La recesión económica es el inicio de la recuperación

por Manuel Llamas – tomado de Libertad Digital

La recesión económica es el inicio de la recuperación

por Jesús Huerta de Soto

El catedrático de Economía Jesús Huerta de Soto lanza un mensaje de optimismo a los empresarios familiares de Madrid. “La recesión es el inicio de la recuperación”, ya que es cuando el mercado detecta los errores de inversión cometidos durante la etapa previa de burbuja.

La Asociación Madrileña de la Empresa Familiar (AMEF) organizó el pasado 24 de septiembre en Madrid una conferencia bajo el título Los empresarios familiares y la crisis, cuyo ponente fue el catedrático de Economía Política, Jesús Huerta de Soto, de la Universidad Rey Juan Carlos.

Durante el acto, presentado por el presidente de Libertad Digital, Alberto Recarte, Huerta de Soto explicó los orígenes de la actual crisis financiera y económica, así como la situación que atraviesa la economía española y las recetas para salir cuanto antes de la recesión. 

En su intervención, el economista realizó una síntesis de su obra Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos, escrita en 1998, pero que constituye una anticipación y una perfecta radiografía de la crisis actual.

Todo parte de la “expansión crediticia artificial orquestada por los bancos centrales sin respaldo de ahorro real”. Y esto es posible aún hoy en día debido a un “accidente histórico”. Se trata de la Ley de Peel, aprobada en Inglaterra en 1844. Esta norma prohibió a la banca emitir billetes por un importe superior al dinero depositado en oro. Sin embargo, no estableció la misma limitación respecto a los depósitos a la vista.

Nace el sistema de reserva fraccionaria, por el que los bancos prestan el 90% del oro depositado, manteniendo apenas el 10% en caja. De este modo, el sistema bancario logra seguir expandiendo el crédito de forma artificial, sin necesidad de ahorro previo.

Y es que, los depósitos a la vista también forman parte de la oferta monetaria y, de hecho, cumplen la misma función que los billetes. En la actualidad, tan sólo una décima parte de la oferta monetaria son billetes, el resto es dinero “virtual” -apuntes contables de los bancos-.

De este modo, la Ley de Peel constituyó una “victoria pírrica”, ya que las crisis financieras siguieron azotando a Inglaterra de forma periódica, obligando a su vez al banco central a actuar para evitar la quiebra de entidades. “Somos herederos de la Ley de Peel”, incidió Huerta de Soto.

Reserva fraccionaria

“La ilusión de que es posible incrementar la inversión sin necesidad de ahorrar es una tentación tremenda”, pero “insostenible” a largo plazo. “En los últimos 15 años, la inversión y el crédito han venido creciendo a una tasa del 10% anual”, mientras que el ahorro se ha mantenido en el 0% e, incluso, en tasas negativas.

¿Cómo ha siso esto posible? “Gracias a la creación de la nada de medios de pagos”. Este exceso de masa monetaria se ha colocado en el mercado a través del sistema bancario en forma de créditos de nueva creación a tipos de interés muy bajos.

La existencia de crédito fácil ha hecho que los empresarios se lanzasen “a invertir masivamente como si el ahorro genuino, voluntario y previo de la sociedad hubiera aumentado, cuando tal cosa no ha sucedido”. Es entonces cuando surgen las burbujas, un “estado de euforia”, según lo califica el economista, en el que todos están “encantados”, ya que es posible obtener financiación barata para emprender cualquier proyecto a largo plazo sin necesidad de ahorrar.

Inversiones que tan sólo son rentables con tipos de interés bajos. El auge artificial es “insostenible”. La expansión del crédito provoca una subida generalizada de los precios de los factores de producción y de las materias primas; el crédito se extiende también al bolsillo de los consumidores que, al gastar más, provocan un aumento de la inflación; tarde o temprano los tipos de interés suben, y es entonces cuando los empresarios descubren que gran parte de sus proyectos no son rentables -como, por ejemplo, la construcción de cientos de miles de pisos en la costa española-.

La recesión es la “recuperación”

Estalla la crisis financiera. El valor de los activos (crédito) de los bancos se reduce y, al mantenerse estable los pasivos (depósitos), “toda la banca es insolvente”.

Y todo ello, es “orquestado por los bancos centrales”. “Ellos mismos crean la burbuja mediante los tipos de interés bajos y permitiendo la expansión crediticia”, advirtió Huerta de Soto. Los bancos tan sólo siguen los incentivos que crea la banca central. Y es que, para seguir ganando dinero con tipos de interés bajos, las entidades tienen que conceder más créditos y asumir un mayor riesgo.

La crisis se produce como resultado de un exceso de consumo e inversión y escasez de ahorro. “No se puede invertir a esas tasas en una economía en la que no se ahorra nada”, Sin embargo, el mercado, que es “muy eficiente”, acaba corrigiendo ese desajuste creado por la expansión crediticia artificial.

Al final, “sólo se puede invertir en una economía lo que se ahorra”. La expansión crediticia manda señales equivocadas a los empresarios, que inician proyectos que no desean los consumidores. “Hemos invertido donde no se debe”.

Por ello, el catedrático destacó que “la recesión económica es la recuperación. El proceso en el que el mercado al final se sobrepone a la euforia previa, detectando los errores de inversión cometidos.

Según Huerta de Soto, tan sólo hay una manera de salir de la recesión: “Ponernos manos a la obra de obra y decir este proceso es rentable y viable y éste no y lo tengo que cerrar. Y eso sólo lo puede hacer un ejército de empresarios, que hagan de tripas corazón, que se olviden del pasado, que se traguen sus lágrimas -porque es muchísimo el esfuerzo y la ilusión puesta en proyectos que hay que cerrar-, y que sean capaces rápidamente de reestructurarse”.

“La recesión llega por falta de ahorro, o por exceso relativo de consumo, de ahí que sea un error tratar fomentar el consumo. Sería como tratar de apagar un incendio con un lanzallamas”.

La clave es el ahorro

Por el contrario, según el economista, “se necesita fomentar el ahorro. Y eso es, precisamente, lo que están haciendo desde hace meses millones de empresas y particulares. Todos estamos tratado de sanearnos. ¿Y cómo nos saneamos? Reduciendo costes (básicamente, despidiendo gente) y devolviendo préstamos, es la única manera”.

Además, Huerta de Soto lanzó un mensaje de optimismo a los empresario familiares de Madrid. “En las recesiones se hacen las grandes fortunas, porque aquél que es capaz de llegar a la recesión con liquidez y comprar selectivamente a precios de ganga bienes de capital que luego sean los que recuperen mas rápidamente su precio en la recuperación van a conseguir fortunas inmensas”.

Por otro lado, al contrario de lo que se suele pensar, “la deflación es positiva. Es muy sana porque acelera el proceso de saneamiento de la economía podrida que se ha creado en la expansión crediticia, finiquitando las empresas que tienen que cerrarse”.

Según Huerta de Soto, lo que tienen que hacer las autoridades públicas en la recesión es flexibilizar los mercados al máximo para facilitar el ajuste cuanto antes, sobre todo, el mercado de trabajo en el caso de España, ya que es el “principal problema” de la economía nacional.

“Cuando alcancemos el cenit de desempleo -según Huerta de Soto- la economía ya estará saneada”. El problema para España, sin embargo, es que debido a esa rigidez laboral esos millones de desempleados corren el riesgo de quedarse fuera del circuito, es decir, tendrán dificultades para recolocarse.

Reforma laboral

Por otro lado, puesto que la clave de la recuperación consiste en fomentar el ahorro, el Gobierno tiene que “reducir los impuestos”, no aumentarlos. Se precisa, además, “un sector público austero, que gaste menos”. Por ello,si Zapatero sube los impuestos y no reforma el mercado laboral va a “perjudicar enormemente el proceso de recuperación de la economía española”, advirtió.

“Nos han acostumbrado mal a los empresarios, a una economía maniaco depresiva. Donde no hay euforia pensamos que va mal. Y no. Para que la economía vaya bien el día de mañana debe ser bastante fría, de crecimientos bajos, 1-2%…. lo que hubiéramos calificado de atonía”.

Por último, Huerta de Soto ofreció su receta para evitar el surgimiento de nuevas burbujas. En primer lugar, “eliminar los bancos centrales”, los únicos órganos de planificación que quedan en las economías de mercado tras la caída del Muro de Berlín; una banca libre sometida a los principios generales del Derecho y que, por lo tanto, mantengan un “coeficiente de caja del 100%” para los depósitos a la vista y equivalentes; y, por último, privatizar la emisión de dinero mediante la implantación del patrón oro, o en último caso que la masa monetaria aumente a una tasa fija máxima del 2% anual. 

© Libertad Digital SA

Economic Recessions, Banking Reform, and the Future of Capitalism

by Jesus Huerta de Soto on November 1, 2010

[Hayek Memorial Lecture, The London School of Economics and Political Science, October 28, 2010. Originally published by the Cobden Centre.]

 

It is a great honor for me to have been invited by the London School of Economics to deliver this Hayek Memorial Lecture. To begin, I would like to thank the school and especially Professor Timothy Besley for inviting me, Professor Philip Booth and the Institute of Economic Affairs for allowing me to also use this as an opportunity to introduce my most recent book, entitled Socialism, Economic Calculation, and Entrepreneurship, and finally Toby Baxendale for making this whole event possible.

Today I will concentrate on the recent financial crisis and the current worldwide economic recession, which I consider to be the most challenging problem we as economists must now face.

The Fatal Error of Peel’s Bank Act

I would like to start off by stressing the following important idea: all the financial and economic problems we are struggling with today are the result, in one way or another, of something that happened precisely in this country on July 19, 1844. What happened on that fateful day that has conditioned up to the present time the financial and economic evolution of the whole world? On that date, Peel’s bank act was enacted after years of debate between Banking and Currency School theorists on the true causes of the artificial economic booms and the subsequent financial crises that had been affecting England especially since the beginning of the Industrial Revolution.

The Bank Charter Act of 1844 successfully incorporated the sound monetary theoretical insights of the Currency School. This school was able to correctly discern that the origin of the boom-and-bust cycles lay in the artificial credit expansions orchestrated by private banks and financed not by the prior or genuine savings of citizens, but through the issue of huge doses of fiduciary media (in those days mainly paper banknotes, or certificates of demand deposits issued by banks for a much greater amount than the gold originally deposited in their vaults). So, the requirement by Peel’s bank act of a 100 percent reserve on the banknotes issued was not only in full accordance with the most elementary general principles of Roman Law regarding the need to prevent the forgery or the overissue of deposit certificates, but also was a first and positive step in the right direction to avoid endlessly recurring cycles of booms and depressions.

However Peel’s bank act, notwithstanding the good intentions behind it and its sound theoretical foundations, was a huge failure. Why? Because it stopped short of extending the 100 percent reserve requirement to demand deposits also (Mises 1980, pp. 446–448). Unfortunately, by Peel’s day, some ideas originally hit upon by the Scholastics of the Spanish Golden Century had been entirely forgotten. The Scholastics had discovered at least 300 years earlier that demand deposits (which they called in Latin chirographis pecuniarium, or money created only by the entries in banks’ accounting books) were part of the money supply (Huerta de Soto 2009, p. 606). They had also realized that, from a legal standpoint, neglecting to maintain a 100 percent reserve on demand deposits is a mortal sin and a crime — not of forgery, as is the case with the overissue of banknotes, but of misappropriation.

This error of Peel’s bank act, or rather, of most economists of that period, who were ignorant of something already discovered much earlier by the Spanish Scholastics, proved to be a fatal error: after 1844 bankers did continue to keep fractional reserves, not on banknotes of course, because it was forbidden by the Bank Charter Act, but on demand deposits. In other words, banks redirected their activity from the business of overissuing banknotes to that of issuing demand deposits not backed by a 100 percent reserve, which from an economic point of view is exactly the same business.

So, artificial credit expansions and economic booms did continue, financial crises and economic recessions were not avoided, and despite all the hopes and good intentions originally put into Peel’s bank act, this piece of legislation soon lost all of its credibility and popular support. Not only that, but the failure of the bank act conditioned the evolution of financial matters up to the present time and fully explains the faulty institutional design that afflicts the financial and monetary system of the so-called free-market economies, and the dreadful economic consequences we are currently suffering.

When we consider the failure of Peel’s bank act, the evolution of events up to now makes perfect sense: bubbles did continue to form, financial crises and economic recessions were not avoided, bank bailouts were regularly demanded, the lender of last resort or central bank was created precisely to bail out banks and to permit the creation of the necessary liquidity in moments of crisis, gold was abandoned, and legal-tender laws and a purely fiduciary system were introduced all over the world. So as we can see, the outcome of this historical process sheds light on the faulty institutional design and financial mess that incredibly is still affecting the world at the beginning of the second decade of the 21st century!

The Healthy Process of Capital Accumulation Based on True Savings

Now it is important that we quickly review the specifics of the economic processes through which artificial credit expansions created by a fractional-reserve-banking system under the direction of a central bank entirely distort the real productive structure — and thus generate bubbles, induce unwise investments, and finally trigger a financial crisis and a deep economic recession. But before that, and in honor of Hayek, we must remember the fundamental rudiments of capital theory, which up to the present time and — at least since the Keynesian revolution — have been almost entirely absent from the syllabus of most university courses on economic theory. In other words, we are first going to explain the specific entrepreneurial, spontaneous, and microeconomic processes that in an unhampered free market tend to correctly invest all funds previously saved by economic agents. This is important, because only this knowledge will permit us to understand the huge differences with respect to what happens if investment is financed not by true savings but by the mere creation out of thin air of new demand deposits, which only materialize in the entries of banks’ accounting books.

“What is required is the full privatization of the current paper base money, and its replacement with a classic, pure gold standard.”

What we are going to explain now is nothing more and nothing less than why the so-called paradox of saving is entirely wrong from the standpoint of economic theory (Hayek 1975, pp. 199–263). Unfortunately this is something very few students of economic theory know even when they finish their studies and leave the university. Nevertheless, this knowledge applies without any doubt to one of the most important spontaneous market processes that every economist should be highly familiar with.

In order to understand what will follow, we must visualize the real productive structure of the market as a temporal process composed of many very complex temporal stages in which most labor, capital goods and productive resources are not devoted to producing consumer goods maturing this year, but consumer goods and services that will mature, and eventually be demanded by consumers, two, three, four, or even many more years from now. For instance, a period of several years elapses between the time engineers begin to imagine and design a new car, and the time the iron ore has already been mined and converted into steel, the different parts of the car have been produced, everything has been assembled in the auto factory, and the new cars are distributed, marketed, and sold.

This period comprises a very complex set of successive temporal productive stages. So, what happens if the subjective time preference of economic agents suddenly decreases and as a result the current consumption of this year decreases, for example, by 10 percent? If this happens, three key spontaneous microeconomic processes are triggered and tend to guarantee the correct investment of the newly saved consumer goods.

The first effect is the new disparity in profits between the different productive stages: immediate sales in current consumer-goods industries will fall and profits will decrease and stagnate compared with the profits in other sectors further away in time from current consumption. I am referring to industries produce consumer goods maturing two, three, five, or more years from now, their profitability not being affected by the negative evolution of short-term, current consumption.

Entrepreneurial profits are the key signal that moves entrepreneurs in their investment decisions, and the relatively superior profit behavior of capital-goods industries, which help to produce consumer goods that will mature in the long term, tells entrepreneurs all around the productive structure that they must redirect their efforts and investments from the less profitable industries closer to consumption to the more profitable capital-goods industries situated further away in time from consumption.

“The banking crisis is not the cause of the economic recession but one of its most important first symptoms.”

The second effect of the new increase in savings is the decrease in the interest rate and the way it influences the market price of capital goods situated further away in time from consumption: as the interest rate is used to discount the present value of the expected future returns of each capital good, a decrease in the interest rate increases the market price of capital goods, and this increase in price is greater the longer the capital good takes to reach maturity as a consumer good. This significant increase in the market prices of capital goods compared with the relatively lower prices of the less demanded consumer goods (due to the increase in savings) is a second very powerful microeconomic effect that signals all around the market that entrepreneurs must redirect their efforts and invest less in consumer-goods industries and more in capital-goods industries further from consumption.

Finally, and third, we should mention what Hayek called the “Ricardo effect” (Hayek 1948, pp. 220–254; 1978, pp. 165–178), which refers to the impact on real wages of any increase in savings: whenever savings increase, sales and market prices of immediate consumer goods relatively stagnate or even decrease. If factor incomes remain the same, this means higher real wages, and the corresponding reaction of entrepreneurs, who will try in the margin to substitute the now relatively cheaper capital goods for labor.

What the Ricardo effect explains is that it is perfectly possible to earn profits even when sales (of consumer goods) go down — if costs decrease even more via the replacement of labor, which has become more expensive, with machines and computers, for instance. Who produces these machines, computers, and capital goods that are newly demanded? Precisely the workers who have been dismissed by the stagnating consumer-goods industries and who have relocated to the more distant capital-goods industries, where there is new demand for them to produce the newly demanded capital goods.

This third effect, the Ricardo effect, along with the other two mentioned above, promotes a longer productive process with more stages, which are further away from current consumption. And this new, more capital-intensive productive structure is fully sustainable, since it is fully backed by prior, genuine, real savings. Furthermore, it can also significantly increase, in the future, the final production of consumer goods and the real income of all economic agents. These three combined effects all work in the same direction; they are the most elementary teachings of capital theory; and they explain the secular tendency of the unhampered free market to correctly invest new savings and constantly promote capital accumulation and the corresponding sustainable increase in economic welfare and development.

The Nature of the Bubbles Induced by Fractional-Reserve Banking

We are now in a position to fully understand, by contrast with the above process of healthy capital accumulation, what happens if investments are financed not by prior genuine savings but by a process of artificial credit expansion, orchestrated by fractional-reserve banks and directed by the lender of last resort or central bank.

Unilateral credit expansion means that new loans are provided by banks and recorded on the asset side of their balance sheets, against new demand deposits that are created out of thin air as collateral for the new loans and are automatically recorded on the liability side of banks’ balance sheets. So new money, or I should say new “virtual money” because it only “materializes” in bank-accounting-book entries, is constantly created through this process of artificial credit expansion. And in fact roughly only around 10 percent of the money supply of most important economies is in the form of cash (paper bills and coins), while the remaining 90 percent of the money supply is this kind of virtual money that only exists as written entries in banks’ accounting books. (This is precisely what the Spanish Scholastics termed, over 400 years ago, chirographis pecuniarum, virtual money that only exists in writing in an accounting book.)

It is easy to understand why credit expansions are so tempting and popular and the way in which they entirely corrupt the behavior of economic agents and deeply demoralize society at all levels. To begin with, entrepreneurs are usually very happy with expansions of credit, because they make it seem as if any investment project, no matter how crazy it would appear in other situations, could easily get financing at very low interest rates. The money created through credit expansions is used by entrepreneurs to demand factors of production, which they employ mainly in capital-goods industries more distant from consumption.

As the process has not been triggered by an increase in savings, no productive resources are liberated from consumer industries, and the prices of commodities, factors of production, capital goods, and the securities that represent them in stock markets tend to grow substantially and create a market bubble. Everyone is happy, especially because it appears it would be possible to increase one’s wealth very easily without any sacrifice in the form of prior saving and honest, hard, individual work.

The so-called virtuous circle of the new economy, in which recessions seemed to have been avoided forever, cheats all economic agents: investors are very happy looking at stock-market quotes that grow day after day; consumer-goods industries are able to sell everything they carry to the market at ever-increasing prices; restaurants are always full with long waiting lists just to get a table; workers and their unions see how desperately entrepreneurs demand their services in an environment of full employment, wage increases, and immigration; political leaders benefit from what appears to be an exceptionally good economic and social climate that they invariably sell to the electorate as the direct result of their leadership and good economic policies; state budget bureaucrats are astonished to find that every year public income increases at double digit figures, particularly the proceeds from value-added taxes, which, though in the end is paid by the final consumer, is advanced by the entrepreneurs of those early stages newly created and artificially financed by credit expansion.

“For years the central banks have shirked their monetary responsibility, and now they find themselves up a blind alley.”

But we may now ask ourselves, how long can this party last? How long can there continue to be a huge discoordination between the behavior of consumers (who do not wish to increase their savings) and that of investors (who continually increase their investments financed by banks’ artificial creation of virtual money and not by citizens’ prior genuine savings)? How long can this illusion that everybody can get whatever he wants without any sacrifice last?

The unhampered market is a very dynamically efficient process (Huerta de Soto 2010a, pp. 1–30). Sooner or later it inevitably discovers (and tries to correct) the huge errors committed. Six spontaneous microeconomic reactions always occur to halt and revert the negative effects of the bubble years financed by artificial bank-credit expansion.

The Spontaneous Reaction of the Market against the Effects of Credit Expansions

In my book on Money, Bank Credit, and Economic Cycles (Huerta de Soto 2009, pp. 361–384) I study in detail the six spontaneous and inevitable microeconomic causes of the reversal of the artificial boom that the aggression of bank-credit expansion invariably triggers in the market. Let us summarize these six factors briefly:

  1. The rise in the price of the original means of production (mainly labor, natural resources, and commodities). This factor appears when these resources have not been liberated from consumer-goods industries (because savings have not increased) and the entrepreneurs of the different stages in the production process compete with each other in demanding the original means of production with the newly created loans they have received from the banking system.
  2. The subsequent rise in the price of consumer goods at an even quicker pace than that of the rise in the price of the factors of production. This happens when time preference remains stable and the new money created by banks reaches the pockets of the consumers in an environment in which entrepreneurs are frantically trying to produce more for distant consumption and less for immediate consumption of all kinds of goods. This also explains the third factor, which is
  3. The substantial relative increase in the accounting profits of companies closest to final consumption, especially compared with the profits of capital-goods industries, which begin to stagnate when their costs rise more rapidly than their turnover.
  4. The Ricardo effect, which exerts an impact that is exactly opposite to the one it exerted when there was an increase in voluntary saving. Now the relative rise in the prices of consumer goods (or of consumer industries’ turnover in an environment of increased productivity) with respect to the increase in original-factor income begins to drive down real wages, motivating entrepreneurs to substitute cheaper labor for machinery, which lessens the demand for capital goods and further reduces the profits of companies operating in the stages furthest from consumption.
  5. The increase in the loan rate of interest even exceeding pre-credit-expansion levels. This happens when the pace of credit expansion stops accelerating, something that sooner or later always occurs. Interest rates significantly increase due to the higher purchasing power and risk premiums demanded by the lenders. Furthermore, entrepreneurs involved in malinvestments start a “fight to the death” to obtain additional financing to try to complete their investment projects (Hayek 1937).

These five factors provoke the following sixth combined effect:

  1. Companies that operate in the stages relatively more distant from consumption begin to discover they are incurring heavy accounting losses. These accounting losses, when compared with the relative profits generated in the stages closest to consumption, finally reveal beyond a doubt that serious entrepreneurial errors have been committed and that there is an urgent need to correct them by paralyzing and liquidating the investment projects mistakenly launched during the boom years.

The financial crisis begins the moment that the market, which as I have said is very dynamically efficient (Huerta de Soto 2010a, pp. 1–30), discovers that the true market value of the loans granted by banks during the boom is only a fraction of what was originally thought. In other words, the market discovers that the value of bank assets is much lower than previously thought and, as bank liabilities (which are the deposits created during the boom) remain constant, the market discovers the banks are in fact bankrupt; and were it not for the desperate action of the lender of last resort in bailing out the banks, the whole financial and monetary system would collapse. In any case, it is important to understand that the financial and banking crisis is not the cause of the economic recession but one of its most important first symptoms.

Economic recessions begin when the market discovers that many investment projects launched during the boom years are not profitable. And then consumers demand liquidation of these malinvestments (which, it is now discovered, were planned to mature in a too-distant future considering the true wishes of consumers). The recession marks the beginning of the painful readjustment of the productive structure, which consists of withdrawing productive resources from the stages furthest from consumption and transferring them back to those closest to it.

“Bank-credit expansion during the boom period encourages entrepreneurs to act as if savings had increased.”

Both the financial crisis and the economic recession are always unavoidable once credit expansion has begun, because the market sooner or later discovers that investment projects financed by banks during the boom period were too ambitious due to a lack of the real saved resources that would be needed to complete them. In other words, bank-credit expansion during the boom period encourages entrepreneurs to act as if savings had increased when in fact this is not the case.

A generalized error of economic calculation has been committed and sooner or later it will be discovered and corrected spontaneously by the market. In fact all the Hayekian theory of economic cycles is is a particular case of the theorem of the impossibility of economic calculation under socialism discovered by Ludwig von Mises, which is also fully applicable to the current, wrongly designed and heavily regulated banking system.

The Specific Features of the 2008 Financial Crisis and the Current Economic Recession

The expansionary cycle that has now come to a close was set in motion when the American economy emerged from its last recession in 2001, and the Federal Reserve embarked again on a major artificial expansion of credit and investment — an expansion unbacked by a parallel increase in voluntary household saving. In fact, for several years the money supply in the form of banknotes and deposits has been growing at an average rate of over 10 percent per year (which means that every seven years the total volume of money circulating in the world has doubled).

The media of exchange originating from this severe fiduciary inflation have been placed on the market by the banking system as newly created loans granted at extremely low (and even negative in real terms) interest rates. This fueled a speculative bubble in the shape of a substantial rise in the prices of capital goods, real-estate assets, and the securities that represent them and are exchanged on the stock market, where indexes soared.

Curiously enough, like in the “roaring” years prior to the Great Depression of 1929, the shock of monetary growth has not significantly influenced the unit prices of the subset of consumer goods and services (which are only approximately one third of the total number of goods that are exchanged in the market). The last decade, like the 1920s, has seen a remarkable increase in productivity as a result of the introduction, on a massive scale, of new technologies and significant entrepreneurial innovations which, were it not for the “money and credit injection,” would have given rise to a healthy and sustained reduction in the unit price of the goods and services all citizens consume.

Moreover, the full incorporation of the economies of China and India into the globalized market has gradually raised the real productivity of consumer goods and services even further. The absence of a healthy “deflation” in the prices of consumer goods in a stage of such considerable growth in productivity as that of recent years provides the main evidence that the monetary shock has seriously disturbed the whole economic process. And let us remember the antideflationist hysteria of those who, even during the years of the bubble, used the slightest symptoms of this healthy deflation to justify even greater doses of credit expansion.

As we have already seen, artificial credit expansion and the (fiduciary) inflation of media of exchange offer no shortcut to stable and sustained economic development, no way of avoiding the necessary sacrifice and discipline behind all high rates of voluntary saving. (In fact, before the crisis, and particularly in the United States, voluntary saving not only failed to increase, but even fell to a negative rate for several years.)

The specific factors that trigger the end of the euphoric monetary “binge” and the beginning of the recessionary “hangover” are many and they can vary from one cycle to another. In this crisis, the most obvious triggers were, first, the rise in the price of commodities and raw materials, particularly oil; second, the subprime-mortgage crisis in the United States, and finally, the failure of important banking institutions when it became clear in the market that the value of their debts exceeded that of their assets (mainly mortgage loans erroneously granted).

If we consider the level of past credit expansion and the quality and volume of malinvestment produced by it, we could say that very probably in this cycle the economies of the European Monetary Union are in comparison in a somewhat less poor state (if we do not consider the relatively greater Continental European rigidities, particularly in the labor market, which tend to make recessions in Europe longer and more painful).

The expansionary policy of the European Central Bank, though not free of grave errors, has been somewhat less irresponsible than that of the Federal Reserve. Furthermore, fulfillment of the convergence criteria for the monetary union involved at the time a healthy and significant rehabilitation of the chief European economies. Only some countries on the periphery, like Ireland and Spain, were immersed in considerable credit expansion from the time they initiated their processes of convergence.

The case of Spain is paradigmatic. The Spanish economy underwent an economic boom, which, in part, was due to real causes (like the liberalizing structural reforms which originated with José María Aznar’s administration). Nevertheless, the boom was also largely fueled by an artificial expansion of money and credit, which grew at a rate nearly three times the corresponding rates in France and Germany.

Spanish economic agents essentially interpreted the decrease in interest rates that resulted from the convergence process in the easy-money terms traditional in Spain: a greater availability of easy money and mass requests for loans from Spanish banks (mainly to finance real estate speculation), loans that Spanish banks granted by creating the money ex nihilo, while European central bankers looked on unperturbed. Once the crisis hit Spain, the readjustment was quick and efficient: in less than a year more than 150,000 companies — mainly related to the building sector — have disappeared, almost five million workers who were employed in the wrong sectors have been dismissed, and nowadays we can conclude that although still very weak, the economic body of Spain has been already healed. We will later come back to the subject of what economic policy is most appropriate to the current circumstances. But before that, let us make some comments on the influence of the new accounting rules on the current economic and financial crisis.

The Negative Influence of the New Accounting Rules

We must not forget that a central feature of the long-past period of artificial expansion was a gradual corruption, on the American continent as well as in Europe, of the traditional principles of accounting as practiced globally for centuries.

To be specific, acceptance of the international accounting standards (IAS) and their incorporation into law in most countries have meant the abandonment of the traditional principle of prudence and its replacement by the principle of “fair value” in the assessment of the value of balance sheet assets, particularly financial assets.

“100 percent reserve banking is the only system compatible with the general principles of the law of property rights.”

In fact, during the years of the “speculative bubble,” this process was characterized by a feedback loop: rising stock-market values were immediately entered into the books, and then such accounting entries were sought as justification for further artificial increases in the prices of financial assets listed on the stock market.

It is easy to realize that the new accounting rules act in a procyclic manner by heightening volatility and erroneously biasing business management: in times of prosperity, they create a false “wealth effect” which prompts people to take disproportionate “risks”; when, from one day to the next, the errors committed come to light, the loss in the value of assets immediately decapitalizes companies, which are obliged to sell assets and attempt to recapitalize at the worst moment, when assets are worth the least and financial markets dry up.

Clearly, accounting principles which have proven so disturbing must be abandoned as soon as possible, and the accounting reforms recently enacted must be reversed. This is so not only because these reforms mean a dead end in a period of financial crisis and recession, but especially because it is vital that in periods of prosperity we stick to the principle of prudence in valuation, a principle which has shaped all accounting systems from the time of Luca Pacioli at the beginning of the 15th century till the adoption of the false idol of the International Accounting Rules.

It must be emphasized that the purpose of accounting is not to reflect supposed “real” values (which in any case are subjective and which are determined and vary daily in the corresponding markets) under the pretext of attaining a (poorly understood) “accounting transparency.” Instead, the purpose of accounting is to permit the prudent management of each company and to prevent capital consumption, as Hayek already established as early as 1934 in his article “The Maintenance of Capital” (Hayek 1934).

This requires the application of strict standards of accounting conservatism (based on the prudence principle and the recording of either historical cost or market value, whichever is lower), standards which ensure at all times that distributable profits come from a safe surplus that can be distributed without in any way endangering the future viability and capitalization of each company.

Who Is Responsible for the Current Situation?

Of course, the spontaneous order of the unhampered market is not responsible for the current situation. And one of the most typical consequences of every past crisis, and of course of this current one, is that many people are blaming the market and firmly believing that the recession is a “market failure” that requires more government intervention.

The market is a process that spontaneously reacts in the way we have seen against the monetary aggression of the bubble years, which consisted of a huge credit expansion that was not only allowed but even orchestrated and directed by central banks, which are the institutions truly responsible for all the economic sufferings from the crisis and recession that are affecting the world. And paradoxically central banks have been able to present themselves to the general public not only as indignant victims of the list of ad hoc scapegoats they have been able to put together (stupid private bankers, greedy managers receiving exorbitant bonuses, etc.), but also as the only institutions that, by bailing out the banking system as a last resort, have avoided a much greater tragedy.

In any case, it is crystal clear that the world monetary and banking system has chronically suffered from wrong institutional design at least since Peel’s bank act of 1844. There is no free market in the monetary and banking system but just the opposite: private money has been nationalized, legal-tender rules introduced, a huge mess of administrative regulations enacted, the interest rate manipulated, and most importantly, everything is directed by a monetary central-planning agency: the central bank.

In other words, real socialism, represented by state money, central banks, and financial administrative regulations, is still in force in the monetary and credit sectors of the so-called free-market economies.

As a result of this fact we experience regularly in the area of money and credit all the negative consequences established by the theorem of the impossibility of socialism discovered by those distinguished members of the Austrian School of economics, Ludwig von Mises and Friedrich Hayek.

Specifically, the central planners of state money are unable to know, to follow, or to control the changes in both the demand for and supply of money. Furthermore, as we have seen, the whole financial system is based on the legal privilege given by the state to private bankers, who can use a fractional-reserve ratio with respect to the demand deposits they receive from their customers. As a result of this privilege, private bankers are not true financial intermediaries, but are mainly creators of deposits materializing in credit expansions that inevitably end in crisis and recession.

The most rigorous economic analysis and the coolest, most balanced interpretation of past and recent economic and financial events lead inexorably to the conclusion that central banks (which, again, are true financial central-planning agencies) cannot possibly succeed in finding the most convenient monetary policy at every moment. This is exactly the kind of problem that became evident in the case of the failed attempts to plan the former Soviet economy from above.

To put it another way, the theorem of the economic impossibility of socialism, which the Austrian economists Ludwig von Mises and Friedrich A. Hayek discovered, is fully applicable to central banks in general, and to the Federal Reserve and (at one time) Alan Greenspan and (currently) Ben Bernanke in particular. According to this theorem, it is impossible to organize any area of the economy and especially the financial sector, via coercive commands issued by a planning agency, since such a body can never obtain the information it needs to infuse its commands with a coordinating nature. This is precisely what I analyze in chapter 3 of my book on Socialism, Economic Calculation, and Entrepreneurship, which has been published by Edward Elgar in association with the Institute of Economic Affairs, and which we present today (Huerta de Soto, 2010b).

Indeed, nothing is more dangerous than to indulge in the “fatal conceit” — to use Hayek’s useful expression (Hayek, 1990) — of believing oneself omniscient or at least wise and powerful enough to be able to keep the most suitable monetary policy fine-tuned at all times. Hence, rather than softening the most violent ups and downs of the economic cycle, the Federal Reserve and, to a lesser extent, the European Central Bank, have been their main architects and the culprits in their worsening.

Therefore, the dilemma facing Ben Bernanke and his Federal Reserve Board, as well as the other central banks (beginning with the European Central Bank), is not at all comfortable. For years they have shirked their monetary responsibility, and now they find themselves up a blind alley. They can either allow the recessionary process to follow its course, and with it the healthy and painful readjustment, or they can escape forward toward a “renewed inflationist” cure. With the latter, the chances of an even more severe recession (even stagflation) in the not-too-distant future increase dramatically. (This was precisely the error committed following the stock market crash of 1987, an error which led to the inflation at the end of the 1980s and concluded with the sharp recession of 1990–1992.)

Furthermore, the reintroduction of the artificially cheap-credit policy at this stage could only hinder the necessary liquidation of unprofitable investments and company reconversion. It could even wind up prolonging the recession indefinitely, as happened in the case of the Japanese economy, which, though all possible interventions have been tried, has ceased to respond to any stimulus involving either monetarist credit expansions or Keynesian methods.

It is in this context of “financial schizophrenia” that we must interpret the “shots in the dark” fired in the last two years by the monetary authorities (who have two totally contradictory responsibilities: both to control inflation and to inject all the liquidity necessary into the financial system to prevent its collapse). Thus, one day the Fed rescues Bear Stearns, AIG, Fannie Mae, Freddie Mac or City Group, and the next it allows Lehman Brothers to fail, under the amply justified pretext of “teaching a lesson” and refusing to fuel moral hazard.

