La Pretensión del Conocimiento

por F. A. Hayek

Conferencia en homenaje de Alfred Nobel, pronunciada el 11 de diciembre de 1974.

La ocasión particular de esta conferencia, combinada con el principal problema práctico que afrontan hoy los economistas, ha vuelto casi inevitable la selección de este tema. Por una parte, el establecimiento aún reciente del Premio Nobel en Economía marca un punto importante del proceso por el cual, en la opinión pública, la economía ha recibido la dignidad y el prestigio de las ciencias físicas. Por la otra, se está pidiendo ahora a los economistas que expliquen cómo el mundo libre podrá librarse de la grave amenaza de la inflación acelerada, una amenaza creada -debemos admitirlo- por las políticas recomendadas y aun aconsejadas a los gobiernos por la mayoría de los economistas. En efecto, tenemos escasas razones para sentirnos orgullosos: como profesionales hemos enredado las cosas.

Me parece que esta incapacidad de los economistas para guiar la política económica con mayor fortuna se liga estrechamente a su inclinación a limitar en la mayor medida posible los procedimientos de las ciencias físicas que han alcanzado éxitos tan brillantes, un intento que en nuestro campo puede conducir directamente al fracaso. Es este un enfoque que se ha descrito como la actitud “científica” y que en realidad, como lo definí hace cerca de treinta años, “es decididamente anticientífica en el verdadero sentido del término, ya que implica una aplicación mecánica y nada crítica de hábitos de pensamiento a campos distintos de aquellos en que tales hábitos se han formado”. Ahora quiero empezar por explicar cómo algunos de los errores más graves de la política económica reciente son una consecuencia directa de este error científico.

La teoría que ha venido guiando la política monetaria y financiera durante los últimos treinta años, y que en mi opinión proviene en gran medida de esa concepción errónea del procedimiento científicamente adecuado, consiste en la afirmación de que existe una correlación positiva simple entre el empleo total y la magnitud de la demanda agregada de bienes y servicios; ello conduce a la creencia de que podemos asegurar permanentemente el empleo pleno manteniendo a un nivel adecuado el gasto monetario total. Entre las diversas teorías propuestas para explicar el gran nivel de desempleo esta es probablemente la única a cuyo favor pueden aducirse fuertes pruebas cuantitativas. Sin embargo, yo considero esta teoría fundamentalmente falsa, y creo muy peligrosa la actuación basada en ella, como ahora ocurre.

Esto me lleva a la cuestión fundamental. Al revés de lo que ocurre en las ciencias físicas, en la economía y otras disciplinas que se ocupan esencialmente de fenómenos complejos, los aspectos de los hechos que deben explicarse, acerca de los cuales podemos obtener datos cuantitativos son necesariamente limitados y pueden no incluir los más importantes. Mientras en las ciencias físicas se supone generalmente, quizá con razón, que todo factor importante que determina los hechos observados podrá ser directamente observable y medible, en el estudio de fenómenos tan complejos como el mercado, que depende de las acciones de muchos individuos, es muy improbable que puedan conocerse o medirse por completo todas las circunstancias que determinarán el resultado de un proceso, por razones que explicaré más tarde. y mientras que en las ciencias físicas el investigador podrá medir lo que considera importante de acuerdo con una teoría previa, en las ciencias sociales se trata a menudo como importante lo que resulte ser accesible a la medición. Esto se lleva en ocasiones hasta el punto de que se exija que nuestras teorías se formulen en términos tales que se refieran sólo a magnitudes medibles.

No puede negarse que tal exigencia limita en forma por demás arbitraria los hechos que habrán de admitirse como causas posibles de los hechos que ocurren en el mundo real. Esta concepción, que a menudo se acepta muy ingenuamente como algo requerido por el procedimiento científico, tiene algunas consecuencias paradójicas. Por supuesto, sabemos de muchos hechos referentes al mercado y estructuras sociales similares que no pueden medirse y a cerca de los cuales tenemos en efecto apenas alguna información muy imprecisa y general. Y dado que los efectos de estos hechos en cualquier caso particular no pueden ser confirmados por pruebas cuantitativas, simplemente son descartados por quienes se han comprometido a admitir sólo lo que consideran como pruebas científicas; luego proceden alegremente con la ficción de que los factores que pueden medir son los únicos importantes. Por ejemplo total sólo puede ser aproximada, pero en virtud de que es la única acerca de la cual podemos contar con datos cuantitativos, se acepta como la única relación causal que importa. Según este criterio, pueden existir sin duda mejores pruebas “científicas” a favor de una teoría falsa, que se aceptará porque es más “científica”, que a favor de una explicación válida, rechazada porque no se apoya en suficientes pruebas cuantitativas.

Ilustraré este punto con un bosquejo breve de lo que considero la principal causa real del desempleo generalizado, una descripción que explicará también por qué tal desempleo no puede ser corregido en forma duradera por las políticas inflacionarias recomendadas por la teoría que ahora está de moda. Me parece que esta explicación correcta es la existencia de discrepancias entre la distribución de la demanda en los diversos bienes y servicios y la asignación de la mano de obra y otros recursos en la producción de tales bienes y servicios. Poseemos un conocimiento “cualitativo” bastante bueno de las fuerzas que producen una correspondencia entre la demanda y la oferta en los diversos sectores del sistema económico, de las condiciones en que se logra tal correspondencia y de los factores que tenderán a impedir tal ajuste. Los diversos pasos de la descripción de este proceso descansan en hechos de la experiencia diaria, y pocos de quienes se tomen el trabajo de seguir el argumento cuestionarán la validez de los supuestos empíricos o la correlación lógica de las conclusiones obtenidas de ellos. Tenemos en efecto buenas razones para creer que el desempleo indica que la estructura de los precios y salarios relativos ha sido distorsionada (de ordinario por la fijación monopólica o gubernamental de los precios), y que para restaurar la igualdad entre la demanda y la oferta de la mano de obra en todos los sectores se requerirán cambios de los precios relativos y algunas transferencias de la mano de obra.

Pero cuando se nos piden pruebas cuantitativas de la estructura particular de los precios y salarios que se requeriría para asegurar una venta continua y regular los productos y servicios ofrecidos, debemos admitir que no tenemos tal información. En otras palabras, conocemos las condiciones generales en que se establecerá por sí solo lo que llamamos, en forma un tanto equívoca, un equilibrio; pero nunca sabemos cuáles son los precios o salarios particulares que existirían si el mercado produjera tal equilibrio. Sólo podemos señalar cuáles son las condiciones en que podemos esperar que el mercado establezca los precios y salarios en que la demanda se igualará a la oferta. Pero nunca podremos producir información estadística que indique la medida en que los precios y salarios prevalecientes se desvían de los que asegurarían una venta continua de la oferta de mano de obra actual. Aunque esta descripción de las causas del desempleo es una teoría empírica en el sentido de que podría demostrarse su falsedad si, por ejemplo con una oferta monetaria constante, un aumento general de los salarios no condujera al desempleo, esta no es ciertamente la clase de teoría que podríamos utilizar para obtener predicciones numéricas específicas acerca de las tasas de salarios, o la distribución de la mano de obra, que deban esperarse.

Sin embargo, ¿por qué habríamos de suponer, en economía, la ignorancia de la clase de hechos acerca de los cuales, en el caso de una teoría física, se esperaría sin duda que un científico ofreciese una información precisa? Probablemente no deba sorprendernos que quienes se han impresionado por el ejemplo de las ciencias físicas encuentran muy poco satisfactoria esta posición e insistan en los criterios de prueba que se encuentran en tales ciencias. La razón de este estado de cosas es el hecho, al que ya hice breve referencia, de que las ciencias sociales, como gran parte de la biología pero al revés de la mayoría de los campos de las ciencias físicas, deben ocuparse de estructuras dotadas de una complejidad esencial; es decir, de estructuras cuyas propiedades características sólo pueden mostrarse por modelos integrados por un número relativamente grande de variables. La competencia, por ejemplo, es un proceso que producirá ciertos resultados sólo si ocurre en un número bastante grande de agentes económicos.

En algunos campos, sobre todo cuando ocurren problemas similares en las ciencias físicas, las dificultades pueden superarse utilizando, en lugar de una información específica acerca de los elementos individuales, datos acerca de la frecuencia relativa o la probabilidad de la presentación de las diversas propiedades distintivas de los elementos. Pero sólo se aplica cuando debemos ocuparnos de lo que el doctor Warren Weaver (anteriormente miembro de la Fundación Rockefeller) llamó, con una distinción que debiera estar mucho más generalizada, “fenómenos de complejidad desorganizada”, por oposición a los “fenómenos de complejidad organizada”, como ocurre en las ciencias sociales. La complejidad organizada significa aquí que el carácter de las estructuras que la presentan depende no sólo de las propiedades de los elementos individuales de que se componen, y de la frecuencia relativa con que ocurran tales propiedades, sino también de la forma en que los elementos individuales se conecten entre sí. Por esta razón, en la explicación del funcionamiento de tales estructuras no podemos sustituir la información relativa a los elementos individuales con información estadística, sino que requerimos una información completa acerca de cada elemento para que nuestra teoría pueda obtener pronósticos específicos acerca de hechos individuales. Sin tal información determinada acerca de los elementos individuales, estaremos confinados a lo que otra ocasión he llamado los meros pronósticos de patrones, o sea los pronósticos acerca de algunos de los atributos generales de las estructuras que se formarán, pero sin contener enunciados específicos acerca de los elementos individuales de que se compondrán las estructuras.

Esto es verdad en particular con relación a nuestras teorías que se ocupan de la determinación de los sistemas de precios y salarios relativos que se formarán en un mercado que funcione bien. En la determinación de estos precios y salarios intervendrán los efectos de la información particular poseída por cada uno de los participantes en el proceso del mercado, una suma de hechos que en su totalidad no puede conocer el observador científico, ni ningún otro cerebro singular. Esta es en efecto la fuente de la superioridad del orden del mercado, y la razón de que, cuando no se ve suprimido por los poderes del gobierno, el mercado desplace regularmente a todos los demás tipos de orden, de que en la asignación de recursos resultante se utilizará una cantidad de conocimientos de hechos particulares, que sólo existen dispersos entre innumerables personas, mayor que la que pueda poseer cualquier individuo. Pero en virtud de que nosotros, los científicos observadores, no podemos conocer entonces todos los determinantes de tal orden, y en consecuencia tampoco podemos saber en cuál estructura particular de precios y salarios será igual en todas partes la demanda a la oferta, no podremos medir las desviaciones de ese orden; tampoco podremos verificar estadísticamente nuestra teoría de que las desviaciones de ese sistema de “equilibrio” de precios y salarios son las que vuelven imposible la venta de algunos de los productos y servicios a los precios a que se ofrecen. Antes de continuar con lo que realmente me interesa, los efectos de todo esto sobre las políticas de empleo que ahora se siguen, trataré de identificar en forma más específica las limitaciones inherentes de nuestro conocimiento numérico que se olvidan tan a menudo. Quiero hacerlo para no dar la impresión de que rechazo en general el método matemático en la economía. En realidad, considero que la mayor ventaja de la técnica matemática consiste en que nos permite describir, por medio de ecuaciones algebraicas, el carácter general de un patrón aun cuando ignoremos los valores numéricos que determinarán su manifestación particular. Sin esta técnica algebraica, no habríamos podido lograr esa representación comprensiva de las interdependencias recíprocas existentes entre los diversos hechos de un mercado. Sin embargo, esa técnica ha creado la impresión de que podemos utilizarla para la determinación y el pronóstico de los valores numéricos de tales magnitudes; esto ha conducido a una búsqueda vana de constantes cuantitativas o numéricas. Esto ha ocurrido a pesar de que los fundadores modernos de la economía matemática no albergaban tales ilusiones. Es cierto que sus sistemas de ecuaciones que describen el patrón de un equilibrio de mercado se formulan como si pudiéramos llenar todos los espacios en blanco de las fórmulas abstractas; es decir, si conociéramos todos los parámetros de estas ecuaciones, podríamos calcular los precios y las cantidades de todos los bienes y servicios vendidos. Pero como enunció claramente Vilfredo Pareto, uno de los fundadores de esta teoría, su propósito no puede ser el de “llegar a un cálculo numérico de los precios” porque, como dijo Pareto, sería “absurdo” suponer que pudiéramos tener todos los datos. En realidad, el punto principal había sido apreciado ya por esos notables precursores de la economía moderna, los escolásticos españoles del siglo XVI, quienes hicieron hincapié en que lo que ellos llamaban pretium mathematicum, el precio matemático, dependía de tantas circunstancias particulares que no podría ser conocido jamás por el hombre, sino sólo por Dios. A veces quisiera que nuestros economistas matemáticos hubiesen entendido esto a la perfección. Debo confesar que todavía dudo que su búsqueda de magnitudes medibles haya hecho alguna aportación importante a nuestro entendimiento teórico de los fenómenos económicos, por oposición a su valor como una descripción de situaciones particulares. Tampoco puedo aceptar la excusa de que esta rama de la investigación es todavía demasiado joven. Después de todo, Sir William Petty, el fundador de la econometría, ¡era más viejo que Sir Isaac Newton, su colega en la Real Sociedad Británica!

Quizá hay pocos casos en que la superstición de que sólo pueden ser importantes las magnitudes medibles haya causado verdadero daño en el campo económico. Pero los problemas actuales de la inflación y el empleo son muy graves. Su efecto ha sido que la mayoría de los economistas de mente científica han pasado por alto lo que probablemente constituye la verdadera causa del desempleo generalizado, en virtud de que su operación no podría ser confirmada por la existencia de relaciones directamente observables entre magnitudes medibles, y en virtud de que una concentración casi exclusiva en los fenómenos superficiales cuantitativamente medibles ha producido una política que ha empeorado las cosas.

Por supuesto, debe admitirse sin reparos que la clase de teoría que yo considero la verdadera explicación del desempleo es una teoría de contenido limitado porque sólo nos permite formular pronósticos muy generales acerca de la clase de hechos que debemos esperar en una situación dada. Pero los efectos de las construcciones más ambiciosas sobre la política no han sido muy afortunados y debo confesar que prefiero el conocimiento verdadero, aunque imperfecto, a pesar de que deje muchas cosas indeterminadas e imprevisibles, a una pretensión de conocimiento exacto que probablemente será falso. Como demuestra este ejemplo, el crédito que puedan ganar las teorías aparentemente sencillas pero falsas por su aparente conformidad con criterios científicos reconocidos, puede tener consecuencias graves.

En realidad, en el caso que comentamos, las mismas medidas recomendadas por la teoría “macroeconómica” dominante como un remedio para el desempleo, o sea el incremento de la demanda agregadas, se han convertido en una de las causas de la mala asignación muy generalizada de los recursos que probablemente volverá inevitablemente el desempleo posterior a gran escala. La inyección continua de cantidades adicionales de dinero en algunos puntos del sistema económico donde crea una demanda temporal que debe cesar cuando el incremento de la cantidad de dinero cese o se vuelva más lento, aunada a la expectativa de un aumento continuo de los precios, canaliza la mano de obra y otros recursos hacia empleos que sólo pueden durar mientras el incremento de la cantidad de dinero continúe al mismo ritmo, o quizá sólo mientras continúe acelerándose a una tasa dada. Lo que ha producido esta política no es tanto un nivel de empleo que no habría podido producirse en otras formas, sino la distribución del empleo que no puede mantenerse indefinidamente y que después de algún tiempo sólo podrá mantenerse por una tasa de inflación que conducirá rápidamente a la desorganización de toda la actividad económica. El hecho es que debido a una concepción teórica errónea hemos llegado a la posición precaria en la que no podemos impedir la reaparición de un desempleo considerable; esto no se debe -como se sostiene en ocasiones a una mala interpretación de nuestra postura- a que el desempleo se produzca deliberadamente para combatir la inflación, sino porque debe ocurrir como una consecuencia lamentable pero inevitable de las políticas erróneas del pasado, tan pronto como la inflación deja de acelerarse.

Sin embargo, ahora debo abandonar estos problemas de importancia práctica inmediata que he introducido sobre todo como una ilustración de las consecuencias catastróficas que pueden provenir de los errores relativos a los problemas abstractos de la filosofía de la ciencia. Hay tanta razón para preocuparnos por los peligros a largo plazo creados en un campo mucho más amplio por la aceptación sin sentido crítico de afirmaciones que tienen la apariencia de ser científicas, como en el caso de los problemas que he discutido. Lo que quería señalar sobre todo con la ilustración particular es que sin duda en mi campo, pero creo que también en general en las ciencias del hombre, lo que parece superficialmente el procedimiento más científico es a menudo el menos científico, y además que en estos campos hay límites definidos que la ciencia no podrá alcanzar. Esto significa que si encargamos a la ciencia -o al control deliberado de acuerdo con principios científicos- más de lo que el método científico puede lograr, podemos obtener efectos deplorables. Por supuesto, el progreso de las ciencias naturales en la época moderna ha superado tanto todas las expectativas que toda sugerencia de que puedan existir límites despertará inevitablemente sospechas. Sobre todo se opondrán a ese enfoque quienes tienen esperanzas de que nuestro creciente poder de pronóstico y control, considerado generalmente como el resultado característico del adelanto científico, aplicado a los procesos de la sociedad, pronto nos permitirá moldear la sociedad totalmente de acuerdo con nuestros gustos. Es cierto que, por contraste con el entusiasmo que tienden a producir los descubrimientos de las ciencias físicas, las percepciones que obtenemos del estudio de la sociedad tienen a menudo un efecto negativo sobre nuestras aspiraciones, y quizá no deba sorprendernos que los miembros más jóvenes e impetuosos de nuestra profesión no estén siempre dispuestos a aceptarlo. Pero la confianza en el poder ilimitado de la ciencia se basa a menudo en una creencia falsa de que el método científico consiste en la aplicación de una técnica hecha a la medida, o en la imitación de la forma y no de la sustancia del procedimiento científico, como si sólo necesitáramos seguir algunas recetas de cocina para resolver todos los problemas sociales. A veces parece que las técnicas de la ciencia se aprendieran con facilidad mucho mayor que el pensamiento que nos muestra cuáles son los problemas y cómo debemos enfocarlos.

