o deba de tener el poder para seleccionar quiénes son los que van a ser libres. Y ciertamente no justifica la presunción de ningún grupo de tener el derecho de determinar lo que la gente deba pensar o de creer. El principal factor del progreso intelectual no es que tod mundo pueda pensar o escribir sino que cualquier causa o cualquier idea pueda ser defendida por alguien. Mientra no se suprima la disidencia, siempre habrá alguien que cuestione las ideas dominantes entre sus contempráneos y someta otras nuevas a la prueba de la discusión y de la crítica.

Lo que constituye la vida del pensamiento es la interacción entre diversos individuos con conocimientos y puntos de vista diferentes. El desarrollo de la razón es un proceso social basado en la existencia de esas diferencias. Está en su misma esencia que sus resultados no puedan ser pronosticados, que no podamos saber cuáles ideas ayudarán a este progreso y cuáles no. El desarrollo no puede ser gobernado por los puntos de vista que tenemos actualmente sin que, al mismo tiempo, lo estemos limitando. “Planificar” u organizar” el desarrollo del conocimiento es una contradición de términos. Pensar que la mente humana puede controlar su propio desarrollo es confundir la razón individual, (la única que puede “controlar conscientemente” algo) con esos procesos impersonales que generan su desarrollo. Al intentar controlar ese desarrollo, simplemente lo estamos limitando. Tarde o temprano, esto conducirá al estancamento del pensamiento y a la decadencia de la razón.

La tragedia del pensamiento colectivista es que, aunque empieza erigiendo a la razón en la fuerza suprema, termina destruyéndola porque malinterpreta los procesos de los que depende su desarrollo. El individualismo, por el contrario, representa una actitud de modestia ante este gran proceso social, y de tolerancia por las opiniones de los demás. El exacto opuesto del pesamiento colectivista.

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(11) El criterio de verdad objetiva se encuentra bajo un terrible ataque en los medios intelectuales de Estados Unidos. Para los teóricos del postmodernismo la “verdad” es totalmente relativa al grupo en que uno se encuentre. Este relativismo cultural, cuyo objetivo básico es desvalorizar la civilización occidental y su sistema de valores, es otra de las premisas ideológicas del fascismo que circulan ampliamente entre los modernos “progresistas” norteamericanos.

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Capítulo XII

Las raíces sociales del nazismo

s un error considerar al Nacional Socialismo simplemente como un movimiento irracional sin antecedentes ideológicos. Por el contrario, el Nacional Socialsmo culmina una larga evolución del pensamiento, en el que no sólo pensadores alemanes tomaron parte. Thomas Carlyle y Houston Chamberlain, Auguste Comte y George Sore forman tanta parte de este desarrollo como los mismos pensadores alemanes. No se puede, sin embargo, exagerar la importancia de estas ideas antes de 1914.

Hay que decir que el apoyo que recibieron estas ideas no se debió simplemente al auge del nacionalismo en la Alemania derrotada. Mucho menos, en una supuesta reacción capitalista ante el avance del socialismo. Por el contrario, el apoyo que llevó estas ideas al poder vino, precisamente, de las filas socialistas. Durante la generación anterior a la última guerra, no hubo realmente oposicion al elemento socialista dentro el marxismo sino a los elementos liberales de su doctrina, como su internacionalismo y su democratismo. Cuando se comprendió que esos elementos eran obstáculos a la realización del socialismo, los socialistas de la izquierda se fueron aproximando cada vez máas a los de la derecha. Fue la unión de las fuerzas anticapitalistas de la derecha y de la izquierda, la fusión del socialismo radical y del socialismo conservador (12) lo que barrió con todo lo que en Alemania había deliberal.