Finally, in light of the way events were unfolding, the US and European governments launched multibillion-dollar plans to purchase illiquid (that is, worthless) assets from the banking system, or to monetize the public debt, or even to buy bank shares, totally or partially nationalizing the private banking system. And considering all that we have seen, what are now the possible future scenarios?

Possible Future Scenarios and the Most Appropriate Economic Policy

Theoretically, under the wrongly designed current financial system, once the crisis has hit we can think of four possible scenarios:

The first scenario is the catastrophic one in which the whole banking system based on a fractional reserve collapses. This scenario seems to have been avoided by central banks, which, acting as lenders of last resort, are bailing out private banks whenever it is necessary.

The second scenario is just the opposite of the first one, but equally tragic: it consists of an “inflationist cure” so intense that a new bubble is created. This forward escape would only temporarily postpone the solution of the problems at the cost of making them far more serious later (this is precisely what happened in the crisis of 2001).

The third scenario is what I have called the “Japanization” of the economy: it happens when the reintroduction of the cheap-credit policy together with all conceivable government interventions entirely blocks the spontaneous market process of liquidation of unprofitable investments and company reconversion. As a result, the recession is prolonged indefinitely and the economy does not recover and ceases to respond to any stimulus involving monetarist credit expansions or Keynesian methods.

The fourth and final scenario is currently the most probable one: it happens when the spontaneous order of the market, against all odds and despite all government interventions, is finally able to complete the microeconomic readjustment of the whole economy and the necessary reallocation of labor and the other factors of production toward profitable lines based on sustainable new investment projects.

In any case, after a financial crisis and an economic recession have hit it is necessary to avoid any additional credit expansion (apart from the minimum monetary injection strictly necessary to avoid the collapse of the whole fractional-reserve-banking system). And the most appropriate policy would be to liberalize the economy at all levels (especially in the labor market) to permit the rapid reallocation of productive factors (particularly labor) to profitable sectors. Likewise, it is essential to reduce public spending and taxes, in order to increase the available income of heavily indebted economic agents who need to repay their loans as soon as possible.

Economic agents in general and companies in particular can only rehabilitate their finances by cutting costs (especially labor costs) and paying off loans. Essential to this aim are a very flexible labor market and a much more austere public sector. These measures are fundamental if the market is to reveal as quickly as possible the real value of the investment goods produced in error and thus lay the foundation for a healthy, sustainable economic recovery.

However, once the economy recovers (and in a sense, the recovery begins with the crisis and the recession themselves, which mark the discovery by the market of the errors committed and the beginning of the necessary microeconomic readjustment), I am afraid that, as has happened in the past again and again, no matter how careful central banks may be in the future (can we expect them to have learned their lesson? For how long will they remember what happened?), nor how many new regulations are enacted (as in the past all of them and especially Basel II and III have attacked only the symptoms but not the true causes), sooner or later new cycles of credit expansion, artificial economic boom, financial crisis and economic recession will inevitably continue affecting us until the world financial and banking systems are entirely redesigned according to the general principles of private-property law that are the essential foundation of the capitalist system and that require a 100 percent reserve for any demand-deposit contract.

Conclusion

I began this lecture with Peel’s bank act, and I will also finish with it. On June 13 and 24, 1844, Robert Peel pointed out in the House of Commons that in each one of the previous monetary crises “there was an increase in the issues of country bank paper” and that “currency without a basis … only creates fictitious value, and when the bubble bursts, it spreads ruin over the country and deranges all commercial transactions.”

Today, 166 years later, we are still suffering from the problems that were already correctly diagnosed by Robert Peel. And in order to solve them and finally reach the only truly free and stable financial and monetary system that is compatible with a free-market economy in this 21st century, it will be necessary to take the following three steps:

First, to develop and culminate the basic concept of Peel’s bank act by also extending the prescription of a 100 percent reserve requirement to demand deposits and equivalents. Hayek states that this radical solution would prevent all future crises (Hayek 1984, p. 29) as no credit expansions would be possible without a prior increase in real genuine saving, making investments sustainable and fully matched with prior voluntary savings. And I would add to Hayek’s statement the most important fact, that 100 percent banking is the only system compatible with the general principles of the law of property rights that are indispensable for the capitalist system to work: there is no reason to treat deposits of money differently from any other deposit of a fungible good, such as wheat or oil, in which nobody doubts the need to keep the 100 percent reserve requirement.

In relation to this first step of the proposed reform it is most encouraging to see how two Tory MPs, Douglas Carswell and Steve Baker, were able to introduce in the British Parliament on September the 15th and under the 10-minute rule the first reading of a Bill to reform the banking system extending the prescriptions of Peel’s bank act to demand deposits. This Bank Customer Choice Disclosure and Protection Bill will be discussed in its second reading, three weeks from now, on November the 19th, and has two goals: first, to fully and effectively defend citizens’ right of ownership over money they have deposited in checking accounts at banks; and second, to once and for all put an end to the recurrent cycles of artificial boom, financial crisis, and economic recession.

Of course, this first draft of the bill still needs to be completed with some important details, for instance the time period (let us say a month) under which all deposits should be considered demand deposits for storage and not for investment, and any contract that guarantees full availability of its nominal value at any moment should be considered at all effects a demand deposit for storage. But the mere discussion of these matters in the British Parliament and by the public at large is, in itself, of huge importance.

In any case it is exciting that a handful of MPs have taken this step against the tangle of vested interests related to the current privileged fractional-reserve-banking system. If they are successful in their fight against what we could call the current “financial slavery” that grips the world they will go down in history like William Wilberforce — with the abolition of the slave trade — and other outstanding British figures to which the whole world owes so much.

Second, if we wish to culminate the fall of the Berlin wall and get rid of the real socialism that still remains in the monetary and credit sector, a priority would be the elimination of central banks, which would be rendered unnecessary as lenders of last resort if the above 100 percent reserve reform is introduced, and harmful if they insist on continuing to act as financial central-planning agencies.

And third, who will issue the monetary base? Maurice Allais, the French Nobel Prize winner who passed away two weeks ago, proposed that a Public Agency print the public paper money at a rate of increase of 2 percent per year. I personally do not trust this solution, as any emergency situation in the state budget would be used, as in the past, as a pretext for issuing additional doses of fiduciary media. For this reason, and this is probably my most controversial proposal, in order to put an end to any future manipulation of our money by the authorities, what is required is the full privatization of the current, monopolistic, and fiduciary state-issued paper base money, and its replacement with a classic, pure gold standard.

There is an old Spanish saying: “A grandes males, grandes remedios.” In English, “great problems require radical solutions.” And though of course any step toward these three measures would significantly improve our current economic system, it must be understood that the reforms proposed and taken by governments up to now (including Basel II and III) are nervously attacking only the symptoms but not the real roots of the problem, and precisely for that reason they will again miserably fail in the future.

Meanwhile, it is encouraging to see how a growing number of scholars and private institutions like the Cobden Centre, under the leadership of Toby Baxendale, are studying again not only the radical reforms required by a truly honest private money, but also very interesting proposals for a suitable transition to a new banking system, like the one I develop in chapter 9 of my book on Money, Bank Credit, and Economic Cycles. By the way, in this chapter I also explain a most interesting byproduct of the proposed reform, namely the possibility it offers of paying off, without any cost nor inflationary effects, most of the existing public debt, which in the current circumstances is a very worrying and increasingly heavy burden in most countries.

Briefly outlined, what I propose, and the Cobden Centre has developed in more detail for the specific case of the United Kingdom, is to print the paper banknotes necessary to consolidate the volume of demand deposits that the public decides to keep in the banks. In any case, the printing of this new money would not be inflationary, as it would be handed to banks and kept entirely sterilized, so to speak, as 100 percent asset collateral of bank liabilities in the form of demand deposits. In this way, the basket of bank assets (loans, investments, etc.) that are currently backing the demand deposits would be “freed,” and what I propose is to include these “freed” assets in mutual funds, swapping their units at their market value for outstanding treasury bonds.

In any case, an important warning must be given: naturally, and one must never tire of repeating it, the solution proposed is only valid in the context of an irrevocable decision to reestablish a free-banking system subject to a 100 percent reserve requirement on demand deposits. However, no matter how important this possibility is considered to be under the current circumstances, we must not forget it is only a byproduct (of “secondary” importance) compared to the major reform of the banking system we have outlined.

And now to conclude, should in this 21st century a new Robert Peel be able to successfully push for all these proposed reforms, this great country of the United Kingdom would again render an invaluable service not only to itself but also to the rest of the world.

Jesús Huerta de Soto, professor of economics at the Complutense University of Madrid, is Spain’s leading Austrian economist. As an author, translator, publisher, and teacher, he also ranks among the world’s most active ambassadors for classical liberalism. He is the author of Money, Bank Credit, and Economic Cycles. Send him mail. See Jesus Huerta de Soto’s article archives.

This article is a presentation of the Hayek Memorial Lecture, given at the London School of Economics and Political Science, October 28, 2010. It was originally published by the Cobden Centre.

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References

Hayek, Friedrich A. (1937), “Investment that Raises the Demand for Capital”, Review of Economics and Statistics, 19, no. 4. Reprinted in Profits, Interest and Investment, pp. 73-82.

Hayek, Friedrich A. (1948), “The Ricardo Effect” in Individualism and Economic Order, Chicago: University of Chicago Press, pp. 250-54.

Hayek, Friedrich A. (1975), “The ‘Paradox’ of Saving” in Profits, Interest, and Investment and other Essays on the Theory of Industrial Fluctuations, Clifton, N.J.: Augustus M. Kelly.

Hayek, Friedrich A. (1978), “Three Elucidations of the Ricardo Effect” in New Studies in Philosophy, Politics, and the History of Ideas, London: Routledge and Kegan Paul, pp. 165-78.

Hayek, Friedrich A. (1984), “The Monetary Policy of the United States after the Recovery from the 1920 Crisis,” Chapter 1 in Money, Capital, and Fluctuations: Early Essays, R.M. McCloughry, ed., Chicago: University of Chicago Press.

Hayek, Friedrich A. (1990), The Fatal Conceit: The Errors of Socialism, W.W. Bartley, III (ed.), London: Routledge and Chicago, Il.: The University of Chicago Press.

Huerta de Soto, Jesús (2009), Money, Bank Credit, and Economic Cycles, Auburn, Al.: Mises Institute (Second English edition). First Spanish edition, 1998.

Huerta de Soto, Jesús (2010a), The Theory of Dynamic Efficiency, London and New York: Routledge.

Huerta de Soto, Jesús (2010b), Socialism, Economic Calculation, and Entrepreneurship, Cheltenham, UK and Northampton, Massachusetts, USA: Edward Elgar.

Mises, Ludwig von (1980), The Theory of Money and Credit, Indianapolis, Ind.: Liberty Classics. First German edition 1912, Second German edition, 1924.

Nota sobre la Crisis Financiera y la actual Recesión Económica

por Jesús Huerta de Soto

Catedrático de Economía Política – Universidad Rey Juan Carlos

La grave crisis financiera y la consiguiente recesión económica mundial que veníamos anunciando desde hace al menos diez años (Huerta de Soto, 1998, 2002, 2006, 2009) se está ahora desencadenando con toda virulencia. Parece pues pertinente efectuar algunas reflexiones que nos ayuden a interpretar lo que está sucediendo y, de alguna manera, arrojen algo de luz a los agentes económicos y responsables de la política económica ante tanto desconcierto.

Causas de la crisis

La política de expansión artificial del crédito consentida y orquestada por los bancos centrales durante los últimos quince años no podía terminar de otra forma. El ciclo expansivo que ahora ha visto su fin se refuerza a partir de que la economía norteamericana saliera de su última recesión (fugaz y reprimida) en 2001 y la Reserva Federal reemprendiera la gran expansión artificial crediticia e inversora iniciada a partir de 1992.

Esta expansión crediticia no se vio soportada por un aumento paralelo del ahorro voluntario de las economías domésticas. Durante muchos años la masa monetaria en forma de billetes y depósitos ha crecido a un ritmo medio superior al 10% anual (lo que equivale a duplicar en cada periodo de 7 años el volumen total de dinero que circula en el mundo). Esta grave inflación fiduciaria de los medios de pago se ha colocado en el mercado por el sistema bancario en forma de créditos de nueva creación concedidos a tipos de interés muy reducidos (incluso negativos en términos reales), lo que ha impulsado una burbuja especulativa en forma de importante subida en los precios de los bienes de capital, activos inmobiliarios y títulos representativos de los mismos que se intercambian en la bolsa de valores, cuyos índices crecieron de forma espectacular.

Curiosamente, y al igual que ocurriera en los “felices” años previos a la Gran Depresión de 1929, el shock de crecimiento monetario no ha impactado de forma significativa a los precios del subconjunto de bienes y servicios de consumo 2 (aproximadamente tan sólo un tercio del total de bienes). Y es que en la última década, al igual que en los años veinte del siglo pasado, se ha experimentado un notable aumento de la productividad, resultado de la introducción masiva de nuevas tecnologías y de importantes innovaciones empresariales que, en ausencia de la inyección monetaria y crediticia, habrían producido una saludable y continua reducción en el precio unitario de los bienes y servicios de consumo. Además, la plena incorporación al mercado globalizado de las economías china e india ha impulsado aún más la productividad real de bienes y servicios de consumo. Que no se haya producido una sana deflación de precios en los bienes de consumo, en una etapa de tan gran crecimiento de la productividad como la de los últimos años, es la principal prueba de que el proceso económico se ha visto muy perturbado por el shock monetario.

La expansión crediticia artificial y la inflación de medios de pago (fiduciaria) no constituyen un atajo que haga posible el desarrollo económico estable y sostenido, sin necesidad de incurrir en el sacrificio y en la disciplina que supone toda tasa elevada de ahorro voluntario (que, por el contrario, sobre todo en Estados Unidos, durante los últimos años no sólo no ha crecido sino que incluso en ocasiones ha experimentado tasas negativas). Y es que las expansiones artificiales del crédito y del dinero siempre son, como mucho, “pan para hoy y hambre para mañana”. En efecto, hoy no existe duda alguna sobre el carácter recesivo que, a la larga, siempre tiene el shock monetario: el crédito de nueva creación (no ahorrado previamente por los ciudadanos) pone de entrada a disposición de los empresarios una capacidad adquisitiva que éstos gastan en proyectos de inversión desproporcionadamente ambiciosos (durante los últimos años especialmente en el sector de la construcción y las promociones inmobiliarias), es decir, como si el ahorro de los ciudadanos hubiera aumentado, cuando de hecho tal cosa no ha sucedido. Se produce así una descoordinación generalizada en el sistema económico: la burbuja financiera (“exuberancia irracional”) afecta negativamente a la economía real y tarde o temprano el proceso se revierte en forma de una recesión económica en la que se inicia el doloroso y necesario reajuste que siempre exige la readaptación de toda estructura productiva real que se ha visto distorsionada por la inflación. Los detonantes concretos que anuncian el paso de la euforia propia de la “borrachera” monetaria a la “resaca” recesiva son múltiples y pueden variar de un ciclo a otro. En las circunstancias actuales han actuado como detonantes más visibles la elevación del precio de las materias primas y especialmente del petróleo, la crisis de las denominadas hipotecas subprime en Estados Unidos y finalmente, la crisis de importantes instituciones bancarias al descubrirse en el mercado que el valor de sus activos (préstamos hipotecarios concedidos) era inferior al de sus pasivos.

Lo que hay que evitar

En las actuales circunstancias son muchas las voces interesadas que reclaman ulteriores reducciones en los tipos de interés y nuevas inyecciones monetarias que permitan al que quiera culminar sin pérdidas sus inversiones. Sin embargo, esta huida hacia adelante sólo lograría posponer temporalmente los problemas a costa de hacerlos luego mucho más graves. En efecto, la crisis ha llegado porque los beneficios de las empresas de bienes de capital (especialmente en los sectores de construcción y promociones inmobiliarias) han desaparecido como resultado de los errores empresariales inducidos por el crédito barato, y porque en términos relativos los precios de los bienes de consumo han empezado a comportarse menos mal que los de los bienes de capital. A partir de este momento se inicia un doloroso e inevitable reajuste que hace inevitable la caída de la producción y el aumento del desempleo.

El análisis económico más riguroso y la interpretación más fría y ponderada de los últimos acontecimientos económicos y financieros refuerzan la conclusión de que, al igual que sucedió con los fracasados intentos de planificar desde arriba la extinta economía soviética, es imposible que los Bancos Centrales (verdaderos órganos de planificación central financiera) sean capaces de acertar en la política monetaria más conveniente para cada momento. O expresado de otra forma, el teorema de la imposibilidad económica del socialismo, descubierto por los economistas austriacos Ludwig von Mises y Friedrich A.

Hayek, según el cuál es imposible organizar económicamente la sociedad en base a mandatos coactivos emanados de un órgano de planificación, dado que éste nunca puede llegar a hacerse con la información que necesita para dar un contenido coordinador a sus mandatos, es plenamente aplicable a los Bancos Centrales en general, y a la Reserva Federal y en su momento a Alan Greenspan y hoy a Ben Bernanke en particular: nada hay más peligroso que caer en “la fatal arrogancia” -en feliz expresión de Hayek- de creerse omnisciente o al menos tan sabio y poderoso como para ser capaz de ajustar en cada momento la política monetaria más conveniente (fine tuning). De manera que lo más probable es que la Reserva Federal y, en alguna menor medida, el Banco Central Europeo, más que suavizar los movimientos más agudos del ciclo económico, hayan sido los principales artífices responsables de su génesis y agravamiento.

La disyuntiva para Ben Bernanke y su consejo en la Reserva Federal y para el resto de los Bancos Centrales (encabezados por el europeo) no es, por tanto, nada cómoda.

Durante años han hecho dejadez de su responsabilidad monetaria y ahora se encuentran en un callejón sin salida: o dejan que el proceso recesivo se desencadene del todo y con él el saludable y doloroso reajuste; o huyen hacia adelante “dándole al borracho, que ya siente con toda su virulencia la resaca más alcohol”, con lo que las probabilidades de caer en un futuro no muy lejano en una aún más grave recesión (que podría ser incluso “inflacionaria”) aumentarían exponencialmente (éste fue precisamente el error que se cometió tras el crash bursátil de 1987, que nos llevó a la inflación de finales de los ochenta y terminó en la grave recesión de 1990-1992). Además, reiniciar a estas alturas una política de crédito barato no puede sino dificultar la necesaria liquidación de las inversiones no rentables y la reconversión de las empresas, pudiendo incluso llegar a hacer que la recesión se prolongue indefinidamente, como le ha sucedido a la economía japonesa en los últimos años, que tras probar todas las intervenciones posibles, ha dejado de responder a estímulo alguno de expansión crediticia o de tipo keynesiano.

En este contexto de “esquizofrenia financiera” hay que interpretar los últimos “palos de ciego” dados por las autoridades monetarias (responsables de dos objetivos íntimamente contradictorios: por un lado controlar la inflación, y por otro inyectar toda la liquidez necesaria para evitar el desmoronamiento del sistema financiero). Y así la Reserva Federal un día salva a Bear Stearns, AIG, Fannie Mae y Freddie Mac o Citigroup, para al siguiente dejar caer a Lehman Brothers, bajo el pretexto más que justificado de “dar una lección” y no alimentar el moral hazard o “riesgo moral”. Después, y ante el cariz que tomaban los acontecimientos, se aprueba un plan de 700 mil millones de dólares para comprar los eufemísticamente denominados activos “tóxicos” o “ilíquidos” (es decir, sin valor) de la banca que, si se financia con cargo a impuestos (y no haciendo más inflación) habrá de suponer una gran carga impositiva para las economías domésticas, justo en el momento en que éstas menos pueden permitírsela. Por último, y ante las dudas de que dicho plan pueda surtir algún efecto, se opta por inyectar dinero público directamente a los bancos, nacionalizándolos total o parcialmente, e incluso por “garantizar” la totalidad de sus depósitos.

La política económica más adecuada

La situación comparativa de las economías de la Unión Europea es algo menos mala que la norteamericana (dejando ahora de lado el efecto expansivo de la deliberada política de depreciación del dólar, y las relativamente mayores rigideces europeas especialmente en el mercado laboral, que tienden a hacer más duraderas y dolorosas las recesiones en nuestro Continente). La política expansiva del Banco Central Europeo, aunque no exenta de graves errores, ha sido algo menos irresponsable que la de la Reserva Federal. Además, el cumplimiento de los criterios de convergencia supuso en su día un notable y saludable saneamiento de las principales economías europeas. Solamente los países periféricos como Irlanda y, sobre todo, España, se vieron inmersos desde que iniciaron su proceso de convergencia en una importante expansión crediticia. El caso de nuestro país, España, es paradigmático. Nuestra economía experimentó un boom económico que, en parte, se debió a causas reales (reformas estructurales de liberalización emprendidas a partir de los gobiernos de José María Aznar en 1996); pero, en otra parte nada desdeñable, se vio alimentado por una expansión artificial del dinero y del crédito, que crecieron a una tasa que casi triplicó la evolución de esas mismas magnitudes en Francia o Alemania. Nuestros agentes económicos en gran medida interpretaron la bajada de los tipos de interés, resultado del proceso de convergencia, en los términos de relajación monetaria que han sido tradicionales en nuestro país: mayor disponibilidad de dinero fácil y peticiones masivas de créditos a los bancos españoles (sobre todo para financiar la especulación inmobiliaria), que éstos han satisfecho creándolo de la nada ante la mirada impávida del Banco Central Europeo. Este último, ante la subida de los precios, y fiel a su mandato, mientras ha podido ha intentado mantener los tipos de interés a pesar de las dificultades de aquellos miembros de la Unión Monetaria que, como España, ahora descubren que gran parte de lo invertido en inmuebles fue un error y se ven abocados a una duradera y dolorosa reestructuración de su economía real.

En estas circunstancias, la política más adecuada sería la de liberalizar la economía a todos los niveles (y en especial el mercado laboral) para permitir que los factores productivos (y en especial el factor trabajo) se reasignen rápidamente hacia los sectores rentables. Igualmente es imprescindible la reducción del gasto público y de los impuestos para incrementar la renta disponible de los agentes económicos fuertemente endeudados que necesitan devolver sus préstamos cuanto antes. Los agentes económicos en general y las empresas en particular sólo se sanean reduciendo costes (especialmente laborales) y devolviendo sus préstamos. Y para ello es imprescindible un mercado laboral muy flexible y un sector público mucho más austero. De ello dependerá que el mercado descubra cuanto antes cuáles son los verdaderos valores reales de los bienes de inversión producidos por error, estableciéndose así las bases para una recuperación económica sana y sostenible en un futuro que, por el bien de todos, esperamos que no tarde demasiado en llegar.

El perturbador papel de la reforma contable

No debe olvidarse que el pasado periodo de expansión artificial se caracterizó, entre otros aspectos, por una paulatina corrupción, tanto en América como en Europa, de los principios tradicionales de la Contabilidad, tal y como la misma se venía aplicando desde hace siglos en todo el mundo. Concretamente, la aprobación de las llamadas Normas Internacionales de Contabilidad (NIC) y su transposición en forma de ley en los diferentes países (en España a través del nuevo Plan General de Contabilidad que entró en vigor el pasado 1 de enero de 2008) ha supuesto el abandono del tradicional principio de prudencia que se ha visto sustituido por el principio de valor de mercado o razonable (fair value) a la hora de valorar los activos del balance y especialmente aquellos de carácter financiero. En este abandono del principio tradicional de prudencia han ejercido una gran presión tanto las sociedades de bolsa de valores, como los hoy ya en fase de extinción bancos de inversión y, en general, todas las partes interesadas en “inflar” los valores de balance con la finalidad de aproximarlos a unos valores bursátiles supuestamente más “objetivos” y que en el pasado no dejaban de aumentar en un proceso económico de euforia financiera.

En efecto, dicho proceso se caracterizó durante los años de la “burbuja especulativa” por la retroalimentación existente entre unos valores bursátiles crecientes y su reflejo contable inmediato, lo cual se quería utilizar, a su vez, para justificar ulteriores crecimientos artificiales en los precios de los activos financieros que se cotizaban en la bolsa de valores.

En esta alocada carrera por abandonar los principios tradicionales de la contabilidad y sustituirlos por otros más “conformes a los nuevos tiempos” se hizo moneda común la valoración de empresas en función de hipótesis poco ortodoxas y criterios puramente subjetivos que en las nuevas normas sustituyen al único criterio verdaderamente objetivo (el de la transacción histórica). Ahora el desmoronamiento de los mercados financieros y la pérdida generalizada de confianza en los bancos y en su contabilidad por parte de los agentes económicos han venido a poner de manifiesto el grave error cometido al dejarse arrastrar por las NIC y su abandono de los principios contables tradicionales basados en la prudencia, cayendo en los vicios de la contabilidad creativa a valores “razonables” de mercado (fair value).

En este contexto hay que entender las recientes medidas tomadas tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea para “suavizar” (es decir, revertir parcialmente) la aplicación del valor razonable en la contabilidad de las entidades financieras. Medida en la buena dirección pero incompleta y tomada por razones equivocadas. En efecto, las entidades financieras “sólo se han acordado de Santa Bárbara cuando ha tronado”, es decir, cuando el desmoronamiento del valor de los activos “tóxicos” o “ilíquidos” ha puesto en peligro su solvencia. Pero estaban encantadas con las nuevas NIC en los años anteriores de “exuberancia irracional” en que los crecientes y disparatados valores bursátiles y financieros les permitió lucir en sus balances unos beneficios y patrimonios propios elevadísimos, que a su vez les animaron a asumir riesgos prácticamente sin control.

El carácter procíclico de las NIC

Se hace pues evidente como las NIC actúan de forma pro cíclica, incrementando la volatilidad y sesgando erróneamente la gestión empresarial: en épocas de bonanza generan un falso “efecto riqueza” que induce a asumir riesgos desproporcionados; cuando de la noche al día se ponen de manifiesto los errores cometidos, la pérdida de valor de los activos descapitaliza de inmediato a las empresas que se ven obligadas a vender activos y a tratar de recapitalizarse en el peor momento, es decir, cuando los activos valen menos y se secan los mercados financieros. Obviamente, unos principios contables que como los de las NIC se han mostrado tan perturbadores han de abandonarse cuanto antes, revirtiendo todas las reformas contables recién promulgadas y en concreto la española que entró en vigor el pasado 1 de enero de 2008. Y ello no sólo por el callejón sin salida que suponen las mismas en época de crisis financiera y recesión económica, sino también, y sobre todo, porque es vital que en épocas de bonanza no se abandone el principio de prudencia valorativa que ha informado todos los sistemas contables desde Luca Pacioli a comienzos del siglo XV hasta que el falso ídolo de las NIC adquirió carta de naturaleza.

En suma, el error más grave de la recién estrenada reforma contable en todo el mundo consiste en hacer tabla rasa de siglos de experiencia contable y gestión empresarial al sustituir el principio de prudencia, como principio de máximo rango jerárquico entre todos los principios tradicionales de la contabilidad, por el principio del denominado “valor razonable”, que no es otro que la introducción del volátil valor de mercado para todo una serie de activos especialmente de índole financiera. Este cambio copernicano es enormemente dañino y amenaza los cimientos mismos de la economía de mercado por las siguientes razones. En primer lugar, conculcar el tradicional principio de prudencia y obligar a contabilizar a valores de mercado, da lugar a que, según las circunstancias del ciclo económico, se inflen los valores de balance con una plusvalías que no se han realizado y que, en muchas circunstancias, puede ser que no lleguen a realizarse nunca. El artificial “efecto riqueza” que esto puede generar, especialmente en las etapas de auge de cada ciclo económico, induce en la distribución de beneficios ficticios o meramente coyunturales, la asunción de riesgos desproporcionados y, en suma, la comisión de errores empresariales sistemáticos y al consumo del capital de la nación, en detrimento de su sana estructura productiva y de su capacidad de crecimiento a largo plazo. En segundo lugar, hay que insistir en que el objetivo de la contabilidad no es recoger los supuestos valores “reales” (en todo caso subjetivos y que se determinan y varían cada día en los correspondientes mercados) so pretexto de alcanzar una malamente entendida “transparencia contable”, sino el hacer posible la gestión prudente de cada empresa y evitar el consumo de capital (Hayek, 1934, 1939, 1979), mediante la aplicación de estrictos criterios de conservadurismo contable (basados en el principio de prudencia, y en la contabilización al coste histórico o valor de mercado, el que sea menor) que garanticen en todo momento que el beneficio repartible proviene de un remanente seguro cuya distribución en forma alguna ponga en peligro la viabilidad y capitalización futura de la empresa. En tercer lugar, hay que tener en cuenta que en el mercado no existen precios de equilibrio que puedan determinarse de forma objetiva por un tercero. Todo lo contrario, los valores de mercado son resultado de apreciaciones subjetivas y están sometidos a grandes oscilaciones, por lo que su aplicación a efectos contables elimina gran parte de la claridad, seguridad e información que antiguamente tenían los balances. Ahora éstos en gran medida se han hecho incomprensibles e inservibles para los agentes económicos.

Además, la volatilidad propia de los valores de mercado, sobre todo a lo largo del ciclo económico, hace que la contabilidad basada en los “nuevos principios” pierda gran parte de su virtualidad como guía de acción para los gestores de la empresa, induciendo en los mismos de forma sistemática importantes errores de gestión que han estado a punto de generar la crisis financiera más grave que ha asolado al mundo desde 1929.

El necesario rediseño del sistema financiero mundial

Es imprescindible diseñar un proceso de transición hacia un orden financiero mundial que, siendo plenamente compatible con el sistema de libre empresa, es capaz de eliminar las crisis financieras y recesiones económicas que vienen afectando cíclicamente a las economías del mundo. Esta reforma financiera internacional adquiere la máxima actualidad en los presentes momentos en que los desconcertados gobiernos de Europa y América se han concienciado de que es preciso reformar el sistema monetario internacional con el objetivo de evitar que en el futuro se repitan crisis financieras y bancarias tan graves como la que actualmente sacude a todo el mundo occidental. En otro lugar he explicado con todo detalle (Huerta de Soto, ob. cit.) por qué toda reforma futura fracasará, tan lamentablemente como han fracasado las reformas pasadas, si es que no va orientada a solucionar la raíz misma de los actuales problemas basándose en los siguientes principios: 1º restablecimiento de un coeficiente de caja del 100 por cien para todos los depósitos bancarios a la vista y equivalentes; 2º eliminación de los bancos centrales como prestamistas de última instancia (innecesarios si se aplica el principio anterior y perjudiciales si siguen actuando como órganos de planificación central financiera); y 3º privatización del actual dinero monopolista y estatal de tipo fiduciario y su sustitución por un patrón oro clásico. Esta reforma, radical y definitiva, vendría como si dijéramos a suponer la culminación de la caída del muro de Berlín y del socialismo real acaecida en 1989, al aplicarse los mismos principios basados en la liberalización y en la propiedad privada al único ámbito, el financiero y bancario, que hasta ahora ha permanecido anclado en la planificación (de los bancos precisamente por eso llamados “centrales”), el intervencionismo extremo (fijación de tipos de interés, maraña de regulaciones administrativas) y el monopolio estatal (leyes de curso forzoso que obligan a aceptar el actual dinero fiduciario emitido por el estado), con consecuencias tan negativas como las por todos conocidas.

Las anteriores consideraciones son de la máxima importancia y actualidad ante la crítica situación en que se encuentra el sistema financiero internacional y la economía mundial. Ahora bien, si trágico es que se haya llegado a la situación actual, más trágica aún es, si cabe, la generalizada falta de comprensión sobre las causas de los fenómenos que nos asolan y, sobre todo, la confusión y el desconcierto reinante entre los expertos, analistas y la mayoría de los teóricos de la economía. Por eso es de la máxima prioridad un rearme intelectual de las nuevas generaciones que haga posible el tan necesario rediseño institucional de todo el sistema monetario y financiero de las actuales economías de mercado.

Referencias

Huerta de Soto, J. (1998). Dinero, crédito bancario y ciclos económicos (2ª, 3ª y 4ª ediciones en 2002, 2006 y 2009), Unión Editorial, Madrid.

Hayek, F.A. (1934). “The Maintenance of Capital”, Económica, II, Agosto.

Reeditado en Profits, Interest and Investment and other Essays on the Theory of Industrial.

Fluctuations, George Routledge & Sons, Londres (1939) y Augustus M. Kelley, Nueva Jersey, USA, 1979.

Conferencia en San Pablo CEU

 No hay nada más práctico que una buena teoría.  Por eso, me propongo explicar en términos teóricos qué es el socialismo y por qué es un error intelectual, una imposibilidad científica. Mostraré por que se desmoronó, por lo menos el socialismo real, y por qué el socialismo que sigue existiendo en forma de intervencionismo económico en los países occidentales, es el principal culpable de las tensiones y conflictos que padecemos. Vivimos en un mundo esencialmente socialista, a pesar de la caída del Muro de Berlín, y seguimos soportando los efectos que, según la teoría, son propios de la intervención del Estado sobre la vida social.

Definir el socialismo exige entender previamente el concepto de “función empresarial”. Los teóricos de la economía definen la función empresarial como una capacidad innata del ser humano. No nos estamos refiriendo al empresario típico que saca adelante un negocio. Nos estamos refiriendo a esa innata capacidad que tiene todo ser humano para descubrir, crear, darse cuenta de las oportunidades de ganancia que surgen en su entorno y actuar en consecuencia para aprovecharse de las mismas. De hecho, etimológicamente, la palabra empresario evoca al descubridor, a quien se da cuenta de algo y lo aprehende. Es la bombilla que se enciende.

La función empresarial es la primera capacidad del ser humano. Es lo que por naturaleza más nos distingue de los animales, esa capacidad de crear y descubrir cosas. En este sentido general, el ser humano, más que homo-sapiens es homo-empresario. ¿Quien es pues, empresario? Pues la Madre Teresa de Calcuta, por ejemplo. No estoy hablando sólo de Henry Ford o de Bill Gates, que sin duda alguna son grandes empresarios en el ámbito comercial y económico. Un empresario es toda persona con una visión creativa, revolucionaria. La misión de la Madre Teresa era ayudar a los más necesitados, y buscaba medios para lograrlo de forma creativa y aunando voluntarios. Por eso, Teresa de Calcuta fue un ejemplo paradigmático de empresario. Por tanto, entendamos la función empresarial como la más íntima característica de nuestra naturaleza como seres humanos, que explica el surgimiento de la sociedad como una red complicadísima de interacciones. Son relaciones de intercambio de unos con otros y las entablamos porque de alguna manera nos damos cuenta de que salimos ganando. Y todas ellas están impulsadas por nuestro espíritu empresarial.

Todo acto empresarial produce una secuencia de tres planos. El primero consiste en la creación de información: cuando un empresario descubre o crea una idea nueva, genera en su mente una información que antes no existía. Y esa información, por una vía o por otra, se transmite en oleadas sucesivas, dando lugar al segundo plano. Aquí veo un recurso barato que se utiliza mal, y allí descubro una necesidad urgente de ese mismo recurso. Compro barato, vendo caro. Transmito la información. Finalmente, agentes económicos que actúan de manera descoordinada, aprenden, descubren que deben guardar un recurso porque alguien lo necesita. Y esos son los tres planos que completan la secuencia: creación de información, transmisión de información y, lo más importante, efecto de coordinación o ajuste. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, disciplinamos nuestro comportamiento en función de necesidades ajenas, de personas a las que ni siquiera llegamos a conocer, y eso lo hacemos motu proprio porque siguiendo nuestro propio interés empresarial nos damos cuenta de que así salimos ganando. Es importante presentar esto de entrada porque, por contraste, vamos a ver ahora qué es el socialismo.