El conflicto entre lo que espera ahora el público que la ciencia logre para satisfacer las aspiraciones populares y lo que realmente puede lograr es un asunto grave porque, aun si los verdaderos científicos reconocieran las limitaciones de lo que pueden hacer en el campo de los asuntos humanos, mientras el público espere más habrá siempre alguien que pretenda, y quizá que crea honestamente, que puede lograr más para satisfacer las demandas populares. Con frecuencia resulta muy difícil para el experto, y sin duda es imposible en muchos casos para el lego, distinguir entre las pretensiones legítimas y las ilegítimas formulada en nombre de la ciencia. La publicidad enorme concedida recientemente por los medios de difusión a un informe que se pronunciaba en nombre de la ciencia sobre Los límites del crecimiento, y el silencio de los mismos medios de difusión acerca de la crítica devastadora que ha recibido este informe a manos de los expertos competentes, debe hacernos sentir cierto temor por el uso que puede darse al prestigio de la ciencia. Pero no es en modo alguno sólo en el campo de la economía que se formulan grandes pretensiones en aras de una dirección más científica de todas las actividades humanas y de la conveniencia de sustituir los procesos espontáneos por el “control humano consciente”. Si no estoy equivocado, a psicología, la psiquiatría y algunas ramas de la sociología, para no decir nada de la llamada filosofía de la historia, se ven más afectadas aún por lo que he llamado el prejuicio científico y por las pretensiones falsas acerca de lo que la ciencia puede lograr.

Para salvaguardar la reputación de la ciencia e impedir la arrogancia del conocimiento basado en una similitud superficial del procedimiento con el utilizado en las ciencias físicas, tendremos que hacer grandes esfuerzos para destruir tales arrogancias, algunas de las cuales pueden haberse convertido ya en los intereses creados de departamentos universitarios bien establecidos. Nunca podremos agradecer demasiado a filósofos modernos de la ciencia como Sir Karl Popper por habernos dado una prueba para distinguir entre lo que podemos aceptar como científico y lo que no lo es; una prueba que seguramente no pasarían algunas tesis aceptadas ahora generalmente como científicas. Sin embargo, hay algunos problemas especiales en relación con esos fenómenos esencialmente complejos, de los que las estructuras sociales constituyen un ejemplo tan importante, que me llevan a tratar de concluir enunciando en términos más generales las razones por las cuales no hay en estos campos sólo obstáculos absolutos para el pronóstico de hechos específicos; pero actuar como si poseyésemos un conocimiento científico que nos permita superarlos puede convertirse en sí mismo en un obstáculo grave para el adelanto del intelecto humano.

El punto principal que debemos recordar es que el adelanto grande y rápido de las ciencias físicas ocurrió en campos donde se probó que la explicación y el pronóstico podrían basarse en leyes que describen los fenómenos observados como funciones de un número relativamente pequeño de variables, ya fuesen hechos particulares o frecuencias relativas de los hechos. Esta puede ser aun la razón final de que destaquemos estos campos como “físicos” por oposición a las estructuras más altamente organizadas que he llamado aquí fenómenos esencialmente complejos. No hay razón para que la posición deba ser la misma en unos campos y en otros. Las dificultades que encontramos en los campos citados en último término no son, como podría creerse a primera vista, dificultades acerca de la formulación de teorías para la explicación de los hechos observados, aunque también causan dificultades especiales en relación con la verificación de las explicaciones propuestas y por lo tanto en relación con la eliminación de las malas teorías. Tales dificultades se deben al problema principal que surge cuando aplicamos nuestras teorías a cualquier situación particular del mundo real. Una teoría de fenómenos esencialmente complejos debe referirse a un gran número de hechos particulares, y para obtener un pronóstico de tal teoría, o para verificarla, debemos determinar todos esos hechos particulares. Una vez que lo lográramos, no habría dificultad particular para derivar pronósticos verificables; con el auxilio de las computadoras modernas sería muy fácil la inserción de estos datos en los espacios en blanco correspondientes de las fórmulas teóricas y la obtención de un pronóstico. La verdadera dificultad, para cuya solución la ciencia tiene poco que aportar, y que a veces es en efecto insoluble, consiste en la determinación de los hechos particulares. Un ejemplo mostrará la naturaleza de esta dificultad. Consideremos un partido de béisbol entre unos cuantos jugadores de habilidad aproximadamente igual. Si conociésemos unos cuantos hechos particulares además de nuestro conocimiento general de la capacidad de los jugadores individuales, tales como su estado de atención, sus percepciones y el estado de sus corazones, pulmones, músculos, etcétera, en cada momento del juego, probablemente podríamos pronosticar el resultado. En realidad, si estuviésemos familiarizados con el juego y con los equipos, probablemente tendríamos una idea muy buena de los factores de los cuales dependerá el resultado. Pero por supuesto no podremos determinar estos hechos y en consecuencia el resultado del partido quedará fuera del alcance de lo científicamente pronosticable, por bien que conozcamos los efectos que algunos hechos particulares tendrán sobre dicho resultado. Esto no significa que no podamos formular ningún pronóstico acerca del curso del partido. Si conocemos las reglas de los diversos juegos, al observar uno de ellos sabremos muy pronto cuál juego se está desarrollando, qué tipo de acciones podemos esperar y cuáles no. Pero nuestra capacidad de pronóstico estará limitada a esas características generales de los hechos que pueden esperarse y no incluirá la capacidad de vaticinar hechos individuales particulares. Esto corresponde a lo que he llamado antes los pronósticos del mero patrón, a los que nos limitamos cada vez más a medida que pasamos del campo donde prevalecen leyes relativamente sencillas al campo de fenómenos regido por la complejidad organizada. A medida que avanzamos encontramos cada vez con más frecuencia que en efecto sólo podemos determinar algunas de las circunstancias particulares, pero no todas, que determinan el resultado de un proceso dado, y en consecuencia sólo podemos pronosticar algunas propiedades del resultado que debemos esperar, aunque no todas. A menudo sólo podremos pronosticar alguna característica abstracta del patrón que aparecerá; algunas relaciones entre clases de elementos acerca de los cuales sabemos muy poco individualmente. Sin embargo, me interesa mucho recalcar que todavía podremos formular pronósticos susceptibles de ser refutados y que por lo tanto tienen una importancia empírica.

Por supuesto, por comparación con los pronósticos precisos que hemos aprendido a esperar de las ciencias físicas, esta clase de pronósticos del mero patrón es una alternativa menos buena con la que no quisiéramos conformarnos. Pero el peligro que quiero prevenir es precisamente la creencia de que para tener una pretensión que se acepte como científica es necesario lograr más. Por este camino se llega a la charlatanería y a cosas peores. El hecho de actuar en la creencia de que poseemos el conocimiento y el poder que nos permitirá moldear los procesos de la sociedad por entero a nuestro gusto, un conocimiento que en realidad no poseemos, nos causará probablemente mucho daño. En las ciencias físicas puede haber escasa objeción al esfuerzo por lograr lo imposible; aun podríamos creer que no debemos desalentar a quien se muestre demasiado optimista porque después de todo sus experimentos pueden producir algunas percepciones nuevas. Pero en el campo social, la creencia errónea de que el ejercicio de cierto poder tendría consecuencias benéficas tenderá a producir un nuevo poder para ejercer coerción sobre otros hombres a nombre de cierta autoridad. Aun si tal poder no es en sí mismo malo, su ejercicio tenderá a impedir el funcionamiento de las fuerzas ordenadoras espontáneas cuyo entendimiento ayuda en efecto en tan gran medida al hombre en la consecución de sus objetivos. Apenas empezamos a entender cuán sutil es el sistema de comunicación en que se basa el funcionamiento de una sociedad industrial avanzada; un sistema de comunicaciones que llamamos el mercado y que resulta ser un mecanismo para el procesamiento de información dispersa más eficiente que cualquier otro mecanismo diseñado deliberadamente por el hombre. Para que el hombre no haga más mal que bien en sus esfuerzos por mejorar el orden social, deberá aprender que aquí, como en todos los demás campos donde prevalece la complejidad esencial organizada, no puede adquirir todo el conocimiento que permitirá el dominio de los acontecimientos. En consecuencia, tendrá que usar el conocimiento que pueda alcanzar, no para moldear los resultados como el artesano moldea sus obras, sino para cultivar el crecimiento mediante la provisión del ambiente adecuado, a la manera en que el jardinero actúa con sus plantas. En el sentimiento de excitación generado por el poderío siempre creciente engendrado por el adelanto de las ciencias físicas, y que tienta al hombre, existe el peligro de que éste, “embriagado de éxito”, para usar una frase característica del comunismo inicial, trate de someter al control de una voluntad humana no sólo nuestro ambiente natural sino también el ambiente humano. En realidad, el reconocimiento de los límites insuperables de su conocimiento debiera enseñar al estudioso de la sociedad una lección de humildad que lo protegiera en contra de la posibilidad de convertirse en cómplice de la tendencia fatal de los hombres a controlar la sociedad, una tendencia que no sólo los convierte en tiranos de sus semejantes sino que puede llevarlos a destruir una civilización no diseñada por ningún cerebro, alimentada de los esfuerzos libres de millones de individuos.

Resumen de El Camino de la Servidumbre

Por Friedrich A.Hayek Friedrich A. Hayek

Introducción a la edición sintetizada.

El Camino de la Servidumbre fue un libro que no encontró difusión ni popularidad en Occidente tras su aparición en 1944. El ambiente ideológico imperante le era francamente hostil: era el mismo que existía en Cuba en la época pre revolucionaria. El mismo que no pudo ofrecer prácticamente ninguna resistencia a que Fidel Castro llegara al poder e instituyera el comunismo en Cuba. ¿Qué ambiente era ese? ¿Cuál se pensaba entonces que era el camino del progreso y el desarrollo? Pero ¿qué decía la experiencia histórica sobre el mismo? Ese es el tema de este libro.

Es un texto agudo, profético, uno de las grandes producciones liberales del siglo XX. Estoy seguro de que si hubiera sido popular entre nosotros antes del triunfo de la revolución, Fidel Castro no hubiera haber podido hacer lo que hizo. No sólo eso. Si conseguimos hacerlo popular entre nuestros intelectuales, aun ahora, pudiéramos ahorrarnos grandes frustraciones en el futuro.

El Camino de la Servidumbre es un libro de poco más de 200 páginas. La síntesis de una obra tan densa, y tan rica, no es tarea fácil. Hice una amplia utilización de las negritas para tratar de compensar con ese énfasis la eliminación de ciertas reiteraciones. Igualmente, en unos pocos casos, he simplificado un tanto la redacción para ganar en claridad expositiva. No pude resistir la tentación de hacerle algunos comentarios al texto, que aparecen numerados al pie de cada capítulo y que, por supuesto, sólo representan mis opiniones personales. Sólo espero que este trabajo despierte en los lectores el interés por leer el insustituible original, tan poco conocido entre nosotros.

Adolfo Rivero Caro

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RESUMEN DE “EL CAMINO DE LA SERVIDUMBRE

Introducción

Los estudiantes de la historia de las ideas difícilmente puedan dejar de apreciar algo más que una similitud superficial entre la tendencia del pensamiento alemán después de la I Guerra Mundial y la tendencia del pensamiento actual en las democracias occidentales. Hasta hace muy poco tiempo, las políticas socialistas de los gobiernos alemanes eran consideradas como un modelo para los “progresistas”, de la misma forma en que han sido consideradas las de Suecia más recientemente. Pocos han tenido el coraje de reconocer que el ascenso del fascismo y del nazismo no ha sido una reacción contra el socialismo anterior sino precisamente su consecuencia, y que los conflictos entre la “derecha” del nacionalsocialismo y la “izquierda” comunista no han sido sino luchas entre fracciones socialistas rivales.

Actualmente (1944) existe entre las democracias occidentales la misma determinación, típica de Alemania después de la I Guerra Mundial, de preservar el tipo de organización nacional en la paz que había servido para los fines de la guerra. Hay el mismo menosprecio por el liberalismo del siglo XIX, el mismo espurio “realismo” e incluso el mismo cinismo y la misma aceptación fatalista de las “tendencias inevitables” de la economía. Tal parece como si existiera un rechazo a aprender de las lecciones de la historia.

A través de todo el libro utilizo el término “liberal” en el sentido original del siglo XIX que todavía es habitual en Inglaterra. Sin embargo, con frecuencia su uso habitual en Estados Unidos viene a significar casi exactamente lo contrario. Ha sido parte del camuflaje del movimiento izquierdista de ese país, ayudado por la confusión de muchos que realmente creen en la libertad, que “liberal” haya venido a significa la defensa de casi todo tipo de control gubernamental. Todavía me resulta enigmático por qué los que verdaderamente creen en la libertad en Estados Unidos no sólo permitieron que se apoderara de este término, prácticamente indispensable, sino que casi la ayudaron al comenzar ellos mismos a utilizarlo como término de oprobio. Esto parece particularmente lamentable dado la consiguiente tendencia de los verdaderos liberales a describirse a si mismos como conservadores.

Es cierto, por supuesto, algunas veces, en la lucha contra los que creen en el estado todopoderoso, los verdaderos liberales tienen que hacer causa común con los conservadores y, en algunas circunstancias, como en la Gran Bretaña contemporánea, difícilmente tengan otra forma de trabajar activamente por sus ideales. Pero el verdadero liberalismo sigue siendo muy distinto del conservadurismo, y el conservadurismo, aunque un elemento necesario en cualquier sociedad estable, no es un programa social; en sus tendencias paternalistas, nacionalistas y adoradoras del poder frecuentemente está más cerca del socialismo que el verdadero liberalismo; y con sus propensiones tradicionalistas, anti-intelectuales y frecuentemente místicas, nunca, excepto en cortos períodos de desilusión, resultará atractivo para los jóvenes y para todos los que creen que algunos cambios son deseables si este mundo ha de convertirse en un lugar mejor. Un movimiento conservador, por su propia naturaleza, está obligado a defender los privilegios establecidos y apoyarse en el poder del gobierno para la protección de esos privilegios. Sin embargo, lo esencial de la posición liberal es la negación de todo privilegio, si por privilegio se entiende, en su sentido propio y original, un estado que garantiza y protege derechos disponibles para algunos y no para otros (1).

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(1) La sociedad norteamericana contemporánea se ha alejado enormemente del ideal liberal. La izquierda americana, que se siguen llamando “liberal” dentro del Partido Demócrata, está integrada por los modernos herederos del utopismo comunista. Consideran al estado como el instrumento idóneo para resolver todos los problemas de la sociedad. Han construido un enorme estado de beneficencia social (welfare state) y luchan por proteger privilegios, como la acción afirmativa, para determinados grupos como negros y mujeres, homosexuales, inválidos, viejos, veteranos y muchos otros. Y, a través del llamado “multiculturalismo” están impulsando la balcanización del país.

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Capítulo I

El Camino Abandonado

Desde por lo menos 25 años antes de que el espectro del totalitarismo se convirtiera en una amenaza real, nos hemos estado alejando de las ideas básicas que han servido de fundamento a la civilización occidental. Hemos ido renunciando progresivamente a la libertad en los asuntos económicos. Sin embargo, sin esa libertad en los asuntos económicos, la libertad política y personal nunca ha existido en el pasado. Aunque hemos sido advertidos por los más grandes pensadores políticos del siglo XIX como De Tocqueville y Lord Acton, de que el socialismo significa esclavitud, nos hemos estado moviendo precisamente en la dirección del socialismo.

Nos hemos estado alejando rápidamente no sólo de las ideas de Adam Smith y Hume, sino de las de Locke y Milton, y hasta de las características básicas de la civilización occidental establecidas por el cristianismo y la filosofía de los griegos y los romanos. Se ha estado abandonando progresivamente el individualismo básico de Erasmo y Montaigne, de Cicerón y Tácito, de Pericles y Tucídides. El individualismo se ha convertido en una mala palabra, y se ha querido hacer sinónimo de mezquindad y de egoísmo. Esto es completamente erróneo. El individualismo es el opuesto del socialismo, el fascismo y las demás formas de colectivismo. Los rasgos esenciales del individualismo se han derivado de elementos cristianos y de la filosofía de la antigüedad clásica que se cristalizaron por primera vez en el Renacimiento, y que se siguieron desarrollando en lo que conocemos hoy como la civilización occidental (2).

La progresiva transformación de un rígido sistema jerárquico e otro sistema en donde los hombres pudieran intentar escoger su propio camino y donde hubiera la posibilidad de escoger entre diversas formas de vida, se encuentra íntimamente relacionado con el desarrollo del comercio. Una nueva perspectiva de la vida fue extendiéndose junto con el comercio desde las ciudades comerciales del norte de Italia hacia el norte y el oeste, a través de Francia y del suroeste de Alemania hasta Holanda y las islas británicas, echando profundas raíces dondequiera que no hubiera algún despotismo que pudiera asfixiarla.

Fue en Holanda y en Inglaterra donde el comercio pudo desarrollarse mejor y convertirse en el fundamento de la vida política y social de esos países. Y fue de ahí que, a fines de los siglos XVII y XVIII comenzó de nuevo a extenderse, en una forma más desarrollada, hacia el este y el oeste, hacia el Nuevo Mundo y el centro de Europa, donde la opresión política y guerras devastadoras habían asfixiado los tempranos inicios de un desarrollo similar.