La relación entre socialismo y nacionalismo en Alemania fue estrecha desde el principio. Los principales antecesores del Nacional Socialismo -Fichte, Rodbertus y Lasalle- fueron al mismo tiempo los reconocidos padres del socialismo. Mientras el socialismo marxista dirigió el movimiento obrero, los elementos nacionalistas y autoritarios permanecieron en segundo lugar. Pero estaban implícitos en el movimiento. Habría que recordar que en 1892 uno de los principales líderes del movimento obrero alemán, August Bebel, le dijo a Bismarck que “el Canciller Imperial puede estar seguro de que la Social Democracia alemana es una especie de escuela preparatorio para el militarismo”.

De 1914 en lo adelante comenzaron a surgir un maestro tras otro orientando a los trabajadores y a los jóvenes idealistas hacia al Nacional Socialismo. Pero no surgieron de las filas de los conservadores y los reaccionarios sino de las filas socialstas. Fue sólo posteriormente que el rápido crecimiento de la marea nacionalista se transformó en la doctrina hitleriana. Quizas si e intelectual más representantivo de este período sea Werner Sombart,cuyo famoso “Mercaderes y Héroes”, apareció publicado en 1915. Sombart había sido un socialista marxista y todavía en 1909 afirmaba con orgullo haber pasado la mayor parte de su vida luchando por las ideas de Marx. Hizo mucho por difundir el resentimiento anticapitalista en Alemania. Si el pensamiento alemán se vio permeado de elementos mmarxistas estos se debe, en gran medida, a la labor de Sombart. Este era percibido como el principal representante de una intelectualidad socialista perseguida, incapaz, de alcanzar una cátedra universitaria debido a sus ideas.

En “Mercaderes y Héroes”, Sombart le daba la bienvenida a la “guerra alemana” como un conlficto inevitable entre la civilización comercial de Inglaterra y la heroica cultura alemana. Su desprecio por los los puntos de vista “comerciales” del pueblo inglés no tenía límites. Las ideas de Libertad, Igualdad y Fraternidad de 1789, eran, según Sombart, ideales comerciales cuyo único objetivo era asegurar ciertas ventajas a ciertos individuos. Considerar la guerra como una actividad inhumana y sin sentido era un producto de puntos de vista comerciales. Para Sombart, la guerra era la culminación de una visión heroica de la vida, y la guerra contra Inglaterra era la guerra contra el ideal comercial de la libertad y el comfort individuales.

Otro teórico que tuvo gran importancia durante ese período, fu Johann Plenge. Uno de sus libros más importantes durante la guerra se titulaba “1789 y 1914” y estaba dedicado al conflicto entre “las ideas de 1789,el ideal de la libertad, y “las ideas de 1914”, el ideal de la organización. Para Plenge la organización era la esencia misma del socialismo. Exactamente lo mismo puede decirse de todos los socialistas que derivan su socialismo de una cruda aplicación de los criterios científicos a los problemas de la sociedad.

Según Plenge la economía de guerra creada en Alemania en 1914 “es la primera realización de una sociedad socialista… y su espíritu la primera aparición del espíritu socialista. Las necesidades de la guerra han establecido la idea socialista en la vida económica de Alemania y, por consiguiente, la defensa de nuestra nación ha producido para la humanidad la idea de 1914, la idea de la organización alemana… El estado y la vida económica forman una nueva unidad… El sentimiento de responsabilidad económica que caracteriza al trabajo del empleado público se extiende a toda la actividad privada”.

Al principio Plenge todavía esperaba reconciliar el ideal de libertad con el ideal de organización, aunque fundamentalmente

mediante la completa pero voluntaria sumisión del individuo al colectivo, pero pronto esas trazas de liberalismo desaparecieron de sus escritos. Para 1918, ya había establecido la necesidad de unir el socialismo con una cruda política de poder. “EEs hora de recnocer”, decía, “el hecho de que el socialismo ha de ser política de poder, si ha de ser política de organización”.

Y sigue Plenge: “Desde el punto de vista del socialismo, que es organización, ¿acaso no es el derecho absoluto a la

autodeterminación de la gente el derecho a la anarquía económica individualista? ¿Estamos dispuestos a concederle completa autodeterminación al individuo en la vida económica? El socialismo consecuente sólo puede darle a la gente los derechos que estén acordes con la correlación de fuerzas históricamente determinadas”.