El socialismo se debe definir como “todo sistema de agresión institucional y sistemática en contra del libre ejercicio de la función empresarial”. Consiste en imponer por la fuerza, utilizando todos los medios coactivos del Estado. Podrá presentar determinados objetivos como buenos, pero tendrá que imponerlos irrumpiendo por la fuerza en ese proceso de cooperación social protagonizado por los empresarios. Por tanto, y esta es su primera característica, actúa mediante coacción Esto es muy importante, porque los socialistas siempre quieren ocultar su cara coactiva, que es la esencia más característica de su sistema. La coacción consiste en utilizar la violencia para obligar a alguien a hacer algo. Por un lado está la coacción del criminal que asalta en la calle; por otro, la coacción del Estado, que es la que caracteriza al socialismo. Porque si se trata de una coacción asistemática, el mercado tiene sus mecanismos, en la medida de lo posible, para definir el derecho de propiedad y defenderse de la criminalidad. Pero si la coacción es sistemática y procede institucionalmente de un Estado que tiene todos los medios del poder, la posibilidad de defendernos de los mismos o evitarlos es muy reducida. Es entonces cuando el socialismo manifiesta su realidad esencial con toda su crudeza.

No estoy definiendo el socialismo en términos de si existe propiedad pública o privada de los medios de producción. Eso es un arcaísmo. La esencia del socialismo es la coacción, la coacción institucional procedente del Estado, a través de la cual se pretende que un órgano director se encargue de las tareas necesarias para coordinar la sociedad. La responsabilidad pasa de los seres humanos de a pie, protagonistas de su función empresarial, que tratan de buscar los fines y crear lo que más les conviene para alcanzarlos, a un órgano director que “desde arriba” pretende imponer por la fuerza su particular visión del mundo o sus particulares objetivos. Además, en esta definición del socialismo es irrelevante si ese órgano director ha sido o no elegido democráticamente. El teorema de la imposibilidad del socialismo se mantiene integro, sin ninguna modificación, con independencia de que sea o no democrático el origen del órgano director que quiere imponer por la fuerza la coordinación de la sociedad.

Definido el socialismo de esta manera, pasemos a explicar por qué es un error intelectual. Lo es porque es imposible que el órgano director encargado de ejercer la coacción para coordinar la sociedad se haga con la información que necesita para dar un contenido coordinador a sus mandatos. Ése es el problema del socialismo, es su gran paradoja. Necesita información, conocimiento, datos para que su impacto coactivo -la organización de la sociedad- tenga éxito. Pero nunca puede llegar a hacerse con esa información. Los teóricos de la Escuela Austríaca de Economía, Mises y Hayek, elaboraron cuatro argumentos básicos durante el debate que mantuvieron en el siglo XX contra los teóricos de la economía neoclásica, que nunca fueron capaces de entender el problema que planteaba el socialismo. ¿Y por qué no fueron capaces de entenderlo? Por esta razón: creían que la economía funcionaba como se explica en los libros de texto de primer curso, pero lo que se explica en los libros de texto de primer curso de economía con respecto al funcionamiento de la economía de mercado es radicalmente erróneo y falso. Esos libros de texto basan sus explicaciones del mercado en términos matemáticos y de ajuste perfecto. Es decir, el mercado sería una especie de computadora que ajusta de manera automática y perfecta los deseos de los consumidores y la acción de los productores, de tal manera que el modelo ideal es el de competencia perfecta, descrito por el sistema de ecuaciones simultaneas de Walras.

Siendo yo estudiante, en mi primera clase de economía, el profesor comenzó con una frase sorprendente: “Supongamos que toda la información está dada”. Y luego comenzó a llenar la pizarra de funciones, curvas y fórmulas. Ese es el supuesto que utilizan los neoclásicos: que toda la información está dada y no cambia. Pero ese supuesto es radicalmente irreal. Va contra la característica más típica del mercado: la información no está nunca dada.

El conocimiento sobre los datos surge continuamente como resultado de la actividad creativa de los empresarios: nuevos fines, nuevos medios. Luego no podemos construir una teoría económica bajo ese supuesto sin que sea errónea. Los economistas neoclásicos pensaron que el socialismo era posible porque supusieron que todos los datos necesarios para elaborar el sistema de ecuaciones y encontrar la solución estaban “dados”. No fueron capaces de apreciar lo que sucedía en el mundo que tenían que investigar científicamente, no pudieron ver lo que de verdad sucedía.

Solo la Escuela Austríaca siguió un paradigma distinto. Nunca supuso que la información estaba dada, consideró que el proceso económico era impulsado por empresarios que continuamente cambian y descubren nueva información. Solamente ella fue capaz de darse cuenta de que el socialismo era un error intelectual. Desarrolló su argumento empleando cuatro asertos, dos que podemos considerar “estáticos” y otros dos que podemos considerar dinámicos.

En primer lugar —afirma-, es imposible que el órgano director se haga con la información que necesita para dar un contenido coordinador a sus mandatos por razones de volumen. El volumen de la información que manejamos los seres humanos es inmenso, y lo que siete mil millones de seres humanos tienen en la cabeza es imposible de gestionar. Este argumento quizá lo pudieran entender los neoclásicos, pero es el más débil, el menos importante. Al fin y al cabo, hoy en día con la capacidad informática de que disponemos podemos tratar volúmenes inmensos de información.

El segundo argumento es mucho más profundo y contundente. La información que se maneja en el mercado no es objetiva; no es como la información que está impresa en la guía de teléfonos. La información empresarial tiene una naturaleza radicalmente distinta, es una información subjetiva, no objetiva; es tácita, es decir, sabemos algo, un Know How, pero no sabemos en que consiste detalladamente, es decir, el Know That. Explicado de otra forma: es la información del que sabe montar en bicicleta. Es como si alguien pretendiera aprender a montar en bicicleta estudiando la formula de la física matemática que expresa el equilibrio que mantiene el ciclista cuando pedalea. El conocimiento necesario para montar en bicicleta no se obtiene así sino mediante un proceso de aprendizaje, habitualmente accidentado, que finalmente permite experimentar el sentido del equilibrio subido a una bicicleta y que al torcer en las curvas debemos inclinarnos para no caer. Con toda seguridad, Induraín desconoce las leyes que le han permitido ganar el Tour de Francia, pero tiene el conocimiento de cómo se monta en bicicleta. La información tácita no se puede plasmar de manera formalizada y objetiva, ni trasladar a ningún sitio, y menos a un órgano director. Sólo se puede transmitir a un órgano director para que este asimile y coaccione, dando un contenido coordinador a los mandatos, una información unívoca que no se preste a malentendidos. Pero la mayor parte de la información de la que depende el éxito de nuestras vidas no es objetiva, no es información de la guía de teléfonos, es información subjetiva y tácita.

Pero estos dos argumentos -que la información es de un volumen enorme y que además tiene un carácter tácito- no bastan. Hay otros dos, dinámicos, que son todavía mucho más contundentes y que implican la imposibilidad del socialismo.

Los seres humanos estamos dotados de una innata capacidad creativa. Continuamente descubrimos “nuevas” cosas, “nuevos” fines, “nuevos” medios. Difícilmente se va a poder transmitir a un órgano director la información o el conocimiento que todavía no ha sido “creado” por los empresarios. El órgano director se empeña en construir un “nirvana social” mediante el Boletín Oficial del Estado y la coacción. Pero para eso tiene que saber que pasará mañana. Y lo que pase mañana dependerá de una información empresarial que todavía no se ha creado hoy, no se puede transmitir hoy para que nuestras gobernantes nos coordinen bien mañana. Esa es la paradoja del socialismo, la tercera razón.

Pero eso no es todo. Existe un cuarto argumento que es definitivo. La propia naturaleza del socialismo -que como hemos dicho antes se basa en la coacción, el impacto coactivo sobre el cuerpo social o sociedad civil- bloquea, dificulta o imposibilita, allí donde precisamente impacta y en la medida en que impacte, la creación empresarial de información, que es precisamente la que necesita el gobernante para dar un contenido coordinador a sus mandatos.

Esa es la demostración en términos científicos de que el socialismo es teóricamente imposible, porque no puede hacerse con la información que necesita para dar un contenido coordinador a sus mandatos. Y este es un análisis puramente objetivo y científico. No hay que pensar que el problema del socialismo reside en que “los que están arriba son malos”. Ni la persona con mayor bondad del mundo, con las mejores intenciones y con los mejores conocimientos, podría organizar una sociedad sobre el esquema coactivo socialista; lo convertiría en un infierno, ya que, dada la naturaleza del ser humano resulta imposible conseguir el objetivo o el ideal socialista.

Todas estas características del socialismo tienen consecuencias que podemos identificar en nuestra realidad cotidiana. La primera es su atractivo. En nuestra naturaleza más íntima encontramos el riesgo de caer en el socialismo porque su ideal nos tienta, porque el ser humano se rebela contra su naturaleza. Vivir en un mundo con un futuro incierto nos inquieta, y la posibilidad de controlar ese futuro, de erradicar la incertidumbre, nos atrae. Dice Hayek en La fatal arrogancia que en realidad el socialismo es la manifestación social, política y económica del pecado original del ser humano, que es la arrogancia. El ser humano quiere ser Dios, es decir, omnisciente. Por eso, siempre, generación tras generación, tendremos que estar en guardia contra el socialismo, asumir que nuestra naturaleza es creativa, es de tipo empresarial. El socialismo no es un simple tema de siglas o de partidos políticos en determinados contextos históricos. Siempre se infiltrará de manera sinuosa en comunidades, familias, barrios, partidos políticos de derechas y liberales… Tenemos que estar en contra de esa tentación del estatismo porque es el peligro más original que tenemos los seres humanos, nuestra mayor tentación: creernos Dios. El socialista se considera capaz de superar ese problema de la ignorancia radical que desacredita en su esencia su sistema social. Por eso, el socialismo siempre es resultado de un pecado de soberbia intelectual. Detrás de todo socialista hay un arrogante, un intelectual soberbio. Y eso lo podemos constatar en todos lo ámbitos.

Además, el socialismo tiene unas características que podemos llamar “periféricas”: descoordinación y desorden social. El acto empresarial puro coordina, pero el socialismo lo coacciona y produce un efecto de descoordinación. El empresario se da cuenta de que hay una oportunidad de ganancia. Compra barato, vende caro. Transmite información y coordina. Dos personas que en un principio actuaban contra sus respectivos intereses, ahora, sin darse cuenta, actúan de forma coordinada o ajustada. El socialismo, al impedir eso por la fuerza, en mayor o menor medida, desajusta. Y lo peor es que los socialistas, cuando observan el desajuste causado por ellos, la descoordinación, el conflicto y el agravamiento del problema, lejos de llegar a las conclusiones razonables que hemos expuesto, demandan más socialismo, más coacción institucional. Y pasamos a un proceso en el que los problemas, en vez de solucionarse, se agravan indefinidamente, incrementándose todavía más el peso del Estado. El ideal socialista exige extender los tentáculos del Estado por todos los intersticios sociales y genera un proceso que conduce hasta el totalitarismo.

Otra característica del socialismo es la falta de rigor. Se prueba, se cambia de criterio, se constata el agravamiento de los problemas y se da un giro político coaccionando de manera errática. ¿Por qué? Porque los efectos que tienen las medidas de intervención suelen parecerse poco a los pretendidos. El salario mínimo, por ejemplo, pretende mejorar el nivel de vida. ¿El resultado? Más paro y más pobreza. ¿Los más perjudicados? Los grupos sociales que por primera vez acceden al mercado de trabajo, que son los jóvenes, las mujeres, las minorías étnicas y los inmigrantes. Otro ejemplo: se diseña una política agraria comunitaria y se inunda de productos la Unión Europea mediante subvenciones o precios políticos. El consumidor paga precios más elevados y se perjudica a los países pobres porque los mercados internaciones se llenan de productos excedentes de la UE a precios con los que no pueden competir.

El socialismo actúa además como una especie de droga u opio inhibidor. Genera malas inversiones, porque distorsiona las señales acerca de donde hay que invertir para satisfacer los deseos de los consumidores. Agudiza los problemas de escasez y genera irresponsabilidad sistemática de los gobiernos, porque no hay posibilidad de conocer la información necesaria para actuar responsablemente, no es posible conocer los costes. El gobernante sólo puede actuar de modo voluntarista, dejando constancia en el Boletín Oficial del Estado de su mera voluntad; eso, como afirma Hayek, no es “LEY’ -así, con mayúsculas-, sino “legislación”, normas, habitualmente excesivas e inútiles, aunque digan ampararse en datos “objetivos”. Lenin decía que toda la economía debía organizarse como el servicio de correos y que el departamento más importante de un sistema socialista era el Instituto Nacional de Estadística. “Estadística” procede etimológicamente de “Estado”. Por tanto, es un término ante el que debemos ponernos en guardia si queremos evitar el socialismo, un concepto sospechoso. Jesús nació en Belén porque el emperador ordenó una estadística relacionada con los impuestos. Lo primero que tiene que hacer todo gran liberal es pedir la eliminación del Instituto Nacional de Estadística. Ya que no podemos evitar que el Estado haga daño, al menos ceguémosle los ojos para que sea más aleatorio cuando forzosamente se equivoca.

Otro efecto claro del socialismo es el que produce sobre el entorno natural. Es terrible. La única manera de defenderlo es definiendo bien los derechos de propiedad. Nadie llama a la casa de uno y le tira un cubo de basura a su cara. Eso solo se hace en las “zonas comunes”. Como se afirma en un viejo dicho español, “lo que es del común es del ningún”. La tragedia de los bienes comunales, sean aguas sucias, bancos de peces que desaparecen o la extinción del rinoceronte, siempre es resultado de una limitación estatal del derecho de propiedad que exige una economía de mercado. Porque allí donde se privatiza el monte hay caza, pero no la hay en los montes públicos. Y donde se han privatizado los elefantes, los elefantes sobreviven. Y siguen existiendo las reses bravas porque los empresarios de la Fiesta Nacional se encargan de cuidarlas. La única manera de mantener el medio ambiente es mediante una economía de mercado, a través del sistema capitalista y de los derechos de propiedad bien defendidos. Donde estos principios desaparecen el medio ambiente se degrada. Los ríos ingleses son de titularidad privada. Todos están limpios, en todos se puede pescar; lo hacen diferentes clubes de pesca, caros, medianos y baratos. Vayan ustedes a buscar peces a los ríos españoles…

Y la corrupción. El socialismo corrompe. Los que vivieron las economías socialistas que se escondían tras el Muro de Berlín se dieron cuenta de la gran mentira que suponía todo ese mundo. Y no nos durmamos en la complacencia pensando que lo hemos superado, que esa gran mentira no existe aquí. Sigue existiendo, aunque con una diferencia de grados. ¿Por que corrompe el socialismo? Por varias razones. En primer lugar, los seres humanos coaccionados en el esquema socialista no tardan en darse cuenta de que para lograr sus objetivos es mucho más efectivo dedicar su esfuerzo e ingenio a influir sobre los gobernantes que a tratar de descubrir oportunidades de ganancia y servir a los demás. De ahí surgen los grupos de interés, que tratan de condicionar las decisiones del órgano director. El órgano director socialista atrae como un imán todo tipo de influencias perversas y corruptoras. Además, inicia un proceso de lucha por el poder. Cuando prepondera el esquema socialista es vital quien esté en el poder, si es “de los míos” o no. Una sociedad socialista siempre esta muy politizada. No ocurre como en Suiza, por ejemplo, donde seguramente la gente no conoce ni el nombre de su Ministro de Defensa, o incluso el del Presidente del Gobierno. Y además no le importa, porque no es vital quien esté en el poder.

Los seres humanos deberíamos dedicar la mayor parte de nuestro esfuerzo a sacar adelante nuestras vidas sin este tipo de intervenciones. Y este proceso de lucha por el poder, de intervencionismo, hace que poco a poco se vaya modificando el hábito de comportamiento moral del ser humano. Los seres humanos manifiestan un comportamiento cada vez más amoral, menos sometido a los principios. Nuestro comportamiento es cada vez más agresivo. Se trata de lograr el poder para imponer cosas a los demás. Y eso se traslada miméticamente al comportamiento individual, hace que cada vez disciplinemos menos nuestro comportamiento, que dejemos de lado el esquema pautado de normas morales. La moral es el piloto automático de la libertad. He aquí otra influencia corruptora del socialismo.

Además, cuanto más socialismo hay más se desarrolla la economía llamada sumergida o mercado negro. Pero como se decía en los países del este, en un medio socialista “la economía sumergida no es el problema, es la solución”. Por ejemplo, en Moscú no había gasolina, pero todo el mundo sabía que en determinado túnel se vendía gasolina en el mercado negro. Gracias a eso la gente podía conducir.

Pero, obviamente, un gobierno socialista no puede conformarse con aceptar todas estas críticas, de manera que recurre a la propaganda política. Todo problema —se dice- es detectado a tiempo por el Estado, que lo arregla inmediatamente. Una y otra vez, de manera sistemática, la propaganda política está en todos los ámbitos para tratar de contrarrestar la crítica, creando una cultura de lo estatal que aturde y desorienta a la ciudadanía, que llega a pensar que ante cualquier problema el Estado se hará cargo de todo. Y ese modo de pensar, estrictamente socialista, se transmite de generación en generación.

La propaganda conduce a la megalomanía. Las organizaciones burocráticas, los funcionarios, los políticos etc., no están sometidos a una cuenta de pérdidas y ganancias. Una mala gestión no supone para ellos la expulsión del mercado. El gobernante y el funcionario solamente responden ante un presupuesto y un reglamento. No hay maldad personal en ello. Al menos, no necesariamente. Son como cualquiera de nosotros, pero en el entorno institucional en el que están insertos sus acciones son perversas. Su actividad dentro del Estado los lleva a pedir más funcionarios, más presupuesto, y a afirmar que su labor es vital. ¿Recuerdan algún funcionario, político o burócrata que después de un profundo análisis haya llegado a la conclusión de que el organismo para el que trabaja es inútil, que tiene un coste superior al beneficio que proporciona a la sociedad, y haya propuesto a su responsable gubernamental y a su ministro que elimine el epígrafe presupuestario correspondiente y lo clausure? Nunca. Por el contrario, siempre, en todos los contextos, y con todos los gobiernos- es “vital” el papel que uno cumple en el Estado. El socialismo es megalómano e impregna de ese carácter al conjunto de la sociedad. A la cultura, por ejemplo, transformada en política cultural y definida por un distinguidísimo representante de la Unión Europea del siguiente modo, según le dijo a un compañero de partido cuando estaba a cargo del Ministerio de Cultura: “Mucho dinero público, mucha fiesta para los jóvenes y premios para los amiguetes”.

Igualmente, el socialismo conduce a la prostitución de los conceptos de ley y de justicia. El derecho, entendido en su concepción clásica, no es sino un conjunto de normas o leyes materiales abstractas que se aplican con carácter general a todos por igual. Y la justicia consiste en enjuiciar si los comportamientos individuales se han ajustado o no a ese esquema de normas objetivas y abstractas. Se trata de normas ciegas. Por eso, tradicionalmente se representa a la Justicia con los ojos tapados. En el Levítico se dice “con justicia juzgarás a tu prójimo, no dejándote llevar ni por las dádivas del rico ni por las lágrimas del pobre”. En el momento en el que se violan los principios generales del derecho, aunque se pretenda hacerlo “por una buena causa” (porque nos conmueve un desahucio por impago de la renta, o porque un pequeño hurto en un gran almacén carece de relevancia en los ingresos de la empresa afectada) se inflige un daño terrible a la justicia. Los jueces que actúan de esta forma y no aplicando la ley, caen en ese error fatal de la arrogancia intelectual, de creerse dioses. Sustituyen la ley por su impresión sobre las circunstancias particulares del caso y abren la puerta a quienes no pretenden del juez que haga justicia sino que se conmueva. La demanda se convierte en un boleto de lotería que puede salir premiado si uno tiene suerte en el juzgado, y se desencadena un efecto de bola de nieve que sobrecarga a los jueces, que son cada vez más imperfectos en la emisión de sus sentencias y alimentan el proceso con su arbitrariedad. Desaparece la seguridad jurídica y la justicia se corrompe.

La solución, por supuesto, no pasa por dotar de más medios al sistema judicial, pero eso es justamente lo que se pedirá.

En última instancia, el daño más perverso de la corrupción del socialismo es ese efecto mimético sobre el ámbito de la acción individual. Para la gente de buena fe es muy atractivo: si hay problemas, el Estado pondrá los medios e impondrá la solución. ¿Quién puede estar en contra de conseguir un objetivo tan bueno y loable? El problema es la ignorancia que anima ese argumento. El Estado no puede saber lo que necesitaría saber para obrar así, no es Dios, aunque algunos crean que lo es. Esa creencia perturba el proceso empresarial y agrava los problemas. En vez de actuar de manera automática siguiendo principios dogmáticos sometidos al derecho, actúa arbitrariamente, y eso es lo que desmoraliza y corrompe más la sociedad. La lucha antiterrorista ilegal que se desarrolló en España durante el mandato del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) es un ejemplo perfecto de lo que decimos. Fue un error terrible. Los principios no son un obstáculo que impida alcanzar los resultados deseados, sino el único camino que nos puede conducir hasta ellos. Como afirma un dicho anglosajón, “la mejor política pragmática es actuar atendiendo a principios”, es decir, ser honestos, siempre. Y eso es precisamente lo que no hace el socialismo, porque en su esquema de racionalización de fines y medios, creyéndose Dios, la decisión óptima es violar los principios morales.

El socialismo no solo es un error intelectual, también es una fuerza realmente antisocial, porque su más íntima característica consiste en violentar, en mayor o menor medida, la libertad empresarial de los seres humanos en su sentido creativo y coordinador. Y como eso es lo que distingue al ser humano, el socialismo es un sistema social antinatural, contrario a lo que el ser humano es y aspira a ser.

En la encíclica “Centesimus Annus“, Juan Pablo II, preguntándole cual es el sistema social más conforme a la naturaleza humana, escribe lo siguiente: “Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva”. Aunque inmediatamente añade, “Pero…”. Y, ¿por qué? Porque Juan Pablo II pasó su vida advirtiendo de los efectos de un capitalismo salvaje, ajeno a los principios morales, éticos y legales. Teniendo en cuenta que lo censurable es el egoísmo, la inmoralidad, etc., porque a efectos del sistema social, el capitalismo es en el peor de los casos neutro. Pues en un esquema de intercambios voluntarios se promueve la moralidad, la distinción entre el bien y el mal, frente a la corrupción propia del socialismo.

Finalmente, ¿qué ha pasado con el socialismo? ¿Ha fracasado? ¿Ha desaparecido? ¿Se ha diluido como un azucarillo en un vaso de agua? Si y no. Eso ha pasado con el socialismo real, pero nuestras sociedades siguen profundamente imbuidas de socialismo. Las diferencias entre los llamados partidos de izquierdas y de derechas son de grado, aunque en España algo se avanzó entre 2000 y 2004 en el ámbito de la libertad. Primero, con la desaparición de la esclavitud en pleno siglo XX: el servicio militar pasó a ser voluntario, y eso es de vital importancia —por cierto, me permito recordar que el PSOE no quería-. En segundo lugar, se produjo una reducción tímida de impuestos y, luego, el principio del presupuesto equilibrado y alguna liberalización y privatización. Tampoco fue para tirar cohetes, pero hay que tener en cuenta que la inmensa mayoría de los 11 o 12 millones de votantes del partido que estuvo en el poder eran socialistas, en el sentido que hemos dado aquí a ese término. Poco más se podía hacer.

Ahora, la misión es nuestra, de los intelectuales, de los second-hand dealers of ideas, de los profesores en la universidad… Somos responsables de ir cambiando el espíritu, sobre todo de los jóvenes, que son capaces de salir a la calle a pecho descubierto a defender los ideales. El socialismo sigue siendo hoy predominante: entre el 40% y el 50 % del Producto Interior Bruto de los países del mundo occidental moderno esta gestionado por la Administración pública. Ahora, de nuevo con el PSOE en el Gobierno de España, parece que los vientos soplan otra vez en esa dirección. Así, terminaremos totalmente perdidos y muy lejos del único camino por el que puede avanzar nuestra sociedad. Nuestra única posibilidad radica, coma siempre, en el poder de las ideas y en la honestidad intelectual de la juventud.

Jesús Huerta de Soto es catedrático de Economía Política de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.
En la de la Universidad Complutense de Madrid obtuvo los siguientes títulos: Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales, Doctor en Derecho, Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales, Licenciado en Derecho, Actuario de Seguros y en la Universidad de Stanford el título de Master of Business Administration
 

PUBLICADA POR RODRIGO DIAZ CON PERMISO DEL AUTOR

Teoria del Nacionalismo Liberal

Introducción.

El problema del nacionalismo y la existencia de naciones produce, con carácter general, un gran desconcierto entre los pensadores liberales de hoy en día. Por un lado, se reconoce que el nacionalismo ha jugado un saludable papel protagonista, propiciando la caída de los regímenes comunistas del Este de Europa, y oponiéndose en muchas ocasiones históricas al estatismo intervencionista y centralizador. Además, importantes líderes liberales europeos han defendido recientemente el papel de la Nación como insustituible elemento equilibrador frente a las tendencias intervencionistas y centralizadoras que, por ejemplo, se están haciendo evidentes en el proceso de unificación europea. Finalmente, se observa en muchas circunstancias concretas cómo la descentralización nacionalista pone en funcionamiento un proceso espontáneo de competencia para reducir las medidas de regulación e intervencionismo que, en su mayor parte, tienen su origen en los órganos centrales de poder estatal [2].

Sin embargo, por otro lado, no deja de reconocerse que el nacionalismo ha tenido, en muchas ocasiones, importantes consecuencias contrarias a la libertad de los seres humanos. Así, sin ser preciso remontarse a la tragedia que supuso el auge del nacional socialismo en Alemania e Italia durante la primera mitad de este siglo, es fácil recordar la tragedia de la guerra que se desarrolla entre las naciones de la antigua Yugoslavia o, por ejemplo, el atropello a la libertad de elección de muchos ciudadanos que, en materia educativa, está realizando el actual gobierno de Cataluña.

Parece, por tanto, evidente que es preciso desarrollar una teoría sobre el nacionalismo que permita explicar estos problemas y haga posible que los liberales tomen una posición coherente respecto a la problemática que plantea el concepto de nación, el nacionalismo y la relación entre las diferentes naciones.

1. Concepto y características de la nación.

La nación puede definirse como un subconjunto de la sociedad civil. Es un orden espontáneo y vivo de interacciones humanas, que está constituido por una determinada serie de comportamientos pautados de naturaleza lingüística, cultural, histórica, religiosa y, con mucha menos importancia, racial. De entre todos los hábitos de comportamiento que constituyen la esencia nacional destaca, sobre todo, la lengua o idioma que comparten los miembros del grupo nacional y que constituye una de las muestras de identidad nacional más importantes.

La esencia del concepto de nación que acabamos de describir engarza perfectamente con la teoría sobre el origen, naturaleza y desarrollo de las instituciones sociales que debemos a la Escuela Austriaca de Economía [3]. En efecto, la Escuela Austriaca explica el surgimiento evolutivo y espontáneo de las instituciones sociales (éticas, morales, económicas y lingüísticas) como resultado de un proceso descentralizado de interacciones humanas, liderado por aquellos hombres que en cada circunstancia histórica gozan de más perspicacia empresarial a la hora de descubrir los comportamientos más adecuados para conseguir sus particulares objetivos. Estos comportamientos que se experimentan en un proceso social de prueba y error, a través de los mecanismos sociales de aprendizaje e imitación se van extendiendo a lo largo del cuerpo social. Significa ello que las instituciones sociales se encuentran en un proceso constante de evolución y que, en el caso concreto de la nación, y de todas las manifestaciones lingüísticas y culturales que la constituyen, estás se encuentran en constante cambio, solapamiento y competencia con otros órdenes nacionales que también, de manera continua, surgen, crecen, se desarrollan y, eventualmente, pueden llegar a estancarse o incluso a desaparecer siendo englobadas por otras nacionalidades y lenguas más avanzadas, ricas o amplias. En suma, las naciones no son sino realidades sociales evolutivas, básicamente unidas por una lengua común y otras características históricas o culturales, que surgen de manera espontánea y selectiva, y que constantemente compiten en un “mercado” mucho más amplio (de ámbito mundial) de naciones, sin que pueda llegar a saberse a priori cuál será el destino histórico de cada nación, ni mucho menos qué naciones concretas habrán de preponderar o subsistir en el futuro [4].

Es importante reconocer las íntimas relaciones que existen entre las instituciones jurídicas, económicas y el subconjunto de la sociedad civil que hemos denominado nación. En efecto, la sociedad no es sino un complejísimo proceso de interacciones humanas, que básicamente son relaciones de intercambio que los seres humanos efectúan utilizando un lenguaje o idioma muchas veces común, que constituye el substrato básico de toda nación. Además, las interacciones humanas se efectúan de acuerdo con unas normas, reglas o hábitos de conducta, que constituyen no sólo el derecho en su sentido material, sino toda una constelación de comportamientos pautados de tipo moral, normas de educación, de cortesía, de hábitos en el vestir, de creencias, etc., que en última instancia se constituyen y se engloban en el concepto de nación. Aquellos grupos sociales que adoptan unos comportamientos pautados más adecuados a la consecución de los objetivos que persiguen preponderan sobre los demás a través de un proceso selectivo y espontáneo que se encuentra en constante cambio y evolución. El ser humano carece de la información necesaria como para diseñar conscientemente estos complejos procesos sociales, pues los mismos incorporan un enorme volumen de información y conocimientos prácticos constituido por el que continuamente están aprendiendo y descubriendo los seres humanos que actúan en la sociedad. Por ello, la utilización de la coacción o violencia física para imponer determinados comportamientos pautados de tipo nacional está condenada al fracaso, precisamente por las mismas razones que hacen imposible desde el punto de vista teórico que mediante mandatos coactivos se pueda coordinar la vida en sociedad. Es decir, el teorema de la imposibilidad del socialismo descubierto por los teóricos de la Escuela Austriaca (Mises y Hayek) es plenamente aplicable al objetivo de forzar o imponer por la violencia un determinado resultado del proceso social en el campo de las nacionalidades.

La anterior explicación, junto con el carácter constantemente dinámico de la realidad nacional, impide que se pueda aceptar el principio de que a cada nación deba corresponder un Estado político con unas fronteras fijas y determinadas. En efecto, si entendemos la nación como un subconjunto de la sociedad civil en continua evolución y experimentación, es evidente que siempre existirá un volumen importante de seres humanos en proceso de experimentación nacional, es decir, más o menos influidos por distintos comportamientos nacionales, sin que pueda conocerse si en última instancia terminarán siendo absorbidos por la cultura e idioma de una nación, por la de otra, o si terminarán constituyendo una nueva. Sabemos que las naciones se encuentran en constante competencia, cambio, evolución y solapamiento, lo que impide que, desde la concepción de la nacionalidad como una realidad histórica de carácter dinámico, pueda la misma atarse a un determinado espacio geográfico de una manera rígida y congelada. Todo intento de fijar violentamente dentro de unas fronteras preestablecidas a una realidad tan cambiante y social como es la de la nación tan sólo generará irresolubles conflictos y guerras, de gran coste humano y social que, en última instancia, pondrán en peligro la propia existencia de la realidad nacional. Por el contrario, las nacionalidades entendidas como subconjuntos de la sociedad civil sólo pueden tener garantías de pervivencia en un proceso competitivo inter-nacional desarrollado en un entorno de libertad cuyos principios reguladores esenciales analizamos en el apartado siguiente.

2. Principios esenciales del nacionalismo liberal.

Son tres los principios esenciales que han de regir la relación sana, pacífica y armoniosa entre las diferentes naciones: el principio de autodeterminación, el principio de completa libertad de comercio entre las naciones, y el principio de libertad de emigración e inmigración. Analizaremos a continuación cada uno de estos principios.

El principio de autodeterminación significa que cada grupo nacional ha de tener, en todo momento, la posibilidad de decidir libremente en qué Estado político quiere encuadrarse. O, dicho de otra forma, que cada subconjunto de la sociedad civil ha de tener la libertad para decidir a qué grupo político pertenecer. Así, es posible que una misma nación se encuentre, en función de la voluntad libremente expresada de sus miembros, dispersa en varios Estados. Esto es lo que sucede, por ejemplo, en relación con la nación anglosajona, quizá la más avanzada, viva y fructífera en los momentos históricos actuales, y que se encuentra dispersa en distintos Estados políticos, dentro de los cuales los Estados Unidos de América y el Reino Unido son, sin duda, los más importantes. También cabe mencionar el ejemplo de la nación de lengua alemana, cuyos más de cien millones de miembros se encuentran distribuidos a lo largo de tres Estados importantes de Europa, la Alemania Federal, Austria y parte de Suiza.

También es posible que distintas naciones decidan componer un mismo Estado. Así, Suiza incorpora a una serie de cantones que pertenecen a tres naciones distintas, la alemana, francesa e italiana. Igualmente, en el caso de España cabría considerar la existencia de al menos tres grupos nacionales, el castellano, el catalán y el vasco [5].

En relación con el principio de autodeterminación es preciso realizar, no obstante, dos matizaciones. En primer lugar, que la decisión de formar o no parte de un determinado Estado político no tiene que ser forzosamente una decisión de tipo explícito (aunque tampoco se descarte que en determinadas circunstancias históricas, por vía de referéndum, se decida una secesión, como recientemente ha ocurrido en relación con las naciones checa y eslovaca). En muchas ocasiones, la determinación de formar parte de un determinado Estado se manifiesta de manera consuetudinaria, es decir, por la voluntad implícita históricamente mantenida por la mayoría de los miembros de una determinada nación de formar parte y vivir dentro de un Estado específico. La segunda observación es que el principio de autodeterminación no se refiere exclusivamente a la posibilidad de que, de acuerdo con el criterio mayoritario, los seres humanos que residan en un determinado entorno geográfico deban decidir si quieren estar o no en un determinado Estado en función de su adscripción nacional, sino que tal principio ha de aplicarse con carácter general en todos los niveles y para todos los subconjuntos de la sociedad civil, se encuentren o no los mismos ligados por un nexo de tipo nacional. Significa ello que es perfectamente compatible con el principio de autodeterminación la existencia de naciones que libremente decidan dispersarse en distintos Estados y, por otro lado, que debe aceptarse también que dentro de una misma nación y dentro de un mismo Estado, grupos minoritarios decidan secesionarse, separarse o incorporarse a otro Estado en función de sus particulares intereses. Por tanto, ha de evitarse que un determinado grupo nacional, que haya decidido secesionarse de un Estado en el que se encontraba en minoría, utilice igualmente la coacción sistemática que antes sufría para sojuzgar a otros grupos nacionales minoritarios que se encuentren dentro de su propio seno.