Durante todo este período moderno de la historia de Europa, la dirección general del desarrollo social había sido hacia la

liberación del individuo de las tradiciones culturales que lo mantenían limitado en sus actividades ordinarias. La consciencia de que los esfuerzos espontáneos de los individuos eran capaces de producir un orden complejo de actividades económicas, como era el mercado, sólo pudo producirse después que ese desarrollo hubo hecho algún progreso. La subsiguiente elaboración de una argumentación coherente a favor de la libertad económica fue el resultado del libre crecimiento de esa actividad económica que, a su vez, había sido el resultado, espontáneo e imprevisto, de la libertad política.

Quizás si el mayor resultado del desencadenamiento de las energías individuales fue el maravilloso crecimiento de la ciencia que siguió la marcha de la libertad individual de Italia a Inglaterra, y más allá. Por supuesto que en otras épocas la capacidad de invención no había sido menor. Sin embargo, en otras épocas, los intentos de extender el uso de las invenciones mecánicas había sido rápidamente suprimido y el anhelo de cocimiento había sido sofocado. La concepción dominante en la mayoría se utilizaba como justificación para rechazar al innovador individual. Sólo desde que libertad industrial abrió el camino para explorar nuevos conocimientos, sólo cuando todo pudo ensayarse -si se podía encontrar a alguien que lo respaldara a su propio riesgo- fue que la ciencia comenzó a avanzar con pasos de gigante.

Lo que el siglo XIX añadió al individualismo del período precedente fue la consciencia de la libertad, el desarrollo sistemático de lo que había ido creciendo de manera espontánea, y extender esas ideas de Inglaterra y Holanda al resto de Europa.

Los resultados de este crecimiento superaron todas las expectativas. Dondequiera que se eliminaron las barreras al libre ejercicio del ingenio humano, el hombre pudo satisfacer un diapasón cada vez más amplio de sus necesidades (3). Y aunque el aumento del nivel de vida llevó a descubrir rápidamente aspectos tenebrosos de la sociedad, aspectos que la gente ya no estaba dispuesta a tolerar, el progreso llegó a todos los estratos de la sociedad. Lógicamente, el éxito desarrolló la ambición. Pronto, lo que había sido una deslumbradora promesa dejó de parecer suficiente. Se percibió el ritmo del progreso como muy lento, y los mismos principios que habían hecho posible ese progreso comenzaron a percibirse como obstáculos para un progreso todavía más rápido.

Los principios básicos del liberalismo no se oponen en lo más mínimo al cambio. El principio fundamental del liberalismo: que para el ordenamiento de nuestros asuntos debemos hacer tanto uso como sea posible de las fuerzas espontáneas de la sociedad, y recurrir tan poco como sea posible a la coerción, es capaz de infinitas variaciones. Y, por supuesto, también ha progresado nuestra comprensión de las fuerzas sociales y de las condiciones más favorables para que esos principios funcionen de la mejor manera posible. (pág. 18)

En realidad, la pérdida de popularidad del liberalismo se explica, en cierta medida, por su propio éxito. Ha venido a ser considerado un credo “negativo” porque no puede ofrecerle a los individuos otra cosa que una participación en el progreso general. Sin embargo, ya no se reconoce que ese progreso ha sido precisamente el resultado de la política liberal de libertad. Todo lo contrario, los hombres se han acostumbrado tanto a su nueva prosperidad que ahora las desigualdades les parecen insoportables e injustificadas. Ahora, la gran pregunta no es por qué algunos llegan a la riqueza, sino por qué no todos somos ricos.

En este cambio de perspectiva ha jugado un papel decisivo la transferencia acrítica al terreno social de los hábitos intelectuales engendrados por los hábitos del ingeniero. Desde hace tiempo se pretende desplazar los anónimos e impersonales mecanismos del mercado por la dirección “consciente” de todas las fuerza sociales para poder alcanzar objetivos deliberadamente escogidos. En este proceso, ha sido muy importante que Inglaterra haya perdido su hegemonía cultural alrededor de 1870 y que ésta fuera pasando a Alemania. Hegel, List, Marx, Sombart y Mannheim se convirtieron e los pensadores más influyentes del mundo interpretando las ideas liberales como simples racionalizaciones de intereses egoístas.

2) Actualmente, la arremetida contra la civilización occidental en Estados Unidos es directa. Bajo las banderas del llamado multiculturalismo, en numerosas universidades se han abandonado o rebajado drásticamente los tradicionales estudios sobre civilización occidental. Recientemente, la Universidad de Yale rechazó una donación de $20 millones (!) simplemente porque el donante quería que se invirtieran en el fortalecimiento de esos estudios tradicionales. Los multiculturalistas consideran que esos estudios son eurocéntricos (es decir, de interés sólo para descendientes de europeos y no de los mexicanos, chinos, vietnamitas, etc., que viven en Estados Unidos), racistas (de interés sólo para blancos) machistas (de interés sólo para varones) y homófobos (saturados de un temor patológico a los homosexuales). Y esto se ha convertido, en el decursar de las últimas tres décadas, en la ideología dominante en los medios académicos y de comunicación en Estados Unidos. No es extraño que los disidentes cubanos hayan encontrado tan poco apoyo en ellos. Quizás resida aquí una de las claves ocultas de la supervivencia del régimen de Fidel Castro.

(3) Las consecuencias para la especie humana fueron incalculables. La población de Europa, la más adelantada del planeta, se había mantenido estática durante siglos. Pero, a partir del siglo XVIII, su crecimiento comenzó a acelerarse. Creció de 140 millones en 1750 a 187 millones en 1800, a 266 millones en 1850. Pero este crecimiento no se limitó a los países europeos sino que se extendió al mundo entero. La población de Asia, por ejemplo, creció en 300 millones en este mismo tiempo. La explosión demográfica, la mejor demostración de la efectividad del capitalismo, ha seguido incontenible hasta el día de hoy. Y, a pesar de todo, el crecimiento de la productividad del trabajo siempre se ha mantenido siempre por delante del crecimiento demográfico.

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Capítulo II

La Gran Utopía

El extraordinario que el socialismo haya desplazado al liberalismo como la doctrina “progresista” de nuestro tiempo. Es extraordinario teniendo en cuenta que el socialismo fue reconocido tempranamente como una peligrosa amenaza para la libertad. No sólo eso. El socialismo comenzó como una reacción abierta contra el liberalismo de la Revolución Francesa. Ahora casi nadie recuerda que, en sus orígenes, el socialismo era francamente autoritario. Los escritores franceses que pusieron las bases del socialismo moderno no tenían la menor duda de que sus ideas sólo podían ser puestas en práctica mediante un gobierno dictatorial.

Sólo bajo la influencia de las fuertes corrientes democráticas que precedieron la revolución de 1848 comenzó el socialismo a aliarse con las fuerzas de la libertad. Nadie vio esto más claramente que Tocqueville.

“La democracia extiende la esfera de la libertad individual” dijo Tocqueville en 1848, “el socialismo la restringe. La democracia le da todo el valor posible a cada hombre; el socialismo hace de cada hombre un simple agente, un número. La democracia y el socialismo no tienen nada en común sino una palabra: igualdad. Pero observen la diferencia: mientras la democracia busca la igualdad en la libertad, el socialismo busca la igualdad en la restricción y la servidumbre”.

Para acallar esas sospechas y convertir el poderoso anhelo de libertad en un aliado, el socialismo comenzó a hacer, cada vez más, promesas de una “nueva libertad”. Era la libertad económica sin la que, supuestamente, la libertad política “carecía de significado”. Sólo el socialismo era capaz de hacer culminar la vieja lucha por la libertad humana, en la que la libertad política no era sino el primer paso. Por supuesto, hubo que cambiar el significado de la palabra “libertad” para hacer plausible este argumento. Para los creadores del concepto de la libertad política, ésta había sido siempre la libertad de la coerción, la libertad del poder arbitrario de otros hombres. Pero la “nueva” libertad era la eliminación de las circunstancias que limitan nuestras opciones. En este sentido, sólo venía a ser un sinónimo de poder o riqueza.

La promesa era que las disparidades en las opciones de la gente iban a desaparecer. La demanda de la nueva libertad no era sino otro nombre para la vieja demanda de la distribución igualitaria de la riqueza. Esta promesa llevó a muchos liberales por el camino socialista, cegándolos al ineludible conflicto que existe entre socialismo y liberalismo. Engañados, abrazaron al socialismo como si fuera el legítimo heredero de la tradición liberal.

Resulta particularmente significativa, y digna de observar, la relación entre fascismo y comunismo, y la facilidad con que se hace el tránsito de una ideología a la otra. Es verdad que ambas ideología compitieron en los años 30, pero ambas representan la misma ideología colectivista y antiliberal y compitieron por el mismo tipo de mentalidad (3). Sin embargo, ninguna de las dos podían convencer a los liberales de viejo tipo. El socialismo democrático ha sido la gran utopía de las últimas generaciones. Es una idea inalcanzable, y luchar por ella provoca efectos tan radicalmente opuestos a los que se persiguen que cuesta trabajo aceptar su necesaria vinculación.

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(4) Son muy significativos los elementos fascistas en la ideología multiculturalista de los liberales contemporáneos, con su nihilismo básico.

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Capítulo III

Individualismo y Colectivismo

Es imprescindible tener en cuenta que el socialismo no sólo significa un objetivo de mayor igualdad y seguridad sino también un método: la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, y la creación de un sistema de “economía planificada” en la que un organismo de planificación central sustituye a los empresarios que trabajan por una ganancia (5).

Es necesario subrayar que la discusión sobre el socialismo no puede limitarse a los fines sino que también tiene que comprender los medios que hacen falta para conseguir esos fines. Porque el problema es que los métodos para conseguir una distribución igualitaria siempre son iguales, lo mismo sirvan para beneficiar a una raza superior que a los miembros de una aristocracia.

La discusión entre los modernos planificadores y sus oponentes gira en torno a cuál es la mejor forma de conseguir nuestros objetivos. Lo que se discute es si una utilización racional de los recursos exige una dirección centralizada o si es mejor limitarse a crear las condiciones para que sean los individuos los que puedan planificar de la mejor manera posible.

El pensamiento liberal no es defensor de ningún status quo. Considera sencillamente que la mejor manera de coordinar los esfuerzos humanos es mediante la competencia. Pero para que la competencia pueda funcionar exitosamente hay que crear un marco legal bien reflexionado. La competencia es el único método mediante el que podemos coordinar nuestras actividades sin la intervención arbitraria de alguna autoridad. Por supuesto, el mantenimiento de la competencia es perfectamente compatible con la prohibición de usar substancias tóxicas, la limitación de las horas de trabajo o la exigencia de ciertas condiciones sanitarias. En ese sentido, el único problema es determinar si las ventajas que se consiguen son mayores que los costos sociales que imponen.

Obviamente, el funcionamiento de la competencia requiere, y depende, de condiciones que nunca pueden ser totalmente garantizadas por la empresa privada. La intervención estatal siempre es necesaria pero la planificación y la competencia sólo pueden combinarse cuando se planifica para la competencia, no en contra de ella.

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(5) En el mundo posterior a la Guerra Fría, habría que redefinir la política económica colectivista. Fracasados sus dogmastradicionales básicos (su desprecio por el mercado, su pasión por la estatización o nacionalización de las empresas) ahora parece caracterizarse por la enorme cantidad de regulaciones burocráticas con que el gobierno central abruma a la empresa privada (que en EEUU incluyen la acción afirmativa) así como por la excesiva carga tributaria necesaria para mantener su inmenso aparato burocrático de beneficencia social.

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Capítulo IV

La “inevitabilidad” de la planificación

Se habla mucho de que la planificaciones es inevitable. Se dice que los cambios tecnológicos han hecho imposible la competencia en toda una serie de campos, y que la única opción que nos queda es el control de la producción o bien por los monopolios privados o bien por el gobierno. En gran medida, esta tesis se deriva de la doctrina marxista de la “concentración de la industria”.

La supuesta causa tecnológica del crecimiento de los monopolios es la superioridad de la empresa grande sobre la pequeña, debido a la superior eficiencia de los métodos modernos de producción en masa. Sin embargo, la superioridad de la gran empresa no ha sido demostrada nunca. Frecuentemente, los monopolios son producto de otros factores como los acuerdos secretos o una deliberada política gubernamental. No constituyen ninguna tendencia “necesaria” del capitalismo. Si así fuera, hubieran aparecido primero en los países de capitalismo más desarrollado. Pero no fue así. Los monopolios aparecieron primero en Estados Unidos y Alemania, países de capitalismo joven. El crecimiento de los monopolios y carteles en Alemania desde 1878, fue una política deliberada del gobierno alemán. Fue el primer gran experimento en “planificación científica” y “organización consciente de la industria”. El supuesto “inevitable” desarrollo del capitalismo en “capitalismo monopolista” fue simplemente una idea popularizada por teóricos alemanes, particularmente Sombart. Cuando EEUU siguió una política altamente proteccionista a principios del siglo XX, esto pareció confirmar sus generalizaciones.

La afirmación de que la complejidad de la civilización industrial moderna hace necesaria la planificación central revela una falta de comprensión sobre la verdadera función de la competencia. Lejos de sólo ser apropiada para condiciones relativamente simples, es la misma complejidad de la división del trabajo en las condiciones modernas es lo que hace de la competencia el único método eficiente para poder conseguir esa coordinación. Es precisamente cuando los factores a tomar en cuenta son tan numerosos que es imposible conseguir una visión de conjunto sobre los mismos, cuando la descentralización se hace verdaderamente imprescindible.

En efecto, el mercado en un sistema que registra automáticamente todos los actos individuales relevantes y permite a los empresarios ajustar sus actividades a las de los demás con sólo observar el comportamiento de unos cuantos precios. Los esfuerzos individuales se coordinan así mediante un mecanismo impersonal que trasmite la información relevante.

Una de las razones que explican que haya tantos expertos que apoyen la planificación centralizada estriba en que los ideales técnicos que cada uno persigue pudieran ser alcanzados, si sólo cada uno de ellos pudiera convertirse en el único objetivo único a conseguir. Una de las razones que alimenta la rebelión de los especialistas contra el sistema es, precisamente, que sus ideales son inalcanzables. Lo que les resulta difícil de comprender a los especialistas es que cada uno de esos objetivos sólo puede ser alcanzado mediante el sacrificio de los demás (6). Lo que agrava la dificultad de la tarea es que hay que balancear lo que nos importa mucho con otros factores en los que estamos mucho menos interesados.

El movimiento a favor de la planificación deriva mucho de su fuerza de reunir a todos los idealistas unidireccionales, a todos los hombres y mujeres dedicados a la persecución de un solo ideal. Pero su devoción a la planificación no es el resultado de una amplia visión de la sociedad sino, todo lo contrario, de una exagerada valoración de sus estrechos intereses. Probablemente sean los más peligrosos para poner al frente de la sociedad porque del idealista unidireccional al fanático no suele haber más que un paso.

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(6) Un caso que viene a la mente es el de los ambientalistas o “verdes” contemporáneos, cuyos grupos extremistas aspiran a eliminar… ¡el crecimiento económico!

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Capítulo V

Planificación y democracia

El rasgo común de todos los sistemas colectivistas es la deliberada organización de toda la actividad de los individuos en función de un objetivo social definido, rechazando cualquier área donde los intereses individuales sean lo más importante. Ahora bien, el bienestar de millones no puede ser medido en una sola escala, depende de muchas cosas que sólo pueden conseguirse mediante una infinita variedad de combinaciones. Es por eso que ese bienestar de millones no puede ser expresado mediante un objetivo único sino gracias a una gran jerarquía de objetivos en las que las necesidades de cada persona ocupan un cierto lugar. Pretender dirigir nuestras actividades mediante un plan único significaría poder darle a cada una de nuestras necesidades un lugar en un orden de valores entre los que el planificador tendría que poder escoger. Pero eso es simplemente imposible. ¿Cómo decidir, por ejemplo, dónde ubicar recursos necesariamente limitados? ¿En un nuevo hospital en el campo? ¿En una máquina sofisticada para un centro de investigación? ¿En un aumento de salarios a los maestros? Por otra parte, esto también requeriría un código ético completo porque sería la única forma de poder establecer algún tipo de priorización.

Por supuesto, no estamos acostumbrados a pensar en códigos morales completos. Constantemente estamos escogiendo entre diferentes valores sin que haya un código social que nos señale qué deberíamos escoger. En realidad, el desarrollo de la civilización ha ido acompañado de la progresiva disminución de reglas de conducta fijas para orientar la acción. El hombre primitivo rodeaba de un elaborado ritual casi todas sus actividades cotidianas y estaba limitado por una infinidad de tabúes. Ni siquiera hubiera soñado con hacer las cosas de manera diferente a los demás miembros de la tribu. Ha sido el desarrollo de la civilización, precisamente, el que ha ido disminuyendo el número de esas reglas y haciéndolas más generales.

La filosofía del individualismo no está basada en la idea de que el hombre deba ser egoísta. En lo que está basada es en la aceptación de la imposibilidad de incluir en nuestra escala de valores algo más que un pequeño sector de las necesidades del conjunto de la sociedad. De aquí, la imposibilidad de un plan social único. Las únicas escalas de valores son las parciales, que son diferentes entre un individuo y otro y que frecuentemente son contradictorias. De esto, el liberalismo concluye que, dentro de ciertos límites, se le debería permitir a los individuos perseguir sus propios valores sin interferencia de los demás. Esto no excluye el reconocimiento de la coincidencia de objetivos individuales que hace posible y conveniente la asociación para conseguirlos. Pero esa acción conjunta está limitada a los casos en que esos puntos de vista individuales coinciden.