Los ideales de los que Plenge fue portavoz eran particularmente populares, y quizás inclusive se derivaban, de ciertos círculos de científicos e ingenieros alemanes que clamaban por la organización central planificada de todos los aspectos de la vida – como lo hacen ahora en Inglaterra y Estados Unidos.

Las ideas de Plenge fueron desarrolladas y difundidas, aun más, por un parlamentario socialdemócrata, Paul Lensch, que decía en su libro Tres Años de Revolución Mundial:

“El resultado de la decisión de Bismarck de 1879 (la adopción del proteccionismo) fue que Alemania tomó el papel del revolucionario; es decir, de un estado cuya posición en relación con el resto del mundo es la de representar un sistema económico superior y más avanzado… nuestras concepciones de Liberalismo, Democracia y otras por el estilo, se derivan de las de las ideas del Individualismo Inglés, según las que un estado liberal es un estado con un gobierno débil, y donde toda restriccion de la libertad del individuo es concebida como un producto de la autocracia y el militarismo”.

En Alemania, “a la lucha por el sociaismo ha sido extraordinariamente simplificada puesto que todos sus prerrequisitos ya se han establecido”.

“Los conceptos políticos de “libertad” y “derechos civiles”, de constitucionalismo y parlamentarismo se han derivado de la concepción individualista del mundo, de la que el Liberalismo Inglés en la encarnación clásica… Pero estos estándares han sido destrozados por esta guerra. Lo que hay que hacer es desembarazarse de estas ideas políticas heredadas y ayudar al crecimento de una nueva concepción del Estado y la Sociedad. También en esta esfera el Socialismo tiene que representar una oposicion consciente y firme al individualismo”.

En su libro “Prusianismo y Socialismo”, publicado en 1920, Oswald Spengler decía:

“El viejo espíritu prusiano y la convicción socialista, que hoy se odian con el odio de hermanos, son uno y lo mismo”. “Los representantes de la Civiliación Occidental en Alemania, los liberales alemanes, son “el invisible ejército inglés que, tras la batalla de Jena, Napoleón dejá detrás en el suelo alemán”.

“La estructura de la nación inglesa está basada en la distinción entre ricos y pobres, la del prusiano está basada entre mando y obediencia. Por consiguiente, el significado de las diferencias de clase es fundamentalmente diferente en los dos países”.

La “idea prusiana” requería que todo el mundo fuera un funcionario del estado, que todos los sueldos y salarios fueran determinados por el estado. La administración de toda propiedad, en particular, se convertía en una función asalariada.

Pero “la cuestión decisiva no sólo para Alemania sino para el mundo, y que tiene que ser resuelta por Alemania para el mundo es: En el futuro, ¿gobernará el comercio al estado, o gobernará e estado al comercio?. Frente a esta cuestión, Prusianismo y Socialismo son lo mmismo… Prusianismo y Socialismo combaten a Inglaterra en nuestro medio…”

Fue así que la guerra misma llegó a definirse como una guerra entre Socialismo y Liberalismo como, entre otros, dijera Van den Bruck, un teórico nazi. El verdadero archienemigo siempre fue el liberalismo. La lucha contra el liberalismo en todas sus formas, el liberalismo que había derrotado a Alemania, era la idea común que unía a socialistas y a conservadores en un solo frente. Al principio fue fundamentalmente en el Movimiento de la Juventud Alemana, que era casi completamente socialista en su inspiración y puntos de vista, donde estas ideas fueron más rápidamente aceptadas y donde se completó la fusión entre el socialismo y el nacionalismo.

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(12) Buscar la definición de “socialismo conservador” al final del Manifiesto Comunista.