El segundo principio esencial que ha de regir la relación entre las distintas naciones es el de la completa libertad de comercio entre las mismas. En efecto, si las naciones se empeñan en fijar fronteras geográficas específicas que las separen estableciendo dificultades a la libertad de comercio y medidas de tipo proteccionista entonces, inevitablemente, surgirá, en mayor o menor medida, la necesidad de organizar su economía y sociedad en base al principio de la autarquía. La autarquía no es viable desde el punto de vista económico porque hoy en día, con el alto grado de desarrollo de la división internacional del trabajo, ninguna zona geográfica dispone de la totalidad de los recursos necesarios para mantener una economía moderna, por lo que una nación proteccionista se vería abocada continuamente a forzar la expansión de sus fronteras con la finalidad de ganar más recursos económicos, materiales y humanos. Significa ello que el proteccionismo en el campo nacional genera inevitablemente la lógica del conflicto y la guerra, que se justifican con la finalidad de expandir las fronteras y ganar más mercados y recursos productivos. Por tanto, el proteccionismo nacional, en última instancia, destruye y sacrifica las propias realidades nacionales en una inevitable guerra de todas las naciones contra todas las naciones. Es fácil comprender que los grandes conflictos bélicos han tenido siempre su origen en el nacionalismo proteccionista y que, por otro lado, los conflictos nacionales que hoy conocemos (Yugoslavia, Oriente Medio, etc.) desaparecerían en un entorno en el que existiera un mercado común con completa libertad de comercio entre todas las naciones implicadas.

En relación con este principio hay que tener en cuenta la siguiente ley económica. A igualdad de circunstancias, conforme una nación se encuentre adscrita a un Estado político más pequeño, mucho más difícil le será imponer el proteccionismo centralista generador de conflicto bélicos y más se verá forzada a aceptar la libertad de comercio. Esto es así porque conforme más pequeño sea el Estado en cuestión, más sentirán sus habitantes la imposibilidad de acceder a mercados y recursos del extranjero si es que no existe una completa libertad de comercio. Y al contrario, conforme mayor sea geográfica y humanamente la organización estatal, más fácilmente se podrá organizar su economía desde el punto de vista autárquico sin que los ciudadanos sean capaces de identificar todo aquello que pierden por no existir libertad de comercio. Esta importante ley económica es, sin duda alguna, un argumento prima facie a favor de la descentralización y la localización política de las naciones en unidades administrativas cuanto más pequeñas mejor [6].

La libertad de comercio no es suficiente sin que exista una paralela y completa libertad de emigración e inmigración. Si no existe la libertad para emigrar e inmigrar, se pueden mantener de manera continuada importantes disparidades de renta entre unos grupos sociales y otros, que tienen su origen en la existencia de un monopolio proteccionista en el mercado de trabajo (constituido, precisamente, por las fronteras y regulaciones que impiden la libertad de inmigración), todo lo cual, en última instancia, puede dar lugar a importantes trastornos y violencias entre unos grupos sociales y otros. Ahora bien, la libertad de emigración e inmigración debe estar, a su vez, sometida a una serie de reglas y principios que impidan que la misma sea utilizada con fines coactivos e intervencionistas contrarios a la libre interacción entre las naciones. Así, la inmigración no debe estar subvencionada por el “Estado del Bienestar”. Aquéllos que inmigren deben hacerlo a su propio riesgo. Si esto no es así, las transferencias forzadas de renta de determinados grupos sociales a otros atraerán como un imán una inmigración artificial que, no sólo abortará los procesos redistributivos sino que, además, dará lugar a importantes conflictos sociales. Se entiende perfectamente la gran amenaza que la inmigración constituye para el “Estado del Bienestar”, y que éste sea el principal responsable del levantamiento de muros a la inmigración en los tiempos modernos. La única solución para la cooperación pacífica de las naciones consiste, por tanto, en desmantelar el “Estado del Bienestar” y establecer una completa libertad de inmigración [7].

En segundo lugar, la libertad de emigración no ha de implicar, en ningún caso, la rápida concesión de voto político a los emigrantes, con la finalidad de evitar la explotación política por parte de las nacionalidades implicadas en los correspondientes flujos de emigración. Aquéllos que emigren han de ser conscientes de que lo hacen trasladándose a un nuevo entorno cultural, en el que presumiblemente mejorarán sus condiciones de vida, pero sin que ello les dé derecho a utilizar los mecanismos de la coacción política (plasmados mediante el voto democrático) para intervenir y modificar los procesos espontáneos de los mercados nacionales a los que llegan. Solamente cuando, después de un dilatado período de tiempo, ya se considere que han absorbido plenamente los principios culturales de la sociedad receptora, se podrá considerar la concesión del correspondiente derecho político al voto [8].

En tercer lugar, los emigrantes o inmigrantes han de poder demostrar que acceden al grupo social que les recibe con la finalidad de aportar su capacidad laboral, técnica o empresarial. Es decir, que van a contar con medios de vida independiente, de manera que no sean una carga para la beneficencia y puedan, como principio general, mantenerse por sí mismos.

Y en cuarto y último lugar, y éste es el principio más importante que ha de regular la emigración, los emigrantes han de respetar escrupulosamente, en general, el derecho material (especialmente penal) del grupo social que les reciba y, en particular, el derecho de propiedad privada vigente en la sociedad a la que lleguen. De esta manera, se evitarán los fenómenos de ocupación masiva (como, por ejemplo, el de las favelas en Brasil, que se han construido siempre sobre terrenos de propiedad ajena). Y es que los problemas más visibles a que da lugar la inmigración suelen tener su origen en que no hay, con carácter preexistente, una clara definición y/o defensa de los derechos de propiedad implicados, por lo que aquéllos que llegan causan inevitablemente un importante número de costes externos a los que allí ya residían, lo cual termina dando lugar a brotes de xenofobia y violencia que tienen un gran coste social. Estos conflictos se minimizan y evitan en su totalidad precisamente en la medida en que se avance en el proceso de privatización de todos los recursos que existan en el cuerpo social.

3. Ventajas económicas y sociales del nacionalismo liberal.

Siempre y cuando se cumplan los principios que hemos explicado en el apartado anterior, las ideas de nación y de nacionalidad, lejos de ser perjudiciales para el proceso de interacción social, son altamente positivas desde el punto de vista liberal, pues enriquecen, refuerzan y ahondan el proceso espontáneo y pacífico de cooperación social. Así, por ejemplo, consideremos un entorno en el que se den los tres principios básicos mencionados, y en concreto los principios de libertad de comercio y libertad de emigración, como es el caso de la actual Comunidad Económica Europea (hoy Unión Europea). Es claro que, en este entorno, ningún Estado-nación por sí sólo puede adoptar medidas intervencionistas o de coacción institucional. Así, por ejemplo, vemos cómo en Europa el nacionalismo actúa como una verdadera válvula de escape en contra de las fuerzas socialistas e intervencionistas defendidas por importantes sectores de la eurocracia, como son los representados por Jacques Delors y otros eurofanáticos. Recordemos que, en cuanto en un determinado Estado o región se intenta establecer una regulación más restrictiva o unos impuestos más altos, inmediatamente las inversiones y los ciudadanos tienden a huir de esa zona y se trasladan hacia otros Estados o naciones con una regulación menos intervencionista y más favorable, en virtud de la existencia de los principios de libertad de comercio y libertad de inmigración. Esto es lo que, por ejemplo, sucedió recientemente con las regulaciones laborales y fiscales en Dijon, Francia, que dieron lugar a que las empresas y fábricas más importantes de esa zona la abandonaran y cerraran sus instalaciones para trasladarse a otras zonas más favorables de la Comunidad Económica Europea, en Escocia y en otras partes del Reino Unido. No es, por tanto, ningún capricho ni contradicción el hecho de que una liberal tan conspicua como Margaret Thatcher, líder de los denominados liberales euroescépticos (entre los que me encuentro) haya defendido el modelo del nacionalismo liberal dentro de la Comunidad Económica Europea frente al del centralismo de Bruselas, puesto que la competencia entre las naciones en un entorno de libertad de comercio tiende a hacer que las medidas y regulaciones más liberales de cada una de ellas se extiendan y apliquen a las demás, por la propia fuerza de la competencia entre unas y otras [9]. Por el contrario, se entiende ahora perfectamente que sea correcta la intuición de los socialistas e intervencionistas que consideran imprescindible la creación de un poderoso Estado federal europeo fuertemente centralizado en Bruselas. En efecto, ninguna medida intervencionista (en el campo laboral, social o fiscal) tendrá éxito si es que no se impone simultáneamente a todos los Estados y naciones miembros de la Comunidad Europea, por lo que los socialistas no tienen más remedio que mover el centro de gravedad de las decisiones políticas desde los Estados-naciones hacia el centro de Europa, dando cada vez más poderes y prerrogativas a los organismos de Bruselas en detrimento de los Estados-naciones que componen la Comunidad. Es curioso, además, la gran miopía de muchos políticos socialistas que, como Felipe González, aún no se ha dado cuenta de que en un Estado federal fuertemente centralizado la importancia de sus propios Estados y naciones se reduce a la mínima expresión. ¿Alguien ha oído hablar alguna vez del jefe del Estado de Tejas? Pues igualmente absurdo será pensar en el papel de un jefe de Estado o rey en el Reino Unido o en España dentro de pocos decenios, si es que las fuerzas centralizadoras en favor de Bruselas que son movidas por el espíritu del socialismo intervencionista europeo terminan, en última instancia, preponderando.

Otro ejemplo que podemos poner de un entorno de libertad de comercio en el que existen diferentes naciones compitiendo entre sí es el de la propia España. Es evidente que se da la libertad de comercio y de inmigración entre las diferentes regiones y nacionalidades de España, lo cual ha dado lugar a que en muchos ámbitos la competencia entre unas zonas y otras haya producido una cierta desregulación que si no ha avanzado más ha sido debido al gran peso que el partido socialista, fuertemente intervencionista y centralizador, ha tenido hasta ahora en todas las regiones de España. Así, recientemente, la Hacienda Foral vasca ha eliminado el impuesto sobre sucesiones, al que se encuentra sometido el resto de los ciudadanos de España (con la excepción de Navarra) y también ha permitido una regularización de balances en flagrante desafío con la voracidad fiscal manifestada por el centralismo socialista de Madrid. También es preciso señalar el caso de Navarra que por razones históricas posee una administración foral única y recauda sus propios impuestos y que, aunque hasta ahora ha utilizado sus prerrogativas históricas con gran timidez, es, en última instancia, el modelo de “administración única” que debería extenderse cuanto antes al resto de las regiones y nacionalidades de España.

4. El Papel del Estado en el Nacionalismo Liberal

El modelo de competencia entre naciones dentro de un entorno sometido a los tres principios mencionados (autodeterminación, libertad de comercio y de inmigración) ha de profundizarse tanto hacia arriba como hacia abajo en la escala de los diferentes niveles de la organización estatal. Así sucede, hacia arriba, en relación con los Estados-naciones que constituyen la Comunidad Económica Europea dentro del modelo de competencia liberal entre los mismos defendido, como hemos visto, por Margaret Thatcher. Esta competencia entre las naciones llevará, ineludiblemente, a liberalizar cada vez más, y a poner cada vez más cotas y dificultades al centralismo dirigista de Bruselas. Pero la aplicación del modelo ha de defenderse, además, hacia abajo, es decir, en relación con las regiones y naciones que constituyen los diferentes Estados de Europa. Tal sería el caso, por ejemplo, de España, y del proceso de las autonomías que, en nuestra opinión, ha de culminar con la administración única para todas las regiones y naciones de España que opten por la misma (siguiendo en cuanto a su contenido el modelo de la Comunidad Foral de Navarra que es, sin duda, el más descentralizado de los posibles).

¿Cuál sería, por tanto, el papel del Estado en el sistema liberal de nacionalidades en competencia que defendemos? Si el Estado ha de tener algún papel, ha de ser, precisamente, el de suponer la encarnación jurídica de los tres principios básicos que hacen posible la cooperación voluntaria y pacífica entre las distintas naciones. Así, en el caso de España, la Corona y el Estado solamente encontrarán en el futuro su razón de ser si garantizan y aseguran los principios esenciales del liberalismo, es decir, de la libertad completa de comercio, de empresa y de emigración, dentro de una zona y entre unas zonas y otras. Y lo mismo, en un ámbito más amplio, puede decirse respecto a la única legítima razón de ser de la Unión Europea enteramente acorde con el originario espíritu fundacional de la misma incluido en el Tratado de Roma. Además, ha de defenderse el principio de que ninguna organización estatal ha de tener atribuciones y competencias que puedan ser desarrolladas por organizaciones estatales más pequeñas e inferiores en la escala política, por lo que, de acuerdo con el principio que defendemos, conforme nos elevemos en dicha escala el contenido político concreto de las organizaciones estatales más tendrá que disminuirse, pasando las mismas a tener competencias cada vez de tipo más estrictamente jurisdiccional (tribunal de derechos humanos, dedicado básicamente a la defensa y la garantía de los principios de la libertad de empresa y de comercio). A estas competencias de tipo jurisdiccional han de añadirse, igualmente, y como válvula adicional de seguridad, unas competencias respecto al establecimiento de los límites máximos de regulación y de gravamen fiscal que puedan ser efectuados por los organismos políticos inferiores. Se trata, en suma, de evitar que las regiones y nacionalidades descentralizadas puedan sojuzgar, como ha ocurrido en Cataluña, a sus ciudadanos de forma impune, a pesar de la existencia formal de libertad de comercio y de inmigración entre unas zonas y otras. Por eso, a los procesos espontáneos de competencia entre unas y otras naciones que normalmente llevarán a un desmantelamiento de las medidas de intervención, es conveniente añadir unos topes máximos de regulación y gravamen fiscal que sean fijados por los Estados y organizaciones políticas superiores, de manera de que éstas tan sólo permitan la competencia hacia abajo en lo que a impuestos y regulación se refiere, pero jamás que los entes descentralizados sobrepasen, en ningún caso, los niveles máximos de carga fiscal y regulación que se establezcan por cada Estado.[10] Por eso, debe abandonarse el proceso de armonización legal establecido en la Comunidad Económica Europea, a través del cual en la mayoría de la ocasiones las medidas intervencionistas de cada país son impuestas en todos los demás, sustituyéndolo por un proceso de competencia desregularizadora entre las diferentes naciones, en el que la Comunidad Económica Europea tan sólo tenga un papel de tipo jurisdiccional (protección de los derechos personales y vigilancia de la libertad de comercio y de inmigración) y, en todo caso, de establecimiento de máximos en cuanto a la capacidad de intervención y regulación económica, social y fiscal de cada Estado.

5. Nacionalismo liberal versus nacionalismo socialista.

Es fácil entender, por tanto, que el origen de los males actuales que generalmente se asocian con el nacionalismo, más que tener su causa en la idea de nacionalidad, tienen su origen en que no se cumplen los tres principios básicos ya analizados del nacionalismo liberal. O dicho de otra forma, que el nacionalismo deja de ser una fuerza positiva para el proceso pacífico de cooperación social y se convierte, como en mayor o menor medida ha sucedido en relación con el actual gobierno de Cataluña, en un semillero de conflictos y sufrimientos precisamente cuando deja de ser liberal y se convierte en un nacionalismo intervencionista o dirigista. Es decir, el error se encuentra en el socialismo, en el intervencionismo y en el ejercicio sistemático de la coacción, y no en el nacionalismo per se. Si bien es preciso reconocer que, en muchas ocasiones, los intervencionistas y socialistas recurren, prostituyéndola, a la idea de nación para alimentar y justificar sus medidas de coacción. Que el origen de los problemas y conflictos se encuentre en el socialismo y en el intervencionismo, y no en el nacionalismo, puede entenderse plenamente analizando cualquier caso que se elija de conflicto nacional. Así, la guerra yugoslava desaparecería de inmediato si se estableciera una completa libertad de inmigración y un mercado común de bienes y servicios en el que se respetasen los derechos de propiedad. También el conflicto establecido por el gobierno de Cataluña en el ámbito de la educación tiene su origen en que ésta es pública, se financia con cargo a impuestos, y se decide políticamente en qué idioma va a efectuarse la enseñanza, coaccionando de manera sistemática a amplísimas capas de la población. En un entorno de libertad de enseñanza (con un bono escolar o algún sistema parecido que garantizara la libertad de elección de los ciudadanos), todo el conflicto que ha creado la Generalitat de Cataluña en el ámbito idiomático desaparecería por completo [11].

6. ¿Es posible que los nacional socialistas se conviertan al nacionalismo liberal?

El análisis del nacionalismo liberal que hemos efectuado hasta ahora posee, además, la virtualidad de permitir dar argumentos muy poderosos a aquellos defensores del ideal nacionalista que, hasta ahora, y malinterpretando las exigencias del mismo, lo han plasmado, en mayor o menor medida, de forma intervencionista o socialista.

Así, a un nacionalista, verdadero amante de la idea de la nación, se le puede argumentar que tan sólo existen dos modelos de cooperación entre las diferentes naciones: o bien el basado en los principios de libertad de comercio, inmigración y autodeterminación ya vistos, o bien el que se basa en el proteccionismo, la intervención y la coacción sistemática. Es, además, fácil de explicar a cualquier nacionalista que el modelo de protección coactiva e intervención frente a otras naciones está abocado ineludiblemente al fracaso. La autarquía a la que da lugar genera una dinámica de guerra y destrucción que, en última instancia, debilitará enormemente aquella nación a la que se quiera defender. No existe, por tanto, viabilidad alguna para el modelo proteccionista de relación entre las distintas naciones. La única alternativa viable, que con carácter general está empezando a ser reconocida entre los propios nacionalistas, es que las naciones han de competir en un plano de igualdad basado en los principios de libertad de comercio y de inmigración.

Ahora bien, suponiendo que se acepta y aplica la libertad de comercio y de inmigración entre las naciones, puede darse un paso más en la argumentación teórica con el nacionalista, y explicarle que si opta por ser, dentro del ámbito de su propia nación, un nacionalista intervencionista y regulador (es decir, en mayor o menor medida, socialista), sus medidas dirigistas se verán abocadas al fracaso si es que por algún procedimiento no logra que se apliquen simultáneamente en todas las naciones con las que compite en un amplio ámbito geográfico. Es decir, que es absurdo establecer medidas de regulación e intervención en un solo Estado-nación (por ejemplo, de la Comunidad Económica Europea) si es que no se logra que a través de una directiva o norma emanada de Bruselas se imponga la misma intervención al resto de los Estados-naciones y regiones de la Comunidad. Por tanto, aquel nacionalista de veleidades intervencionistas y socialistas, en última instancia, si persigue con ahínco y eficacia sus objetivos de intervención, lo único que logrará será traspasar el centro de gravedad de las decisiones políticas y económicas desde la nación que dice defender hasta el centro político del Estado u organización política más amplia a la que pertenezca (Madrid o Bruselas). Es decir, volvemos a darnos cuenta de cómo es correcta la intuición socialista de los Jacques Delors, Felipe González y otros eurofanáticos que, en última instancia, pretenden un reforzamiento continuo de los poderes de Bruselas. Pero lo que parece paradójico y contradictorio es que también muchos líderes nacionalistas hayan defendido, en perjuicio de sus propias naciones, el engrandecimiento de los centros estatales de poder, cuando han perseguido políticas de corte intervencionista.

Desde esta perspectiva no es atrevido afirmar que gran parte de la responsabilidad, por ejemplo, del centralismo madrileño en España, tiene su origen en el propio nacionalismo catalán que, históricamente, a la hora de conseguir y lograr privilegios en su favor (de tipo proteccionista, etc.) no ha dudado jamás en acudir a Madrid para “pactar” y conseguir leyes de ámbito estatal que obligaran a todas las regiones, incrementando, en última instancia, el poder de la capital en perjuicio de la propia nación a la que decían defender. [12] No hay, por tanto, históricamente mayores responsables del centralismo madrileño que los propios miopes nacionalistas catalanes [13]. Y este paradójico resultado histórico parece que está volviéndose a repetir de nuevo en relación con el ámbito más amplio de la Comunidad Económica Europea, a la que ingenuamente recurren los líderes de las distintas regiones y nacionalidades pensando que con ello disminuyen el poder de los Estados-naciones, sin darse cuenta de que el reforzamiento federal de la Comunidad da lugar al engrandecimiento de un poder centralista, el de Bruselas, que eventualmente puede llegar a ser mucho peor. Así se convierten en extraños “compañeros de viaje” los nacionalistas ingenuos que defienden el engrandecimiento de Bruselas en perjuicio de los Estados-naciones, y los ingenuos entusiastas europeístas (como Felipe González y otros) cuya intuición socialista les lleva a reforzar el poder de Bruselas, sin que unos y otros se den cuenta de que ello se efectúa tanto a costa de una continua debilitación de la idea nacional española, y de sus símbolos más esenciales, como es el constituido por la propia monarquía, como a costa de un progresivo debilitamiento del ideal nacional de ámbito regional (cuyas decisiones cada vez cuentan menos en comparación con las que se toman en la Comunidad).

En este campo, como en otros, vemos cómo confluyen los erróneos e ingenuos intereses de nacionalistas y socialistas, todos ellos en perjuicio del verdadero espíritu liberal que ha de regular las relaciones pacíficas, armoniosas y fructíferas entre las distintas naciones.

En todo caso, no hemos de renunciar a utilizar la argumentación racional con los nacionalistas de tipo intervencionista, puesto que aquéllos en los que prepondere el ideal nacionalista sobre la ideología intervencionista o de coacción, puede ser que lleguen a terminar de entender que lo más contrario a la propia idea de nación que defienden son las políticas intervencionistas en todos los órdenes (económico, cultural, lingüístico, etc.) que hasta ahora han venido preconizando.

Quizá una de las explicaciones más plausibles para el nacionalismo intervencionista se encuentre en el complejo de inferioridad y en la falta de seguridad en sí mismas que tienen muchas naciones. Y por eso son precisamente las naciones más en retrogresión y, por tanto, más inseguras, las que de manera más violenta reaccionan contra su propio sino. En principio, podríamos afirmar que conforme una nación se encuentre en un estado de mayor retrogresión (habiendo sido absorbida por otras más ricas y dinámicas), más violentos serán los últimos estertores de su agonía (como lo prueba el caso de la nación vasca y, en menor medida, el de las manifestaciones intervencionistas en el campo lingüístico de la nación catalana). Una nación que esté segura de sí misma, que crea en su futuro y que no tema a la competencia con otras naciones en un plano de igualdad será una nación en la que más fácilmente preponderará el espíritu de cooperación liberal que hemos venido describiendo en este artículo [14].

7. Conclusión: por un nacionalismo liberal

La conclusión del análisis sobre el nacionalismo liberal que hemos efectuado en este artículo ha permitido dilucidar hasta qué punto es coherente y acertada la política de los euroescépticos iniciada por Margaret Thatcher en relación con la Comunidad Económica Europea, frente al ingenuo euroentusiasmo de los políticos europeos de tendencia socialista (Felipe González, Jacques Delors, etc.). Defendamos, por tanto, las naciones en un entorno de libertad de comercio, mercado e inmigración, pues ello es el mejor seguro de vida en contra del dirigismo, la coacción y el intervencionismo. Igualmente, hagamos ver a los miopes nacionalistas de cada Estado que todo lo que no sea el desarrollo del ideal nacional en un entorno de completa libertad va, en última instancia, en perjuicio de la propia idea de nación que ellos dicen defender. La falta de seguridad en sí mismos y de confianza en el valor de los principios culturales e idiomáticos de su nacionalidad les lleva a imponer por la fuerza un proteccionismo idiomático, cultural y económico que, en última instancia, debilita a su propia nación y la hace peligrar en el proceso de competencia liberal con las otras naciones. La nación sólo puede desarrollarse y reforzarse en un entorno de libertad y cuanto antes los nacionalistas se den cuenta de estos principios esenciales, antes abandonarán las trágicas políticas que han adoptado hasta ahora, en perjuicio de sus propias naciones y de las otras naciones con las que forzosamente han de convivir. El nacionalismo liberal, no es sólo la única concepción del nacionalismo compatible con el desarrollo de las naciones, sino que además constituye de cara al futuro el único principio de cooperación armoniosa, pacífica y fructífera entre todos los grupos sociales.

Madrid, 7 de octubre de 1994

Jesús Huerta de Soto

Catedrático de Economía Política – Universidad Rey Juan Carlos de Madrid

Artículo tomado de su página web: http://www.jesushuertadesoto.com/

“Sólo podrá reproducirse total o parcialmente el contenido de este trabajo citando expresamente a su autor y al medio en donde fue originalmente publicado (indicado, en su caso, en la sección de bibliografía del Curriculum vitae). A quienes incumplan esta condición les serán aplicados las leyes civiles y penales que correspondan, a parte de las procedentes indemnizaciones por daños y perjuicios”.


[1] Dedico este artículo a mi buen amigo Alejo Vidal-Quadras, gran catalán, gran español y gran liberal.

[2] Así, por vía de ejemplo, cabe señalar como la Hacienda autonómica vasca, y siguiendo el ejemplo de la regulación foral Navarra, ha eliminado de facto para los vascos el impuesto de sucesiones entre parientes, lo cual supone una muy importante mejora comparativa respecto de los ciudadanos del resto de España.

[3] Sobre la teoría austriaca de las instituciones sociales y el concepto de sociedad, entendida como un proceso espontáneo, puede consultarse a Jesús Huerta de Soto, Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial, Unión Editorial, Madrid, 1992, especialmente las pp. 68-73 y 84-85.

[4] Sobre la consideración de las naciones como órdenes espontáneos o subconjuntos de la sociedad civil que compiten en el proceso social con otros órdenes nacionales debe consultarse el libro de Ludwig von Mises, Nation, State and Economy: Contributions to the Politics and History of our Time, New York University Press, Nueva York y Londres, 1983. Este libro es la traducción al inglés del originariamente publicado por Ludwig von Mises justo después de la I Guerra Mundial con el título de Nation, Staat und Wirtschaft: Beiträge zur Politik und Geschichte der Zeit, Manzsche Verlags-und Universitäts-Buchhandlung, Viena y Leipzig, 1919. Es muy significativo que este importante libro haya sido también publicado hace muy poco en italiano con el título de Stato, Nazione ed Economia, Bollati Boringhieri, Turín, 1994. Las sugestivas ideas de Mises sobre el nacionalismo fueron posteriormente desarrolladas en su notable libro Omnipotent Government: The Rise of the Total State and Total War, Arlington House, Nueva York, 1969 (la primera edición es de 1944 y fue publicada por Yale University Press; existe una traducción al castellano de Pedro Elgóibar publicada con el título de Omnipotencia Gubernamental por Editorial Hermes en Méjico en el año 1946). Ludwig von Mises fue testigo único especialmente cualificado de los graves acontecimientos que desembocaron en las dos guerras mundiales de este siglo y que, con su habitual perspicacia, explica y comenta con gran profundidad en los dos libros mencionados.

[5] Quizá sea más exacto el diagnóstico de Fernando Pessoa que considera que en Iberia existen tres naciones distintas, Castilla, Cataluña y la nación galaico-portuguesa, encuadradas en dos Estados diferentes: España y Portugal. Pessoa no se refiere a la nación vasca, quizá porque la considera una nación en retrogresión casi ya totalmente desaparecida y englobada en otras. Véanse sus artículos “Para o ensaio ‘Iberia'” y “Principios do Nacionalismo Liberal”, incluidos en Fernando Pessoa, Obra Poética e em Prosa, vol. III, Lello & Irmâo -editores, Oporto, 1986, pp. 979-1009 y 1125-1136.

[6] Véase, en este sentido, el interesante artículo de Hans-Hermann Hoppe, “Against Centralization”, publicado en The Salisbury Review, junio de 1993, pp. 26-28.

[7] Sobre las beneficiosas consecuencias del crecimiento de la población y de la inmigración deben consultarse los trabajos de Julian L. Simon y, en concreto, su Population Matters: People, Resources, Environment and Immigration, Transaction Publishers, Londres, 1990.

[8] En esta circunstancia se encuentra la mayoría de la población de Cataluña y, sobre todo, del País Vasco cuya nacionalidad es básicamente castellana y cuyos derechos políticos nadie puede discutir, pues llevan muchos años, e incluso generaciones, residiendo en dichas zonas geográficas.

[9] Este fenómeno es el que precisamente pretenden evitar los líderes socialistas europeos, y en concreto Felipe González, cuando critican despectivamente a “la Europa de los mercaderes” que se diseñó en el Tratado de Roma, y pretenden la creación de un “espacio social” e intervencionista europeo.

[10] Es misión, por tanto, de los Estados, encuadrada dentro del ámbito exclusivamente jurisdiccional de defensa de los derechos personales y de libertad de comercio, el prohibir, por ejemplo, las limitaciones a los horarios comerciales y otras medidas de intervención coactiva que han sido recientemente tomadas en Cataluña y en otras regiones españolas, y que, por su especial y propia naturaleza, se encuentran más al abrigo de los beneficiosos efectos de la competencia inter-regional.

[11] En palabras de Mises: “The way to eternal peace does not lead through strengthening state and central power, as socialism strives for. The greater the scope the state claims in the life of the individual and the more important politics becomes for him, the more areas of friction are thereby created in territories with mixed population. Limiting State power to a minimum, as liberalism sought, would considerably soften the antagonisms between different nations that live side by side in the same territory. The only true national autonomy is the freedom of the individual against the state and society. The ‘statification’ of life and of the economy leads with necessity to the struggle of nations”. Véase Nation, State and Economy, ob. cit., p. 96.

[12] Esto es lo que históricamente sucedió cuando se impuso el proteccionismo catalán a la Castilla librecambista, o en el caso de la promulgación de la ley de quiebras, hecha a medida de las exigencias de Cataluña tras la quiebra del Banco de Barcelona, o más recientemente, en el apoyo político al régimen dirigista y corrompido que actualmente ocupa el poder en Madrid en perjuicio del resto de España, gracias al soporte que recibe del nacionalismo catalán.

[13] Como muy bien ha demostrado Ludwig von Mises, “within a system of interventionism the absence of inter-State trade barriers shifts the political centre of gravity to the federal government.” Véase Omnipotent Government, ob. cit., pp. 268 y ss. en las que se explica con todo detalle las razones de teoría económica que llevan a que, en un entorno de libertad de comercio, las medidas de intervención y socialización siempre sean en perjuicio de las naciones que constituyen el Estado y a favor del centro político del mismo.

[14] “A nation that believes in itself and its future, a nation that means to stress the sure feeling that its members are bound to one another not merely by accident of birth but also by the common possession of a culture that is valuable above all to each of them, would necessarily be able to remain unperturbed when it saw individual persons shift to other nations. A people conscious of its own worth would refrain from forcibly retaining those who wanted to move away and from forcibly incorporating into the national community those who were not joining it of their own free will. To let the attractive force of its own culture prove itself in free competition with other peoples – that alone is worthy of a proud nation, that alone would be true national and cultural policy. The means of power and of political rule were in no way necessary for that.” Ludwig von Mises, Nation, State and Economy, ob. cit., p. 76. Pocas veces se han escrito unas palabras de mayor contenido, valentía y exactitud que éstas de Ludwig von Mises en relación con el concepto y el ideal del nacionalismo liberal.

La Escuela Austríaca Moderna frente a la Neoclásica*

por Jesús Huerta de Soto

“Lo que distingue a la Escuela Austríaca y habrá de proporcionarle fama inmortal es precisamente el hecho de haber desarrollado una teoría de la acción económica y no de la ‘no acción’ o ‘equilibrio económico’ ” Mises (1978), pág. 36.

La caída hace pocos años del socialismo real y la crisis que viene sintiéndose en el Estado del Bienestar han supuesto un duro golpe en contra del programa de investigación, mayoritariamente neoclásico, que hasta ahora sustentaba la ingeniería social, a la vez que parecen confirmar en gran medida las conclusiones del análisis teórico sobre la imposibilidad del socialismo desarrollado por la Escuela Austríaca de Economía. Por otro lado, en 1996 se cumplió el 125 aniversario de la Escuela Austríaca que, como es sabido, nació oficialmente en 1871 con la publicación de los Grundsätze de Carl Menger(1). Parece por tanto muy oportuno en los actuales momentos volver a analizar las diferencias y ventajas comparativas de ambos enfoques, el austríaco y el neoclásico, tanto a la luz de los últimos acontecimientos como de la propia evolución más reciente del pensamiento económico.

El presente trabajo se divide en dos apartados. En el primero, se exponen y comentan de forma detallada en qué consisten las principales características diferenciadoras entre ambos enfoques (el austríaco y el neoclásico). En el segundo, se contesta a las críticas más comunes que se han efectuado al moderno enfoque austríaco.

l. Las diferencias esenciales entre la escuela austríaca y la neoclásica

Quizá una de las principales carencias que puedan achacarse a los programas de estudio de las facultades de Economía sea que hasta ahora no han dado una visión completa e integrada de los elementos esenciales del moderno paradigma austríaco vis-a-vis el dominante enfoque neoclásico. En el cuadro n° 1 se intenta cubrir esta laguna de una manera completa y a la vez clara y sintética, de forma que sea posible entender de un simple vistazo los diferentes puntos de oposición entre ambos enfoques que, a continuación, se pasan a comentar brevemente.

l. l. La teoría de la acción de los austríacos frente a la teoría de la decisión de los neoclásicos

Para los teóricos austríacos la Ciencia Económica se concibe como una teoría de la acción más que de la decisión, y ésta es una de las características que más les diferencian de sus colegas neoclásicos. En efecto, el concepto de acción humana engloba y supera con mucho al concepto de decisión individual. En primer lugar, para los austríacos el concepto relevante de acción incluye, no sólo el hipotético proceso de decisión en un entorno de conocimiento “dado” sobre los fines y los medios, sino, sobre todo y esto es lo más importante, “la percepción misma del sistema de fines y medios”(2) en el seno del cual tiene lugar la asignación económica que con carácter excluyente estudian los neoclásicos.

Además, lo importante para los austríacos no es que se tome una decisión, sino que la misma se lleve a cabo en forma de una acción humana a lo largo de cuyo proceso (que eventualmente puede llegar o no a culminarse) se producen una serie de interacciones y procesos de coordinación cuyo estudio precisamente constituye para los austríacos el objeto de investigación de la Economía. Ésta, lejos de ser una teoría sobre la elección o decisión, es una teoría sobre los procesos de interacción social, que podrán ser más o menos coordinados según cuál sea la perspicacia mostrada en el ejercicio de la acción empresarial por parte de los diversos actores implicados(3).

Por eso, los austríacos son especialmente críticos de la estrecha concepción de la Economía que tiene su origen en Robbins y en su conocida definición de la misma como ciencia que estudia la utilización de medios escasos susceptibles de usos alternativos para la satisfacción de las necesidades humanas(4). La concepción de Robbins implícitamente supone un conocimiento dado de los fines y los medios, con lo que el problema económico queda reducido a un problema técnico de mera asignación, maximización u optimización, sometido a unas restricciones que se suponen también conocidas. Es decir, la concepción de la Economía en Robbins corresponde al corazón del paradigma neoclásico y es completamente ajena a la metodología de la Escuela Austríaca tal y como hoy se entiende.

En efecto, el hombre robbinsiano es un autómata o caricatura del ser humano que se limita a reaccionar de forma pasiva ante los acontecimientos. Frente a esta concepción de Robbins, hay que destacar la postura de Mises, Kirzner y el resto de los austríacos que consideran que el hombre, más que asignar medios dados a fines también dados, lo que realmente hace es buscar constantemente nuevos fines y medios, aprendiendo del pasado y usando su imaginación para descubrir y crear (mediante la acción) el futuro. Por eso, para los austríacos la Economía queda subsumida o integrada dentro de una ciencia mucho más general y amplia, una teoría general de la acción humana (y no de la decisión humana).Según Hayek, si para esta ciencia general de la acción humana “a name is needed, the term praxeological sciences now clearly defined and extensively used by Ludwig von Mises would appear to be most appropriate”(5).