Es el precio de la democracia que las posibilidades de un control consciente se encuentren restringidas a los campos en donde haya un acuerdo real y que, en otras áreas, haya que dejar las cosas al azar. La democracia es esencialmente un invento para salvaguardar la paz interna y la libertad individual. No tiene nada de infalible ni de seguro. La planificación y la democracia chocan porque la planificación exige cierta supresión de la libertad.

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Capítulo VI

La planificación y el imperio de la ley

Nada distingue mejor a un país libre de un país bajo un gobierno dictatorial que la observancia del llamado imperio de la ley o estado de derecho (rule of law). Despojado de todo tecnicismo, el imperio de la ley (o estado de derecho) significa que todas las acciones del gobierno están limitadas por reglas establecidas y anunciadas previamente, reglas que permiten preveer con certeza la forma en que las autoridades utilizarán sus poderes de coerción y que, de esa forma, permiten planificar la actividad individual.

Toda ley restringe en alguna medida la libertad individual al determinar los medios que pueden utilizarse para conseguir ciertos fines. Sin embargo, bajo el estado de derecho el gobierno no puede frustrar los esfuerzos individuales mediante medidas ad hoc, o específicamente dirigidas a conseguirlo. Bajo el imperio de la ley, el gobierno se limita a fijar las condiciones de utilización de los recursos disponibles mediante reglas formales que no están dirigidas a la solución de ningún problema en particular. Son, simplemente, los medios establecidos para conseguir los fines individuales. Están concebidas para un período de tiempo lo suficientemente largo como para que sea imposible saber por anticipado a quien van a beneficiar. Ayudan a la gente a predecir el comportamiento de aquellos con quienes tienen que colaborar, mas bien que a satisfacer necesidades particulares. Es, para poner un ejemplo, como el sistema de signalización de las carreteras, establece las reglas pero no le dice a nadie a dónde ir.

La planificación económica colectivista es justamente lo opuesto. La autoridad planificadora no puede limitarse a proporcionar oportunidades para que personas desconocidas hagan con ellas lo que estimen conveniente. No puede amarrarse a reglas formales que limiten su acción. Y esto es así porque los planificadores tienen que resolver necesidades concretas en la medida en que éstas vayan apareciendo. Constantemente tienen que resolver problemas que, inevitablemente, dependen de las circunstancias y, al tomar esas decisiones, están obligados a balancear unos intereses contra otros. Al final, los puntos de vista de alguien tendrán que decidir cuáles intereses son los más importantes, y esa decisión se convertirá en una ley que habrá que imponer por la fuerza, independientemente de cualquier reglamentación anterior y de cualquier “formalismo” preestablecido. El mercado permite guiarse por leyes generales fijas pero la dirección “consciente”, por el contrario, necesita estarse reorientando constantemente. Por consiguiente, no puede permitir que una reglamentación anterior, cuyos resultados no habían sido previstos, venga a estorbar o perjudicar los objetivos que ella misma se ha fijado.

Esta distinción entre leyes formales (que establecen las condiciones en que los individuos persiguen sus fines) y leyes sustantivas (en las que el estado trata de conseguir directamente ciertos fines) es muy importante aunque, al mismo tiempo, es difícil de precisar en la práctica.

El estado debe limitarse a establecer reglas para situaciones generales y debe permitir plena libertad a los individuos en todo lo que tenga que ver con las condiciones concretas porque sólo ellos pueden conocer plenamente las circunstancias de cada caso y adaptar sus acciones a las mismas. Si los individuos han de poder hacer planes efectivos, tienen que poder predecir las acciones gubernamentales que puedan afectar esos planes. Y si esas acciones han de ser predecibles, tendrán que estar determinadas por reglas independientes de las condiciones concretas.

Por el contrario, si es el gobierno el que ha de dirigir las acciones individuales para conseguir sus propios fines, esa dirección tendrá que basarse en las cambiantes circunstancias del momento y, por lo tanto, será necesariamente impredecible. Mientras más planifique el estado, menos podrá planificar el individuo.

Una de dos. Si estado tiene que poder prever los resultados de sus acciones, no podrá dejar ninguna opción a los afectado por ellas. Y si queremos dejar opciones a la gente, los resultados de la acción gubernamental tendrán que ser imprevisibles. Las reglas generales, a diferencia de las reglas específicas o sustantivas, tienen que operar en circunstancias que no puedan ser previstas en detalle. Ser imparcial significa no tener respuesta para ciertas preguntas.

La planificación implica elegir entre las necesidades de diferentes personas y permitirle a alguien lo que habrá que prohibirse a otro. Tiene que hacer obligatorio lo que se le permitirá, o no, a las personas. Para hacer posible una dirección centralizada de la economía es necesario legalizar lo que, a ojos vistas, son acciones arbitrarias. En realidad, esto significa una inversión del movimiento histórico progresivo “del status al contrato”, es decir, de épocas donde lo único que podían hacer las personas era lo que les era permitido por su posición social (status) como había sido siempre en la historia de la humanidad hasta la aparición del capitalismo, hasta esta otra época donde la actividad de las personas no tiene otra limitación que lo que establezcan los acuerdos entre las partes (contrato) (7).

Cualquier política dirigida directamente a un ideal de justicia distributiva, es decir, a lo que alguien entienda como una distribución “más justa”, tiene necesariamente que conducir a la destrucción del imperio de la ley porque, para poder producir el mismo resultado en personas diferentes, sería necesario tratarlas de forma diferente. Y ¿cómo podría haber entonces leyes generales?

No puede negarse que el imperio de la ley produce desigualdad económica, lo único que puede alegarse es que esa desigualdad no está concebida para afectar a nadie en particular. Es muy significativo que socialistas (y nazis) siempre hayan protestado contra la justicia “simplemente” formal, por su deseo de conseguir ciertos resultados sociales a toda costa, y que siempre hayan criticado la independencia de los jueces.

Para que el imperio de la ley sea efectivo es más importante que haya una regla que se aplique sin excepción, que lo que la misma regla sea. Lo importante en que la regla permita predecir el comportamiento de los demás, y esto requiere que se aplique en todos los casos, inclusive en los que nos parezca que es injusta.

El estado de derecho es la encarnación legal de la libertad. Como dijo Voltaire: “El hombre es libre si sólo tiene que obedecer las leyes”.

La idea de que no debe haber límite para el poder de los legisladores es, en parte, un resultado negativo de la soberanía popular y el gobierno democrático. A veces se piensa que mientras todas las aciones del gobierno estén debidamente autorizadas por los legisladores, vivimos bajo un estado de derecho. No es así. El estado de derecho no tiene nada que ver con que las acciones gubernamentales sean legales. Decir que una sociedad no es un estado de derecho no significa que no tenga leyes, lo que significa es que el empleo de la coerción por parte del gobierno ya no está determinado y limitado por reglas preestablecidas.

El conflicto es entre dos tipos de leyes, las leyes bajo un estado de derecho, que le permiten a los individuos prever como va ser utilizado el poder coercitivo del estado, y las leyes bajo una dictadura, que simplemente le dan a las autoridades el poder para hacer lo que estimen conveniente. En uno, el espíritu de la legislación es proteger al individuo contra el poder del estado. En el otro, el espíritu de la ley es impedir toda limitación a la voluntad de las autoridades. El imperio de la ley no significa que todo esté regulado por la ley sino, por el contrario, que el poder estatal sólo puede ser usado en los casos definidos por la ley, y de forma tal que pueda preverse cómo va a ser usado. El estado de derecho implica el reconocimiento de los derechos inalienables de los individuos, el reconocimiento de los derechos del hombre. En un caso “no hay castigo sin ley”, en el otro,”no hay delito sin castigo”.

(7) Curiosamente, el socialismo representa entonces un movimiento de sentido inverso al desarrollo histórico y, por consiguiente, verdaderamente reaccionario. Es interesante, en este sentido, consultar a Popper (La Sociedad Abierta y sus Enemigos).

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Capítulo VII

Control económico y totalitarismo

La mayoría de los planificadores tienen pocas dudas de que una economía dirigida tienen que ser administrada de manera más o menos dictatorial. El consuelo que nos ofrecen es que esa dirección sólo se aplicaría a problemas económicos. Sin embargo, los objetivos de las personas racionales nunca son económicos. La motivación económica sólo significa el deseo de poder alcanzar fines no especificados. Si luchamos por el dinero es porque éste nos ofrece el mayor rango de opciones al disfrute del producto de nuestro trabajo.. Debido a que las limitaciones del dinero son las que nos hacen sentir las limitaciones de nuestra relativa pobreza, el dinero viene a simbolizar esas restricciones. Sin embargo, el dinero ha sido el mayor instrumento de libertad que sehaya inventado nunca. El dinero le abre más posibiildades a los pobres que las que tenían los ricos hasta hace poco.

Pensemos lo que significaría que las recompensas no se entregaran en dinero. Significaría que uno no podría escoger, y que el que diera la recompensa no sólo determinaría la magnitud de la misma sino también la forma en que ésta habría de disfrutarse. Siempre que podamos disponer libremente de nuestros ingresos y de nuestras posesiones, la pérdida económica siempre nos privará de lo que consideramos menos importante. Una pérdida económica es una cuyos efectos podemos hacer recaer sobre las menos importantes de nuestras necesidades, y lo mismo con la ganancia. Los cambios económicos sólo nos afectan marginalmente.

Lo valores económicos son menos importantes para nosotros que muchas otras cosas precisamente porque somos libres de decidir lo que, para nosotros, es más o menos importante. La cuestión que plantea la planificación económica es si somos nosotros los que debemos decidir lo que es más o menos importante o sin son las autoridades planificadoras. Una autoridad planificadora controlaría la utilización de los recursos limitados para la satisfacción de todos nuestros objetivos.

No sólo la planificación tendría que ver con nuesta capacidad como consumidores sino también con nuestra capacidad como

productores. Tendríamos que ajustarnos los estándares que la autoridad planificadora fijara para poder simplificar su tarea. Y para simplificar su tarea tendría que reducir la diversidad de las capacidades individuales a unas a una pocas categorías de unidades intercambiables, y descartar deliberadamente las diferencias personales menores.

Puede ser que el objetivo de la planificación sea que el hombre deje de ser un medio. Pero, en la práctica -puesto que el plan no puede tener en cuenta las preferencias y las repulsiones individuales- el individuo se convierte más que nunca en un medio a ser utilizado por las autoridades al servicio de esa abstracción que es “el bien de la comunidad”.

Hay gente que critica que en una sociedad competitiva casi todo puede ser conseguido por cierto precio. Eso parecer muy espiritual y muy moralista, pero lo que realmente quiere decir es que no deberíamos poder sacrificar necesidades menores para salvarguardar nuestros objetivos más importantes, y que alguien debería hacer esas decisiones por nosotros. Porque o el precio de la satisfacción de las necesidades está establecido por el mecanismo impersonal del mercado, o está establecido por alguna autoridad. No podemos olvidar que todos nuestros objetivos compiten por los mismos medios.

No es nada sorprendente que la gente quisiera ser aliviada de las duras opciones que los hechos nos imponen. Y tampoco es extraño que estén dispuestos a creer que esas opciones no son realmente necesarias sino que les son impuestas por un cierto sistema económico. En realidad, lamentan que haya un problema económico.

La creencia de que no hay realmente un problema económico es confirmada por la cháchara absolutamente irresponsable sobre la “riqueza potencial”, y sobre “la escasez en medio de la abundancia” (8). La realidad es que nadie, nunca, ni en Estados Unidos ni en Europa Occidental, ha podido producir ningún plan para elevar la producción lo suficiente como para poder eliminar la pobreza. No hablemos ya del resto del mundo.

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(8) En Cuba nos hemos criado oyendo esa cháchara irresponsable de que éramos un país rico, cuyo sentido ideológico ahora vemos claro. ¿Por qué entonces éramos pobres? ¡Porque nos robaban!, respondía la demagogia imperante, porque nos robaban los gobiernos corrompidos, porque nos robaban los imperialistas yanquis (que exportaban las ganancias) y porque nos robaban los capitalistas cubanos con su consumo suntuario. Se deducía, implícitamente, que la fórmula para conseguir la riqueza era extremadamente sencilla: aliminar a los ladrones.

Después hemos oído repetir que ¡también Angola y Zaire son “ricos” porque tienen petróleo, uranio y otras materias primas! Ese tipo de razonamiento sofístico apunta a culpabilizar de la pobreza precisamente a las inversiones que están luchando por superarla. Su objetivo es desprestigiar a los capitalistas para luego poder ocupar su lugar, con las desastrosas consecuencias que conocemos.

La diferencia entre el “potencial” y la realidad es enorme. Cualquier muchacho ágil y fuerte es, potencialmente, un jugador de Grandes Ligas… Pero, para países completos, realizar sus potencialidades es todavía infinitamente más difícil. El principal capital de un país lo constituye su pueblo, su nivel de educación, de instrucción, de espíritu de sacrifio y de hábitos de trabajo y ahorro. Y, en segundo lugar, la organización social que ese pueblo adopte para poder maximizar la energía creadora de sus ciudadanos. No sus materias primas, como lo saben muy bien los japoneses.

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Capítulo VIII

¿Quién? ¿A quién?

Fue Lenin el que planteó en los primeros tiempos del poder soviético, que el problema fundamental era quién iba a dirigir a quién. En cuanto el estado se hace cargo de la tarea de planificar toda la vida social, el único poder que merece la pena tener es el de ejercer ese poder de dirección. Cuando se trata de planificar toda una sociedad uno se encuentra con que ésta se halla compuesta por una multitud de grupos que compiten por la asignación de recursos limitados. ¿Qué recursos se van a asignar a qué problemas? Pronto se hace evidente la necesidad de crear un punto de vista común.

Los socialistas siempre han pensado resolver este problema mediante la educación. Ha sido por esto que los socialistas se han preocupado tanto por la creación de instrumentos de adoctrinamiento. Fueron los socialistas los primeros en concebir la idea de un partido político que abarcara todas las actividades del individuo desde la cuna hasta la tumba, y que pretendiera orientar sus ideas en relación a todas las cosas. Fueron los los socialistas, no los fascistas, los que organizaron los primeros movimientos políticos de niños y de jóvenes. Fueron los socialistas los primeros en insistir en que sus miembros debían distinguirse por la forma de saludar. Y fueron ellos los que organizaron las primeras “células”.

La opción que tenemos es entre un sistema en que cada quien conseguirá lo que merece según cierto criterio universal y absoluto, y otro sistema donde eso estará determinado en gran medida por el azar. Pero es también la opción entre un sistema donde la voluntad de unas cuantas personas es lo que decide y otro donde, al menos parcialmente, dependerá de la habilidad y espíritu de empresa de la gente. Por supuesto, se puede argumentar a favor de reducir las diferencias de oportunidad entre las personas siempre que sea posible hacerlo sin destruir el carácter impersonal del proceso.

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Capítulo IX

Seguridad y libertad

Frecuentemente se representa la seguridad económica como una condición indispensable para la verdadera libertad. Por supuesto, hay algo de verdad en eso. Sin embargo, habría que contrastar dos tipos de seguridad: la limitada y la ilimitada. La limitada trata de garantizar una protección mínima contra circunstancias adversas e imprevisibles. Es bueno y conveniente organizar un sistema de seguridad social así como tratar de combatir las fluctuaciones de la actividad económica.

Pero tratar de garantizar contra las disminuciones de los ingresos que constituyen las durezas implícitas en el mismo sistema competitivo, tiene que conducir a una planificación que afecta la libertad individual. Esta seguridad es una variante de la “renumeración justa” del medioevo que buscaba un acuerdo no con los requerimientos del mercado sino con los méritos subjetivos (9).

En un sistema donde sea libre la distribución de las personas en las distintas ocupaciones, es necesario que la renumeración corresponda a su utilidad a los demás miemmbros de la sociedad, aunque ésta no tenga relación con los méritos subjetivos. Pero lo que no se puede hacer es garantizarle a la gente sus ingresos y protegerlos contras las viscicitudes del mercado. Si no es el mercado el que determina, entonces tendría que ser un grupo de personas los que determinaran la “utilidad” de la gente. ¿Y cómo podría medirse ésta entonces objetivamente?

Habría que buscar limitación de producción para poder garantizar precios artificialmetne altos aunque esto redujera las oportunidades de otras personas. Y esos otros no podrían participar en la prosperidad de las industrias controladas. Toda restricción de la libertad de entrar en un comercio reduce la seguridad de los que están fuera del área protegida. Mientras mejor estén los asegurados, mayor será la demanda de esa seguridad. Y, en la medida en que el número de los protegidos vaya aumentando, se irá desarrollando todo un nuevo sistema de valores sociales. Se desalentará toda actividad que implique riesgo y se censurarán las ganancias que justifican tomar esos riesgos. No sería la independencia sino la seguridad lo que daría status social, y el prestigio no estaría determinado por el ímpetu empresarial sino por la certidumbre de una pensión.

Fue la extensión de los métodos de la guerra a otras esferas de la vida civil después de la I Guerra Mundial (aunque los primeros intentos se retrotraen a Bismarck), lo que le dió su carácter peculiar a la estructura social de Alemania. Hay que volver a aprender que libertad exige un precio, y que hay que estar dispuesto a sacrificios materiales para preservarla. Como dijo Benjamín Franklin, “Los que están dispuestos a renunciar a la libertad para comprar un poco de seguridad temporal, no merecen ni la libertad ni la seguridad”.

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(9) La concepción del “precio justo” era defendida encarnizadamente por los gremios medievales. Fue una de las típicas trabas al desarrollo de las fuerzas productivas que caracterizaba a la sociedad feudal. La libertad de contratación reside precisamente en dejar que el salario, como los demás factores de la producción, sea establecido por la oferta y la demanda. Aunque, en cierta medida, los sindicatos pueden imponer la violación de este principio esto siempre tiene tendencias perversas sobre la economía. A la Iglesia le ha costado mucho trabajo desembarazarse de ese concepto arcaico. Sólo muy recientemente ha venido a reconciliarse con algunas de las características del capitalismo.