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Capítulo XIII

Los totalitarios en nuestro medio

Como he sugerido en estas páginas, la situación actual en las democracias occidentales no se parece tanto a las condiciones actuales de Alemania (1944) como a las condiciones de hace veinte o treinta años. La creciente veneración por el estado, la admiración por el poder y de la grandeza por la grandeza misma, el entusiasmo por la “organización” de todo (que ahora se llama “planificación”) y la “incapacidad de dejar nada al simple crecimento orgánico” son tan notables hoy en Inglaterra como ayer lo eran en Alemania. Hombres como Lord Morley o Henry Sidwick, como Lord Acton o Dicey que eran admirados en todo el mundo como ejemplos sobresalientes de la sabiduría politica de Inglatera son, para la presente generación, obsoletos victorianos.

Ninguna descripción en términos generales puede dar una idea adecuada de la similariad que existe entre la actual literatura

política inglesa y los trabajos que destruyeron la creencia en la Civilización Occidental en Alemania y crearon el estado de ánimo en el que pudo triunfar el nazismo.

La impaciencia con el estilo del hombre común, tan característica del experto, y el desprecio por todo lo que no haya sido conscientemente organizado por mentes superiores según modelos “científicos” eran fenómenos familiares en la vida pública aleman generaciones antes de que se volvieran significativos en Inglaterra.

Como decía Julien Benda en la Trahison des Clercs (La Traición d los Intelectuales) “hay que observar que el dogma de que la historia obedece a leyes científicas es predicado especialmente por los partidarios de la autoridad arbitraria. Esto es natural puesto que de esa forma se eliminan las dos realidades que más odian: la libertad humana y la acción histórica del individuo”.

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Capítulo XIV

Condiciones materiales y fines ideales

En el pasado, ha sido la sumisión a las fuerzas impersonales el mercado lo que ha hecho posible el desarrollo de la civilización. Es esta sumisión lo que nos permite a todos construir algo que es mayor que lo que cada uno de nosotros pudiera construir. Se equivocan terriblemente los que creen que podemos ayudar a dominar las fuerzas de la sociedad de la misma forma que hemos aprendido a dominar las fuerzas de la naturleza. Esto no sólo es el camino hacia el totalitarismo sino también el camino hacia la destrucció de nuestra civilización y, ciertamente, la mejomanera de bloquear el progreso.

La libertad individual no puede reconciliarse con la supremacía de un objetivo único al que toda la sociedad tenga que estar entera y permanentemente subordinada. La única excepción es la guerra u otra situación impuesta por un desastre.

Los moralistas que enarbolan las banderas de la “justicia social” deben recordar que la moral es necesariamente un fenómeno individual. Sólo puede existir en la esfera en que el individuo es libre de optar por si mismo, de decidir si sacrificar alguna ventaja material a una regla moral. Fuera de la esfera de la responsabilidad individual no existe ni bien ni mal, ni oportunidad de mérito moral. No tenemos derecho a ser altruistas a costa de otros, ni hay ningún merito en el altruismo obligatorio.

Un movimiento cuya principal promesa sea la de aliviar la responsabilidad individual no puede sino tener efectos antimorales. La independencia, la confianza en si mismo, la disposición a correr riesgos, la disposicion a respaldar las convicciones personales contra una mayoría, la disposición a la cooperación voluntaria, la tolerancia frente al diferente y al extraño, el respeto por la costumbre y la tradicón, y una saludable suspicacia con el poder y la autoridad son las virtudes sobre las que descansa una sociedad individualista. El colectivismo no tiene nada con que sustituirlas como no sea la obediencia.

En la sociedad moderna las orientaciones a respetar ya no son la libertad del indiividuo, su libertad de movimiento o de expresión. Son, por el contario, los niveles protegidos de este grupo o aquel, su “derecho” a exluir a otros de darle a sus conciudadanos lo que les hace falta (13). La discriminación entre miembros y no miembros de grupos cerrados es aceptada cada vez más como algo natural; las injusticias contra los individuos en interés de ciertos grupos son vistas con creciente indiferencia.