Cuadro 1: DIFERENCIAS ESENCIALES ENTRE LA ESCUELA AUSTRÍACA Y LA NEOCLÁSICA
 (Puntos de comparación) Paradigma austríaco Paradigma neoclásico
1. Concepto de lo económico (principio esencial): Teoría de la acción humana entendida como un proceso dinámico (praxeología). Teoría de la decisión: maximización sometida a restricciones (concepto estrecho de “racionalidad”).
2. Punto de vista metodológico: Subjetivismo  Estereotipo del individualismo metodológico (objetivista).
3. Protagonista de los procesos sociales: Empresario creativo.  Homo oeconomicus. 
4. Posibilidad de que los actores se equivoquen a priori y naturaleza del beneficio empresarial: Se concibe la posibilidad de cometer errores empresariales puros que hubieran podido evitarse con más perspicacia empresarial para darse cuenta de las oportunidades de ganancia. No se concibe que existan errores de los que uno pueda arrepentirse, pues todas las decisiones pasadas se racionalizan en términos de costes y beneficios. Los beneficios empresariales se consideran como la renta de un factor más de producción.
5. Concepción de la información: El conocimiento y la información son subjetivos, están dispersos y cambian constantemente (creatividad empresarial). Distinción radical entre conocimiento científico (objetivo) y práctico (subjetivo). Se supone información plena (en términos ciertos o probabilísticos) de fines y medios que es objetiva y constante. No distinguen entre conocimiento práctico (empresarial) y científico.
6. Foco de referencia: Proceso general con tendencia coordinadora. No se distingue entre la micro y la macro: todos los problemas económicos se estudian de forma interrelacionada. Modelo de equilibrio (general o parcial). Separación entre la micro y la macroeconomía.
7. Concepto de “competencia”: Proceso de rivalidad empresarial. Situación o modelo de “competencia perfecta”.
8. Concepto de coste: Subjetivo (depende de la perspicacia empresarial para descubrir nuevos fines alternativos).  Objetivo y constante (se puede conocer por un tercero y medir).
9. Formalismo: Lógica verbal (abstracta y formal) que da entrada al tiempo subjetivo y a la creatividad humana. Formalismo matemático (lenguaje simbólico propio del análisis de fenómenos atemporales y constantes).
10. Relación con el mundo empírico: Razonamiento apriorístico-deductivos: Separación radical y, a la vez, coordinación entre teoría (ciencia) e historia (arte). La historia no puede contrastar teorías. Contrastación empírica de las hipótesis (al menos retóricamente).
11. Posibilidades de predicción específica: Imposible, pues lo que suceda depende de un conocimiento empresarial futuro aún no creado. Sólo son posibles pattern predictions de tipo cualitativo y teórico sobre las consecuencias de descoordinación del intervencionismo. La predicción es un objetivo que se busca de forma deliberada.
12. Responsable de la predicción: El empresario. El analista económico (ingeniero social).
13. Estado actual del paradigma: Notable resurgimiento en los últimos 20 años (especialmente tras la crisis del keynesianismo y la caída del socialismo real). Situación de crisis y cambio acelerado.
14. Cantidad de “capital humano” invertido: Minoritario, pero creciente.  Mayoritario y con signos de dispersamiento y disgregación. 
15. Tipo de “capital humano” invertido: Teóricos y filósofos multidisciplinares. Liberales radicales. Especialistas en intervenciones económicas (piecemeal social engineering). Grado muy variable de compromiso con la libertad.
16. Aportaciones más recientes: • Análisis crítico de la coacción institucional • Teoría de la Elección Pública.
  (socialismo e intervencionismo). • Análisis económico de la familia.
  • Teoría de la banca libre y de los ciclos económicos. • Análisis económico del derecho.
  • Teoría evolutiva de las instituciones (jurídicas, morales). • Nueva macroeconomía clásica.
  • Teoría de la función empresarial. • Teoría económica de la “información” (economics of information).
  • Análisis crítico de la “Justicia Social”. • Nuevos Keynesianos.
17. Posición relativa de diferentes autores: ROTHBARD: MISES, HAYEK, KIRZNER. COASE DEMSETZ SAMUELSON BUCHANAN STIGLITZ FRIEDMAN-BECKER

1.2. El subjetivismo austríaco frente al objetivismo neoclásico

Un segundo aspecto de importancia capital para los austríacos es el del subjetivismo(6).

Para los austríacos la concepción subjetivista consiste en el intento de construir la Ciencia Económica partiendo siempre del ser humano real de carne y hueso, considerado como actor creativo y protagonista de todos los procesos sociales. Por eso, para Mises “la teoría económica no trata sobre cosas y objetos materiales; trata sobre los hombres, sus apreciaciones y, consecuentemente, sobre las acciones humanas que de aquéllas se deriven.

Los bienes, mercancías, las riquezas y todas las demás nociones de la conducta, no son elementos de la naturaleza, sino elementos de la mente y de la conducta humana. Quien desee entrar en este segundo universo debe olvidarse del mundo exterior, centrando su atención en lo que significan las acciones que persiguen los hombres”(7). Por eso, para los austríacos, y en gran medida a diferencia de los neoclásicos, las restricciones en Economía no vienen impuestas por fenómenos objetivos o factores materiales del mundo exterior (por ejemplo, las reservas de petróleo), sino por el conocimiento humano empresarial (el descubrimiento, por ejemplo, de un carburador que duplique la eficiencia de los motores de explosión tiene el mismo efecto económico que una duplicación del total de reservas físicas de petróleo).

1.3. El empresario austríaco frente al homo oeconomicus neoclásico

La función empresarial es la fuerza protagonista en la teoría económica austríaca, mientras que, por el contrario, brilla por su ausencia en la ciencia económica neoclásica. Y es que la función empresarial es un fenómeno propio del mundo real que siempre está en desequilibrio y que no puede jugar ningún papel en los modelos de equilibrio que absorben la atención de los autores neoclásicos. Además, los neoclásicos consideran que la función empresarial es un factor más de producción que puede asignarse en función de los beneficios y costes esperados, sin darse cuenta de que, al analizar al empresario de esta forma, caen en una contradicción lógica insoluble: demandar recursos empresariales en función de sus beneficios y costes esperados implica pensar que se dispone de una información hoy (valor probable de sus beneficios y costes futuros) antes de que la misma haya sido creada por la propia función empresarial. Es decir, la principal función del empresario consiste en crear y descubrir nueva información que antes no existía y, mientras tal proceso de creación de información no se lleve a cabo, la misma no existe ni puede ser sabida, por lo que no hay forma humana de efectuar con carácter previo ninguna decisión asignativa de tipo neoclásico en base a los beneficios y costes esperados.

Por otro lado, hoy existe práctica unanimidad entre los economistas austríacos a la hora de considerar una falacia la creencia de que el beneficio empresarial se deriva de la simple asunción de riesgos. El riesgo, por el contrario, no da lugar sino a un coste más del proceso productivo, que nada tiene que ver con el beneficio empresarial puro(8).

1.4. La posibilidad del error empresarial puro (austríacos) frente a la racionalización a posteriori de todas las decisiones (neoclásicos)

No suele apreciarse el muy diferente papel que el concepto de error juega en la Escuela Austríaca y en la Escuela Neoclásica. Para los austríacos, es posible que se cometan errores empresariales puros (sheer entrepreneurial errors) siempre que una oportunidad de ganancia permanece sin ser descubierta por los empresarios en el mercado. Es precisamente la existencia de este tipo de error el que da lugar al beneficio empresarial puro (pure entrepreneurial profit). Por el contrario, para los neoclásicos nunca existen errores genuinos de tipo empresarial de los que uno deba arrepentirse a posteriori (regrettable errors). Esto es así porque los neoclásicos racionalizan todas las decisiones que se han tomado en el pasado en términos de un supuesto análisis coste-beneficio efectuado en el marco de una operativa de maximización matemática sometida a restricciones. Por eso, los beneficios empresariales puros no tienen razón de ser en el mundo neoclásico y éstos, cuando se mencionan, se consideran simplemente como el pago de los servicios de un factor más de producción, o como la renta derivada de la asunción de un riesgo(9).

1.5. La información subjetiva de los austríacos frente a la información objetiva de los neoclásicos

Los empresarios son constantes generadores de nueva información, que tiene un carácter esencialmente subjetivo, práctico, disperso y difícilmente articulable(10). Por tanto, la percepción subjetiva de la información es un elemento esencial de la metodología austríaca que está ausente en la economía neoclásica, pues ésta siempre tiende a tratar la información de una forma objetiva. Y es que la mayor parte de los economistas no se dan cuenta de que cuando austríacos y neoclásicos utilizan el término información, están refiriéndose a realidades radicalmente distintas. En efecto, para los neoclásicos la información es algo objetivo que, al igual que las mercancías, se compra y vende en el mercado como resultado de una decisión maximizadora. Esta “información”, almacenable en diferentes soportes, no es en forma alguna información en el sentido subjetivo de los austríacos: conocimiento práctico, relevante, subjetivamente interpretado, sabido y utilizado por el actor en el contexto de una acción concreta. Por eso los austríacos critican a Stiglitz y a otros teóricos neoclásicos de la información por no haber sido capaces de integrar su teoría sobre la información con la función empresarial, que siempre es su fuente generadora y protagonista, cosa que los economistas austríacos sí que han hecho. Además, para los austríacos, Stiglitz no termina de entender que la información es siempre subjetiva y que los mercados que denomina “imperfectos”, más que generar “ineficiencias” (en el sentido neoclásico) dan pie a que surjan oportunidades potenciales de ganancia empresarial, que tienden a ser descubiertas y aprovechadas por los empresarios en el proceso de coordinación empresarial que continuamente impulsan en el mercado(11).

1.6. El proceso empresarial de coordinación de los austríacos frente a los modelos de equilibrio (general y/o parcial) de los neoclásicos

Los economistas neoclásicos suelen ignorar en sus modelos de equilibrio la fuerza coordinadora que para los austríacos tiene la función empresarial. En efecto, ésta no sólo crea y transmite información sino que, lo que es aún más importante, impulsa la coordinación entre los comportamientos desajustados de la sociedad. Toda descoordinación social se plasma en una oportunidad de ganancia que queda latente para ser descubierta por los empresarios. Una vez que el empresario se da cuenta de esa oportunidad de ganancia y actúa para aprovecharla, la misma desaparece y se produce un proceso espontáneo de coordinación, que es el que explica la tendencia que existe hacia el equilibrio en toda economía real de mercado. Además, el carácter coordinador de la función empresarial es el único que hace posible la existencia de la teoría económica como ciencia, entendida ésta como un corpus teórico de leyes de coordinación que explican los procesos sociales(12).

Este enfoque explica que los economistas austríacos estén interesados en estudiar el concepto dinámico de competencia (entendido como un proceso de rivalidad), mientras los economistas neoclásicos se centran exclusivamente en los modelos de equilibrio propios de la estática comparativa (competencia “perfecta”, monopolio, competencia “imperfecta” o monopolística)(13). Para Mises, y de acuerdo con la cita que encabeza este artículo, no tiene sentido la construcción de la Ciencia Económica basada en el modelo de equilibrio y en el que se supone que toda la información relevante para construir las correspondientes funciones de oferta y demanda se considera “dada”. El problema económico fundamental para los austríacos es otro bien distinto: estudiar el proceso dinámico de coordinación social en el que los diferentes individuos empresarialmente generan de manera continua nueva información (que jamás está “dada”) al buscar los fines y los medios que consideran relevantes en el contexto de cada acción en que se ven inmersos, estableciendo con ello, sin darse cuenta, un proceso espontáneo de coordinación. Para los austríacos por tanto, el problema económico fundamental no es de naturaleza técnica o tecnológica, como lo suelen concebir los teóricas del paradigma neoclásico, al suponer que los fines y los medios están dados, planteando el problema económico como si se tratara de un mero problema técnico de optimización. Es decir, para los austríacos, el problema económico fundamental no consiste en la maximización de una función objetivo conocida sometida a restricciones también conocidas, sino que, por el contrario, es estrictamente económico: surge cuando los fines y los medios son muchos, compiten entre sí, el conocimiento en cuanto a los mismos no está dado, sino que se encuentra disperso en la mente de innumerables seres humanos que constantemente lo están creando y generando ex novo y, por tanto, ni siquiera se pueden conocer todas las posibilidades y alternativas existentes, ni la intensidad relativa con la que se quiere perseguir cada una de ellas(14).

Es más es preciso darse cuenta de que incluso aquellas acciones humanas que más parezcan meramente maximizadoras y optimizadoras poseen siempre un componente empresarial, pues es preciso que el actor implicado en las mismas se haya dado previamente cuenta de que tal curso de acción, tan autómata, mecánico y reactivo es lo más conveniente dadas las circunstancias concretas del caso en que se encuentra. Es decir, la concepción neoclásica no es sino un caso particular, relativamente poco importante, que queda englobado y subsumido en la concepción austríaca, que es mucho más general, rica y explicativa de la realidad social.

Además, para los austríacos ningún sentido tiene la separación radical en compartimentos estancos entre la micro y la macroeconomía, tal y como se efectúa por los economistas neoclásicos. Por el contrario, los problemas económicos han de estudiarse conjuntamente e interrelacionados entre sí, sin distinguir entre la parte micro y macro de los mismos. La radical separación entre los aspectos “micro” y “macro” de la Ciencia Económica es una de las insuficiencias más características de los modernos libros de texto y manuales introductorios de Economía Política, que en vez de proporcionar un tratamiento unitario de los problemas económicos, como intentan Mises y los economistas austríacos, siempre presentan la Ciencia Económica dividida en dos disciplinas distintas (la “micro” y la “macroeconomía”) que carecen de conexión entre sí y que, por tanto, pueden estudiarse separadamente. Como bien indica Mises, esta separación tiene su origen en la utilización de conceptos que, como el de nivel general de precios, ignoran la aplicación de la teoría subjetiva y marginalista del valor al dinero y siguen anclados en la etapa precientífica de la economía en la que el análisis aún se intentaba efectuar en términos de clases globales o agregados de bienes, más que en términos de unidades incrementales o marginales de los mismos. Esto explica el porqué se ha desarrollado toda una “disciplina” basada en el estudio de las supuestas relaciones mecánicas existentes entre agregados macroeconómicos cuya conexión con la acción humana es muy difícil, si no imposible, de entender(15).

En todo caso, los economistas neoclásicos han convertido el modelo de equilibrio en su centro focal de investigación. En él se supone que toda la información está dada (bien en términos ciertos o probabilísticos) y que existe un ajuste perfecto entre las diferentes variables. Desde el punto de vista austríaco, el principal inconveniente de la metodología neoclásica es que, al suponerse la existencia de un ajuste perfecto entre las variables y parámetros, muy fácilmente puede llegarse a conclusiones erróneas en cuanto a las relaciones de causa-efecto que existen entre los diferentes conceptos y fenómenos económicos. De esta manera, el equilibrio actuaría como una especie de velo que impediría al teórico el llegar a descubrir la verdadera dirección que existe en las relaciones de causa y efecto que se dan en las leyes económicas. Y es que, para los economistas neoclásicos, más que leyes de tendencia unidireccionales, lo que existe es una mutua determinación (circular) de tipo funcional entre los diferentes fenómenos, cuyo origen inicial (la acción humana) permanece oculto o se considera carente de interés(16).

1.7. El carácter subjetivo que los costes tienen para los austríacos frente al coste objetivo de los neoclásicos

Otro elemento esencial de la metodología austríaca es su concepción puramente subjetiva de los costes. Muchos autores consideran que esta idea sin mucha dificultad puede incorporarse dentro del paradigma dominante neoclásico. Sin embargo, los neoclásicos tan sólo incorporan de forma retórica el carácter subjetivo de los costes y al final, aunque mencionen la importancia del concepto de “coste de oportunidad”, siempre lo incluyen en sus modelos de una manera objetivizada. En todo caso, para los austríacos, coste es el valor subjetivo que el actor da a aquellos fines a los que renuncia cuando decide seguir y emprender un determinado curso de acción. Es decir, no hay costes objetivos, sino que éstos continuamente deberán ser descubiertos en cada circunstancia mediante la perspicacia empresarial de cada actor. En efecto, puede ser que pasen desapercibidas muchas posibilidades alternativas que, una vez descubiertas, cambian radicalmente la concepción subjetiva de los costes por parte de cada empresario. No existen, por tanto, coste objetivos que tiendan a determinar el valor de los fines, sino que la realidad es justo la contraria: los costes como valores subjetivos se asumen (y, por tanto, vienen determinados) en función del valor subjetivo que los fines que realmente se persiguen (bienes finales de consumo) tienen para el actor. Por eso, para los economistas austríacos, son los precios de los bienes finales de consumo, como plasmación en el mercado de las valoraciones subjetivas, los que determinan los costes en los que se está dispuesto a incurrir para producirlos, y no al revés como tan a menudo dan a entender los economistas neoclásicos.

1.8. El formalismo verbal de los austríacos frente a la formación matemática de los neoclásicos

Otro aspecto de interés es la diferente posición de ambas escuelas respecto de la utilización del formalismo matemático en el análisis económico. Ya desde sus orígenes, el fundador de la Escuela Austríaca, Carl Menger, se cuidó en señalar que la ventaja del lenguaje verbal es que podía recoger las esencias (das Wesen) de los fenómenos económicos, cosa que no permite efectuar el lenguaje matemático. En efecto, en una carta de 1884 que escribió a Walras, Menger se preguntaba: “¿Cómo se podrá alcanzar el conocimiento de la esencia, por ejemplo, del valor, de la renta de la tierra, del beneficio empresarial, de la división del trabajo, del bimetalismo, etc., mediante métodos matemáticos?”(17). El formalismo matemático es especialmente adecuado para recoger los estados de equilibrio que estudian los economistas neoclásicos, pero no permite incorporar la realidad subjetiva del tiempo ni mucho menos la creatividad empresarial que son características esenciales del discurso analítico de los austríacos. Quizá Hans Mayer haya resumido mejor que nadie cuáles son las insuficiencias del formalismo matemático en economía al manifestar que “In essence there is an immanent, more or less disguised, fiction at the heart of mathematical equilibrium theories: that is, they bind together in simultaneous equations, non-simultaneous magnitudes operative in genetic-causal sequence as if this existed together at the same time. A state of affairs is synchronized in the static approach, whereas in reality we are dealing with a process. But one simply cannot consider a generative process ‘statically’ as a state of rest, without eliminating precisely that which makes it what it is”(18). Esto hace que para los austríacos muchas de las teorías y conclusiones del análisis neoclásico del consumo y de la producción carezcan de sentido. Así, por ejemplo, la denominada “ley de la igualdad de las utilidades marginales ponderadas por los precios” cuyos fundamentos teóricos son muy dudosos. En efecto, esta ley supone que el actor es capaz de valorar de forma simultánea la utilidad de todos los bienes a su disposición, ignorándose que toda acción es secuencial y creativa, así como que los bienes no se valoran a la vez igualando su supuesta utilidad marginal, sino uno después del otro, en el contexto de etapas y acciones distintas, para cada una de las cuales la correspondiente utilidad marginal no sólo puede ser diferente, sino que ni siquiera es comparable(19). En suma, para los austríacos el uso de las matemáticas en economía resulta vicioso porque las mismas unen sincrónicamente magnitudes que son heterogéneas desde el punto de vista temporal y de la creatividad empresarial. Por esta misma razón, para los economistas austríacos, tampoco tienen sentido los criterios axiomáticos de racionalidad que utilizan los economistas neoclásicos. En efecto, si un actor prefiere A a B y B a C, puede perfectamente preferir C a A, sin necesidad de dejar de ser “racional” o coherente, si es que, simplemente, ha cambiado de opinión (aunque sólo sea durante la centésima de segundo que dure en su propio razonamiento el planeamiento de este problema)(20). Y es que para los austríacos los criterios neoclásicos de racionalidad confunden la constancia con la coherencia.

1.9. La conexión con el mundo empírico: el diferente sentido del concepto de “predicción”

Por último, la distinta relación con el mundo empírico y las diferencias en cuanto a las posibilidades de la predicción oponen radicalmente el paradigma de la Escuela Austríaca al de la Escuela Neoclásica. En efecto, para los austríacos, el hecho de que el científico “observador” no pueda hacerse con la información subjetiva que continuamente están creando y descubriendo de manera descentralizada los actores-empresarios “observados” que protagonizan el proceso social, justifica su creencia en la imposibilidad teórica de efectuar contrastaciones empíricas en economía. De hecho, los austríacos consideran que son las mismas razones que determinan la imposibilidad teórica del socialismo las que explicarían que tanto el empirismo, como el análisis coste-beneficio o el utilitarismo en su interpretación más estrecha, no sean viables en nuestra Ciencia. Y es que es irrelevante que sea un científico o un gobernante los que vanamente intenten hacerse con la información práctica relevante en cada caso para contrastar teorías o dar un contenido coordinador a sus mandatos. Si ello fuera posible, tan factible sería utilizar esta información para coordinar la sociedad vía mandatos coactivos (socialismo e intervencionismo) como para contrastar empíricamente las teorías económicas. Sin embargo, por las mismas razones, primero, del inmenso volumen de información de que se trata; segundo, por la naturaleza de la información relevante (diseminada, subjetiva y tácita); tercero, por el carácter dinámico del proceso empresarial (no se puede transmitir la información que aún no ha sido generada por los empresarios en su proceso de constante creación innovadora); y cuarto, por el efecto de la coacción y de la propia “observación” científica (que distorsiona, corrompe, dificulta o simplemente imposibilita la creación empresarial de información), tanto el ideal socialista como el ideal positivista o el estrechamente utilitarista son imposibles desde el punto de vista de la teoría económica austríaca.

Estos mismos argumentos son también aplicables para justificar la creencia de los austríacos en la imposibilidad teórica de efectuar predicciones específicas (es decir, referentes a coordenadas de tiempo y lugar determinados y con un contenido empírico cuantitativo) en economía. Lo que suceda mañana no puede conocerse científicamente hoy, pues depende en gran parte de un conocimiento e información que aún no se han generado empresarialmente y que hoy todavía no pueden saberse; en economía, por tanto, tan sólo pueden efectuarse, como mucho, “predicciones de tendencia” de tipo general, que Hayek denomina pattern predictions. Estas predicciones serán de naturaleza esencialmente cualitativa y teórica y relativas, como mucho, a la previsión de los desajustes y efectos de descoordinación social que produce la coacción institucional (socialismo e intervencionismo) que se ejerce sobre el mercado.

Además, hay que recordar la inexistencia de hechos objetivos que sean directamente observables en el mundo exterior, y que se deriva de la circunstancia de que, de acuerdo con la concepción subjetivista de los austríacos, los objetos de investigación en economía no son sino las ideas que otros tienen sobre lo que persiguen y hacen. Éstas no son nunca directamente observables, sino tan sólo interpretables en términos históricos Para interpretar la realidad social que constituye la Historia, es preciso disponer de una teoría previa, requiriéndose además un juicio de relevancia no científico (verstehen o comprensión) que no es objetivo sino que puede variar de uno a otro historiador convirtiendo su disciplina (la Historia) en un verdadero arte.

Finalmente los austríacos consideran que los fenómenos empíricos son continuamente variables, de manera que en los acontecimientos sociales no existen parámetros ni constantes, sino que todos son “variables”, lo cual hace muy difícil, si no imposible, el objetivo tradicional de la econometría, así como el programa metodológico positivista en cualquiera de sus versiones (desde el verificacionismo más ingenuo al falsacionismo popperiano más sofisticado). Frente al ideal positivista de los neoclásicos, los economistas austríacos pretenden construir su disciplina de una manera apriorística y deductiva. Se trata, en suma, de elaborar todo un arsenal lógico deductivo(21) a partir de unos conocimientos autoevidentes (axiomas tal como el propio concepto subjetivo de acción humana con sus elementos esenciales) que, o bien surgen por introspección de la experiencia íntima del científico, o bien se considera que son autoevidentes porque nadie puede discutirlos sin autocontradecirse(22). Este arsenal teórico es imprescindible, de acuerdo con los austríacos, para interpretar adecuadamente ese magma en apariencia inconexo de complejos fenómenos históricos que constituye el mundo social, así como para elaborar una historia hacia el pasado o una prospección de eventos hacia el futuro (que es la misión propia del empresario) con un mínimo de coherencia, de garantías y de posibilidades de éxito. Se entiende ahora la gran importancia que los austríacos, en general, asignan a la Historia como disciplina, y a su intento de diferenciarla convenientemente de la teoría económica, relacionándola a la vez adecuadamente con la misma(23).

Hayek denomina “cientismo” (scientism) a la indebida aplicación del método propio de las ciencias de la naturaleza al campo de las ciencias sociales. Así, en el mundo natural, existen constantes y relaciones funcionales que permiten la aplicación del lenguaje matemático y la realización de experimentos cuantitativos en un laboratorio. Sin embargo, para los austríacos en economía, y a diferencia de lo que sucede en el mundo de la física y de las ciencias naturales, no existen relaciones funcionales (ni, por tanto, funciones de oferta, ni de demanda ni de costes ni de ningún otro tipo). Recordemos que, matemáticamente, y según la teoría de conjuntos, una función no es sino una correspondencia o proyección biyectiva entre los elementos de dos conjuntos denominados “conjunto original” y “conjunto imagen”. Pues bien, dada la innata capacidad creativa del ser humano que continuamente está generando y descubriendo nueva información en cada circunstancia concreta en la que actúa respecto de los fines que pretende perseguir y los medios que considera a su alcance para lograrlos, es evidente que en economía no se dan ninguno de los tres elementos que son precisos para que exista una relación funcional: a) no están dados ni son constantes los elementos del conjunto origen; b) no están dados ni son constantes los elementos que constituyen el conjunto imagen; y c), y esto es lo más importante, las correspondencias entre los elementos de uno y otro conjunto tampoco están dadas, sino que varían continuamente como resultado de la acción y de la capacidad creativa del ser humano. De manera que en nuestra Ciencia, y de acuerdo con los austríacos, la utilización de funciones exige introducir un presupuesto de constancia en la información que elimina radicalmente al protagonista de todo proceso social: el ser humano dotado de una innata capacidad empresarial creativa. El gran mérito de los austríacos consiste en haber demostrado que es perfectamente posible elaborar todo el corpus de la teoría económica lógicamente(24), es decir, sin necesidad de utilizar funciones ni de establecer supuestos de constancia que no encajan con la naturaleza creativa del ser humano, que es el verdadero y único protagonista de todos los procesos sociales que constituyen el objeto de investigación de la Ciencia Económica. Hasta los economistas neoclásicos más conspicuos han tenido que admitir que existen importantes leyes económicas (como la teoría de la evolución y la selección natural) que no son empíricamente contrastables(25). Los austríacos han insistido especialmente en las insuficiencias de los estudios empíricos cara a impulsar el desarrollo de la teoría económica. En efecto, los estudios empíricos como mucho pueden proporcionar alguna información sobre ciertos elementos de los resultados de los procesos sociales que se dan en la realidad, pero no proporcionan información sobre la estructura formal de dichos procesos, cuyo conocimiento constituye precisamente el objeto de investigación de la teoría económica. O dicho de otra forma, las estadísticas y estudios empíricos no pueden proporcionar conocimiento teórico alguno (en esto consistía, precisamente, el error en el que cayeron los historicistas de la escuela alemana del sigo XIX y que hoy en gran medida repiten los economistas de la Escuela Neoclásica). Además, y como ha puesto de manifiesto Hayek en su discurso de investidura como Premio Nobel, en muchas ocasiones, los agregados que son medibles en términos estadísticos carecen de sentido teórico, y viceversa, muchos conceptos con un sentido teórico transcendental no son medibles ni permiten un tratamiento empírico(26).

En suma, las principales críticas que los economistas austríacos hacen a los neoclásicos son las siguientes: en primer lugar, concentrarse exclusivamente en estados de equilibrio a través de un modelo maximizador que supone que está “dada” la información que necesitan los agentes en cuanto a sus funciones objetivo y a sus restricciones; segundo, la elección, en muchos casos arbitraria, de variables y parámetros, tanto en cuanto a la función objetivo como en cuanto a las restricciones, tendiéndose a incluir aquellos aspectos más obvios, con olvido de otros de gran transcendencia, pero que tienen una mayor dificultad en cuanto a su tratamiento empírico (valores morales, hábitos, etc.); tercero, centrarse en modelos de equilibrio que tratan con el formalismo de las matemáticas y que ocultan cuáles son las verdaderas relaciones de causa y efecto: cuarto, elevar a nivel de conclusiones teóricas lo que no son sino meras circunstancias concretas pero que no pueden admitirse que tengan una validez teórica universal, puesto que tan sólo conllevan un conocimiento históricamente contingente. Las anteriores consideraciones no significan que todas las conclusiones del análisis neoclásico sean erróneas. Por el contrario, gran parte de ellas pueden ser adecuadas y gozar de validez. Lo único que los austríacos quieren resaltar es que no existe garantía en cuanto a la validez de las conclusiones a las que llegan los economistas neoclásicos, de manera que aquéllas que sean válidas pueden obtenerse de forma más fructífera a través del análisis dinámico que los austríacos preconizan, el cual tiene, además, la virtualidad de permitir aislar las teorías erróneas (también muy numerosas) al poner de manifiesto los vicios y errores que actualmente quedan ocultos por el método empírico basado en el modelo de equilibrio en que se basan los economistas neoclásicos.

2. Contestaciones a algunas críticas y comentarios

A continuación vamos a proceder a contestar algunos comentarios críticos que habitualmente se efectúan al paradigma austríaco y que, por las razones que vamos a exponer, creemos que carecen de fundamento. Las críticas más comunes que se efectúan a los austríacos son las siguientes:

2.1. “Ambos enfoques (el austríaco y el neoclásico) no son excluyentes sino, más bien, complementarios”

Ésta es la tesis mantenida por aquellos autores neoclásicos que quieren mantener una posición ecléctica no abiertamente opuesta a la Escuela Austríaca. Sin embargo, los austríacos consideran que, en general, esta tesis no es sino una desafortunada consecuencia del nihilismo que es propio del pluralismo metodológico, según el cual todo método vale y el único problema de la Ciencia Económica consiste en elegir el método más adecuado para cada problema concreto. En contra de esta tesis, consideramos que la misma no es sino un intento de inmunizar al paradigma neoclásico frente a los potentes argumentos críticos que le ha lanzado la metodología austríaca. La tesis de la compatibilidad tendría fundamento si el método neoclásico (basado en el equilibrio, la constancia y el concepto estrecho de optimización y racionalidad) correspondiera a la forma real en que los seres humanos actúan y no tendiera, como creen los austríacos, a viciar en gran medida el análisis teórico.

De ahí la gran importancia de reelaborar las conclusiones teóricas neoclásicas, pero siguiendo la metodología subjetivista y dinámica de los austríacos, con la finalidad de ver cuáles de las conclusiones teóricas neoclásicas siguen siendo válidas y cuáles hay que abandonar por incorporar vicios teóricos en su análisis. El método neoclásico desde el punto de vista austríaco es esencialmente erróneo y, por tanto, hace que el analista incurra en graves riesgos y peligros que tienden a alejarle de la verdad.

Finalmente, recordemos que de acuerdo con la teoría de Hayek sobre la jerarquía de órdenes espontáneos según su grado de complejidad, un determinado orden puede explicar, englobar y dar cuenta de órdenes relativamente más sencillos que él. Pero lo que no cabe concebir es que un orden relativamente simple englobe y dé cuenta de otros que estén compuestos por un sistema de categorías más complejo(27).

Aplicando esta concepción hayekiana al ámbito metodológico, cabe concebir que el enfoque austríaco, relativamente más rico, complejo y realista, pueda subsumir y englobar al enfoque neoclásico, que podría aceptarse al menos en aquellos casos relativamente poco frecuentes en los que los seres humanos opten por desarrollar un comportamiento más reactivo y estrechamente maximizador. Pero lo que no cabe concebir es que se puedan incorporar en el paradigma neoclásico realidades humanas que, como la de la empresarialidad creativa, superan con mucho su esquema conceptual de categorías. El intento de forzar dentro del corsé neoclásico las realidades subjetivas del ser humano que estudian los austríacos lleva indefectiblemente bien a la burda caricaturización de las mismas, bien a la saludable quiebra del enfoque neoclásico, desbordado por el esquema conceptual más complejo, rico y explicativo propio del punto de vista austríaco.

2.2. “Los austríacos no debieran criticar a los neoclásicos por utilizar supuestos simplificados que ayudan a entender la realidad”

Frente a este argumento, tan comúnmente utilizado, los economistas austríacos contestan que una cosa es que un supuesto sea simplificado y otra, muy distinta, es que el supuesto sea completamente irreal. Lo que los austríacos realmente echan en cara a los neoclásicos no es que sus supuestos sean simplificados sino, precisamente, que son contrarios a la realidad empírica de cómo se manifiesta y actúa el ser humano (de manera dinámica y creativa). Es, por tanto, la irrealidad (que no la simplificación) esencial de los supuestos neoclásicos la que tiende, desde el punto de vista austríaco, a hacer peligrar la validez de las conclusiones teóricas que éstos creen alcanzar en el análisis de los diferentes problemas de economía aplicada cuyo estudio emprenden.

2.3. “Los austríacos fracasan a la hora de formalizar sus proposiciones teóricas”

Éste es, por ejemplo, el único argumento en contra de la Escuela Austríaca que expone Stiglitz en su reciente tratado crítico sobre los modelos de equilibrio genera1(28). Ya hemos explicado con anterioridad las razones por las que, desde un principio, la mayoría de los economistas austríacos han sido muy recelosos del uso del lenguaje matemático en nuestra ciencia. Para los economistas austríacos el uso del formalismo matemático es un vicio más que una virtud, pues consiste en un lenguaje simbólico que se ha venido construyendo a instancias de las exigencias del mundo de las ciencias naturales, de la ingeniería y de la lógica, en todos los cuales el tiempo subjetivo y la creatividad empresarial brillan por su ausencia, por lo que tiende a ignorar las características más esenciales de la naturaleza del ser humano que es el protagonista de los procesos sociales que los economistas deberían estudiar. Así, por ejemplo, el propio Pareto se pone en evidencia y delata este grave inconveniente del formalismo matemático cuando reconoce que todo su enfoque se efectúa de espaldas al verdadero protagonista del proceso social (el ser humano) y que a efectos de su análisis de economía matemática, “the individual can disappear, provided he leaves us his photograph of his tastes”(29).

En todo caso, queda pendiente que los matemáticos den respuesta (si pueden) al desafío de concebir y desarrollar toda una nueva “matemática” que sea capaz de dar entrada y permita el análisis de la capacidad creativa del ser humano con todas sus implicaciones, sin recurrir, por tanto, a los postulados de constancia que proceden del mundo de la física y a impulso de los cuales se han desarrollado todos los lenguajes matemáticos que hasta ahora conocemos. En nuestra opinión, no obstante, el lenguaje científico ideal para dar entrada a esta capacidad creativa es, precisamente, el que los propios seres humanos han venido creando de forma espontánea en su diario quehacer empresarial y que se plasma en los distintos idiomas y lenguajes verbales que hoy imperan en el mundo.