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Capítulo X

Por qué suben los peores

Algunos piensan que los peores rasgos del socialismo se deben a simples accidentes históricos, a que fueran individuos de baja catadura moral los que organizaron el sistema (10). Pero hay razones para creer que estos rasgos no son accidentales sino que fenómenos que un sistema totalitario tiene que producir tarde o temprano. Al igual que un estadista que quiera planificar se verá confrontado con la necesidad de adquirir poderes dictatoriales o renunciar a sus planes, el dictador totalitario tendrá que optar entre la renuncia a los valores morales ordinarios o el fracaso. Es por esta razón que en una sociedad que tienda al totalitarismo tendrán más éxito los inescrupulosos. Quien no comprenda esto, no comprenderá el abismo que separa al totalitarismo del régimen liberal, la diferencia de atmósfera moral entre el colecitivismo y el carácter esencialmente individualista de la civiliación occidental.

En momentos de confusión, muchas veces se experimenta fatiga con los procedimientos de la democracia, con el carácter lento e intermitente de un progreso que tiene que conseguirse sobre la base de múltiples transaciones entre diferentes contradictorios. Es en esos momentos cuando se experimenta la necesidad de una dirección fuerte, que arrastre y que consiga resultados.

Lo normal en una democracia e, inclusive, dentro de los mismos partidos, es la diversidad de opiniones. Esto es perfectamente normal. Mientras más alto el nivel de educación y cultura, más tienden a diferenciarse las opiniones. Es por esto, precisamente, que en una democracia cualquier grupo puede ganar una fuerza desproporcionada en relación con el número de sus militantes gracias al apoyo total de sus seguidores. En una democracia esto es casi imposible de conseguir y sus dirigentes tampoco lo pretenden. Pero el que consiga esto habrá dado un paso importante en el camino hacia la captura del poder, desde donde podrá, a su vez, extender el imperio de su voluntad a todo el país.

Históricamente, ha habido momentos en que todos los partidos democráticos (burgueses) han enfrentado grandes emergencias nacionales que han debilitado las instituciones y en los que la desmoralización y la desesperación llevan a las masas a pedir cambios a toda costa. En esos momentos, la existencia de un grupo que tenga una visión universal y que parezca tener respuesta para todos los problemas, puede convertirse en una fuerza política decisiva. En este momento, lo que hace falta para capturar el poder es una organización política con un apoyo particularmente firme. Apoyo que no sea tanto el de los votos de una masa, con el apoyo sin reservas de un grupo más pequeño pero mejor organizado.

Originalmente, el espíritu democratista de los partidos socialistas de Europa esperaba a que una mayoría estuviera de acuerdo en su plan para reorganizar el conjunto de la sociedad. Pero algunos comenzaron a sospechar que en una sociedad

planificada, lo importante no era en qué estaba de acuerdo la mayoría del pueblo, sino cuál era el mayor grupo que estuviera lo suficientemente de acuerdo para hacer posible una dirección centralizada, total, efectiva o, si ese grupo no existiera, cómo podría crearse.

Pero ¿qué puntos de vista morales tenderá a producir una organización colectivista de la sociedad? ¿Cuáles serán las cualidades más a propósito para llevar a los individuos al éxito en un sistema totalitario?

Hay varias razones por las que la tendencia será a que esos grupos no estén formados por los mejores sino por los peores elementos de la sociedad. En primer lugar, mientras mayor sea la educación y la inteligencia de la gente, más diferenciados serán sus gustos y sus puntos de vista, y menos probable que puedan estar de acuerdo en una gama muy amplia de valores.

Por el contrario, para encontrar esa unanimidad, hay que descender a los niveles más bajos, donde prevalecen los gustos e instintos más primitivos. El mayor número de personas con valores muy similares será el grupo de los niveles más bajos. Lo que une al grupo es el mínimo común denominador. Los miembros del partido totalitario serán los que menos convicciones tengan, los más crédulos, los más dispuestos a aceptar un sistema de valores preestablecidos con tal de que se le repita con la suficiente frecuencia.

Y en tercer lugar, parece ser una ley de la naturaleza humana que es más fácil ppara la gente estar de acuerdo en un programa negativo que en uno positivo. El contraste entre ellos y nosotros, la lucha entre los de adentro y los de afuera, parece ser un ingrediente indispensable en cualquier credo que quiera unir sólidamente a un cierto grupo.

En realidad, es cuestionable si puede concebirse un programa colectivista que no esté al servicio de algún tipo de particularismo, de nación, raza o clase. No es practicable la idea de una comunidad de objetivos e intereses que abarque a todos los hombres. La coherencia de ese programa le exigiría una proyección internacional francamente filantrópica. El colectivismo no tiene espacio para el amplio humanitarismo del liberalismo. Los socialistas, por ejemplo, empezando por Marx y Engels, siempre menospreciaron a las pequeñas nacionalidades.

Por otra parte, si la comunidad es anterior al individuo y si sus fines son independientes y superiores a los de los individuos, entonces sólo los individuos que trabajen para esos mismos fines comunitarios podrán ser considerados como miembros de la comunidad. Su valor se derivará de esta membrecía y no de su calidad de ser humano.

En realidad, entre los factores que tienden al colectivismo está ese sentimiento de inferioridad que impulsa al individuo a identificarse con un grupo y, por lo tanto, ese sentimiento sólo será satisfecho si la membrecía en ese grupo le da alguna superioridad sobre los que no forman parte del mismo.

Como decía Reinhold Niebuhr: “Existe una creciente tendencia entre los hombres modernos de imaginarse a sí mismo éticos porque han delegado sus vicios en grupos cada más grandes”. Actuar a nombre de un grupo parece liberar a la gente de las restricciones morales que controlan su cmportamiento como individuos.

Mientras que los grandes filósofos sociales del individualismo dentro de la gran tradición liberal han considerado siempre al poder como un peligro para la libertad del hombre, los colectivistas lo han considerado como un bien en si mismo. Esto se deriva de su deseo de organizar a la sociedad de acuerdo a un plan unitario. Para poder conseguir una reorganización radical de la sociedad, los colectivistas necesita disponer de un poder sin precedentes. En contraste, el vilipendiado poder económico nunca llega a a ser un poder sobre toda la vida de la persona.

De la necesidad de un sistema de objetivos comúnmente aceptado, y del deseo de darle el máximo de poder a un grupo para conseguir esos objetivos, se desprende un sistema de valores que excluye una moral universal, válida para todas las circunstancias. Es algo similar al caso del imperio de la ley. Las reglas de la ética individual, aunque imprecisas, son absolutas y prohiben cierto tipos de acciones, independientemente de que las intenciones sean buenas o malas. Estafar, torturar, traicionar la confianza son malas acciones independientemente del objetivo que sirvan. Aunque a veces tengamos que escoger entre distintos males, siempre los consideraremos como males.

El fin justicia los medios es un principio que, en la ética individualista, significa la negación de la moral pero que en la ética colectivista representa la ley suprema. El principio de la raison d’etat en las relaciones entre los países, es aplicado por el estado colectivista a las relaciones entre los individuos.

Eso no significa, por supuesto, que la ética colectivista no considere conveniente cultivar ciertos hábitos útiles. Todo lo contrario. Se tomará mayor interés en los hábitos individuales que los comunidad individualista. Para ser un miembro útil de una comunidad colectivsta hacen falta “hábitos útiles” que hay que fortelecer con una práctica constante. Sirven para llenar el vacío entre las órdenes aunque nunca para justificar un desacuerdo con la autoridad.

A los buenos alemanes se les tenía por ser industriosos, disciplinados, conscientes, responsables, ordenados, con sentido del deber, con respeto por la autoridad y disposición para el sacrificio. Eran un excelente instrumento para ejecutar órdenes. Pero de lo que el “alemán típico” carecía es de las virtudes individualistas de la tolerancia, de la independencia de pensamiento y de la disposición a defender las convicciones propias, de la consideración por los débiles y de una cierta aversíon por el poder que sólo una vieja tradición de libertad personal ayuda a crear. Tambien es deficiente es cualidades menores pero importantes como bondad, sentido del humor, modestia, respeto por la privacidad y creencia en las buenas intenciones de los demás. Estas son virtudes que facilitan los contactos sociales y que no sólo hace superfluo el control externo sino que lo dificultan. Son virtudes que han florecido siempre en una sociedad individualista o comercial, y que son raras en la sociedad colectivistas o de tipo militar.

Una vez que se admite que el individuo es sólo un medio para servir los fines de una entidad superior, llamada estado o nación, la mayor parte de las características de una sociedad totalitaria se derivan con inflexible necesidad. La intolerancia, la represión de la disidencia y el menosprecio por la vida y la felicidad del individuo, son consecuencias fatales e inevitables de esa premisa. El colectivista prooclamará la superioridad de un sistema sobre otro que permite que los intereses “egoistas” estorben la realización de los fines de comunidad.

Pero aunque la masa de los ciudadanos puede mostrar una devoción altruista, no se puede decir lo mismo de los que dirigen ese proceso. Para ser útil en la dirección de un estado totalitario, no basta con que el individuo tenga que estar preparado para justificar cualquier acción canallesca, él mismo tiene que estar dispuesto a quebrantar toda regla moral para poder alcanzar los fines que se le han asignado. Tiene que estar absolutamente comprometido con la persona del líder pero, después de ese principio vital, tiene que ser un hombre literalmente capaz de todo. En una sociedad totalitaria, las posiciones en las que hay que deliberadamente engañar, intimidar y ser cruel son numerosas.

Evidentemente, es muy probable que esas posiciones sean ejercidas por individuos naturalmente afines a las mismas. El único gusto personal que el funcionario de un sistema totalitario pued satisfacer plenamente es el de ser obedecido, y el de formar parte de una aparato enormemente poderoso al que todo el mundo tiene que obedecer.

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(10) Así se oye hablar con demasiada frecuencia de los antecedentes gangsteriles de Fidel Castro.

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Capítulo XI

El fin de la verdad

Por supuesto, la manera más efectiva de hacer que todo el mundo sirva los fines de un plan social es que todo el mundo crea en esos fines. Para conseguir que un sistema totalitario funcione efectivamente no basta con que todo el mundo se vea obligado a trabajar por esos fines, es necesario que la gente haga suyos esos fines. En general, el control de todos los medios de comunicación le permite a un gobierno totalitario influir en gran medida sobre la gente.

Si el objetivo de la propaganda totalitaria sólo fuera instruir a la gente en otro código moral, el problema se limitaría a si ese código es bueno o es malo. Pero esa propaganda tiene un influencia negativa aun más profunda, es destructiva porque socava el fundamento de toda moral: el sentido y el respeto por la verdad

La propaganda totalitaria no puede limitarse a pincipios abastractos. Tiene que llevar a la gente a creer no sólo en los fines sino también en los medios. La autoridad no sólo tendrá que estar tomando decisiones constantemente sobre temas sobre los que no hay reglas morales definidas, sino que también tendrá que justificar sus decisiones ante la gente. Tendrá que racionalizar los gustos y las aversiones que, a falta de otros criterios, tienen que guiar a los planificadores. Y tendrá que plantear esas “razones” de la manera más atractiva posible, viéndose obligada a construir teorías que luego se convierten en parte integral de la doctrina.

El proceso de creación de un “mito” para justificar sus acciones no tiene que ser consciente. El líder totalitario puede simplemente estar guiado por una aversión instintiva por el estado de cosas que ha encontrado y por un deseo de crear un nuevo orden jerárquiico que se adapte mejor a su concepción del mérito. De esa forma, abrazará teorías que parezcan proporcionarle una justificación racional para lo que, en realidad, son simplemente los prejuicios que comparte con muuchos de sus asociados. Es de esa forma que una teoría pseudo científica se convierte en parte del credo oficial que, en mayor o menor medida, dirige las acciones de todos.

La necesidad de semejantes doctrinas oficiales como instrumento de direción y de unificación han sido previstas por varios teóricos del sistema totalitario, empezando por las “nobles mentiras” de Platón. Son puntos de vistas particulares sobre los hechos que se elaboran como teorías pseudocientíficas para poder justificar opiniones preconcebidas.

La mejor manera de hacer que la gente acepte la validez de los valores que van a tener que servir es convenciéndola de que son los mismos valores que ellos mismos habían apoyado siempre pero que no habían sabio comprender o reconocer antes. Se logra que la gente transfiera su lealtad de los viejos dioses a los nuevos con el pretexto de que los nuevos son realmente los que su sano instinto les había dicho siempre, aunque antes sólo lo habían percibido a medias. Y la manera más eficiente de conseguir esta nueva lealtad es usando las viejas palabras pero cambiando su significado. Pocos rasgos de los regímenes totalitarios son, al mismo tiempo, tan confusos para el observador superficial y tan característicos del clima intelectual que impera en ellos como la completa perversióndel lenguaje, el cambio de significado de las palabras.

Por supuesto, la principal víctima en este sentido es la palabra “libertad”. Dondequiera que se ha destruido la libertad, se ha hecho a nombre de alguna nueva libertad prometida. Lo mismo sucede con “justicia”, “ley”, “derecho” e “igualdad”, entre muchas otras. Gradualmente, en lo que este proceso se desarrolla, todo el lenguaje va perdiendo su sentido y las palabras se convierten en cascarones huecos desprovistas de significado preciso, y tan capaces de describir un fenómenos como su opuesto.

Por supuesto, no es difícil despojar a la mayoría de un pensamiento independiente. Pero siempre existirá una minoría que retendrá una inclinación a criticar y que tendrá que ser silenciada. Hemos visto por qué la coerción no puede limitarse a una aceptación pasiva del nuevo código ético. Y puesto que muchos elementos de ese código no podrán ser explícitamente formulados ya que sólo existirán implícitamente en las medidas del gobierno, esas medidas mismas tendrán que estar exentas de toda crítica. Si la gente tiene que apoya el esfuerzo común sin vacilaciones, tiene que estar convencida no sólo del fin a perseguir sino también de que los medios son los mejores posibles. Por consiguiente, el credo oficial, cuyo acatamiento tiene que ser impuesto, comprenderá también la interpretación de los hechos sobre los que se basa el plan. La crítica tendrá que ser suprimida porque debilitará el apoyo popular.

Como decían los Webbs hablando sobre la posición de cada empresa soviética: “Mientras se este desarrollando el trabajo, cualquier expresión pública de duda, o incluso de que el plan no vaya a tener éxito, es un acto de deslealtad e inclusive de traición debido a sus posibles efectos sobre la voluntad y los esfurzos del resto del personal”. Y, por supuesto, cuando esas dudas se refieren al conjunto del plan social, tendrán que ser tratadas como sabotaje.

Todo el aparato de divulgación del conocimiento será utilizado exclusivamente para difundir los puntos de vista que, verdaderos o falsos, fortalezcan la creencia en la justeza de las decisiones del gobierno; y cualquier información que puede arrojar dudas o vacilaciones será suprimida. El probable efecto sobre la lealtad popular se convierte así en el único criterio para decidir si una información cualquiera será publicada o suprimida. Por consiguiente, no hay ningún campo a donde no se extienda el control sistemático de la información, y donde no se impongan puntos de vista uniformes.

El espíritu del totalitarismo condena cualquer actividad que no tenga un propósito bien definido. Toda actividad tiene que derivar su justificación de un propósito social deliberado. No puede haber ninguna actividad espontánea puesto que pudiera generar consecuencias imprevistas para el plan. Semejantes aberraciones son producto del deseo de verlo todo dirigido por “una concepción unitaria”, de la creencia de que el conocimiento y las creencias de todo un pueblo no son más que instrumentos al servicio de un objetivo único. La misma palabra “verdad” pierde su sentido original, se convierte en lo que decida el gobierno, en algo que tiene que creerse en interés de determinados objetivos, y que podrá que ser alterado si ese objetivo lo exige. Esto genera un clima intelectual de absoluto cinismo en relación con la verdad, la pérdida del sentido e, inclusive, del significado de la verdad, la desaparición del espíritu de investigación independiente y de la fe en el poder de la razón (11).

La propaganda totalitaria afirma que en las sociedades de libre mercado no hay verdadera libertad porque las opiniones y los gustos de las masas son influidos por la propagada, por los anuncios, por el ejemplo de las clases acomodadas y por otros factores ambientales. De ello deducen que las ideas y los gustos de las masas siempre son producto de circunstancias que pueden ser controladas, y que debemos utilizar ese poder deliberadamente para encauzar los pensamientos de la gente hacia lo que considermaos la dirección correcta.

Probablemente sea cierto que, en cualquier sociedad, la libertad de pensamiento sólo sea directamente importante para una pequeña minoría. Pero esto no significa que nadie sea competente, o deba de tener el poder para seleccionar quiénes son los que van a ser libres. Y ciertamente no justifica la presunción de ningún grupo de tener el derecho de determinar lo que la gente deba pensar o de creer. El principal factor del progreso intelectual no es que tod mundo pueda pensar o escribir sino que cualquier causa o cualquier idea pueda ser defendida por alguien. Mientra no se suprima la disidencia, siempre habrá alguien que cuestione las ideas dominantes entre sus contempráneos y someta otras nuevas a la prueba de la discusión y de la crítica.