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(13) En este sentido hay que tener mucho cuidado con la proliferación de supuestos “derechos” impulsada por la izquierda

contemporánea. Los verdaderos derechos sólo apuntan a protegen al individuo frente a la arbitrariedad del poder. Pero la izquierda contemporánea promueve muchos “derechos” que no son tales sino simples aspiraciones cuya implementación llevaría a una “justicia distributiva” y, por consiguiente, al resurgimiento de los problemas discutidos en este libro. Cuando se habla del “derecho al trabajo”, por ejemplo, ¿quién va a tener el deber, o la obligación, de emplear? Y ¿qué signfica el derecho a una retribución “equitativa” y “satisfactoria”? ¿Acaso los salarios no están determinados, como cualquier otro factor de la producción, por las leyes de la oferta y la demanda? Y, si no es el mercado, ¿quién determina entonces lo que es “equitativo” y “satisfactorio”? La Declaración Universal de 1948 fue un documento de compromiso, elaborado bajo la presión de la Unión Soviética y en medio del apogeo del New Deal. No hay que olvidarlo. Creo que hay que reflexionar sobre estos temas para no volver a ser víctimas de la misma demagogia de que hemos sido víctimas en el pasado.

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Capítulo XV

Las perspecivas del orden internacional

Otro campo donde el mundo también ha pagado caro el abandono del liberalismo del siglo XIX ha sido en el de las relaciones internacionales. También en este terreno las actuales concepcione sobre lo que es deseable y practicable pueden producir resultados completamente opuestos a los perseguidos. Es una ilusión fatal creer que sustituir la competencia por los mercados por las negociaciones entre los estados tiende a reducir las fricciones internacionales. Esto no es mas que trasladar la competencia entre empresas a la competencia entre estados poderosos y armados.

No se puede creer que las limitaciones e inconvenientes de la planificación a escala nacional pueden superarse llevando la misma a una escala internacional. Mientras más aumenta la escala de la planificacion, más se va limitando la esfera de los acuerdos y más aumenta la necesidad de la compulsión. Si se llegara a considerar como la obligacion de una cualquier autoridad internacional el producir una justicia distributiva entre diferentes pueblos, la lucha de clases se covertiría en una lucha entre los trabajadores de distintos países. Las consecuencia de planificar para igualar los niveles de vida de distintos países tendrían que ser necesariamente desastrosos.

Todos estamos de acuerdo en ayudar a elevar su nivel de vida a los pueblos más pobres. Pero, en ese sentido, la mejor ayuda es ayudar a mantener el orden y a crear las condiciones en las que la gente misma pueda desarrollar su propia vida. Nunca, en ninguna parte, ha funcionado bien la democracia sin una gran medida de autogobierno que represente una escuela de entrenamiento políticopara todos, y para los futuros líderes. Es sólo cuando la responsabilidad en asuntos con los que la gente está familiarizada puede aprenderse y practicarse, es sólo cuando la acción est orientada por las necesidades de nuestros vecinos y no por algunos principios abstractos, cuando la gente sencilla puede llegar aparticipar efectivamente en los asuntos públicos.

Sin duda, una de las mejores salvaguardas de la paz sería una autoridad internacional que limitara el poder del estado sobre losindividuos. Usado con sabiduría, el principio federal pudiera ser la mejor solución para muchos de los problemas más difíciles del mundo. Poder reducir el riego de fricciones que puedan llevar a la guerra es probablemente todo lo que podamos y debamos esperar.

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Capítulo XVI

Conclusión

Si hemos fallado en nuestro intento por crear un mundo de hombres libres, tenemos que tratar otra vez. Pero lo que no debemos olvidar nunca es que una política de libertad para el individuo es la única verdaderamente progresista, y que esto sigue siendo tan cierto hoy como lo fue en el siglo XIX.

Fin

About Rodrigo Betancur
Estudioso de la Escuela Austríaca de Economia

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