2.4. “Los austríacos producen muy pocos trabajos de tipo empírico”

Esta es la crítica más común que los empiristas hacen a la Escuela Austríaca. Aunque los austríacos dan una extraordinaria importancia al papel de la Historia, reconocen que su ámbito de actividad científica se desarrolla en un campo muy distinto, el de la teoría, que es preciso conocer con carácter previo antes de aplicarla a la realidad o de ilustrarla con hechos históricos. Para los austríacos, por el contrario, existe un exceso de producción de trabajos empíricos y una escasez relativa de estudios teóricos que sean capaces de permitirnos entender e interpretar lo que sucede en la realidad. Además, los supuestos metodológicos de la escuela neoclásica (equilibrio, maximización y constancia en las preferencias), aunque en apariencia faciliten la realización de estudios empíricos y el “contraste” de determinadas teorías, ocultan en muchas ocasiones cuáles son las relaciones teóricas correctas, por lo que pueden inducir a graves errores teóricos y de interpretación de lo que en realidad está sucediendo en cada momento o circunstancia concreta de la historia.

2.5. “Los austríacos renuncian a la predicción en el ámbito de la economía”

Ya hemos visto cómo los teóricos austríacos son muy humildes y prudentes respecto a las posibilidades de predecir científicamente lo que habrá de ocurrir en el ámbito económico y social. Más bien se preocupan de construir un esquema o arsenal de conceptos y leyes teóricas que permitan interpretar la realidad y ayuden a los seres humanos que actúan (empresarios) a tomar decisiones con mayores posibilidades de éxito. Aunque las “predicciones” de los austríacos tan sólo sean cualitativas y se efectúen en términos estrictamente teóricos, se da sin embargo la paradoja de que en la práctica, al ser los supuestos de su análisis mucho más realistas (procesos dinámicos y de creatividad empresarial), sus conclusiones y teorías en comparación con las elaboradas por la Escuela Neoclásica, incrementan mucho las posibilidades de predecir con éxito en el ámbito de la acción humana(30).

2.6. “Los austríacos carecen de criterios empíricos para validar sus teorías”

De acuerdo con esta crítica, que es a menudo realizada por aquellos empiristas afectados del complejo del apóstol Santo Tomás según el cual “si no lo veo no lo creo”, solamente recurriendo a la realidad empírica puede uno llegar a estar seguro de cuáles teorías económicas no son correctas(31). Como ya hemos visto, este punto de vista ignora que en economía la “evidencia” empírica jamás es incontrovertible pues se refiere a fenómenos históricos de naturaleza compleja que no permiten experimentos de laboratorio, en los que se aíslen los fenómenos relevantes y se dejen constantes todos los demás aspectos que puedan influir. Es decir, las leyes económicas son siempre leyes ceteris paribus, pero en la realidad histórica jamás se da este supuesto. De acuerdo con los austríacos, la validación de las teorías es perfectamente posible de efectuar mediante la continua depuración de vicios en la cadena de razonamientos lógico-deductivos, el análisis y la revisión de los diferentes eslabones del proceso de desarrollo lógico-deductivo de las diferentes teorías y la utilización del máximo cuidado cuando, llegado el momento de aplicar las teorías a la realidad, haya que evaluar si los supuestos de las mismas se dan o no en el caso histórico concreto analizado. Dada la uniforme estructura lógica de la mente humana, esta continuada actividad de validación que proponen los austríacos es más que suficiente para llegar a un acuerdo intersubjetivo entre los diferentes protagonistas de la labor científica, acuerdo que, sin embargo, y a pesar de las apariencias, en la práctica es mucho más difícil de lograr en relación con los fenómenos empíricos que siempre son susceptibles, dado su carácter complejísimo, de las más diversas interpretaciones.

2.7. La acusación de “dogmatismo”

Ésta es una acusación que, en gran medida, y gracias al notable resurgir de la Escuela Austríaca y a su mejor comprensión por parte de la profesión de economistas, afortunadamente está siendo cada vez menos utilizada. Sin embargo, en el pasado muchos economistas neoclásicos han caído en la fácil tentación de descalificar globalmente todo el paradigma austríaco tachándolo de “dogmático”, sin entrar a estudiar con detalle sus diferentes aspectos ni procurar contestar a las críticas que el mismo planteaba(32).

Bruce Caldwell es especialmente crítico con esta actitud neoclásica consistente en despreciar y ni siquiera considerar las posiciones de los metodólogos austríacos, calificándola asimismo de dogmática y anticientífica, y llegando a la conclusión de que desde el punto de vista científico no está justificada en forma alguna(33). Y en relación con la postura de Samuelson, Caldwell se pregunta: “¿Cuáles son las razones que están detrás de esta casi anticientífica respuesta a la praxeología? Desde luego denotan un recelo práctico: el capital humano de la mayoría de los economistas se vería drásticamente reducido y devendría obsoleto si la praxeología se hiciera operativa en la disciplina con carácter general. Pero la principal razón por la que se rechaza la metodología de Mises no es tan pragmática. Brevemente, la preocupación de los austríacos por los ‘fundamentos últimos’ de la Ciencia Económica deben parecerles sin sentido, si no perversa, a todos aquellos economistas que disciplinadamente aprendieron su metodología de Friedman y que por tanto están seguros de que los supuestos no importan y de que la predicción es la clave… Con independencia de los motivos, esta reacción contra la praxeología por parte del paradigma dominante ha sido dogmática y, en su esencia, anticientífica”(34).

Más arrogante y dogmática aún es, si cabe, la forma habitual que tienen los economistas neoclásicos de presentar lo que ellos consideran que es el punto de vista esencial de la economía, centrándolo exclusivamente en base a los principios del equilibrio, la maximización y la constancia en las preferencias. De esta manera pretenden arrogarse el monopolio en la concepción de lo que sea “lo económico” extendiendo la ley del silencio respecto de otras concepciones alternativas que, como la representada por los austríacos, les disputan el campo de la investigación científica con un paradigma más rico y realista.

Esperamos que, por el bien del desarrollo futuro de nuestra disciplina, este dogmatismo encubierto vaya desapareciendo paulatinamente en el futuro(35).

Por fortuna, recientemente algunos autores neoclásicos han empezado a reconocer lo estrecho y restrictivo de su tradicional concepción de “lo económico” Así, Stiglitz ha llegado a afirmar que “the criticism of neoclassical economics is not only that it fails to take into account the broader consequences of economic organization and the nature of society and the individual, but that it focuses too narrowly on a subset of human characteristics- self-interest, rational behaviour…”(36). Sin embargo, esta concepción más abierta todavía no se ha generalizado, por lo que los neoclásicos en general se están ganando a pulso la acusación de “imperialismo científico”, al pretender extender su estrecho concepto de racionalidad a ámbitos que, como los de la familia, la criminalidad y el análisis económico del derecho, cada vez son más amplios y en este sentido, Israel M. Kirzner recientemente ha manifestado que “modern economists have seemed to permit the narrowest formulations of the rationality assumption to dictate social policy in what critics could easily perceive to be a highly dangerous fashion. It is not surprising that all this has stimulated sharply critical reaction”(37).

3. Conclusión

La caída del socialismo real y la crisis del Estado del Bienestar, entendidos como los intentos más ambiciosos de ingeniería social llevados a cabo por el ser humano en este siglo, habrán de tener un profundo impacto sobre la futura evolución del paradigma neoclásico que hasta ahora ha sido dominante. Y es que es evidente que algo critico ha fallado en la economía neoclásica cuando un hecho tan transcendental no ha podido ser ni analizado ni previsto adecuadamente por la misma con carácter previo. Así, el neoclásico Sherwin Rosen ha terminado reconociendo que “the collapse of central planning in the past decade has come as a surprise to most of us”(38). Por fortuna, no es preciso empezar metodológicamente desde cero: gran parte de los instrumentos analíticos que son necesarios para reconstruir la Ciencia Económica por un sendero más realista ya se encuentran articulados y perfeccionados por los teóricos de la Escuela Austríaca que los han elaborado, explicado, defendido y depurado a lo largo de los sucesivos debates en los que se han visto enfrentados a los teóricos del paradigma neoclásico. Alguno de éstos, como Mark Blaug, han sido muy valientes y recientemente han declarado su apostasía del modelo de equilibrio general y del paradigma estático neoclásico-walrasiano, concluyendo que: ”I have come slowly and extremely reluctantly to view that they [the Austrian School] are right and that we have all been wrong”(39). Además, la saludable influencia de las actuales circunstancias ha empezado a notarse en el paradigma dominante en una serie de investigaciones (teoría de las subastas, de los mercados financieros, teoría de la información imperfecta, de los organismos industriales, y de las interacciones estratégicas). Sin embargo, son precisas unas palabras de advertencia sobre estos recientes desarrollos: en la medida en que los mismos se limiten a introducir supuestos algo más realistas pero manteniendo intacta la metodología neoclásica, posiblemente asistiremos a la sustitución de una serie de modelos metodológicamente viciados por otros igualmente erróneos. En nuestra opinión solamente la introducción a los nuevos campos del enfoque dinámico basado en los procesos de mercado, en el subjetivismo y en la creatividad empresarial que han desarrollado los austríacos permitirá impulsar de manera fructífera el desarrollo de la Ciencia Económica en la nueva etapa que ahora se inicia.

Notas

* Originalmente aparecido en Revista de Economía Aplicada (vol. V, invierno de 1997); permiso para publicar en Libertas otorgado por el autor.

(1) Menger (1871).

(2) Kirzner (1975), pág. 45.

(3) Kirzner (1992), págs. 201-208.

(4) Robbins (1932).

(5) Hayek (1952 a), pág. 209. La traducción al español de la cita del texto principal podría ser la siguiente: “[Si] se necesita un nombre, el término ciencias praxeológicas, ahora claramente definido y ampliamente utilizado por Ludwig von Mises, parece ser el más apropiado”.

(6) La concepción subjetivista de los austríacos permite la generalización de la economía en una ciencia que trata sobre todas las acciones humanas que, por tanto, y tan sólo en apariencia paradójicamente, tiene plena validez objetiva.

(7) Mises (1995), págs. 111-112. Más adelante, en la pág. 169, Mises añade en el mismo sentido, que “la producción no es un hecho físico, natural y externo; al contrario es un fenómeno intelectual y espiritual”.

(8) Mises (1995), págs. 953-955.

(9) Kirzner (1997).

 (10) Huerta de Soto (1995), págs. 228-253; (1992), págs. 52-57 y 104-110.

(11) La crítica austríaca a la teoría de Grossman-Stiglitz sobre la información debe consultarse en Thomsen (1992) y Kirzner (1997).

(12) Rothbard (1995) y Kirzner (1995) han criticado la extrema posición subjetivista de algunos teóricos que, como Lachmann y Shackle, consideran que en el mercado no existe ninguna tendencia coordinadora. Este error tiene su origen en el desconocimiento de la fuerza coordinadora de toda acción humana de tipo empresarial.

(13) Mis colegas de la Escuela Austríaca suelen referirse a que los procesos empresariales llevan el sistema hacia el equilibrio, si bien reconocen que éste nunca se alcanza. Yo más bien prefiero hablar de un modelo distinto, que he calificado de big bang social, que permite el crecimiento sin límite del conocimiento y la civilización de una forma tan ajustada y armoniosa (es decir, coordinada) como sea humanamente posible en cada circunstancia histórica. Esto es así porque el proceso empresarial de coordinación social jamás se detiene ni agota. Es decir, el acto empresarial consiste básicamente en crear y transmitir nueva información que, por fuerza, ha de modificar la percepción general de objetivos y medios de todos los actores implicados en la sociedad. Esto, a su vez, da lugar a la aparición sin límite de nuevos desajustes que suponen nuevas oportunidades de ganancia empresarial que tienden a ser descubiertas y coordinadas por los empresarios. Y así sucesivamente, en un proceso dinámico que nunca se termina y que constantemente hace avanzar la civilización (modelo del big bang social coordinado). Véase Huerta de Soto (1992), págs. 78-79.

(14) Endres (1991), pág. 281, ha llegado incluso a referirse al “principio mengeriano de la no maximización”.

(15) “La economía moderna no pretende averiguar cuánto vale ‘el hierro’ o ‘el pan’, sino cuánto vale una precisa cantidad de hierro o de pan para un concreto individuo que actúa en un determinado tiempo y lugar. Del mismo modo debemos proceder cuando se trata del dinero. La ecuación de intercambio pugna con los principios básicos que informan el pensamiento económico. Equivale a recaer en los modos de pensar ya superados, típicos de épocas primitivas, en que la gente no lograba captar los fenómenos praxeológicos precisamente porque partía siempre de conceptos holísticos. Es un procedimientos estéril, al igual que las arcaicas especulaciones sobre el valor del hierro o del pan en general”. Mises (1995), pág. 482.

(16) Mises denomina al modelo de equilibrio “economía de giro uniforme” (evenly rotating economy) y lo considera una construcción imaginaria de valor exclusivamente instrumental para mejorar la comprensión analítica de únicamente dos problemas de nuestra Ciencia: el surgimiento de los beneficios empresariales en un entorno dinámico, y la relación que existe entre el precio de los bienes y servicios de consumo y el precio de los factores de factores de producción necesarios para llevarlos a cabo. En este aspecto concreto yo iría aún más lejos que el propio Mises, pues creo que puede explicarse perfectamente el surgimiento de los beneficios empresariales y la tendencia hacia la fijación de los precios de los factores de producción de acuerdo con el valor descontado de su productividad marginal sin hacer referencia alguna a modelos de equilibrio (general o parcial), sino tan sólo al proceso dinámico que tiende hacia lo que Mises denomina “estado final de reposo” (que nunca se alcanza). Mises (1995), págs. 302-303.

(17) Walras (1965), pág. 3.

(18) Mayer, H. (1994), pág. 92. La traducción al español de la cita del texto es la siguiente: “En esencia, se produce en el corazón de las teorías matemáticas del equilibrio una ficción inmanente, más o menos camuflada: en efecto, todas ellas relacionan mediante ecuaciones simultáneas, magnitudes no simultáneas que sólo surgen en una secuencia genético-causal, como si éstas existieran juntas en todo momento. De esta manera, el punto de vista estático sincroniza los acontecimientos, cuando lo que existe en la realidad es un proceso. Sin embargo, uno no puede considerar un proceso genético en términos estáticos, sin eliminar precisamente su más íntima característica”.

(19) Hans Mayer nos dice que cuando “all wants differing in kind or quality are not reciprocally present to one another, then the postulate of the law of equal marginal utility becomes impossible in the real world of the psyche”. Y añade muy gráficamente, comentando lo absurdo teórico que es la sincronización forzada de estimaciones de utilidad que supone esta Ley, que “It is as if one were to express the experience of aesthetic value of hearing a melody -an experience determined by successive experiences of individual notes- in terms of the aesthetic value of the simultaneous harmonization of all notes of making up the melody”. Mayer (1994), págs. 81 y 83. Análisis críticos muy parecidos pueden realizarse respecto de las curvas de indiferencia-preferencia, y del efecto renta-efecto sustitución.

Véase Salin (1996).

(20) Mises (1995), págs. 123-124 y Rothbard (1990), págs. 228 y ss.

(21) Así, por vía de ejemplo, sobresale la demostración que Mises (1995), págs. 153-156, efectúa en términos exclusivamente lógicos de la Ley de los Rendimientos Decrecientes. Esta demostración lógico se basa en el hecho de que, sensu contrario, si la mencionada Ley no se diera en el mundo de la acción humana, el factor de producción considerado como fijo tendría una capacidad productiva ilimitada y por tanto se convertiría en un bien libre.

(22) La primera es la posición mantenida por Rothbard y la segunda por Mises. Véanse además los resúmenes de la posición metodológica austríaca realizados por Hoppe (1995) y Smith (1996).

 (23) Una brillante, favorable y desapasionada explicación del paradigma metodológico de los austríacos puede encontrarse en Caldwell (1994), págs. 117-138. Sobre las relaciones existentes entre la teoría y la historia, los trabajos más importantes son los de Mises (1957) y Hayek (1952).

(24) Sería más preciso decir “praxeológicamente”. De acuerdo con Mises (1995), págs. 119-120, la lógica se diferencia de la praxeología en que la primera es constante y atemporal, mientras que la segunda da entrada al tiempo y a la creatividad.

(25) Rosen (1997).

(26) Hayek (1976).

(27) Hayek (1952 b).

(28) Stiglitz (1994) llega incluso a titular una sección de su libro “Hayek versus Stiglitz” (págs. 24-26).

Lamentablemente, Stiglitz pretende reconstruir los modelos neoclásicos utilizando una metodología basada en el equilibrio y el lenguaje formalizado, con lo que fracasa, desde el punto de vista austríaco, a la hora de evitar los errores metodológicos de aquellos modelos que el propio Stiglitz está criticando. Véase Kirzner (1997).

(29) “El individuo puede desaparecer, siempre y cuando nos deje una fotografía de sus gustos”. Pareto (1971), pág.

120. Pareto se está refiriendo concretamente al instrumental de las curvas de indiferencia-preferencia cuya utilización, en nuestra opinión, es muy negativa en la Ciencia Económica por no reconocer el carácter secuencial y diacrónico de todas las acciones humanas, no tener en cuenta que el ser humano sólo se plantea las combinaciones que se consideran más adecuadas de cara a cada fin concreto (lo indiferente no conlleva acción humana alguna), ni recoger adecuadamente el universal y más relevante fenómeno de la complementariedad de los bienes.

(30) Dos ejemplos de lo que decimos son la “predicción” de la caída del socialismo real implícita en el análisis misiano sobre la imposibilidad del socialismo y la predicción que efectuaron los austríacos de la Gran Depresión de 1929.

Ninguno de estos dos transcendentales hechos históricos fueron predichos por los economistas neoclásicos. Véase en este sentido Skousen (1993). Lionel Robbins, en su “Introducción” a la primera edición de Prices and Production de F.A. Hayek (1931), pág. XII, se hizo eco de la predicción efectuada por Mises y Hayek del inexorable advenimiento de la Gran Depresión, como resultado de los desmanes monetarios y crediticios cometidos en los “felices años veinte” y que apareció expresamente en un artículo de Hayek publicado en 1929 en los anales del Instituto Austríaco para la Investigación del Ciclo Económico. Esta predicción austríaca contrasta con el optimismo de los neoclásicos (Keynes y monetaristas como Fisher) que incluso pocos meses antes del Crash aún afirmaban públicamente que el “auge” económico de los años veinte y la euforia bursátil que le caracterizó se consolidarían indefinidamente.

(31) Este es el caso, entre nosotros, del distinguido profesor Pedro Schwartz Girón.

(32) Véase, por ejemplo, las duras observaciones de Samuelson (1972), pág. 761, que llegó incluso al exceso de afirmar que la existencia de los economistas austríacos “le hacía temblar por la reputación de nuestra Ciencia”. Y también las acusaciones contra la Escuela Austríaca vertidas por Mark Blaug (1980), págs. 91-93. Sin embargo, y como veremos más adelante, recientemente Mark Blaug ha ido cambiando paulatinamente su posicionamiento, orientándose cada vez más hacia los postulados de la Escuela Austríaca, si no en su metodología deductiva, si al menos en su aceptación del enfoque dinámico-empresarial y en su crítica del modelo de equilibrio del paradigma neoclásico-walrasiano.

(33) Caldwell (1994), pág. 119.

(34) Caldwell (1994), págs. 118-119.

(35) Un botón de muestra de este perjudicial hábito neoclásico de arrogarse la completa exclusividad en la correcta concepción de lo que sea “lo económico” puede ser el discurso de recepción del Premio Nobel de Gary Becker (1995).

(36) Stiglitz (1994), pág. 273. La traducción de esta cita es la siguiente: “La crítica de la economía neoclásica es no sólo que fracasa a la hora de tener en consideración las consecuencias más amplias de la organización económica y la naturaleza de la sociedad y el individuo, sino además que enfoca muy estrechamente lo que no es sino un subconjunto de las características humanas: el comportamiento egoísta y racional”.

(37) “Los economistas modernos han permitido que las formulaciones más estrechas del supuesto de racionalidad dictaran la política social de una forma altamente peligrosa de acuerdo con sus críticos. No es sorprendente que todo esto haya estimulado la más aguda reacción crítica”. Kirzner (1992), pág. 207. Sin embargo, la acusación de imperialismo no está justificada cuando se refiere exclusivamente al ámbito de aplicación de la Ciencia Económica y no al uso del enfoque neoclásico: también desde el punto de vista austríaco, al concebirse la economía como una teoría general de la acción humana, se considera aplicable en todos los ámbitos en que el ser humano actúe. Solamente cuando se quiere aplicar la concepción basada en el homo oeconomicus neoclásico estrechamente racional, la acusación de imperialismo pasa a estar claramente justificada, no en cuanto al ámbito de aplicación del punto de vista económico correctamente entendido, sino en cuanto al intento neoclásico de aplicar el enfoque estrechamente racionalista a todos los ámbitos humanos.

 (38) “El colapso de la planificación central en la pasada década fue una sorpresa para la mayoría de nosotros”. Rosen (1997), pág. 145. Otro sorprendido fue el propio Coase (1997), pág. 45, para el cual “Nothing I’d read or known suggested that the collapse was going to occur”.

(39) “De forma lenta y extremadamente reacia he llegado a darme cuenta de que ellos [la Escuela Austríaca] están en los cierto y de que todos los demás hemos estado equivocados”. Véase Blaug (1991), pág. 508. Más recientemente aún, se ha referido de nuevo Blaug (1993), pág. 1571, al paradigma neoclásico, en relación con su aplicación para justificar el sistema socialista como algo “so administratively naive as to be positively laughable. Only those drunk on perfectly competitive static equilibrium theory could have swallowed such nonsense. I was one of those who swallowed it as a student in the 1950s and I can only marvel now at my own dim-wittedness”.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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por Jesús Huerta de Soto

“Lo que distingue a la Escuela Austríaca y habrá de proporcionarle fama inmortal es precisamente el hecho de haber desarrollado una teoría de la acción económica y no de la ‘no acción’ o ‘equilibrio económico’ ” Mises (1978), pág. 36.

La caída hace pocos años del socialismo real y la crisis que viene sintiéndose en el Estado del Bienestar han supuesto un duro golpe en contra del programa de investigación, mayoritariamente neoclásico, que hasta ahora sustentaba la ingeniería social, a la vez que parecen confirmar en gran medida las conclusiones del análisis teórico sobre la imposibilidad del socialismo desarrollado por la Escuela Austríaca de Economía. Por otro lado, en 1996 se cumplió el 125 aniversario de la Escuela Austríaca que, como es sabido, nació oficialmente en 1871 con la publicación de los Grundsätze de Carl Menger(1). Parece por tanto muy oportuno en los actuales momentos volver a analizar las diferencias y ventajas comparativas de ambos enfoques, el austríaco y el neoclásico, tanto a la luz de los últimos acontecimientos como de la propia evolución más reciente del pensamiento económico.

El presente trabajo se divide en dos apartados. En el primero, se exponen y comentan de forma detallada en qué consisten las principales características diferenciadoras entre ambos enfoques (el austríaco y el neoclásico). En el segundo, se contesta a las críticas más comunes que se han efectuado al moderno enfoque austríaco.

l. Las diferencias esenciales entre la escuela austríaca y la neoclásica

Quizá una de las principales carencias que puedan achacarse a los programas de estudio de las facultades de Economía sea que hasta ahora no han dado una visión completa e integrada de los elementos esenciales del moderno paradigma austríaco vis-a-vis el dominante enfoque neoclásico. En el cuadro n° 1 se intenta cubrir esta laguna de una manera completa y a la vez clara y sintética, de forma que sea posible entender de un simple vistazo los diferentes puntos de oposición entre ambos enfoques que, a continuación, se pasan a comentar brevemente.

l. l. La teoría de la acción de los austríacos frente a la teoría de la decisión de los neoclásicos

Para los teóricos austríacos la Ciencia Económica se concibe como una teoría de la acción más que de la decisión, y ésta es una de las características que más les diferencian de sus colegas neoclásicos. En efecto, el concepto de acción humana engloba y supera con mucho al concepto de decisión individual. En primer lugar, para los austríacos el concepto relevante de acción incluye, no sólo el hipotético proceso de decisión en un entorno de conocimiento “dado” sobre los fines y los medios, sino, sobre todo y esto es lo más importante, “la percepción misma del sistema de fines y medios”(2) en el seno del cual tiene lugar la asignación económica que con carácter excluyente estudian los neoclásicos.

Además, lo importante para los austríacos no es que se tome una decisión, sino que la misma se lleve a cabo en forma de una acción humana a lo largo de cuyo proceso (que eventualmente puede llegar o no a culminarse) se producen una serie de interacciones y procesos de coordinación cuyo estudio precisamente constituye para los austríacos el objeto de investigación de la Economía. Ésta, lejos de ser una teoría sobre la elección o decisión, es una teoría sobre los procesos de interacción social, que podrán ser más o menos coordinados según cuál sea la perspicacia mostrada en el ejercicio de la acción empresarial por parte de los diversos actores implicados(3).

Por eso, los austríacos son especialmente críticos de la estrecha concepción de la Economía que tiene su origen en Robbins y en su conocida definición de la misma como ciencia que estudia la utilización de medios escasos susceptibles de usos alternativos para la satisfacción de las necesidades humanas(4). La concepción de Robbins implícitamente supone un conocimiento dado de los fines y los medios, con lo que el problema económico queda reducido a un problema técnico de mera asignación, maximización u optimización, sometido a unas restricciones que se suponen también conocidas. Es decir, la concepción de la Economía en Robbins corresponde al corazón del paradigma neoclásico y es completamente ajena a la metodología de la Escuela Austríaca tal y como hoy se entiende.

En efecto, el hombre robbinsiano es un autómata o caricatura del ser humano que se limita a reaccionar de forma pasiva ante los acontecimientos. Frente a esta concepción de Robbins, hay que destacar la postura de Mises, Kirzner y el resto de los austríacos que consideran que el hombre, más que asignar medios dados a fines también dados, lo que realmente hace es buscar constantemente nuevos fines y medios, aprendiendo del pasado y usando su imaginación para descubrir y crear (mediante la acción) el futuro. Por eso, para los austríacos la Economía queda subsumida o integrada dentro de una ciencia mucho más general y amplia, una teoría general de la acción humana (y no de la decisión humana).Según Hayek, si para esta ciencia general de la acción humana “a name is needed,

Cuadro 1: DIFERENCIAS ESENCIALES ENTRE LA ESCUELA AUSTRÍACA Y LA NEOCLÁSICA

(Puntos de comparación)

Paradigma austríaco

Paradigma neoclásico

1. Concepto de lo económico (principio esencial):

Teoría de la acción humana entendida como un proceso dinámico (praxeología).

Teoría de la decisión: maximización sometida a restricciones (concepto estrecho de “racionalidad”).

2. Punto de vista metodológico:

Subjetivismo

Estereotipo del individualismo metodológico (objetivista).

3. Protagonista de los procesos sociales:

Empresario creativo.

Homo oeconomicus.

4. Posibilidad de que los actores se equivoquen a priori y naturaleza del beneficio empresarial:

Se concibe la posibilidad de cometer errores empresariales puros que hubieran podido evitarse con más perspicacia empresarial para darse cuenta de las oportunidades de ganancia.

No se concibe que existan errores de los que uno pueda arrepentirse, pues todas las decisiones pasadas se racionalizan en términos de costes y beneficios. Los beneficios empresariales se consideran como la renta de un factor más de producción.

5. Concepción de la información:

El conocimiento y la información son subjetivos, están dispersos y cambian constantemente (creatividad empresarial). Distinción radical entre conocimiento científico (objetivo) y práctico (subjetivo).

Se supone información plena (en términos ciertos o probabilísticos) de fines y medios que es objetiva y constante. No distinguen entre conocimiento práctico (empresarial) y científico.

6. Foco de referencia:

Proceso general con tendencia coordinadora. No se distingue entre la micro y la macro: todos los problemas económicos se estudian de forma interrelacionada.

Modelo de equilibrio (general o parcial). Separación entre la micro y la macroeconomía.

7. Concepto de “competencia”:

Proceso de rivalidad empresarial.

Situación o modelo de “competencia perfecta”.

8. Concepto de coste:

Subjetivo (depende de la perspicacia empresarial para descubrir nuevos fines alternativos).

Objetivo y constante (se puede conocer por un tercero y medir).

9. Formalismo:

Lógica verbal (abstracta y formal) que da entrada al tiempo subjetivo y a la creatividad humana.

Formalismo matemático (lenguaje simbólico propio del análisis de fenómenos atemporales y constantes).

10. Relación con el mundo empírico:

Razonamiento apriorístico-deductivos: Separación radical y, a la vez, coordinación entre teoría (ciencia) e historia (arte). La historia no puede contrastar teorías.

Contrastación empírica de las hipótesis (al menos retóricamente).

11. Posibilidades de predicción específica:

Imposible, pues lo que suceda depende de un conocimiento empresarial futuro aún no creado. Sólo son posibles pattern predictions de tipo cualitativo y teórico sobre las consecuencias de descoordinación del intervencionismo.

La predicción es un objetivo que se busca de forma deliberada.

12. Responsable de la predicción:

El empresario.

El analista económico (ingeniero social).

13. Estado actual del paradigma:

Notable resurgimiento en los últimos 20 años (especialmente tras la crisis del keynesianismo y la caída del socialismo real).

Situación de crisis y cambio acelerado.

14. Cantidad de “capital humano” invertido:

Minoritario, pero creciente.

Mayoritario y con signos de dispersamiento y disgregación.

15. Tipo de “capital humano” invertido:

Teóricos y filósofos multidisciplinares. Liberales radicales.

Especialistas en intervenciones económicas (piecemeal social engineering). Grado muy variable de compromiso con la libertad.

16. Aportaciones más recientes:

• Análisis crítico de la coacción institucional

• Teoría de la Elección Pública.

 

(socialismo e intervencionismo).

• Análisis económico de la familia.

 

• Teoría de la banca libre y de los ciclos económicos.

• Análisis económico del derecho.

 

• Teoría evolutiva de las instituciones (jurídicas, morales).

• Nueva macroeconomía clásica.

 

• Teoría de la función empresarial.

• Teoría económica de la “información” (economics of information).

 

• Análisis crítico de la “Justicia Social”.

• Nuevos Keynesianos.

17. Posición relativa de diferentes autores:

ROTHBARD: MISES, HAYEK, KIRZNER. COASE

DEMSETZ SAMUELSON BUCHANAN STIGLITZ FRIEDMAN-BECKER

the term praxeological sciences now clearly defined and extensively used by Ludwig von Mises would appear to be most appropriate”(5).

1.2. El subjetivismo austríaco frente al objetivismo neoclásico

Un segundo aspecto de importancia capital para los austríacos es el del subjetivismo(6).

Para los austríacos la concepción subjetivista consiste en el intento de construir la Ciencia Económica partiendo siempre del ser humano real de carne y hueso, considerado como actor creativo y protagonista de todos los procesos sociales. Por eso, para Mises “la teoría económica no trata sobre cosas y objetos materiales; trata sobre los hombres, sus apreciaciones y, consecuentemente, sobre las acciones humanas que de aquéllas se deriven.

Los bienes, mercancías, las riquezas y todas las demás nociones de la conducta, no son elementos de la naturaleza, sino elementos de la mente y de la conducta humana. Quien desee entrar en este segundo universo debe olvidarse del mundo exterior, centrando su atención en lo que significan las acciones que persiguen los hombres”(7). Por eso, para los austríacos, y en gran medida a diferencia de los neoclásicos, las restricciones en Economía no vienen impuestas por fenómenos objetivos o factores materiales del mundo exterior (por ejemplo, las reservas de petróleo), sino por el conocimiento humano empresarial (el descubrimiento, por ejemplo, de un carburador que duplique la eficiencia de los motores de explosión tiene el mismo efecto económico que una duplicación del total de reservas físicas de petróleo).

l.3. El empresario austríaco frente al homo oeconomicus neoclásico

La función empresarial es la fuerza protagonista en la teoría económica austríaca, mientras que, por el contrario, brilla por su ausencia en la ciencia económica neoclásica. Y es que la función empresarial es un fenómeno propio del mundo real que siempre está en desequilibrio y que no puede jugar ningún papel en los modelos de equilibrio que absorben la atención de los autores neoclásicos. Además, los neoclásicos consideran que la función empresarial es un factor más de producción que puede asignarse en función de los beneficios y costes esperados, sin darse cuenta de que, al analizar al empresario de esta forma, caen en una contradicción lógica insoluble: demandar recursos empresariales en función de sus beneficios y costes esperados implica pensar que se dispone de una información hoy (valor probable de sus beneficios y costes futuros) antes de que la misma haya sido creada por la propia función empresarial. Es decir, la principal función del empresario consiste en crear y descubrir nueva información que antes no existía y, mientras tal proceso de creación de información no se lleve a cabo, la misma no existe ni puede ser sabida, por lo que no hay forma humana de efectuar con carácter previo ninguna decisión asignativa de tipo neoclásico en base a los beneficios y costes esperados.

Por otro lado, hoy existe práctica unanimidad entre los economistas austríacos a la hora de considerar una falacia la creencia de que el beneficio empresarial se deriva de la simple asunción de riesgos. El riesgo, por el contrario, no da lugar sino a un coste más del proceso productivo, que nada tiene que ver con el beneficio empresarial puro(8).

1.4. La posibilidad del error empresarial puro (austríacos) frente a la racionalización a posteriori de todas las decisiones (neoclásicos)

No suele apreciarse el muy diferente papel que el concepto de error juega en la Escuela Austríaca y en la Escuela Neoclásica. Para los austríacos, es posible que se cometan errores empresariales puros (sheer entrepreneurial errors) siempre que una oportunidad de ganancia permanece sin ser descubierta por los empresarios en el mercado. Es precisamente la existencia de este tipo de error el que da lugar al beneficio empresarial puro (pure entrepreneurial profit). Por el contrario, para los neoclásicos nunca existen errores genuinos de tipo empresarial de los que uno deba arrepentirse a posteriori (regrettable errors). Esto es así porque los neoclásicos racionalizan todas las decisiones que se han tomado en el pasado en términos de un supuesto análisis coste-beneficio efectuado en el marco de una operativa de maximización matemática sometida a restricciones. Por eso, los beneficios empresariales puros no tienen razón de ser en el mundo neoclásico y éstos, cuando se mencionan, se consideran simplemente como el pago de los servicios de un factor más de producción, o como la renta derivada de la asunción de un riesgo(9).

1.5. La información subjetiva de los austríacos frente a la información objetiva de los neoclásicos

Los empresarios son constantes generadores de nueva información, que tiene un carácter esencialmente subjetivo, práctico, disperso y difícilmente articulable(10). Por tanto, la percepción subjetiva de la información es un elemento esencial de la metodología austríaca que está ausente en la economía neoclásica, pues ésta siempre tiende a tratar la información de una forma objetiva. Y es que la mayor parte de los economistas no se dan cuenta de que cuando austríacos y neoclásicos utilizan el término información, están refiriéndose a realidades radicalmente distintas. En efecto, para los neoclásicos la información es algo objetivo que, al igual que las mercancías, se compra y vende en el mercado como resultado de una decisión maximizadora. Esta “información”, almacenable en diferentes soportes, no es en forma alguna información en el sentido subjetivo de los austríacos: conocimiento práctico, relevante, subjetivamente interpretado, sabido y utilizado por el actor en el contexto de una acción concreta. Por eso los austríacos critican a Stiglitz y a otros teóricos neoclásicos de la información por no haber sido capaces de integrar su teoría sobre la información con la función empresarial, que siempre es su fuente generadora y protagonista, cosa que los economistas austríacos sí que han hecho. Además, para los austríacos, Stiglitz no termina de entender que la información es siempre subjetiva y que los mercados que denomina “imperfectos”, más que generar “ineficiencias” (en el sentido neoclásico) dan pie a que surjan oportunidades potenciales de ganancia empresarial, que tienden a ser descubiertas y aprovechadas por los empresarios en el proceso de coordinación empresarial que continuamente impulsan en el mercado(11).