Lo que constituye la vida del pensamiento es la interacción entre diversos individuos con conocimientos y puntos de vista diferentes. El desarrollo de la razón es un proceso social basado en la existencia de esas diferencias. Está en su misma esencia que sus resultados no puedan ser pronosticados, que no podamos saber cuáles ideas ayudarán a este progreso y cuáles no. El desarrollo no puede ser gobernado por los puntos de vista que tenemos actualmente sin que, al mismo tiempo, lo estemos limitando. “Planificar” u organizar” el desarrollo del conocimiento es una contradición de términos. Pensar que la mente humana puede controlar su propio desarrollo es confundir la razón individual, (la única que puede “controlar conscientemente” algo) con esos procesos impersonales que generan su desarrollo. Al intentar controlar ese desarrollo, simplemente lo estamos limitando. Tarde o temprano, esto conducirá al estancamento del pensamiento y a la decadencia de la razón.

La tragedia del pensamiento colectivista es que, aunque empieza erigiendo a la razón en la fuerza suprema, termina destruyéndola porque malinterpreta los procesos de los que depende su desarrollo. El individualismo, por el contrario, representa una actitud de modestia ante este gran proceso social, y de tolerancia por las opiniones de los demás. El exacto opuesto del pesamiento colectivista.

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(11) El criterio de verdad objetiva se encuentra bajo un terrible ataque en los medios intelectuales de Estados Unidos. Para los teóricos del postmodernismo la “verdad” es totalmente relativa al grupo en que uno se encuentre. Este relativismo cultural, cuyo objetivo básico es desvalorizar la civilización occidental y su sistema de valores, es otra de las premisas ideológicas del fascismo que circulan ampliamente entre los modernos “progresistas” norteamericanos.

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Capítulo XII

Las raíces sociales del nazismo

s un error considerar al Nacional Socialismo simplemente como un movimiento irracional sin antecedentes ideológicos. Por el contrario, el Nacional Socialsmo culmina una larga evolución del pensamiento, en el que no sólo pensadores alemanes tomaron parte. Thomas Carlyle y Houston Chamberlain, Auguste Comte y George Sore forman tanta parte de este desarrollo como los mismos pensadores alemanes. No se puede, sin embargo, exagerar la importancia de estas ideas antes de 1914.

Hay que decir que el apoyo que recibieron estas ideas no se debió simplemente al auge del nacionalismo en la Alemania derrotada. Mucho menos, en una supuesta reacción capitalista ante el avance del socialismo. Por el contrario, el apoyo que llevó estas ideas al poder vino, precisamente, de las filas socialistas. Durante la generación anterior a la última guerra, no hubo realmente oposicion al elemento socialista dentro el marxismo sino a los elementos liberales de su doctrina, como su internacionalismo y su democratismo. Cuando se comprendió que esos elementos eran obstáculos a la realización del socialismo, los socialistas de la izquierda se fueron aproximando cada vez máas a los de la derecha. Fue la unión de las fuerzas anticapitalistas de la derecha y de la izquierda, la fusión del socialismo radical y del socialismo conservador (12) lo que barrió con todo lo que en Alemania había deliberal.

La relación entre socialismo y nacionalismo en Alemania fue estrecha desde el principio. Los principales antecesores del Nacional Socialismo -Fichte, Rodbertus y Lasalle- fueron al mismo tiempo los reconocidos padres del socialismo. Mientras el socialismo marxista dirigió el movimiento obrero, los elementos nacionalistas y autoritarios permanecieron en segundo lugar. Pero estaban implícitos en el movimiento. Habría que recordar que en 1892 uno de los principales líderes del movimento obrero alemán, August Bebel, le dijo a Bismarck que “el Canciller Imperial puede estar seguro de que la Social Democracia alemana es una especie de escuela preparatorio para el militarismo”.

De 1914 en lo adelante comenzaron a surgir un maestro tras otro orientando a los trabajadores y a los jóvenes idealistas hacia al Nacional Socialismo. Pero no surgieron de las filas de los conservadores y los reaccionarios sino de las filas socialstas. Fue sólo posteriormente que el rápido crecimiento de la marea nacionalista se transformó en la doctrina hitleriana. Quizas si e intelectual más representantivo de este período sea Werner Sombart,cuyo famoso “Mercaderes y Héroes”, apareció publicado en 1915. Sombart había sido un socialista marxista y todavía en 1909 afirmaba con orgullo haber pasado la mayor parte de su vida luchando por las ideas de Marx. Hizo mucho por difundir el resentimiento anticapitalista en Alemania. Si el pensamiento alemán se vio permeado de elementos mmarxistas estos se debe, en gran medida, a la labor de Sombart. Este era percibido como el principal representante de una intelectualidad socialista perseguida, incapaz, de alcanzar una cátedra universitaria debido a sus ideas.

En “Mercaderes y Héroes”, Sombart le daba la bienvenida a la “guerra alemana” como un conlficto inevitable entre la civilización comercial de Inglaterra y la heroica cultura alemana. Su desprecio por los los puntos de vista “comerciales” del pueblo inglés no tenía límites. Las ideas de Libertad, Igualdad y Fraternidad de 1789, eran, según Sombart, ideales comerciales cuyo único objetivo era asegurar ciertas ventajas a ciertos individuos. Considerar la guerra como una actividad inhumana y sin sentido era un producto de puntos de vista comerciales. Para Sombart, la guerra era la culminación de una visión heroica de la vida, y la guerra contra Inglaterra era la guerra contra el ideal comercial de la libertad y el comfort individuales.

Otro teórico que tuvo gran importancia durante ese período, fu Johann Plenge. Uno de sus libros más importantes durante la guerra se titulaba “1789 y 1914” y estaba dedicado al conflicto entre “las ideas de 1789,el ideal de la libertad, y “las ideas de 1914”, el ideal de la organización. Para Plenge la organización era la esencia misma del socialismo. Exactamente lo mismo puede decirse de todos los socialistas que derivan su socialismo de una cruda aplicación de los criterios científicos a los problemas de la sociedad.

Según Plenge la economía de guerra creada en Alemania en 1914 “es la primera realización de una sociedad socialista… y su espíritu la primera aparición del espíritu socialista. Las necesidades de la guerra han establecido la idea socialista en la vida económica de Alemania y, por consiguiente, la defensa de nuestra nación ha producido para la humanidad la idea de 1914, la idea de la organización alemana… El estado y la vida económica forman una nueva unidad… El sentimiento de responsabilidad económica que caracteriza al trabajo del empleado público se extiende a toda la actividad privada”.

Al principio Plenge todavía esperaba reconciliar el ideal de libertad con el ideal de organización, aunque fundamentalmente

mediante la completa pero voluntaria sumisión del individuo al colectivo, pero pronto esas trazas de liberalismo desaparecieron de sus escritos. Para 1918, ya había establecido la necesidad de unir el socialismo con una cruda política de poder. “EEs hora de recnocer”, decía, “el hecho de que el socialismo ha de ser política de poder, si ha de ser política de organización”.

Y sigue Plenge: “Desde el punto de vista del socialismo, que es organización, ¿acaso no es el derecho absoluto a la

autodeterminación de la gente el derecho a la anarquía económica individualista? ¿Estamos dispuestos a concederle completa autodeterminación al individuo en la vida económica? El socialismo consecuente sólo puede darle a la gente los derechos que estén acordes con la correlación de fuerzas históricamente determinadas”.

Los ideales de los que Plenge fue portavoz eran particularmente populares, y quizás inclusive se derivaban, de ciertos círculos de científicos e ingenieros alemanes que clamaban por la organización central planificada de todos los aspectos de la vida – como lo hacen ahora en Inglaterra y Estados Unidos.

Las ideas de Plenge fueron desarrolladas y difundidas, aun más, por un parlamentario socialdemócrata, Paul Lensch, que decía en su libro Tres Años de Revolución Mundial:

“El resultado de la decisión de Bismarck de 1879 (la adopción del proteccionismo) fue que Alemania tomó el papel del revolucionario; es decir, de un estado cuya posición en relación con el resto del mundo es la de representar un sistema económico superior y más avanzado… nuestras concepciones de Liberalismo, Democracia y otras por el estilo, se derivan de las de las ideas del Individualismo Inglés, según las que un estado liberal es un estado con un gobierno débil, y donde toda restriccion de la libertad del individuo es concebida como un producto de la autocracia y el militarismo”.

En Alemania, “a la lucha por el sociaismo ha sido extraordinariamente simplificada puesto que todos sus prerrequisitos ya se han establecido”.

“Los conceptos políticos de “libertad” y “derechos civiles”, de constitucionalismo y parlamentarismo se han derivado de la concepción individualista del mundo, de la que el Liberalismo Inglés en la encarnación clásica… Pero estos estándares han sido destrozados por esta guerra. Lo que hay que hacer es desembarazarse de estas ideas políticas heredadas y ayudar al crecimento de una nueva concepción del Estado y la Sociedad. También en esta esfera el Socialismo tiene que representar una oposicion consciente y firme al individualismo”.

En su libro “Prusianismo y Socialismo”, publicado en 1920, Oswald Spengler decía:

“El viejo espíritu prusiano y la convicción socialista, que hoy se odian con el odio de hermanos, son uno y lo mismo”. “Los representantes de la Civiliación Occidental en Alemania, los liberales alemanes, son “el invisible ejército inglés que, tras la batalla de Jena, Napoleón dejá detrás en el suelo alemán”.

“La estructura de la nación inglesa está basada en la distinción entre ricos y pobres, la del prusiano está basada entre mando y obediencia. Por consiguiente, el significado de las diferencias de clase es fundamentalmente diferente en los dos países”.

La “idea prusiana” requería que todo el mundo fuera un funcionario del estado, que todos los sueldos y salarios fueran determinados por el estado. La administración de toda propiedad, en particular, se convertía en una función asalariada.

Pero “la cuestión decisiva no sólo para Alemania sino para el mundo, y que tiene que ser resuelta por Alemania para el mundo es: En el futuro, ¿gobernará el comercio al estado, o gobernará e estado al comercio?. Frente a esta cuestión, Prusianismo y Socialismo son lo mmismo… Prusianismo y Socialismo combaten a Inglaterra en nuestro medio…”

Fue así que la guerra misma llegó a definirse como una guerra entre Socialismo y Liberalismo como, entre otros, dijera Van den Bruck, un teórico nazi. El verdadero archienemigo siempre fue el liberalismo. La lucha contra el liberalismo en todas sus formas, el liberalismo que había derrotado a Alemania, era la idea común que unía a socialistas y a conservadores en un solo frente. Al principio fue fundamentalmente en el Movimiento de la Juventud Alemana, que era casi completamente socialista en su inspiración y puntos de vista, donde estas ideas fueron más rápidamente aceptadas y donde se completó la fusión entre el socialismo y el nacionalismo.

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(12) Buscar la definición de “socialismo conservador” al final del Manifiesto Comunista.

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Capítulo XIII

Los totalitarios en nuestro medio

Como he sugerido en estas páginas, la situación actual en las democracias occidentales no se parece tanto a las condiciones actuales de Alemania (1944) como a las condiciones de hace veinte o treinta años. La creciente veneración por el estado, la admiración por el poder y de la grandeza por la grandeza misma, el entusiasmo por la “organización” de todo (que ahora se llama “planificación”) y la “incapacidad de dejar nada al simple crecimento orgánico” son tan notables hoy en Inglaterra como ayer lo eran en Alemania. Hombres como Lord Morley o Henry Sidwick, como Lord Acton o Dicey que eran admirados en todo el mundo como ejemplos sobresalientes de la sabiduría politica de Inglatera son, para la presente generación, obsoletos victorianos.

Ninguna descripción en términos generales puede dar una idea adecuada de la similariad que existe entre la actual literatura

política inglesa y los trabajos que destruyeron la creencia en la Civilización Occidental en Alemania y crearon el estado de ánimo en el que pudo triunfar el nazismo.

La impaciencia con el estilo del hombre común, tan característica del experto, y el desprecio por todo lo que no haya sido conscientemente organizado por mentes superiores según modelos “científicos” eran fenómenos familiares en la vida pública aleman generaciones antes de que se volvieran significativos en Inglaterra.

Como decía Julien Benda en la Trahison des Clercs (La Traición d los Intelectuales) “hay que observar que el dogma de que la historia obedece a leyes científicas es predicado especialmente por los partidarios de la autoridad arbitraria. Esto es natural puesto que de esa forma se eliminan las dos realidades que más odian: la libertad humana y la acción histórica del individuo”.

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Capítulo XIV

Condiciones materiales y fines ideales

En el pasado, ha sido la sumisión a las fuerzas impersonales el mercado lo que ha hecho posible el desarrollo de la civilización. Es esta sumisión lo que nos permite a todos construir algo que es mayor que lo que cada uno de nosotros pudiera construir. Se equivocan terriblemente los que creen que podemos ayudar a dominar las fuerzas de la sociedad de la misma forma que hemos aprendido a dominar las fuerzas de la naturleza. Esto no sólo es el camino hacia el totalitarismo sino también el camino hacia la destrucció de nuestra civilización y, ciertamente, la mejomanera de bloquear el progreso.

La libertad individual no puede reconciliarse con la supremacía de un objetivo único al que toda la sociedad tenga que estar entera y permanentemente subordinada. La única excepción es la guerra u otra situación impuesta por un desastre.

Los moralistas que enarbolan las banderas de la “justicia social” deben recordar que la moral es necesariamente un fenómeno individual. Sólo puede existir en la esfera en que el individuo es libre de optar por si mismo, de decidir si sacrificar alguna ventaja material a una regla moral. Fuera de la esfera de la responsabilidad individual no existe ni bien ni mal, ni oportunidad de mérito moral. No tenemos derecho a ser altruistas a costa de otros, ni hay ningún merito en el altruismo obligatorio.

Un movimiento cuya principal promesa sea la de aliviar la responsabilidad individual no puede sino tener efectos antimorales. La independencia, la confianza en si mismo, la disposición a correr riesgos, la disposicion a respaldar las convicciones personales contra una mayoría, la disposición a la cooperación voluntaria, la tolerancia frente al diferente y al extraño, el respeto por la costumbre y la tradicón, y una saludable suspicacia con el poder y la autoridad son las virtudes sobre las que descansa una sociedad individualista. El colectivismo no tiene nada con que sustituirlas como no sea la obediencia.

En la sociedad moderna las orientaciones a respetar ya no son la libertad del indiividuo, su libertad de movimiento o de expresión. Son, por el contario, los niveles protegidos de este grupo o aquel, su “derecho” a exluir a otros de darle a sus conciudadanos lo que les hace falta (13). La discriminación entre miembros y no miembros de grupos cerrados es aceptada cada vez más como algo natural; las injusticias contra los individuos en interés de ciertos grupos son vistas con creciente indiferencia.

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(13) En este sentido hay que tener mucho cuidado con la proliferación de supuestos “derechos” impulsada por la izquierda

contemporánea. Los verdaderos derechos sólo apuntan a protegen al individuo frente a la arbitrariedad del poder. Pero la izquierda contemporánea promueve muchos “derechos” que no son tales sino simples aspiraciones cuya implementación llevaría a una “justicia distributiva” y, por consiguiente, al resurgimiento de los problemas discutidos en este libro. Cuando se habla del “derecho al trabajo”, por ejemplo, ¿quién va a tener el deber, o la obligación, de emplear? Y ¿qué signfica el derecho a una retribución “equitativa” y “satisfactoria”? ¿Acaso los salarios no están determinados, como cualquier otro factor de la producción, por las leyes de la oferta y la demanda? Y, si no es el mercado, ¿quién determina entonces lo que es “equitativo” y “satisfactorio”? La Declaración Universal de 1948 fue un documento de compromiso, elaborado bajo la presión de la Unión Soviética y en medio del apogeo del New Deal. No hay que olvidarlo. Creo que hay que reflexionar sobre estos temas para no volver a ser víctimas de la misma demagogia de que hemos sido víctimas en el pasado.

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Capítulo XV

Las perspecivas del orden internacional

Otro campo donde el mundo también ha pagado caro el abandono del liberalismo del siglo XIX ha sido en el de las relaciones internacionales. También en este terreno las actuales concepcione sobre lo que es deseable y practicable pueden producir resultados completamente opuestos a los perseguidos. Es una ilusión fatal creer que sustituir la competencia por los mercados por las negociaciones entre los estados tiende a reducir las fricciones internacionales. Esto no es mas que trasladar la competencia entre empresas a la competencia entre estados poderosos y armados.

No se puede creer que las limitaciones e inconvenientes de la planificación a escala nacional pueden superarse llevando la misma a una escala internacional. Mientras más aumenta la escala de la planificacion, más se va limitando la esfera de los acuerdos y más aumenta la necesidad de la compulsión. Si se llegara a considerar como la obligacion de una cualquier autoridad internacional el producir una justicia distributiva entre diferentes pueblos, la lucha de clases se covertiría en una lucha entre los trabajadores de distintos países. Las consecuencia de planificar para igualar los niveles de vida de distintos países tendrían que ser necesariamente desastrosos.

Todos estamos de acuerdo en ayudar a elevar su nivel de vida a los pueblos más pobres. Pero, en ese sentido, la mejor ayuda es ayudar a mantener el orden y a crear las condiciones en las que la gente misma pueda desarrollar su propia vida. Nunca, en ninguna parte, ha funcionado bien la democracia sin una gran medida de autogobierno que represente una escuela de entrenamiento políticopara todos, y para los futuros líderes. Es sólo cuando la responsabilidad en asuntos con los que la gente está familiarizada puede aprenderse y practicarse, es sólo cuando la acción est orientada por las necesidades de nuestros vecinos y no por algunos principios abstractos, cuando la gente sencilla puede llegar aparticipar efectivamente en los asuntos públicos.

Sin duda, una de las mejores salvaguardas de la paz sería una autoridad internacional que limitara el poder del estado sobre losindividuos. Usado con sabiduría, el principio federal pudiera ser la mejor solución para muchos de los problemas más difíciles del mundo. Poder reducir el riego de fricciones que puedan llevar a la guerra es probablemente todo lo que podamos y debamos esperar.