1.6. El proceso empresarial de coordinación de los austríacos frente a los modelos de equilibrio (general y/o parcial) de los neoclásicos

Los economistas neoclásicos suelen ignorar en sus modelos de equilibrio la fuerza coordinadora que para los austríacos tiene la función empresarial. En efecto, ésta no sólo crea y transmite información sino que, lo que es aún más importante, impulsa la coordinación entre los comportamientos desajustados de la sociedad. Toda descoordinación social se plasma en una oportunidad de ganancia que queda latente para ser descubierta por los empresarios. Una vez que el empresario se da cuenta de esa oportunidad de ganancia y actúa para aprovecharla, la misma desaparece y se produce un proceso espontáneo de coordinación, que es el que explica la tendencia que existe hacia el equilibrio en toda economía real de mercado. Además, el carácter coordinador de la función empresarial es el único que hace posible la existencia de la teoría económica como ciencia, entendida ésta como un corpus teórico de leyes de coordinación que explican los procesos sociales(12).

Este enfoque explica que los economistas austríacos estén interesados en estudiar el concepto dinámico de competencia (entendido como un proceso de rivalidad), mientras los economistas neoclásicos se centran exclusivamente en los modelos de equilibrio propios de la estática comparativa (competencia “perfecta”, monopolio, competencia “imperfecta” o monopolística)(13). Para Mises, y de acuerdo con la cita que encabeza este artículo, no tiene sentido la construcción de la Ciencia Económica basada en el modelo de equilibrio y en el que se supone que toda la información relevante para construir las correspondientes funciones de oferta y demanda se considera “dada”. El problema económico fundamental para los austríacos es otro bien distinto: estudiar el proceso dinámico de coordinación social en el que los diferentes individuos empresarialmente generan de manera continua nueva información (que jamás está “dada”) al buscar los fines y los medios que consideran relevantes en el contexto de cada acción en que se ven inmersos, estableciendo con ello, sin darse cuenta, un proceso espontáneo de coordinación. Para los austríacos por tanto, el problema económico fundamental no es de naturaleza técnica o tecnológica, como lo suelen concebir los teóricas del paradigma neoclásico, al suponer que los fines y los medios están dados, planteando el problema económico como si se tratara de un mero problema técnico de optimización. Es decir, para los austríacos, el problema económico fundamental no consiste en la maximización de una función objetivo conocida sometida a restricciones también conocidas, sino que, por el contrario, es estrictamente económico: surge cuando los fines y los medios son muchos, compiten entre sí, el conocimiento en cuanto a los mismos no está dado, sino que se encuentra disperso en la mente de innumerables seres humanos que constantemente lo están creando y generando ex novo y, por tanto, ni siquiera se pueden conocer todas las posibilidades y alternativas existentes, ni la intensidad relativa con la que se quiere perseguir cada una de ellas(14).

Es más es preciso darse cuenta de que incluso aquellas acciones humanas que más parezcan meramente maximizadoras y optimizadoras poseen siempre un componente empresarial, pues es preciso que el actor implicado en las mismas se haya dado previamente cuenta de que tal curso de acción, tan autómata, mecánico y reactivo es lo más conveniente dadas las circunstancias concretas del caso en que se encuentra. Es decir, la concepción neoclásica no es sino un caso particular, relativamente poco importante, que queda englobado y subsumido en la concepción austríaca, que es mucho más general, rica y explicativa de la realidad social.

Además, para los austríacos ningún sentido tiene la separación radical en compartimentos estancos entre la micro y la macroeconomía, tal y como se efectúa por los economistas neoclásicos. Por el contrario, los problemas económicos han de estudiarse conjuntamente e interrelacionados entre sí, sin distinguir entre la parte micro y macro de los mismos. La radical separación entre los aspectos “micro” y “macro” de la Ciencia Económica es una de las insuficiencias más características de los modernos libros de texto y manuales introductorios de Economía Política, que en vez de proporcionar un tratamiento unitario de los problemas económicos, como intentan Mises y los economistas austríacos, siempre presentan la Ciencia Económica dividida en dos disciplinas distintas (la “micro” y la “macroeconomía”) que carecen de conexión entre sí y que, por tanto, pueden estudiarse separadamente. Como bien indica Mises, esta separación tiene su origen en la utilización de conceptos que, como el de nivel general de precios, ignoran la aplicación de la teoría subjetiva y marginalista del valor al dinero y siguen anclados en la etapa precientífica de la economía en la que el análisis aún se intentaba efectuar en términos de clases globales o agregados de bienes, más que en términos de unidades incrementales o marginales de los mismos. Esto explica el porqué se ha desarrollado toda una “disciplina” basada en el estudio de las supuestas relaciones mecánicas existentes entre agregados macroeconómicos cuya conexión con la acción humana es muy difícil, si no imposible, de entender(15).

En todo caso, los economistas neoclásicos han convertido el modelo de equilibrio en su centro focal de investigación. En él se supone que toda la información está dada (bien en términos ciertos o probabilísticos) y que existe un ajuste perfecto entre las diferentes variables. Desde el punto de vista austríaco, el principal inconveniente de la metodología neoclásica es que, al suponerse la existencia de un ajuste perfecto entre las variables y parámetros, muy fácilmente puede llegarse a conclusiones erróneas en cuanto a las relaciones de causa-efecto que existen entre los diferentes conceptos y fenómenos económicos. De esta manera, el equilibrio actuaría como una especie de velo que impediría al teórico el llegar a descubrir la verdadera dirección que existe en las relaciones de causa y efecto que se dan en las leyes económicas. Y es que, para los economistas neoclásicos, más que leyes de tendencia unidireccionales, lo que existe es una mutua determinación (circular) de tipo funcional entre los diferentes fenómenos, cuyo origen inicial (la acción humana) permanece oculto o se considera carente de interés(16).

1.7. El carácter subjetivo que los costes tienen para los austríacos frente al coste objetivo de los neoclásicos

Otro elemento esencial de la metodología austríaca es su concepción puramente subjetiva de los costes. Muchos autores consideran que esta idea sin mucha dificultad puede incorporarse dentro del paradigma dominante neoclásico. Sin embargo, los neoclásicos tan sólo incorporan de forma retórica el carácter subjetivo de los costes y al final, aunque mencionen la importancia del concepto de “coste de oportunidad”, siempre lo incluyen en sus modelos de una manera objetivizada. En todo caso, para los austríacos, coste es el valor subjetivo que el actor da a aquellos fines a los que renuncia cuando decide seguir y emprender un determinado curso de acción. Es decir, no hay costes objetivos, sino que éstos continuamente deberán ser descubiertos en cada circunstancia mediante la perspicacia empresarial de cada actor. En efecto, puede ser que pasen desapercibidas muchas posibilidades alternativas que, una vez descubiertas, cambian radicalmente la concepción subjetiva de los costes por parte de cada empresario. No existen, por tanto, coste objetivos que tiendan a determinar el valor de los fines, sino que la realidad es justo la contraria: los costes como valores subjetivos se asumen (y, por tanto, vienen determinados) en función del valor subjetivo que los fines que realmente se persiguen (bienes finales de consumo) tienen para el actor. Por eso, para los economistas austríacos, son los precios de los bienes finales de consumo, como plasmación en el mercado de las valoraciones subjetivas, los que determinan los costes en los que se está dispuesto a incurrir para producirlos, y no al revés como tan a menudo dan a entender los economistas neoclásicos.

1.8. El formalismo verbal de los austríacos frente a la formación matemática de los neoclásicos

Otro aspecto de interés es la diferente posición de ambas escuelas respecto de la utilización del formalismo matemático en el análisis económico. Ya desde sus orígenes, el fundador de la Escuela Austríaca, Carl Menger, se cuidó en señalar que la ventaja del lenguaje verbal es que podía recoger las esencias (das Wesen) de los fenómenos económicos, cosa que no permite efectuar el lenguaje matemático. En efecto, en una carta de 1884 que escribió a Walras, Menger se preguntaba: “¿Cómo se podrá alcanzar el conocimiento de la esencia, por ejemplo, del valor, de la renta de la tierra, del beneficio empresarial, de la división del trabajo, del bimetalismo, etc., mediante métodos matemáticos?”(17). El formalismo matemático es especialmente adecuado para recoger los estados de equilibrio que estudian los economistas neoclásicos, pero no permite incorporar la realidad subjetiva del tiempo ni mucho menos la creatividad empresarial que son características esenciales del discurso analítico de los austríacos. Quizá Hans Mayer haya resumido mejor que nadie cuáles son las insuficiencias del formalismo matemático en economía al manifestar que “In essence there is an immanent, more or less disguised, fiction at the heart of mathematical equilibrium theories: that is, they bind together in simultaneous equations, non-simultaneous magnitudes operative in genetic-causal sequence as if this existed together at the same time. A state of affairs is synchronized in the static approach, whereas in reality we are dealing with a process. But one simply cannot consider a generative process ‘statically’ as a state of rest, without eliminating precisely that which makes it what it is”(18). Esto hace que para los austríacos muchas de las teorías y conclusiones del análisis neoclásico del consumo y de la producción carezcan de sentido. Así, por ejemplo, la denominada “ley de la igualdad de las utilidades marginales ponderadas por los precios” cuyos fundamentos teóricos son muy dudosos. En efecto, esta ley supone que el actor es capaz de valorar de forma simultánea la utilidad de todos los bienes a su disposición, ignorándose que toda acción es secuencial y creativa, así como que los bienes no se valoran a la vez igualando su supuesta utilidad marginal, sino uno después del otro, en el contexto de etapas y acciones distintas, para cada una de las cuales la correspondiente utilidad marginal no sólo puede ser diferente, sino que ni siquiera es comparable(19). En suma, para los austríacos el uso de las matemáticas en economía resulta vicioso porque las mismas unen sincrónicamente magnitudes que son heterogéneas desde el punto de vista temporal y de la creatividad empresarial. Por esta misma razón, para los economistas austríacos, tampoco tienen sentido los criterios axiomáticos de racionalidad que utilizan los economistas neoclásicos. En efecto, si un actor prefiere A a B y B a C, puede perfectamente preferir C a A, sin necesidad de dejar de ser “racional” o coherente, si es que, simplemente, ha cambiado de opinión (aunque sólo sea durante la centésima de segundo que dure en su propio razonamiento el planeamiento de este problema)(20). Y es que para los austríacos los criterios neoclásicos de racionalidad confunden la constancia con la coherencia.

1.9. La conexión con el mundo empírico: el diferente sentido del concepto de “predicción”

Por último, la distinta relación con el mundo empírico y las diferencias en cuanto a las posibilidades de la predicción oponen radicalmente el paradigma de la Escuela Austríaca al de la Escuela Neoclásica. En efecto, para los austríacos, el hecho de que el científico “observador” no pueda hacerse con la información subjetiva que continuamente están creando y descubriendo de manera descentralizada los actores-empresarios “observados” que protagonizan el proceso social, justifica su creencia en la imposibilidad teórica de efectuar contrastaciones empíricas en economía. De hecho, los austríacos consideran que son las mismas razones que determinan la imposibilidad teórica del socialismo las que explicarían que tanto el empirismo, como el análisis coste-beneficio o el utilitarismo en su interpretación más estrecha, no sean viables en nuestra Ciencia. Y es que es irrelevante que sea un científico o un gobernante los que vanamente intenten hacerse con la información práctica relevante en cada caso para contrastar teorías o dar un contenido coordinador a sus mandatos. Si ello fuera posible, tan factible sería utilizar esta información para coordinar la sociedad vía mandatos coactivos (socialismo e intervencionismo) como para contrastar empíricamente las teorías económicas. Sin embargo, por las mismas razones, primero, del inmenso volumen de información de que se trata; segundo, por la naturaleza de la información relevante (diseminada, subjetiva y tácita); tercero, por el carácter dinámico del proceso empresarial (no se puede transmitir la información que aún no ha sido generada por los empresarios en su proceso de constante creación innovadora); y cuarto, por el efecto de la coacción y de la propia “observación” científica (que distorsiona, corrompe, dificulta o simplemente imposibilita la creación empresarial de información), tanto el ideal socialista como el ideal positivista o el estrechamente utilitarista son imposibles desde el punto de vista de la teoría económica austríaca.

Estos mismos argumentos son también aplicables para justificar la creencia de los austríacos en la imposibilidad teórica de efectuar predicciones específicas (es decir, referentes a coordenadas de tiempo y lugar determinados y con un contenido empírico cuantitativo) en economía. Lo que suceda mañana no puede conocerse científicamente hoy, pues depende en gran parte de un conocimiento e información que aún no se han generado empresarialmente y que hoy todavía no pueden saberse; en economía, por tanto, tan sólo pueden efectuarse, como mucho, “predicciones de tendencia” de tipo general, que Hayek denomina pattern predictions. Estas predicciones serán de naturaleza esencialmente cualitativa y teórica y relativas, como mucho, a la previsión de los desajustes y efectos de descoordinación social que produce la coacción institucional (socialismo e intervencionismo) que se ejerce sobre el mercado.

Además, hay que recordar la inexistencia de hechos objetivos que sean directamente observables en el mundo exterior, y que se deriva de la circunstancia de que, de acuerdo con la concepción subjetivista de los austríacos, los objetos de investigación en economía no son sino las ideas que otros tienen sobre lo que persiguen y hacen. Éstas no son nunca directamente observables, sino tan sólo interpretables en términos históricos Para interpretar la realidad social que constituye la Historia, es preciso disponer de una teoría previa, requiriéndose además un juicio de relevancia no científico (verstehen o comprensión) que no es objetivo sino que puede variar de uno a otro historiador convirtiendo su disciplina (la Historia) en un verdadero arte.

Finalmente los austríacos consideran que los fenómenos empíricos son continuamente variables, de manera que en los acontecimientos sociales no existen parámetros ni constantes, sino que todos son “variables”, lo cual hace muy difícil, si no imposible, el objetivo tradicional de la econometría, así como el programa metodológico positivista en cualquiera de sus versiones (desde el verificacionismo más ingenuo al falsacionismo popperiano más sofisticado). Frente al ideal positivista de los neoclásicos, los economistas austríacos pretenden construir su disciplina de una manera apriorística y deductiva. Se trata, en suma, de elaborar todo un arsenal lógico deductivo(21) a partir de unos conocimientos autoevidentes (axiomas tal como el propio concepto subjetivo de acción humana con sus elementos esenciales) que, o bien surgen por introspección de la experiencia íntima del científico, o bien se considera que son autoevidentes porque nadie puede discutirlos sin autocontradecirse(22). Este arsenal teórico es imprescindible, de acuerdo con los austríacos, para interpretar adecuadamente ese magma en apariencia inconexo de complejos fenómenos históricos que constituye el mundo social, así como para elaborar una historia hacia el pasado o una prospección de eventos hacia el futuro (que es la misión propia del empresario) con un mínimo de coherencia, de garantías y de posibilidades de éxito. Se entiende ahora la gran importancia que los austríacos, en general, asignan a la Historia como disciplina, y a su intento de diferenciarla convenientemente de la teoría económica, relacionándola a la vez adecuadamente con la misma(23).

Hayek denomina “cientismo” (scientism) a la indebida aplicación del método propio de las ciencias de la naturaleza al campo de las ciencias sociales. Así, en el mundo natural, existen constantes y relaciones funcionales que permiten la aplicación del lenguaje matemático y la realización de experimentos cuantitativos en un laboratorio. Sin embargo, para los austríacos en economía, y a diferencia de lo que sucede en el mundo de la física y de las ciencias naturales, no existen relaciones funcionales (ni, por tanto, funciones de oferta, ni de demanda ni de costes ni de ningún otro tipo). Recordemos que, matemáticamente, y según la teoría de conjuntos, una función no es sino una correspondencia o proyección biyectiva entre los elementos de dos conjuntos denominados “conjunto original” y “conjunto imagen”. Pues bien, dada la innata capacidad creativa del ser humano que continuamente está generando y descubriendo nueva información en cada circunstancia concreta en la que actúa respecto de los fines que pretende perseguir y los medios que considera a su alcance para lograrlos, es evidente que en economía no se dan ninguno de los tres elementos que son precisos para que exista una relación funcional: a) no están dados ni son constantes los elementos del conjunto origen; b) no están dados ni son constantes los elementos que constituyen el conjunto imagen; y c), y esto es lo más importante, las correspondencias entre los elementos de uno y otro conjunto tampoco están dadas, sino que varían continuamente como resultado de la acción y de la capacidad creativa del ser humano. De manera que en nuestra Ciencia, y de acuerdo con los austríacos, la utilización de funciones exige introducir un presupuesto de constancia en la información que elimina radicalmente al protagonista de todo proceso social: el ser humano dotado de una innata capacidad empresarial creativa. El gran mérito de los austríacos consiste en haber demostrado que es perfectamente posible elaborar todo el corpus de la teoría económica lógicamente(24), es decir, sin necesidad de utilizar funciones ni de establecer supuestos de constancia que no encajan con la naturaleza creativa del ser humano, que es el verdadero y único protagonista de todos los procesos sociales que constituyen el objeto de investigación de la Ciencia Económica. Hasta los economistas neoclásicos más conspicuos han tenido que admitir que existen importantes leyes económicas (como la teoría de la evolución y la selección natural) que no son empíricamente contrastables(25). Los austríacos han insistido especialmente en las insuficiencias de los estudios empíricos cara a impulsar el desarrollo de la teoría económica. En efecto, los estudios empíricos como mucho pueden proporcionar alguna información sobre ciertos elementos de los resultados de los procesos sociales que se dan en la realidad, pero no proporcionan información sobre la estructura formal de dichos procesos, cuyo conocimiento constituye precisamente el objeto de investigación de la teoría económica. O dicho de otra forma, las estadísticas y estudios empíricos no pueden proporcionar conocimiento teórico alguno (en esto consistía, precisamente, el error en el que cayeron los historicistas de la escuela alemana del sigo XIX y que hoy en gran medida repiten los economistas de la Escuela Neoclásica). Además, y como ha puesto de manifiesto Hayek en su discurso de investidura como Premio Nobel, en muchas ocasiones, los agregados que son medibles en términos estadísticos carecen de sentido teórico, y viceversa, muchos conceptos con un sentido teórico transcendental no son medibles ni permiten un tratamiento empírico(26).

En suma, las principales críticas que los economistas austríacos hacen a los neoclásicos son las siguientes: en primer lugar, concentrarse exclusivamente en estados de equilibrio a través de un modelo maximizador que supone que está “dada” la información que necesitan los agentes en cuanto a sus funciones objetivo y a sus restricciones; segundo, la elección, en muchos casos arbitraria, de variables y parámetros, tanto en cuanto a la función objetivo como en cuanto a las restricciones, tendiéndose a incluir aquellos aspectos más obvios, con olvido de otros de gran transcendencia, pero que tienen una mayor dificultad en cuanto a su tratamiento empírico (valores morales, hábitos, etc.); tercero, centrarse en modelos de equilibrio que tratan con el formalismo de las matemáticas y que ocultan cuáles son las verdaderas relaciones de causa y efecto: cuarto, elevar a nivel de conclusiones teóricas lo que no son sino meras circunstancias concretas pero que no pueden admitirse que tengan una validez teórica universal, puesto que tan sólo conllevan un conocimiento históricamente contingente. Las anteriores consideraciones no significan que todas las conclusiones del análisis neoclásico sean erróneas. Por el contrario, gran parte de ellas pueden ser adecuadas y gozar de validez. Lo único que los austríacos quieren resaltar es que no existe garantía en cuanto a la validez de las conclusiones a las que llegan los economistas neoclásicos, de manera que aquéllas que sean válidas pueden obtenerse de forma más fructífera a través del análisis dinámico que los austríacos preconizan, el cual tiene, además, la virtualidad de permitir aislar las teorías erróneas (también muy numerosas) al poner de manifiesto los vicios y errores que actualmente quedan ocultos por el método empírico basado en el modelo de equilibrio en que se basan los economistas neoclásicos.

2. Contestaciones a algunas críticas y comentarios

A continuación vamos a proceder a contestar algunos comentarios críticos que habitualmente se efectúan al paradigma austríaco y que, por las razones que vamos a exponer, creemos que carecen de fundamento. Las críticas más comunes que se efectúan a los austríacos son las siguientes: 2.1. “Ambos enfoques (el austríaco y el neoclásico) no son excluyentes sino, más bien, complementarios”

Ésta es la tesis mantenida por aquellos autores neoclásicos que quieren mantener una posición ecléctica no abiertamente opuesta a la Escuela Austríaca. Sin embargo, los austríacos consideran que, en general, esta tesis no es sino una desafortunada consecuencia del nihilismo que es propio del pluralismo metodológico, según el cual todo método vale y el único problema de la Ciencia Económica consiste en elegir el método más adecuado para cada problema concreto. En contra de esta tesis, consideramos que la misma no es sino un intento de inmunizar al paradigma neoclásico frente a los potentes argumentos críticos que le ha lanzado la metodología austríaca. La tesis de la compatibilidad tendría fundamento si el método neoclásico (basado en el equilibrio, la constancia y el concepto estrecho de optimización y racionalidad) correspondiera a la forma real en que los seres humanos actúan y no tendiera, como creen los austríacos, a viciar en gran medida el análisis teórico.

De ahí la gran importancia de reelaborar las conclusiones teóricas neoclásicas, pero siguiendo la metodología subjetivista y dinámica de los austríacos, con la finalidad de ver cuáles de las conclusiones teóricas neoclásicas siguen siendo válidas y cuáles hay que abandonar por incorporar vicios teóricos en su análisis. El método neoclásico desde el punto de vista austríaco es esencialmente erróneo y, por tanto, hace que el analista incurra en graves riesgos y peligros que tienden a alejarle de la verdad.

Finalmente, recordemos que de acuerdo con la teoría de Hayek sobre la jerarquía de órdenes espontáneos según su grado de complejidad, un determinado orden puede explicar, englobar y dar cuenta de órdenes relativamente más sencillos que él. Pero lo que no cabe concebir es que un orden relativamente simple englobe y dé cuenta de otros que estén compuestos por un sistema de categorías más complejo(27).

Aplicando esta concepción hayekiana al ámbito metodológico, cabe concebir que el enfoque austríaco, relativamente más rico, complejo y realista, pueda subsumir y englobar al enfoque neoclásico, que podría aceptarse al menos en aquellos casos relativamente poco frecuentes en los que los seres humanos opten por desarrollar un comportamiento más reactivo y estrechamente maximizador. Pero lo que no cabe concebir es que se puedan incorporar en el paradigma neoclásico realidades humanas que, como la de la empresarialidad creativa, superan con mucho su esquema conceptual de categorías. El intento de forzar dentro del corsé neoclásico las realidades subjetivas del ser humano que estudian los austríacos lleva indefectiblemente bien a la burda caricaturización de las mismas, bien a la saludable quiebra del enfoque neoclásico, desbordado por el esquema conceptual más complejo, rico y explicativo propio del punto de vista austríaco.

2.2. “Los austríacos no debieran criticar a los neoclásicos por utilizar supuestos simplificados que ayudan a entender la realidad”

Frente a este argumento, tan comúnmente utilizado, los economistas austríacos contestan que una cosa es que un supuesto sea simplificado y otra, muy distinta, es que el supuesto sea completamente irreal. Lo que los austríacos realmente echan en cara a los neoclásicos no es que sus supuestos sean simplificados sino, precisamente, que son contrarios a la realidad empírica de cómo se manifiesta y actúa el ser humano (de manera dinámica y creativa). Es, por tanto, la irrealidad (que no la simplificación) esencial de los supuestos neoclásicos la que tiende, desde el punto de vista austríaco, a hacer peligrar la validez de las conclusiones teóricas que éstos creen alcanzar en el análisis de los diferentes problemas de economía aplicada cuyo estudio emprenden.

2.3. “Los austríacos fracasan a la hora de formalizar sus proposiciones teóricas”

Éste es, por ejemplo, el único argumento en contra de la Escuela Austríaca que expone Stiglitz en su reciente tratado crítico sobre los modelos de equilibrio genera1(28). Ya hemos explicado con anterioridad las razones por las que, desde un principio, la mayoría de los economistas austríacos han sido muy recelosos del uso del lenguaje matemático en nuestra ciencia. Para los economistas austríacos el uso del formalismo matemático es un vicio más que una virtud, pues consiste en un lenguaje simbólico que se ha venido construyendo a instancias de las exigencias del mundo de las ciencias naturales, de la ingeniería y de la lógica, en todos los cuales el tiempo subjetivo y la creatividad empresarial brillan por su ausencia, por lo que tiende a ignorar las características más esenciales de la naturaleza del ser humano que es el protagonista de los procesos sociales que los economistas deberían estudiar. Así, por ejemplo, el propio Pareto se pone en evidencia y delata este grave inconveniente del formalismo matemático cuando reconoce que todo su enfoque se efectúa de espaldas al verdadero protagonista del proceso social (el ser humano) y que a efectos de su análisis de economía matemática, “the individual can disappear, provided he leaves us his photograph of his tastes”(29).

En todo caso, queda pendiente que los matemáticos den respuesta (si pueden) al desafío de concebir y desarrollar toda una nueva “matemática” que sea capaz de dar entrada y permita el análisis de la capacidad creativa del ser humano con todas sus implicaciones, sin recurrir, por tanto, a los postulados de constancia que proceden del mundo de la física y a impulso de los cuales se han desarrollado todos los lenguajes matemáticos que hasta ahora conocemos. En nuestra opinión, no obstante, el lenguaje científico ideal para dar entrada a esta capacidad creativa es, precisamente, el que los propios seres humanos han venido creando de forma espontánea en su diario quehacer empresarial y que se plasma en los distintos idiomas y lenguajes verbales que hoy imperan en el mundo.

2.4. “Los austríacos producen muy pocos trabajos de tipo empírico”

Esta es la crítica más común que los empiristas hacen a la Escuela Austríaca. Aunque los austríacos dan una extraordinaria importancia al papel de la Historia, reconocen que su ámbito de actividad científica se desarrolla en un campo muy distinto, el de la teoría, que es preciso conocer con carácter previo antes de aplicarla a la realidad o de ilustrarla con hechos históricos. Para los austríacos, por el contrario, existe un exceso de producción de trabajos empíricos y una escasez relativa de estudios teóricos que sean capaces de permitirnos entender e interpretar lo que sucede en la realidad. Además, los supuestos metodológicos de la escuela neoclásica (equilibrio, maximización y constancia en las preferencias), aunque en apariencia faciliten la realización de estudios empíricos y el “contraste” de determinadas teorías, ocultan en muchas ocasiones cuáles son las relaciones teóricas correctas, por lo que pueden inducir a graves errores teóricos y de interpretación de lo que en realidad está sucediendo en cada momento o circunstancia concreta de la historia.

2.5. “Los austríacos renuncian a la predicción en el ámbito de la economía”

Ya hemos visto cómo los teóricos austríacos son muy humildes y prudentes respecto a las posibilidades de predecir científicamente lo que habrá de ocurrir en el ámbito económico y social. Más bien se preocupan de construir un esquema o arsenal de conceptos y leyes teóricas que permitan interpretar la realidad y ayuden a los seres humanos que actúan (empresarios) a tomar decisiones con mayores posibilidades de éxito. Aunque las “predicciones” de los austríacos tan sólo sean cualitativas y se efectúen en términos estrictamente teóricos, se da sin embargo la paradoja de que en la práctica, al ser los supuestos de su análisis mucho más realistas (procesos dinámicos y de creatividad empresarial), sus conclusiones y teorías en comparación con las elaboradas por la Escuela Neoclásica, incrementan mucho las posibilidades de predecir con éxito en el ámbito de la acción humana(30).

2.6. “Los austríacos carecen de criterios empíricos para validar sus teorías”

De acuerdo con esta crítica, que es a menudo realizada por aquellos empiristas afectados del complejo del apóstol Santo Tomás según el cual “si no lo veo no lo creo”, solamente recurriendo a la realidad empírica puede uno llegar a estar seguro de cuáles teorías económicas no son correctas(31). Como ya hemos visto, este punto de vista ignora que en economía la “evidencia” empírica jamás es incontrovertible pues se refiere a fenómenos históricos de naturaleza compleja que no permiten experimentos de laboratorio, en los que se aíslen los fenómenos relevantes y se dejen constantes todos los demás aspectos que puedan influir. Es decir, las leyes económicas son siempre leyes ceteris paribus, pero en la realidad histórica jamás se da este supuesto. De acuerdo con los austríacos, la validación de las teorías es perfectamente posible de efectuar mediante la continua depuración de vicios en la cadena de razonamientos lógico-deductivos, el análisis y la revisión de los diferentes eslabones del proceso de desarrollo lógico-deductivo de las diferentes teorías y la utilización del máximo cuidado cuando, llegado el momento de aplicar las teorías a la realidad, haya que evaluar si los supuestos de las mismas se dan o no en el caso histórico concreto analizado. Dada la uniforme estructura lógica de la mente humana, esta continuada actividad de validación que proponen los austríacos es más que suficiente para llegar a un acuerdo intersubjetivo entre los diferentes protagonistas de la labor científica, acuerdo que, sin embargo, y a pesar de las apariencias, en la práctica es mucho más difícil de lograr en relación con los fenómenos empíricos que siempre son susceptibles, dado su carácter complejísimo, de las más diversas interpretaciones.

2.7. La acusación de “dogmatismo”

Ésta es una acusación que, en gran medida, y gracias al notable resurgir de la Escuela Austríaca y a su mejor comprensión por parte de la profesión de economistas, afortunadamente está siendo cada vez menos utilizada. Sin embargo, en el pasado muchos economistas neoclásicos han caído en la fácil tentación de descalificar globalmente todo el paradigma austríaco tachándolo de “dogmático”, sin entrar a estudiar con detalle sus diferentes aspectos ni procurar contestar a las críticas que el mismo planteaba(32).

Bruce Caldwell es especialmente crítico con esta actitud neoclásica consistente en despreciar y ni siquiera considerar las posiciones de los metodólogos austríacos, calificándola asimismo de dogmática y anticientífica, y llegando a la conclusión de que desde el punto de vista científico no está justificada en forma alguna(33). Y en relación con la postura de Samuelson, Caldwell se pregunta: “¿Cuáles son las razones que están detrás de esta casi anticientífica respuesta a la praxeología? Desde luego denotan un recelo práctico: el capital humano de la mayoría de los economistas se vería drásticamente reducido y devendría obsoleto si la praxeología se hiciera operativa en la disciplina con carácter general. Pero la principal razón por la que se rechaza la metodología de Mises no es tan pragmática. Brevemente, la preocupación de los austríacos por los ‘fundamentos últimos’ de la Ciencia Económica deben parecerles sin sentido, si no perversa, a todos aquellos economistas que disciplinadamente aprendieron su metodología de Friedman y que por tanto están seguros de que los supuestos no importan y de que la predicción es la clave… Con independencia de los motivos, esta reacción contra la praxeología por parte del paradigma dominante ha sido dogmática y, en su esencia, anticientífica”(34).

Más arrogante y dogmática aún es, si cabe, la forma habitual que tienen los economistas neoclásicos de presentar lo que ellos consideran que es el punto de vista esencial de la economía, centrándolo exclusivamente en base a los principios del equilibrio, la maximización y la constancia en las preferencias. De esta manera pretenden arrogarse el monopolio en la concepción de lo que sea “lo económico” extendiendo la ley del silencio respecto de otras concepciones alternativas que, como la representada por los austríacos, les disputan el campo de la investigación científica con un paradigma más rico y realista.

Esperamos que, por el bien del desarrollo futuro de nuestra disciplina, este dogmatismo encubierto vaya desapareciendo paulatinamente en el futuro(35).

Por fortuna, recientemente algunos autores neoclásicos han empezado a reconocer lo estrecho y restrictivo de su tradicional concepción de “lo económico” Así, Stiglitz ha llegado a afirmar que “the criticism of neoclassical economics is not only that it fails to take into account the broader consequences of economic organization and the nature of society and the individual, but that it focuses too narrowly on a subset of human characteristics- self-interest, rational behaviour…”(36). Sin embargo, esta concepción más abierta todavía no se ha generalizado, por lo que los neoclásicos en general se están ganando a pulso la acusación de “imperialismo científico”, al pretender extender su estrecho concepto de racionalidad a ámbitos que, como los de la familia, la criminalidad y el análisis económico del derecho, cada vez son más amplios y en este sentido, Israel M. Kirzner recientemente ha manifestado que “modern economists have seemed to permit the narrowest formulations of the rationality assumption to dictate social policy in what critics could easily perceive to be a highly dangerous fashion. It is not surprising that all this has stimulated sharply critical reaction”(37).

3. Conclusión

La caída del socialismo real y la crisis del Estado del Bienestar, entendidos como los intentos más ambiciosos de ingeniería social llevados a cabo por el ser humano en este siglo, habrán de tener un profundo impacto sobre la futura evolución del paradigma neoclásico que hasta ahora ha sido dominante. Y es que es evidente que algo critico ha fallado en la economía neoclásica cuando un hecho tan transcendental no ha podido ser ni analizado ni previsto adecuadamente por la misma con carácter previo. Así, el neoclásico Sherwin Rosen ha terminado reconociendo que “the collapse of central planning in the past decade has come as a surprise to most of us”(38). Por fortuna, no es preciso empezar metodológicamente desde cero: gran parte de los instrumentos analíticos que son necesarios para reconstruir la Ciencia Económica por un sendero más realista ya se encuentran articulados y perfeccionados por los teóricos de la Escuela Austríaca que los han elaborado, explicado, defendido y depurado a lo largo de los sucesivos debates en los que se han visto enfrentados a los teóricos del paradigma neoclásico. Alguno de éstos, como Mark Blaug, han sido muy valientes y recientemente han declarado su apostasía del modelo de equilibrio general y del paradigma estático neoclásico-walrasiano, concluyendo que: ”I have come slowly and extremely reluctantly to view that they [the Austrian School] are right and that we have all been wrong”(39). Además, la saludable influencia de las actuales circunstancias ha empezado a notarse en el paradigma dominante en una serie de investigaciones (teoría de las subastas, de los mercados financieros, teoría de la información imperfecta, de los organismos industriales, y de las interacciones estratégicas). Sin embargo, son precisas unas palabras de advertencia sobre estos recientes desarrollos: en la medida en que los mismos se limiten a introducir supuestos algo más realistas pero manteniendo intacta la metodología neoclásica, posiblemente asistiremos a la sustitución de una serie de modelos metodológicamente viciados por otros igualmente erróneos. En nuestra opinión solamente la introducción a los nuevos campos del enfoque dinámico basado en los procesos de mercado, en el subjetivismo y en la creatividad empresarial que han desarrollado los austríacos permitirá impulsar de manera fructífera el desarrollo de la Ciencia Económica en la nueva etapa que ahora se inicia.

Notas

* Originalmente aparecido en Revista de Economía Aplicada (vol. V, invierno de 1997); permiso para publicar en Libertas otorgado por el autor.

(1) Menger (1871).

(2) Kirzner (1975), pág. 45.

(3) Kirzner (1992), págs. 201-208.

(4) Robbins (1932).