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Capítulo XVI

Conclusión

Si hemos fallado en nuestro intento por crear un mundo de hombres libres, tenemos que tratar otra vez. Pero lo que no debemos olvidar nunca es que una política de libertad para el individuo es la única verdaderamente progresista, y que esto sigue siendo tan cierto hoy como lo fue en el siglo XIX.

Fin

Principios o conveniencia?

por F. A. von Hayek.

1. Una condición de la libertad en la que todos pueden utilizar sus propios conocimientos para sus propios fines, con únicamente las limitaciones de las normas de conducta de aplicación universal, es probable que produzca para todos las mejores condiciones para lograr sus respectivos objetivos. Este sistema es probable que se logre y mantenga únicamente si toda la autoridad, incluida la de la mayoría de las personas, limita el ejercicio del poder coercitivo a principios generales con los que la comunidad se haya comprometido. La libertad individual, en todos los lugares en los que ha existido, ha sido en gran parte el producto del  respeto imperante a dichos principios que, sin embargo, nunca han sido plenamente articulados constitucionalmente en los documentos. La libertad se ha preservado durante largos períodos de tiempo debido a que esos principios percibidos vaga y tenuemente, han regido la opinión pública. Las instituciones mediante las cuales los países del mundo occidental han tratado de proteger la libertad individual contra la progresiva invasión por parte del gobierno, siempre han demostrado ser insuficientes cuando se transfieren a condiciones en las que estas tradiciones no prevalecen y no han aportado una suficiente protección contra los efectos de los nuevos deseos que, incluso entre los pueblos de Occidente, con frecuencia dominan de una manera más importante que las antiguas concepciones -concepciones que hicieron posible los períodos de libertad, cuando estos pueblos lograron sus actuales posiciones.

No voy a intentar aquí hacer una completa definición de la expresión “libertad” o expandirme respecto a la razón por la cual la libertad es tan importante, lo que ya he intentado en otros lugares. Pero sin embargo, hay que decir unas pocas palabras a propósito de por qué prefiero la corta fórmula con la que describí anteriormente la condición de la libertad como un estado en el que cada uno puede utilizar sus conocimientos para sus propios fines frente a la clásica frase de Adam Smith de “cada hombre, siempre y cuando no viole las leyes de la justicia, [siendo] dejado completamente libre de perseguir sus propios intereses en su propio camino”. La razón de mi preferencia es que esta última fórmula sugiere innecesaria e infortunadamente, y sin pretenderlo, una relación entre los argumentos a favor de la libertad individual y el egoísmo. La libertad para perseguir los propios objetivos es, de hecho, tan importante para el completo altruista como para los más egoístas. El altruismo es una virtud y sin lugar a dudas no presupone que uno tenga que obedecer la voluntad de otra persona. Pero es cierto que mucho del pretendido altruismo consiste en un deseo de hacer que los otros sirvan a otros fines que el “altruista” considera importantes.

No es necesario considerar aquí una vez más el hecho innegable de que los efectos benéficos que tienen sobre los otros nuestros esfuerzos, con frecuencia son visibles sólo si actúa como parte del esfuerzo concertado de muchos, de conformidad con un plan coherente y que, a menudo, puede resultar difícil para el individuo aislado hacer algo contra los males que lo afectan profundamente. Por supuesto, es parte de su libertad que para tales fines, se una o cree organizaciones que le permitan tomar parte en una acción concertada. Y auncuando algunas de las metas del altruista sean viables sólo mediante la acción colectiva, los fines puramente egoístas muchas veces se logran a través de esto. No hay ninguna conexión necesaria entre el altruismo y la acción colectiva, o entre el egoísmo y la acción individual.

2. Del concepto de que los beneficios de la civilización reposan sobre el uso de más conocimientos de los que puedan utilizarse en cualquier esfuerzo concertado deliberadamente, se deduce que no está en nuestras manos construir una sociedad deseable simplemente mediante la reunión de elementos particulares que parezcan  deseables por sí mismos. Auncuando probablemente todas las mejoras beneficiosas sean poco sistemáticas, si las medidas independientes no están guiadas  por un cuerpo coherente de principios, el resultado será probablemente una supresión de la libertad individual.

La razón de esto es muy simple aunque en generalmente  no se entienda. Dado que el valor de la libertad se basa en las oportunidades que ofrece para realizar acciones imprevistas e imprevisibles, rara vez sabemos lo que perdemos con una restricción particular de la libertad. Cualquiera de estas restricciones, cualquier coerción diferente a la aplicación de las normas generales, buscará el objetivo de lograr resultados particulares previsibles, pero lo que se evita generalmente se desconocen. Los efectos indirectos de cualquier intromisión en el orden del mercado serán  visibles de cerca y claramente en la mayoría de los casos, pero sin embargo los efectos indirectos más remotos en la mayoría de los casos se desconocerán y, por tanto, no se tendrán en cuenta. Nunca vamos a ser conscientes de todos los costos de la consecución de resultados particulares producto de esa intromisión.

Y así, cuando decidimos cualquier asunto exclusivamente con base en lo que parecerían ser sus méritos individuales, siempre sobreestimamos las ventajas de una dirección central. Nuestra elección comúnmente parecerá ser una entre una ganancia conocida y tangible y la simple probabilidad de alguna forma desconocida de impedir una acción beneficiosa llevada a cabo por personas desconocidas. Si la elección entre libertad y coacción se trata como una cuestión de conveniencia, la libertad está destinada a ser sacrificada en casi todos los casos. Como en el caso particular en el que casi nunca se sabe cuáles serán las consecuencias de permitir a la gente hacer su propia elección, tomar la decisión en cada caso dependiendo sólo de los resultados particulares previsibles, debe conducir a la destrucción progresiva de la libertad. Probablemente hay pocas restricciones a la libertad que no puedan justificarse sobre la base de que no sabemos las pérdidas particulares  que causaría.

Que la libertad sólo se pueda preservar si se le trata como un principio supremo que no debe ser sacrificado para ventajas particulares fue comprendido por los principales pensadores liberales del siglo XIX, uno de los cuales (B. Constant) describe el liberalismo como “el sistema de principios”. Esta es también la carga de las advertencias relativas a “lo que se ve y lo que no es visto en la economía política” (F. Bastiat) y del “pragmatismo que, contrariamente a las intenciones de sus representantes inexorablemente lleva al socialismo”(C. Menger).

Sin embargo todas estas advertencias fueron lanzadas al viento y la progresiva eliminación de los principios y la determinación cada vez mayor durante los últimos cien años para proceder pragmáticamente, es una de las más importantes innovaciones en la política social y económica. Que debamos renegar de todos los principios, de los “ismos”con el fin de lograr un mayor dominio sobre nuestro destino se proclama hoy en dia como la nueva sabiduría de nuestro tiempo. Aplicar las “técnicas sociales” a cada tarea para buscar su solución más adecuada, sin restricciones por las creencias dogmáticas, parece a algunos la única manera de proceder digna de una era racional y científica. Las “ideologías” es decir, los conjuntos de principios, se han convertido en general en tan impopulares como siempre lo han sido con los aspirantes a dictadores como Napoleón o Karl Marx, los dos hombres que dieron a esta palabra su sentido peyorativo moderno.

Si no me equivoco, este desprecio a la moda por la “ideología” o por todos los principios generales o “ismos”, es una actitud característica de los socialistas desilusionados quienes, como consecuencia de haberse visto obligados por las contradicciones inherentes de su propia ideología, para superarlo llegaron a la conclusión de que todas las ideologías son erróneas y que para ser racional hay que prescindir de ellas. Pero es una imposibilidad guiarse únicamente por propósitos explícitos particulares que cada uno acepte conscientemente, imaginando que esto sea posible, y rechazar en general todos los valores que no demuestren conducir a resultados deseados (o guiarse únicamente por lo que Max Weber llama “racionalidad con finalidad”). Auncuando es cierto que la ideología es algo que no se puede “probar”(o demostrar que es verdad), bien puede ser algo cuya aceptación generalizada sea la condición indispensable para la mayoría de las cosas por las que nos esforzamos.

Los autoproclamados  “realistas” modernos sólo tienen desprecio por la antigua recomendación de que si uno comienza a interferir sin sistema en el orden espontáneo del mercado no existe un punto posible para detenerse y que por lo tanto es necesario elegir entre sistemas alternativos. A estas personas les agrada pensar que procediendo experimentalmente y por tanto “científicamente” van a tener éxito en implementar de manera poco sistemática el orden deseado eligiendo para cada resultado deseado lo que la ciencia les muestre ser el medio más adecuado para lograr lo buscado.

Dado que las advertencias contra este tipo de procedimiento han sido con frecuencia mal entendidas, como lo fue uno de mis precedentes libros, es conveniente extenderme un poco sobre el tema. Lo que intento refutar en El camino hacia la condición de siervo, no es de ninguna manera que nos alejemos cada vez, aun cuando sea ligeramente, de lo que considero como los principios de una sociedad libre y que seamos inevitablemente lanzados sin remedio hacia el camino de un sistema totalitario, sino que es más bien lo que en lenguaje más familiar expresamos cuando nos dicen: “Si no se enmiendan se van a ir al infierno”. Que esto a menudo se haya entendido como la manera de describir el proceso necesario por el cual perdemos todo poder una vez que nos hayamos embarcado en él, es simplemente una indicación de la poca importancia que se entiende que tienen los principios para la determinación de la política, y en particular, cómo se pasa completamente por alto el hecho fundamental de que nuestras acciones políticas involuntariamente producen la aceptación de principios que harán necesaria la adopción de nuevas medidas. Lo que estos irrealistas modernos “realistas” que se enorgullecen de la modernidad de su punto de vista, pasan por alto, es que están defendiendo algo que la mayoría del mundo occidental ha venido haciendo durante las últimas dos o tres generaciones y que es responsable de las condiciones política actual. El fin de la era de los principios liberales que podría fecharse en el momento en el que WS Jevons (1882) declaró que en la política económica y social “podemos establecer reglas no muy duras ni estrictas, sino que se debe tratar cada caso en detalle y según sus méritos”. Diez años más tarde Herbert Spencer podría ya hablar de la “escuela política reinante” para la cual “en cada doctrina se muestra nada menos que el desprecio por lo que implica restricciones en las actuaciones de la conveniencia inmediata” o que se basa en “principios abstractos”.

Esta opinión “realista” que domina desde hace tanto tiempo la política, no ha producido los resultados que sus defensores deseaban. En lugar de haber logrado un mayor dominio sobre nuestro destino nos encontramos cada vez más frecuentemente comprometidos con un camino que no hemos elegido deliberadamente y estamos enfrentados a la “inevitable necesidad” de adoptar nuevas medidas que, auncuando nunca se desearon, son el resultado de lo que hemos hecho.

3. El argumento frecuentemente expresado de que ciertas medidas políticas son inevitables tiene un doble aspecto curioso. Con respecto a los acontecimientos aprobados por los que emplean este argumento, se acepta fácilmente y se utiliza para justificar las acciones. Pero cuando los acontecimientos toman un giro indeseado, la propuesta de que este no es el efecto de circunstancias fuera de nuestro control, sino la consecuencia de decisiones anteriores se rechaza con desprecio. La idea de que no somos totalmente libres para elegir cualquier combinación de características que deseemos que nuestra sociedad posea, o para adaptarlas en un todo viable, es decir, que no podemos construir un determinado orden social deseado, como si fuera un mosaico seleccionando cualquiera de las piezas que más nos agraden y que muchas medidas bien intencionadas puedan tener una larga cola de consecuencias imprevisibles e indeseadas, parece ser intolerable para el hombre moderno. El hombre moderno ha sido enseñado a creer que lo que ha hecho también puede ser modificado a voluntad para adaptarlo a sus deseos y que, inversamente, lo que se ha alterado en primera instancia tiene haber sido hecho deliberadamente. El hombre moderno no ha aprendido que esa ingenua creencia se deriva de la ambigüedad de la palabra “hacer”que pueden incluir no sólo productos deliberados sino también los efectos no intencionales de la acción humana.

De hecho, por supuesto, la principal circunstancia que hará que algunas de las medidas parezcan inevitables es que normalmente son el resultado de nuestras acciones pasadas y de las opiniones de la actualidad. La mayoría de las “necesidades” de la política son de nuestra propia creación. Yo soy suficientemente grande como para que los mayores me digan una vez más que ciertas consecuencias de su política que yo predije nunca sucederán y luego, cuando aparezcan, que me digan los jóvenes que de todas maneras era inevitable que éstas aparecieran y bastante independientes de lo que se hubiera hecho.

La razón por la cual no podemos lograr un todo coherente simplemente poniendo juntos cualquier serie de elementos que consideremos que son los apropiados para un arreglo particular dentro de un orden espontáneo, dependerá de todo lo demás y de que cualquier cambio particular que hagamos en él influirá en el efectos de la adopción de cualquier nueva medida. La experiencia con un acuerdo particular dentro de un marco institucional nos dice muy poco acerca de cómo se aplicaría en un entorno diferente. Un experimento sólo puede decirnos si alguna de las innovaciones encaja o no dentro de un determinado marco. Pero la esperanza de que podamos construir un orden coherente mediante la experimentación casual, con soluciones particulares para cada uno de los problemas individuales y sin seguir los principios rectores es una ilusión. La experiencia nos dice mucho acerca de la efectividad de diferentes sistemas sociales y económicos como un todo. Pero un orden de la complejidad de la sociedad moderna no puede ser designado como un todo, ni por la configuración de cada parte por separado sin tener en cuenta el resto, sino únicamente mediante la constante adhesión a ciertos principios a lo largo de un proceso de evolución.

Esto no quiere decir que estos “principios” deban necesariamente adoptar la forma de normas articuladas. Los principios son a menudo guías de acción más eficaces cuando aparecen simplemente como prejuicios infundados, como un sentimiento general de que ciertas cosas simplemente “no se hacen”, mientras que tan pronto como establecen explícitamente empieza la especulación respecto a su veracidad y validez. Probablemente es cierto que en el siglo XVIII los ingleses, poco dados a la especulación sobre los principios generales, consecuentemente se guiaron firmemente por fuertes opiniones respecto al tipo de acciones políticas permitidas; mientras que los franceses trataron vehementemente de descubrir y adoptar tales principios. Una vez que la certeza instintiva se pierde, tal vez como resultado de intentos fallidos de poner en palabras lo que se ha hecho “intuitivamente”, no hay manera de recuperar esta guía distinta a la búsqueda de la correcta expresión de lo que antes se había conocido implícitamente.

La impresión de que los ingleses de los siglos XVII y XVIII, a través de su don “para abrirse camino” y de su “ingenio para el compromiso”, lograron la creación de un sistema viable sin hablar mucho sobre los principios, mientras que los franceses, con su preocupación por las hipótesis explícitas y por las formulaciones claras, nunca lo hicieron puede ser engañoso. La verdad parece ser que auncuando los ingleses hablaban muy poco sobre los principios, estaban más seguramente guiados por principios, mientras que en Francia la especulación acerca de los principios básicos impidió que cualquier conjunto de principios se implantara firmemente.

4. La preservación de un sistema libre es tan difícil porque requiere del constante rechazo a las medidas que parecen ser necesarias para garantizar determinados resultados, simplemente por el motivo de que están en conflicto con una regla general y, con frecuencia, sin saber cuál será el costo de no observar la norma en el caso concreto. Una exitosa defensa de la libertad debe, en consecuencia, ser dogmática y no hacer concesiones a la conveniencia;  incluso en el caso en que no sea posible demostrar que además de los efectos benéficos conocidos, también se derivarán algunos nocivos como resultado de su infracción. La libertad prevalecerá sólo si se acepta como un principio general cuya aplicación a casos particulares no requiera justificación. Por lo tanto, es un malentendido culpar al liberalismo clásico de haber sido demasiado doctrinario. Su defecto no fue adherirse obstinadamente a los principios, sino carecer de principios suficientemente precisos como para proporcionar una orientación clara y que, a menudo, simplemente aceptaron las funciones tradicionales del gobierno y se opusieron a toda nueva función. La coherencia sólo es posible si se aceptan los principios definidos. Pero el concepto de libertad con el que los liberales del siglo XIX operaron fue tan vago que  en muchos aspectos que no ofreció una orientación clara.

La gente no se abstendrá de las restricciones de la libertad individual que  parezcan el remedio más sencillo y directo para un mal reconocido si no prevalece una fuerte creencia en principios definidos. La pérdida de tales creencias y la preferencia por la conveniencia es en parte el resultado del hecho de que ya no sabemos los principios que pueden defenderse racionalmente. Las reglas de oro que en algún momento fueron aceptadas no son suficientes para decidir qué es y qué no es admisible en un sistema libre. No tenemos siquiera un nombre conocido general para lo que el término “sistema libre” describe sólo vagamente. Ciertamente, ni “capitalismo” ni “laissez faire” lo describen correctamente y ambos términos son comprensiblemente más populares para los enemigos que para los defensores de un sistema libre. “Capitalismo” es quizás un nombre apropiado para la realización parcial de un sistema de este tipo en una determinada fase histórica, pero es siempre engañoso debido a que sugiere un sistema que favorece principalmente a los capitalistas, mientras que en realidad se trata de un sistema que impone a la empresa una disciplina con la cual los empresarios a menudo rozan y que cada uno se esfuerza por evitar. “Laissez faire” nunca fue más que una regla de oro. De hecho, expresó la protesta contra los abusos de poder gubernamental, pero nunca proporcionó un criterio mediante el cual uno pudiera decidir sobre cuáles eran las funciones propias de gobierno. Lo mismo se aplica a los términos “libre empresa” o “economía de mercado” que dicen poco sin una definición de la libre esfera individual. La expresión “libertad en virtud del derecho”, que en un tiempo tal vez transmitió el punto esencial mejor que cualquier otra expresión, perdió casi todo su sentido como consecuencia de que tanto “libertad” como “derecho” ya no tienen un significado claro. El único término que en el pasado fue comprendido ampliamente y correctamente, a saber: “liberalismo” tiene, en palabras de Schumpeter, “como un elogio supremo, pero involuntario del que se apropiaron quienes se oponen a este ideal”.

Es probable que el lector no sea plenamente consciente de hasta qué punto nos hemos alejado de los ideales expresados con estos términos. Si bien el abogado o el científico político ven en seguida que lo que estoy adoptando es un ideal que ha desaparecido completamente y que nunca se realizó plenamente, es probable que sea cierto que la mayoría de las personas aún crea que algo parecido rija aún los asuntos públicos. Es debido a que nos hemos alejado del ideal mucho allá de lo que la mayoría de las personas son conscientes y debido a que a menos que este desarrollo no se compruebe en un corto tiempo su propio impulso transformará la sociedad libre en un totalitarismo, que debemos reconsiderar los principios que guían nuestra acción política. Estamos aún tan libres como estamos debido a que algunos prejuicios tradicionales, que están en rápida desaparición, han impedido el proceso por medio del cual la lógica inherente de los cambios que hemos hecho tiende a afirmarse en un ámbito cada vez más amplio. En el estado actual de la opinión, la victoria final del totalitarismo no sería más que la victoria final de las ideas que ya son dominantes en la esfera intelectual sobre la simple resistencia tradicionalista.

5. Con respecto a la política, la visión metodológica de que en el caso de órdenes complejos espontáneos nunca sabremos más que los principios generales sobre los que operan, o que solo podremos predecir los cambios particulares que cualquier evento producirá en el entorno, tiene consecuencias de gran alcance. Significa que cuando confiamos en las fuerzas ordenadoras espontáneas con frecuencia no somos capaces de prever los cambios particulares que sucederán como consecuencia de la necesaria adaptación a los cambios externos y, a veces, quizás ni siquiera seremos  capaces de concebir la manera como se pueda restaurar el “equilibrio” perturbado. Este desconocimiento de la manera como el mecanismo del orden espontáneo resolverá tal “problema” que sabemos que debe ser resuelto de alguna manera si no queremos que el orden se desintegre, con frecuencia produce una alarma de pánico y la solicitación de acciones por parte del del gobierno para la restaurar el equilibrio perturbado. Con frecuencia es la visión parcial del carácter del orden general espontáneo la causa de las exigencias de un control deliberado. Siempre y cuando el equilibrio comercial, o la correspondencia de la oferta y la demanda de un producto determinado se ajusten espontáneamente después de una perturbación, los hombres rara vez se preguntarán cómo sucedió esto. Pero una vez que tomen conciencia de la necesidad constante de tales reajustes, consideran que alguien debe hacerse responsable de haber causado deliberadamente la perturbación. El economista, desde la misma naturaleza de su imagen esquemática del orden espontáneo, podría contrarrestar tales temores mediante la sola afirmación convincente de que el nuevo equilibrio requerido se establecerá de alguna manera si no interferirmos con las fuerzas espontáneas, pero como él normalmente no es capaz de predecir con precisión la forma en que esto suceda, sus afirmaciones no serán muy convincentes.

Sin embargo, cuando es posible prever la forma en que las fuerzas espontáneas probablemente  restablecerán el equilibrio alterado, la situación se vuelve aún peor. La necesidad de adaptarse a los eventos imprevistos siempre significará que alguien va a quedar herido, que las expectativas de alguien se verán defraudadas o que sus esfuerzos serán frustrados. Esto conduce a la exigencia de que el ajuste necesario se lleve a cabo por medio de una orientación deliberada, lo que en la práctica se traduce en que es la autoridad quién decide quién va a ser lastimado. Normalmente el efecto de ésto es que los ajustes necesarios se evitarán en toda ocasión en la que puedan preverse.

Lo que la visión de la ciencia puede proporcionar para orientar las políticas consiste en la comprensión de la naturaleza general del orden espontáneo y no en cualquier conocimiento de los pormenores de una situación concreta, lo que no posee ni puede poseer. El verdadero reconocimiento de lo que la ciencia puede contribuir a la solución de nuestras tareas políticas, que en el siglo XIX fue bastante general, ha sido oscurecida por la nueva tendencia derivada de la ahora tan a la moda idea errada del método científico: la creencia de que la ciencia consiste en una colección de hechos particulares observados, que es errónea en la medida en que la ciencia en general se ve afectada, pero que es doblemente engañosa cuando tenemos que hacer frente a las partes de un complejo orden espontáneo. Dado que todos los eventos en cualquier parte de ese orden son interdependientes y que un orden abstracto de este tipo no tiene necesariamente ninguna  parte recurrente concreta que pueda ser identificada por atributos individuales, es inevitablemente vano tratar de descubrir regularidades mediante la observación de sus partes. La única teoría que en este ámbito puede reclamar estatus científico es la teoría del orden como un todo y tal teoría (que auncuando, indudablemente, debe ponerse a prueba con hechos) no puede lograrse por medio de la observación inductiva sino únicamente a través de la construcción de modelos mentales realizados con base a elementos observables.

No se puede negar que en cierta medida el modelo de orientación del orden general siempre será una utopía, algo a lo que la situación actual será sólo una aproximación distante y la cual muchas personas considerarán como totalmente impracticable. Sin embargo, es sólo mediante el constante control de los conceptos rectores de un modelo internamente coherente que podría realizarse, mediante la aplicación conveniente de los mismos principios, algo parecido a un marco eficaz para el buen funcionamiento del orden espontáneo. Adam Smith pensaba que “esperar, de hecho, que la libertad de comercio sea totalmente restaurada en Gran Bretaña es tan absurdo como esperar que una Oceana o Utopía se establezca algún día en ella”. Sin embargo, setenta años después, se logró esto y en gran medida como resultado de su trabajo.

La utopía, como ideología, es una mala palabra hoy y es cierto que la mayoría de las utopías, cuyo objetivo fue reformar radicalmente la sociedad, sufrieron de las contradicciones internas que hicieron imposible su realización. Sin embargo, una imagen ideal de una sociedad que puede no ser totalmente factible, o de una concepción de orientación del orden general que se busca, es, sin embargo, no sólo la condición indispensable de toda política racional, sino también la principal contribución que la ciencia puede hacer a la solución de los problemas de la política práctica.

6. El principal instrumento de cambio deliberado en la sociedad moderna es la legislación. Pero a pesar de que pensemos cuidadosamente y de antemano cada uno de los actos de la legislación, nunca estaremos completamente libres para rediseñar el sistema jurídico en su conjunto, o para rehacer todo el panorama de acuerdo a un diseño coherente. El proceso legislativo es necesariamente un proceso continuo en el que hasta el momento cada paso produce consecuencias imprevisibles para lo que podemos o debemos hacer subsecuentemente. Las partes de un sistema jurídico no están tan encajadas entre sí de acuerdo con una visión de conjunto, sino que son más bien el producto de adaptaciones progresivas entre sí, mediante la sucesiva aplicación de principios generales a problemas particulares – es decir principios que con frecuencia, ni siquiera se conocen explícitamente sino que están simplemente implícitos en las medidas particulares adoptadas. Para quienes imaginan que es posible organizar deliberadamente todas las actividades particulares de una Gran Sociedad de acuerdo a un plan coherente, se les debería hacer una reflexión seria sobre esta imposibilidad, incluso para aquella parte del todo constituida por el sistema de derecho. Pocos hechos demuestran tan claramente la manera como las concepciones imperantes ocasionarán un cambio continuo, produciendo medidas que en principio nadie había previsto o deseado, pero que aparecen inevitablemente en un momento dado, como el proceso de cambio del derecho. Cada paso en ese proceso está determinado por los problemas que surgen cuando los principios establecidos en (o implícito en) las decisiones anteriores se aplican a circunstancias para las que no fueron previstos. No hay nada misterioso acerca de esta “dinámica interna de la justicia”, como se le ha llamado, que produce cambios en el todo no deseados por nadie.

En este proceso, el abogado es necesariamente más un instrumento involuntario, un eslabón en una cadena de acontecimientos que él no ve como un todo, que el  iniciador consciente de los mismos. Si actúa como juez o como redactor de un estatuto, el marco general de las concepciones a las que debe ajustarse su decisión se le proporciona de antemano y su tarea es aplicar estos principios generales de la ley, no cuestionarlos. Por mucho que pueda estar preocupado por las implicaciones futuras de sus decisiones, sólo puede juzgarlas en términos de todos los demás principios de la ley que se le proporcionan. Esto es, por supuesto, como debe ser: es de la esencia del pensamiento jurídico y de las decisiones justas que sólo el abogado se esfuerza por hacer para que todo el sistema sea coherente.

Con frecuencia se dice que la predisposición profesional del abogado es conservadora. En determinadas condiciones, es decir, cuando algunos principios básicos de la ley han sido aceptados durante largo tiempo, rigen de hecho sobre todo el sistema jurídico, son el espíritu general, así como lo son también cada norma y aplicación. En tales momentos poseen una gran estabilidad inherente. Cada abogado, cuando tiene que interpretar o aplicar una norma que no está de acuerdo con el resto del sistema, se esfuerza en doblegarla para que sea conforme con las demás. La profesión jurídica en su conjunto puede, en efecto, ocasionalmente incluso anular la intención del legislador, no por falta de respeto a la ley, sino, por el contrario, porque su técnica le lleva a dar preferencia a lo que es todavía la parte predominante de la la ley y adopta el elemento extraño dentro de ella transformándolo a fin de lograr que se armonice con el conjunto.

Sin embargo la situación es totalmente diferente cuando una filosofía general del derecho, que no esté de acuerdo con la mayor parte de la legislación vigente, gana importancia reciente. Los mismos abogados, a través de los mismos hábitos y técnicas y, en general sin ser conscientes de ello, se convierten en una fuerza revolucionaria, tan eficaces en la transformación del derecho y de cada detalle como lo fueron antes para su preservación. Las mismas fuerzas que en la primera condición sirvieron para mantenerla estacionaria, en la segunda ocasión tenderán a acelerar el cambio hasta que se transforme todo el cuerpo del derecho mucho más allá del punto que alguien hubiese previsto o deseado. Que este proceso conduzca a un nuevo equilibrio o una desintegración de todo el cuerpo del derecho, en el sentido fundamental en el que aún comprendemos la palabra, dependerá de las características de la nueva filosofía.

Vivimos en un período de tal transformación del derecho como consecuencia de las fuerzas internas y este se somete que, si a los principios que en la actualidad guían este proceso se les permite actuar hasta sus consecuencias lógicas, el derecho tal y como lo conocemos, como la más alta protección de la libertad de la persona, se vería obligado a desaparecer. Ya los abogados, como instrumentos de las concepciones generales que no han creado ellos mismo, se han convertido en muchos campos en herramientas, no ya de los principios de justicia sino de un aparato en el cual el individuo está hecho para servir a los fines de los gobernantes. El pensamiento jurídico parecería ya estar gobernado de tal manera por las nuevas concepciones de las funciones del derecho que, si estas concepciones se aplicaran de forma coherente, todo el sistema de normas de conducta individual se transformaría en un sistema de normas de organización.

Estos acontecimientos han sido observado con aprensión por muchos abogados profesionales para quienes la principal preocupación sigue siendo lo que a veces se describe como “la ley de abogados”, es decir, aquellas normas de sólo conducta que en un tiempo fueron consideradas como el derecho. Pero el liderazgo en la jurisprudencia, en el curso del proceso que hemos considerado, se ha desplazado de los profesionales del derecho privado al abogado público, con el resultado de que hoy los prejuicios filosóficos que rigen el desarrollo de todas las leyes, incluídas las de derecho privado, han sido forjadas casi en su totalidad por hombres cuya principal preocupación es el derecho público o las normas de organización de gobierno.

7. Sin embargo, sería injusto culpar a los abogados más que los economistas de este estado de cosas. El abogado en ejercicio, de hecho,  desempeñará en general mejor su tarea si sólo aplica los principios generales de derecho que ha aprendido y que es su deber aplicar coherentemente. Es sólo en la teoría del derecho, en la formulación y aplicación de aquellos principios generales, que se plantea el problema básico de su relación con un orden de acciones viables. Para este tipo de formulación y elaboración es absolutamente esencial una comprensión de este órden si se desea hacer una elección inteligente entre los principios alternativos. Sin embargo durante las últimas dos o tres generaciones, la filosofía ha sido guiada por un malentendido en lugar de haber sido guiada por la comprensión de la naturaleza de este orden jurídico.

A su vez los economistas, o al menos después del tiempo de David Hume y Adam Smith quienes también fueron filósofos de derecho, generalmente tampoco demostraron un reconocimiento de la importancia del sistema de normas jurídicas, cuya existencia fue tácitamente presupuesta  por su razonamiento. Rara vez pusieron su explicación de la determinación del orden espontáneo en una forma que pudiera ser de gran utilidad para los teóricos del derecho. Probablemente, sin saberlo, contribuyeron tanto en la transformación de todo el orden social como lo hicieron los abogados.

Esto se hace evidente cuando se examinan las razones que regularmente dan los abogados para los grandes cambios que el derecho ha sufrido en los últimos cien años. En todas partes en la literatura jurídica, ya sea inglesa o americana, francesa o alemana, nos encontramos con que las razones para estos cambios radican en las supuestas necesidades económicas. Para el economista la forma en que los abogados explican esta transformación de la ley es una cierta melancólica experiencia: encuentra todos los pecados que sus predecesores le infligieron. Las explicaciones del desarrollo moderno del derecho están llenas de referencias a las  “fuerzas obligatorias irreversibles”, de “las tendencias inevitables” que presuntamente han sido imperativas para el cambio. El hecho de que “todas las democracias modernas” hicieron esto o aquello se aduce como prueba de la sabiduría o de la necesidad de tales cambios.

Estas explicaiones siempre hablan de un período de laissez-faire pasado, como si hubiera habido un tiempo en el que no se hubieran hecho esfuerzos para mejorar el marco jurídico con el fin de lograr que el mercado operara de forma más beneficiosa o para complementar sus resultados. Casi sin excepción basan su argumento en la fábula de que la libre empresa ha operado en detrimento de los trabajadores manuales y alegan que “el capitalismo temprano” o “liberalismo” ha provocado un descenso en el nivel de vida de la clase obrera. La leyenda, auncuando totalmente falsa, se ha convertido en parte del folclore de nuestro tiempo. El hecho es, por supuesto, que como resultado del crecimiento de los mercados libres, la remuneración de la mano de obra durante los últimos ciento cincuenta años experimentó un incremento desconocido en cualquier período anterior de la historia. La mayoría de las obras contemporáneas de filosofía jurídica también están llenas de clichés anacrónicos sobre las supuestas tendencias auto-destructivas de la competencia, o de la necesidad de “planeación” creadas por el aumento de la complejidad del mundo moderno, estos clichés derivan del pico más alto en el entusiasmo por la “planeación” de hace treinta o cuarenta años cuando fue ampliamente aceptado y cuyas consecuencias totalitarias aún no se comprenden.

De hecho, es dudoso que gran cantidad de la falsa economía que se propagó durante los últimos cien años lo haya hecho por algún medio distinto a las enseñanzas que los jóvenes abogados recibieron de sus mayores de que “era necesario” haber hecho esto o aquello, o que bajo tales circunstancias “era inevitable hacer” que determinadas medidas se adoptaran. Parece casi un hábito de pensamiento del abogado considerar el hecho de que la legisladura ha decidido sobre algo como prueba de la sabiduría de esa decisión. Esto significa, sin embargo, que sus esfuerzos serán beneficiosos o perniciosos de acuerdo a la sabiduría o la estupidez del precedente por el que se rige y que es tan probable que se convierta en la perpetuator de los errores como de la sabiduría del pasado. Si acepta como obligatorio para él la tendencia observable del desarrollo, probablemente se convertirá simplemente en el instrumento mediante el cual los cambios que él no entiende se conviertan por sí mismos en la conciencia creadora de un nuevo orden. En tal condición será necesario buscar criterios para el desarrollo en lugares diferentes a la ciencia del derecho.

Esto no quiere decir que el economista pueda por sí solo ofrecer los principios que deben orientar el derecho, auncuando teniendo en cuenta la influencia que las concepciones económicas inevitablemente ejercen, se debe aspirar a que tal influencia provenga de una buena economía y no de la colección de mitos y fábulas sobre el desarrollo económico que parece regir hoy el pensamiento jurídico. Nuestro punto de vista es más bien que los principios y las ideas preconcebidas que guían el desarrollo del derecho, inevitablemente provienen en parte de fuera del derecho y puede ser beneficioso sólo si se basan en una verdadera concepción sobre la manera como las actividades de una Gran Sociedad puedan ser efectivamente ordenadas.

El papel del abogado en la evolución social y la manera en la que sus acciones son determinadas son, en efecto, la mejor ilustración de una verdad fundamental: que queramos o no, los factores decisivos que determinarán esta evolución siempre serán  muy abstractos y, a menudo, inconscientemente contienen ideas acerca de lo que es correcto y no contienen propósitos particulares o deseos concretos. No se trata tanto de las metas que los hombres persiguen conscientemente, sino sus opiniones acerca de los métodos permisibles lo que determina no sólo lo que se hará, sino también si alguien debe tener el poder para hacerlo. Este es el mensaje en el que David Hume trató de hincapié cuando escribió “auncuando los hombres se gobiernan en gran medida por interés, el interés mismo y todos los asuntos humanos, están enteramente gobernados por la opinión”.