(5) Hayek (1952 a), pág. 209. La traducción al español de la cita del texto principal podría ser la siguiente: “[Si] se necesita un nombre, el término ciencias praxeológicas, ahora claramente definido y ampliamente utilizado por Ludwig von Mises, parece ser el más apropiado”.

(6) La concepción subjetivista de los austríacos permite la generalización de la economía en una ciencia que trata sobre todas las acciones humanas que, por tanto, y tan sólo en apariencia paradójicamente, tiene plena validez objetiva.

(7) Mises (1995), págs. 111-112. Más adelante, en la pág. 169, Mises añade en el mismo sentido, que “la producción no es un hecho físico, natural y externo; al contrario es un fenómeno intelectual y espiritual”.

(8) Mises (1995), págs. 953-955.

(9) Kirzner (1997).

(10) Huerta de Soto (1995), págs. 228-253; (1992), págs. 52-57 y 104-110.

(11) La crítica austríaca a la teoría de Grossman-Stiglitz sobre la información debe consultarse en Thomsen (1992) y Kirzner (1997).

(12) Rothbard (1995) y Kirzner (1995) han criticado la extrema posición subjetivista de algunos teóricos que, como Lachmann y Shackle, consideran que en el mercado no existe ninguna tendencia coordinadora. Este error tiene su origen en el desconocimiento de la fuerza coordinadora de toda acción humana de tipo empresarial.

(13) Mis colegas de la Escuela Austríaca suelen referirse a que los procesos empresariales llevan el sistema hacia el equilibrio, si bien reconocen que éste nunca se alcanza. Yo más bien prefiero hablar de un modelo distinto, que he calificado de big bang social, que permite el crecimiento sin límite del conocimiento y la civilización de una forma tan ajustada y armoniosa (es decir, coordinada) como sea humanamente posible en cada circunstancia histórica. Esto es así porque el proceso empresarial de coordinación social jamás se detiene ni agota. Es decir, el acto empresarial consiste básicamente en crear y transmitir nueva información que, por fuerza, ha de modificar la percepción general de objetivos y medios de todos los actores implicados en la sociedad. Esto, a su vez, da lugar a la aparición sin límite de nuevos desajustes que suponen nuevas oportunidades de ganancia empresarial que tienden a ser descubiertas y coordinadas por los empresarios. Y así sucesivamente, en un proceso dinámico que nunca se termina y que constantemente hace avanzar la civilización (modelo del big bang social coordinado). Véase Huerta de Soto (1992), págs. 78-79.

(14) Endres (1991), pág. 281, ha llegado incluso a referirse al “principio mengeriano de la no maximización”.

(15) “La economía moderna no pretende averiguar cuánto vale ‘el hierro’ o ‘el pan’, sino cuánto vale una precisa cantidad de hierro o de pan para un concreto individuo que actúa en un determinado tiempo y lugar. Del mismo modo debemos proceder cuando se trata del dinero. La ecuación de intercambio pugna con los principios básicos que informan el pensamiento económico. Equivale a recaer en los modos de pensar ya superados, típicos de épocas primitivas, en que la gente no lograba captar los fenómenos praxeológicos precisamente porque partía siempre de conceptos holísticos. Es un procedimientos estéril, al igual que las arcaicas especulaciones sobre el valor del hierro o del pan en general”. Mises (1995), pág. 482.

(16) Mises denomina al modelo de equilibrio “economía de giro uniforme” (evenly rotating economy) y lo considera una construcción imaginaria de valor exclusivamente instrumental para mejorar la comprensión analítica de únicamente dos problemas de nuestra Ciencia: el surgimiento de los beneficios empresariales en un entorno dinámico, y la relación que existe entre el precio de los bienes y servicios de consumo y el precio de los factores de factores de producción necesarios para llevarlos a cabo. En este aspecto concreto yo iría aún más lejos que el propio Mises, pues creo que puede explicarse perfectamente el surgimiento de los beneficios empresariales y la tendencia hacia la fijación de los precios de los factores de producción de acuerdo con el valor descontado de su productividad marginal sin hacer referencia alguna a modelos de equilibrio (general o parcial), sino tan sólo al proceso dinámico que tiende hacia lo que Mises denomina “estado final de reposo” (que nunca se alcanza). Mises (1995), págs. 302-303.

(17) Walras (1965), pág. 3.

(18) Mayer, H. (1994), pág. 92. La traducción al español de la cita del texto es la siguiente: “En esencia, se produce en el corazón de las teorías matemáticas del equilibrio una ficción inmanente, más o menos camuflada: en efecto, todas ellas relacionan mediante ecuaciones simultáneas, magnitudes no simultáneas que sólo surgen en una secuencia genético-causal, como si éstas existieran juntas en todo momento. De esta manera, el punto de vista estático sincroniza los acontecimientos, cuando lo que existe en la realidad es un proceso. Sin embargo, uno no puede considerar un proceso genético en términos estáticos, sin eliminar precisamente su más íntima característica”.

(19) Hans Mayer nos dice que cuando “all wants differing in kind or quality are not reciprocally present to one another, then the postulate of the law of equal marginal utility becomes impossible in the real world of the psyche”. Y añade muy gráficamente, comentando lo absurdo teórico que es la sincronización forzada de estimaciones de utilidad que supone esta Ley, que “It is as if one were to express the experience of aesthetic value of hearing a melody -an experience determined by successive experiences of individual notes- in terms of the aesthetic value of the simultaneous harmonization of all notes of making up the melody”. Mayer (1994), págs. 81 y 83. Análisis críticos muy parecidos pueden realizarse respecto de las curvas de indiferencia-preferencia, y del efecto renta-efecto sustitución.

Véase Salin (1996).

(20) Mises (1995), págs. 123-124 y Rothbard (1990), págs. 228 y ss.

(21) Así, por vía de ejemplo, sobresale la demostración que Mises (1995), págs. 153-156, efectúa en términos exclusivamente lógicos de la Ley de los Rendimientos Decrecientes. Esta demostración lógico se basa en el hecho de que, sensu contrario, si la mencionada Ley no se diera en el mundo de la acción humana, el factor de producción considerado como fijo tendría una capacidad productiva ilimitada y por tanto se convertiría en un bien libre.

(22) La primera es la posición mantenida por Rothbard y la segunda por Mises. Véanse además los resúmenes de la posición metodológica austríaca realizados por Hoppe (1995) y Smith (1996).

(23) Una brillante, favorable y desapasionada explicación del paradigma metodológico de los austríacos puede encontrarse en Caldwell (1994), págs. 117-138. Sobre las relaciones existentes entre la teoría y la historia, los trabajos más importantes son los de Mises (1957) y Hayek (1952).

(24) Sería más preciso decir “praxeológicamente”. De acuerdo con Mises (1995), págs. 119-120, la lógica se diferencia de la praxeología en que la primera es constante y atemporal, mientras que la segunda da entrada al tiempo y a la creatividad.

(25) Rosen (1997).

(26) Hayek (1976).

(27) Hayek (1952 b).

(28) Stiglitz (1994) llega incluso a titular una sección de su libro “Hayek versus Stiglitz” (págs. 24-26).

Lamentablemente, Stiglitz pretende reconstruir los modelos neoclásicos utilizando una metodología basada en el equilibrio y el lenguaje formalizado, con lo que fracasa, desde el punto de vista austríaco, a la hora de evitar los errores metodológicos de aquellos modelos que el propio Stiglitz está criticando. Véase Kirzner (1997).

(29) “El individuo puede desaparecer, siempre y cuando nos deje una fotografía de sus gustos”. Pareto (1971), pág.

120. Pareto se está refiriendo concretamente al instrumental de las curvas de indiferencia-preferencia cuya utilización, en nuestra opinión, es muy negativa en la Ciencia Económica por no reconocer el carácter secuencial y diacrónico de todas las acciones humanas, no tener en cuenta que el ser humano sólo se plantea las combinaciones que se consideran más adecuadas de cara a cada fin concreto (lo indiferente no conlleva acción humana alguna), ni recoger adecuadamente el universal y más relevante fenómeno de la complementariedad de los bienes.

(30) Dos ejemplos de lo que decimos son la “predicción” de la caída del socialismo real implícita en el análisis misiano sobre la imposibilidad del socialismo y la predicción que efectuaron los austríacos de la Gran Depresión de 1929.

Ninguno de estos dos transcendentales hechos históricos fueron predichos por los economistas neoclásicos. Véase en este sentido Skousen (1993). Lionel Robbins, en su “Introducción” a la primera edición de Prices and Production de F.A. Hayek (1931), pág. XII, se hizo eco de la predicción efectuada por Mises y Hayek del inexorable advenimiento de la Gran Depresión, como resultado de los desmanes monetarios y crediticios cometidos en los “felices años veinte” y que apareció expresamente en un artículo de Hayek publicado en 1929 en los anales del Instituto Austríaco para la Investigación del Ciclo Económico. Esta predicción austríaca contrasta con el optimismo de los neoclásicos (Keynes y monetaristas como Fisher) que incluso pocos meses antes del Crash aún afirmaban públicamente que el “auge” económico de los años veinte y la euforia bursátil que le caracterizó se consolidarían indefinidamente.

(31) Este es el caso, entre nosotros, del distinguido profesor Pedro Schwartz Girón.

(32) Véase, por ejemplo, las duras observaciones de Samuelson (1972), pág. 761, que llegó incluso al exceso de afirmar que la existencia de los economistas austríacos “le hacía temblar por la reputación de nuestra Ciencia”. Y también las acusaciones contra la Escuela Austríaca vertidas por Mark Blaug (1980), págs. 91-93. Sin embargo, y como veremos más adelante, recientemente Mark Blaug ha ido cambiando paulatinamente su posicionamiento, orientándose cada vez más hacia los postulados de la Escuela Austríaca, si no en su metodología deductiva, si al menos en su aceptación del enfoque dinámico-empresarial y en su crítica del modelo de equilibrio del paradigma neoclásico-walrasiano.

(33) Caldwell (1994), pág. 119.

(34) Caldwell (1994), págs. 118-119.

(35) Un botón de muestra de este perjudicial hábito neoclásico de arrogarse la completa exclusividad en la correcta concepción de lo que sea “lo económico” puede ser el discurso de recepción del Premio Nobel de Gary Becker (1995).

(36) Stiglitz (1994), pág. 273. La traducción de esta cita es la siguiente: “La crítica de la economía neoclásica es no sólo que fracasa a la hora de tener en consideración las consecuencias más amplias de la organización económica y la naturaleza de la sociedad y el individuo, sino además que enfoca muy estrechamente lo que no es sino un subconjunto de las características humanas: el comportamiento egoísta y racional”.

(37) “Los economistas modernos han permitido que las formulaciones más estrechas del supuesto de racionalidad dictaran la política social de una forma altamente peligrosa de acuerdo con sus críticos. No es sorprendente que todo esto haya estimulado la más aguda reacción crítica”. Kirzner (1992), pág. 207. Sin embargo, la acusación de imperialismo no está justificada cuando se refiere exclusivamente al ámbito de aplicación de la Ciencia Económica y no al uso del enfoque neoclásico: también desde el punto de vista austríaco, al concebirse la economía como una teoría general de la acción humana, se considera aplicable en todos los ámbitos en que el ser humano actúe. Solamente cuando se quiere aplicar la concepción basada en el homo oeconomicus neoclásico estrechamente racional, la acusación de imperialismo pasa a estar claramente justificada, no en cuanto al ámbito de aplicación del punto de vista económico correctamente entendido, sino en cuanto al intento neoclásico de aplicar el enfoque estrechamente racionalista a todos los ámbitos humanos.

(38) “El colapso de la planificación central en la pasada década fue una sorpresa para la mayoría de nosotros”. Rosen (1997), pág. 145. Otro sorprendido fue el propio Coase (1997), pág. 45, para el cual “Nothing I’d read or known suggested that the collapse was going to occur”.

(39) “De forma lenta y extremadamente reacia he llegado a darme cuenta de que ellos [la Escuela Austríaca] están en los cierto y de que todos los demás hemos estado equivocados”. Véase Blaug (1991), pág. 508. Más recientemente aún, se ha referido de nuevo Blaug (1993), pág. 1571, al paradigma neoclásico, en relación con su aplicación para justificar el sistema socialista como algo “so administratively naive as to be positively laughable. Only those drunk on perfectly competitive static equilibrium theory could have swallowed such nonsense. I was one of those who swallowed it as a student in the 1950s and I can only marvel now at my own dim-wittedness”.

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Liberalismo

por Jesús Huerta de Soto

El liberalismo es una corriente de pensamiento (filosófico y económico) y de acción política que propugna limitar al máximo el poder coactivo del Estado sobre los seres humanos y la sociedad civil. Así, forman parte del ideario liberal la defensa de la economía de mercado (también denominada “sistema capitalista” o de “libre empresa”); la libertad de comercio (librecambismo) y, en general, la libre circulación de personas, capitales y bienes; el mantenimiento de un sistema monetario rígido que impida su manipulación inflacionaria por parte de los gobernantes; el establecimiento de un Estado de Derecho, en el que todos los seres humanos -incluyendo aquellos que en cada momento formen parte del Gobierno- estén sometidos al mismo marco mínimo de leyes entendidas en su sentido “material” (normas jurídicas, básicamente de derecho civil y penal, abstractas y de general e igual aplicación a todos); la limitación del poder del Gobierno al mínimo necesario para definir y defender adecuadamente el derecho a la vida y a la propiedad privada, a la posesión pacíficamente adquirida, y al cumplimiento de las promesas y contratos; la limitación y control del gasto público, el principio del presupuesto equilibrado y el mantenimiento de un nivel reducido de impuestos; el establecimiento de un sistema estricto de separación de poderes políticos (legislativo, ejecutivo y judicial) que evite cualquier atisbo de tiranía; el principio de autodeterminación, en virtud del cual cualquier grupo social ha de poder elegir libremente qué organización política desea formar o a qué Estado desea o no adscribirse; la utilización de procedimientos democráticos para elegir a los gobernantes, sin que la democracia se utilice, en ningún caso, como coartada para justificar la violación del Estado de Derecho ni la coacción a las minorías; y el establecimiento, en suma, de un orden mundial basado en la paz y en el libre comercio voluntario, entre todas las naciones de la tierra. Estos principios básicos constituyen los pilares de la civilización occidental y su formación, articulación, desarrollo y perfeccionamiento son uno de los logros más importantes en la historia del pensamiento del género humano. Aunque tradicionalmente se ha afirmado que la doctrina liberal tiene su origen en el pensamiento de la Escuela Escocesa del siglo XVIII, o en el ideario de la Revolución Francesa, lo cierto es que tal origen puede remontarse incluso hasta la tradición más clásica del pensamiento filosófico griego y de la ciencia jurídica romana. Así, sabemos gracias a Tucídides (Guerra del Peloponeso), como Pericles constataba que en Atenas “la libertad que disfrutamos en nuestro gobierno se extiende también a la vida ordinaria, donde lejos de ejercer éste una celosa vigilancia sobre todos y cada uno, no sentimos cólera porque nuestro vecino haga lo que desee”; pudiéndose encontrar en la Oración Fúnebre de Pericles una de las más bellas descripciones del principio liberal de la igualdad de todos ante la ley.

Posteriormente en Roma se descubre que el derecho es básicamente consuetudinario y que las instituciones jurídicas (como las lingüísticas y económicas) surgen como resultado de un largo proceso evolutivo e incorporan un enorme volumen de información y conocimientos que supera, con mucho, la capacidad mental de cualquier gobernante, por sabio y bueno que éste sea. Así, sabemos gracias a Cicerón (De re publica, II, 1-2) como para Catón “el motivo por el que nuestro sistema político fue superior a los de todos los demás países era éste: los sistemas políticos de los demás países habían sido creados introduciendo leyes e instituciones según el parecer personal de individuos particulares tales como Minos en Creta y Licurgo en Esparta . . . En cambio, nuestra república romana no se debe a la creación personal de un hombre, sino de muchos. No ha sido fundada durante la vida de un individuo particular, sino a través de una serie de siglos y generaciones. Porque no ha habido nunca en el mundo un hombre tan inteligente como para preverlo todo, e incluso si pudiéramos concentrar todos los cerebros en la cabeza de un mismo hombre, le sería a éste imposible tener en cuenta todo al mismo tiempo, sin haber acumulado la experiencia que se deriva de la práctica en el transcurso de un largo periodo de la historia”. El núcleo de esta idea esencial, que habrá de constituir el corazón del argumento de Ludwig von Mises sobre la imposibilidad teórica de la planificación socialista, se conserva y refuerza en la Edad Media gracias al humanismo cristiano y a la filosofía tomista del derecho natural, que se concibe como un cuerpo ético previo y superior al poder de cada gobierno terrenal. Pedro Juan de Olivi, San Bernardino de Siena y San Antonino de Florencia, entre otros, teorizan sobre el papel protagonista que la capacidad empresarial y creativa del ser humano tiene como impulsora de la economía de mercado y de la civilización. Y el testigo de esta línea de pensamiento se recoge y perfecciona por esos grandes teóricos que fueron nuestros escolásticos durante el Siglo de Oro español, hasta el punto de que uno de los más grandes pensadores liberales del siglo XX, el austriaco Friedrich A. Hayek, Premio Nobel de Economía en 1974, llegó a afirmar que “los principios teóricos de la economía de mercado y los elementos básicos del liberalismo económico no fueron diseñados, como se creía, por los calvinistas y protestantes escoceses, sino por los jesuitas y miembros de la Escuela de Salamanca durante el Siglo de Oro español”. Así, Diego de Covarrubias y Leyva, arzobispo de Segovia y ministro de Felipe II, ya en 1554 expuso de forma impecable la teoría subjetiva del valor, sobre la que gira toda economía de libre mercado, al afirmar que “el valor de una cosa no depende de su naturaleza objetiva sino de la estimación subjetiva de los hombres, incluso aunque tal estimación sea alocada”; y añade para ilustrar su tesis que “en las Indias el trigo se valora más que en España porque allí los hombres lo estiman más, y ello a pesar de que la naturaleza del trigo es la misma en ambos lugares”. Otro notable escolástico, Luis Saravia de la Calle, basándose en la concepción subjetivista de Covarrubias, descubre la verdadera relación que existe entre precios y costes en el mercado, en el sentido de que son los costes los que tienden a seguir a los precios y no al revés, anticipándose así a refutar los errores de la teoría objetiva del valor de Carlos Marx y de sus sucesores socialistas. Así, en su Instrucción de mercaderes (Medina del Campo 1544) puede leerse: “Los que miden el justo precio de la cosa según el trabajo, costas y peligros del que trata o hace la mercadería yerran mucho; porque el justo precio nace de la abundancia o falta de mercaderías, de mercaderes y dineros, y no de las costas, trabajos y peligros”.

Otra notable aportación de nuestros escolásticos es su introducción del concepto dinámico de competencia (en latín concurrentium), entendida como el proceso empresarial de rivalidad que mueve el mercado e impulsa el desarrollo de la sociedad. Esta idea les llevó a su vez a concluir que los llamados “precios del modelo de equilibrio”, que los teóricos socialistas pretenden utilizar para justificar el intervencionismo y la planificación del mercado, nunca podrán llegar a ser conocidos. Raymond de Roover (“Scholastics Economics”, 1955) atribuye a Luis de Molina el concepto dinámico de competencia entendida como “el proceso de rivalidad entre compradores que tiende a elevar el precio”, y que nada tiene que ver con el modelo estático de “competencia perfecta” que hoy en día los llamados “teóricos del socialismo de mercado” ingenuamente creen que se puede simular en un régimen sin propiedad privada. Sin embargo, es Jerónimo Castillo de Bovadilla el que mejor expone esta concepción dinámica de la libre competencia entre empresarios en su libro Política para corregidores publicado en Salamanca en 1585, y en el que indica que la más positiva esencia de la competencia consiste en tratar de “emular” al competidor. Bovadilla enuncia, además, la siguiente ley económica, base de la defensa del mercado por parte de todo liberal: “los precios de los productos bajarán con la abundancia, emulación y concurrencia de vendedores”. Y en cuanto a la imposibilidad de que los gobernantes puedan llegar a conocer los precios de equilibrio y demás datos que necesitan para intervenir en el mercado, destacan las aportaciones de los cardenales jesuitas españoles Juan de Lugo y Juan de Salas. El primero, Juan de Lugo, preguntándose cuál puede ser el precio de equilibrio, ya en 1643 concluye que depende de tan gran cantidad de circunstancias específicas que sólo Dios puede conocerlo (“pretium iustum mathematicum licet soli Deo notum”). Y Juan de Salas, en 1617, refiriéndose a las posibilidades de que un gobernante pueda llegar a conocer la información específica que se crea, descubre y maneja en la sociedad civil afirma que “quas exacte comprehendere et pondedare Dei est non hominum”, es decir, que sólo Dios, y no los hombres, puede llegar a comprender y ponderar exactamente la información y el conocimiento que maneja un mercado libre con todas sus circunstancias particulares de tiempo y lugar. Tanto Juan de Lugo como Juan de Salas anticipan, pues, en más de tres siglos, las más refinadas aportaciones científicas de los pensadores liberales más conspicuos (Mises, Hayek). Por otro lado, tampoco debemos olvidar al gran fundador del Derecho Internacional Francisco de Vitoria, a Francisco Suárez y a su escuela de teóricos del derecho natural, que con tanta brillantez y coherencia retomaron la idea tomista de la superioridad moral del derecho natural frente al poder del estado, aplicándola con éxito a múltiples casos particulares que, como el de la crítica moral a la esclavización de los indios en la recién descubierta América, exigían una clara y rápida toma de posición intelectual. Pero, sin duda alguna, el más liberal de nuestros escolásticos ha sido el gran padre jesuita Juan de Mariana (1536-1624) que llevó hasta sus últimas consecuencias lógicas la doctrina liberal de la superioridad del derecho natural frente al poder del estado y que hoy han retomado filósofos liberales tan importantes como Murray Rothbard y Robert Nozick. Especial importancia tiene el desarrollo de la doctrina sobre la legitimidad del tiranicidio que Mariana desarrolla en su libro De rege et regis institutione publicado en 1599. Mariana califica de tiranos a figuras históricas como Alejandro Magno o Julio Cesar, y argumenta que está justificado que cualquier ciudadano asesine al que tiranice a la sociedad civil, considerando actos de tiranía, entre otros, el establecer impuestos sin el consentimiento del pueblo, o impedir que se reúna un parlamento libremente elegido. Otras muestras típicas del actuar de un tirano son, para Mariana, la construcción de obras públicas faraónicas que, como las pirámides de Egipto, siempre se financian esclavizando y explotando a los súbditos, o la creación de policías secretas para impedir que los ciudadanos se quejen y expresen libremente. Otra obra esencial de Mariana es la publicada en 1609 con el título De monetae mutatione, posteriormente traducida al castellano con el título de Tratado y discurso sobre la moneda de vellón que al presente se labra en Castilla y de algunos desórdenes y abusos. En este notable trabajo Mariana considera tirano a todo gobernante que devalúe el contenido de metal de la moneda, imponiendo a los ciudadanos sin su consentimiento el odioso impuesto inflacionario o la creación de privilegios y monopolios fiscales. Mariana también critica el establecimiento de precios máximos para “luchar contra la inflación”, y propone la reducción del gasto público como principal medida de política económica para equilibrar el presupuesto. Por último, en 1625, el padre Juan de Mariana publicó otro libro titulado Discurso sobre las enfermedades de la Compañía en el que ahonda en la idea liberal de que es imposible que el gobierno organice la sociedad civil en base a mandatos coactivos, y ello por falta de información. Mariana, refiriéndose al gobierno dice que “es gran desatino que el ciego quiera guiar al que ve”, añadiendo que el gobernante “no conoce las personas, ni los hechos, a lo menos, con todas las circunstancias que tienen, de que pende el acierto. Forzoso es se caiga en yerros muchos, y graves, y por ellos se disguste la gente, y menosprecie gobierno tan ciego”; concluyendo Mariana que “es loco el poder y mando”, y que cuando “las leyes son muchas en demasía; y como no todas se pueden guardar, ni aun saber, a todas se pierde el respeto”.

Toda esta tradición se filtra por los ambientes intelectuales de todo el continente europeo influyendo en notables pensadores liberales de Francia como Balesbat (1692), el marqués D’Argenson (1751) y, sobre todo, Jacques Turgot, que desde mucho antes que Adam Smith, y siguiendo a los escolásticos españoles ya había articulado perfectamente el carácter disperso del conocimiento que incorporan las instituciones sociales entendidas como órdenes espontáneos. Así, Turgot, en su Elegía a Gournay (1759) escribe que “no es preciso probar que cada individuo es el único que puede juzgar con conocimiento de causa el uso más ventajoso de sus tierras y esfuerzo. Solamente él posee el conocimiento particular sin el cual hasta el hombre más sabio se encontraría a ciegas. Aprende de sus intentos repetidos, de sus éxitos y de sus pérdidas, y así va adquiriendo un especial sentido para los negocios que es mucho más ingenioso que el conocimiento teórico que puede adquirir un observador indiferente, porque está impulsado por la necesidad”. Y siguiendo a Juan de Mariana, Turgot concluye que es “completamente imposible dirigir mediante reglas rígidas y un control continuo la multitud de transacciones que aunque sólo sea por su inmensidad no puede llegar a ser plenamente conocida, y que además dependen de una multitud de circunstancias siempre cambiantes, que no pueden controlarse, ni menos aún preverse”.

Desafortunadamente, toda esta tradición liberal del pensamiento hispano fue barrida en la teoría y en la práctica, como indica Francisco Martínez Marina (Teoría de las Cortes o Grandes Juntas Nacionales de los Reinos de León y Castilla) por los Austrias y los Borbones que han producido una “monstruosa reunión de todos los poderes en una persona, el abandono y la abolición de las Cortes y siglos de esclavitud del más horroroso despotismo”. Se termina de consolidar así en nuestro país un marco político y social intolerante e intervencionista ajeno a las más genuinas tradiciones representativas y liberales de los viejos reinos de España: la antigua tolerancia y modus vivendi entre las tres religiones de judíos, moros y cristianos de la época de Alfonso X El Sabio, es sustituida por la intolerancia religiosa de los Reyes Católicos y sus sucesores, que Americo Castro (La realidad histórica de España) y otros han interpretado como una desviación mimética de la cultura y sociedad españolas que paradójicamente terminan reflejando e incorporando en su esencia más íntima las características más negativas de sus seculares “enemigos”: el integrismo religioso musulmán justificador de la Guerra Santa contra el infiel, y la obsesión por la pureza de la sangre, propia del pueblo judío. No se absorben, por contra, la proverbial iniciativa y espíritu empresarial de los comerciantes y artesanos hebreos y moriscos que hasta su expulsión constituyeron la médula económica del país. En España se termina menospreciando, por considerarse impropia de cristianos viejos, la función empresarial y prácticamente hasta hoy el éxito económico se valora negativamente a nivel social y se critica con envidia destructiva, en vez de ser considerado como una sana y necesaria muestra del avance de la civilización, que es preciso emular y fomentar. Si a todo esto añadimos la “Leyenda Negra” que impulsada por el mundo protestante y anglosajón tuvo como objetivo desprestigiar todo lo español, se comprenderá la soledad y el vacío ideológico con que se hallaron los ilustrados españoles del siglo XVIII, como Campomanes y Jovellanos, y los padres de la patria reunidos en las Cortes de Cádiz que habrían de redactar nuestra primera Constitución de 1812, y que fueron los primeros en el mundo en calificarse a sí mismos con el término, introducido por ellos, de “liberales”.

La situación en el resto del mundo intelectual europeo no evolucionó mucho mejor que en España. El triunfo de la Reforma protestante desprestigió el papel de la Iglesia Católica como límite y contrapeso del poder secular de los gobiernos, que se vio así reforzado. Además el pensamiento protestante y la imperfecta recepción en el mundo anglosajón de la tradición liberal iusnaturalista a través de los “escolásticos protestantes” Hugo Grocio y Pufendorf, explica la importante involución que respecto del anterior pensamiento liberal supuso Adam Smith. En efecto, como bien indica Murray N. Rothbard (Economic Thought before Adam Smith, 1995), Adam Smith abandonó las contribuciones anteriores centradas en la teoría subjetiva del valor, la función empresarial y el interés por explicar los precios que se dan en el mercado real, sustituyéndolas todas ellas por la teoría objetiva del valor trabajo, sobre la que luego Marx construirá, como conclusión natural, toda la teoría socialista de la explotación. Además, Adam Smith se centra en explicar con carácter preferente el “precio natural” de equilibrio a largo plazo, modelo de equilibrio en el que la función empresarial brilla por su ausencia y en el que se supone que toda la información necesaria ya está disponible, por lo que será utilizado después por los teóricos neoclásicos del equilibrio para criticar los supuestos “fallos del mercado” y justificar el socialismo y la intervención del Estado sobre la economía y la sociedad civil. Por otro lado, Adam Smith impregnó la Ciencia Económica de calvinismo, por ejemplo al apoyar la prohibición de la usura y al distinguir entre ocupaciones “productivas” e “improductivas”. Finalmente, Adam Smith rompió con el Laissez-faire radical de sus antecesores iusnaturalistas del continente (españoles, franceses e italianos) introduciendo en la historia del pensamiento un “liberalismo” tibio tan plagado de excepciones y matizaciones, que muchos “socialdemócratas” de hoy en día podrían incluso aceptar. La influencia negativa del pensamiento de la Escuela Clásica anglosajona sobre el liberalismo se acentúa con los sucesores de Adam Smith y, en especial, con Jeremías Bentham, que inocula el bacilo del utilitarismo más estrecho en la filosofía liberal, facilitando con ello el desarrollo de todo un análisis pseudocientífico de costes y beneficios (que se creen conocidos), y el surgimiento de toda una tradición de ingenieros sociales que pretenden moldear la sociedad a su antojo utilizando el poder coactivo del Estado. En Inglaterra, Stuart Mill culmina esta tendencia con su apostasía del Laissez-faire y sus numerosas concesiones al socialismo, y en Francia, el triunfo del racionalismo constructivista de origen cartesiano explica el dominio intervencionista de la Ecole Polytechnique y del socialismo cientificista de Saint-Simon y Comte (véase F.A. Hayek, The Counter-Revolution of Science, 1955), que a duras penas logran contener los liberales franceses de la tradición de Juan Bautista Say, agrupados en torno a Frédéric Bastiat y Gustave de Molinari.

Esta intoxicación intervencionista en el contenido doctrinal del liberalismo decimonónico fue fatal en la evolución política del liberalismo contemporáneo: uno tras otro los diferentes partidos políticos liberales caen víctimas del “pragmatismo”, y en aras de mantener el poder a corto plazo consensúan políticas de compromiso que traicionan sus principios esenciales confundiendo al electorado y facilitando en última instancia el triunfo político del socialismo. Así, el partido liberal inglés termina desapareciendo en Inglaterra engullido por el partido laborista, y algo muy parecido sucede en el resto de Europa. La confusión a nivel político y doctrinal es tan grande que en muchas ocasiones los intervencionistas más conspicuos como John Maynard Keynes, terminan apropiándose del término “liberalismo” que, al menos en Inglaterra, Estados Unidos y, en general, en el mundo anglosajón pasa a utilizarse para denominar la socialdemocracia intervencionista impulsora del Estado del Bienestar, viéndose obligados los verdaderos liberales a buscarse otro término definitorio (“classical liberals”, “conservative libertarians” o, simplemente, “libertarians”).
En este contexto de confusión doctrinal y política no es de extrañar que en nuestro país nunca haya cuajado una verdadera revolución liberal. Aunque en el siglo XIX se puede distinguir una señera tradición del más genuino liberalismo, con representantes tan conspicuos como Laureano Figuerola y Ballester, Alvaro Flórez Estrada, Luis María Pastor, y otros, se desarrolla doctrinalmente muy influida por el tibio liberalismo de la Escuela Anglosajona (la traducción española de José Alonso Ortiz de La Riqueza de las Naciones ya se había publicado en Santander en 1794), o por el racionalismo jacobino de la Revolución Francesa. En el ámbito político el liberalismo español se enfrenta primero a las poderosas fuerzas absolutistas y después al pragmatismo disgregador de los “moderados”, todo ello en un entorno continuo de guerra civil desgarradora. De manera que el triunfo de la Gloriosa Revolución Liberal de 1868 es efímero y cuando se produce la Restauración Canovista de 1875, triunfa el arancel proteccionista y se traicionan principios liberales esenciales, por ejemplo en el ámbito de la autodeterminación del pueblo cubano, con un coste tremendo para la nación en términos de sufrimientos humanos. Y ya entrado el siglo XX la pérdida de contenido doctrinal del Partido Liberal Democrático se hace cada vez más patente y en cierta medida culmina con el “reformismo social” de José Canalejas que impregna su política de medidas intervencionistas y socializadoras, restablece el servicio militar obligatorio y sigue adelante con la inmoral y nefasta política de gradual implicación militar de nuestro país en Marruecos. En este contexto de vacío doctrinal no es de extrañar que los pocos españoles que continúan aceptando calificarse de “liberales” crean que el liberalismo, más que un cuerpo de principios dogmáticos a favor de la libertad, es un simple “talante” caracterizado por la tolerancia y apertura ante todas las posiciones. Así, para Gregorio Marañón (véase el “Prólogo” a sus Ensayos liberales) “ser liberal es, precisamente estas dos cosas: primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin. El liberalismo es, pues, una conducta y, por tanto, es mucho más que una política”. Posición que en gran medida es compartida por otros grandes liberales españoles de la primera mitad del siglo XX, como José Ortega y Gasset o Salvador de Madariaga, y que en gran parte explica por qué el protagonismo político, primero durante la Dictadura del General Primo de Ribera, después durante la República y más tarde durante el Franquismo, nunca estuviera en manos de verdaderos liberales, sino más bien en la esfera de ambos extremos del intervencionismo (el socialismo obrero o el fascismo o socialismo conservador o de derechas), o bajo el control de políticos racionalistas jacobinos como Manuel Azaña.
A pesar de que el siglo XX será tristemente recordado como el siglo del Estatismo y de los totalitarismos de todo signo que más sufrimiento han causado al género humano, en sus últimos veinticinco años se ha observado con gran pujanza un notable resurgir del ideario liberal que debe achacarse a las siguientes razones. Primeramente, al rearme teórico liberal protagonizado por un puñado de pensadores que, en su mayoría, pertenecen o están influidos por la Escuela Austriaca que fue fundada en Viena cuando Carl Menger retomó en 1871 la tradición liberal subjetivista de los Escolásticos Españoles. Entre otros teóricos, destacan sobre todo Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek que fueron los primeros en predecir el advenimiento de la Gran Depresión de 1929 como resultado del intervencionismo monetario y fiscal emprendido por los gobiernos durante los “felices” años veinte, en descubrir el teorema de la imposibilidad científica del socialismo por falta de información, y en explicar el fracaso de las prescripciones keynesianas que se hizo evidente con el surgimiento de la grave recesión inflacionaria de los años setenta. Estos teóricos han elaborado, por primera vez, un cuerpo completo y perfeccionado de doctrina liberal en el que también han participado pensadores de otras escuelas liberales menos comprometidas como la de Chicago (Knight, Stigler, Friedman y Becker), el “ordo-liberalismo” de la “economía social de mercado” alemana (Röpke, Eucken, Erhard), o la llamada “Escuela de la Elección Pública” (Buchanan, Tullock y el resto de los teóricos de los “fallos del gobierno”). En segundo lugar, cabe mencionar el triunfo de la llamada revolución liberal-conservadora protagonizada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher en Estados Unidos e Inglaterra a lo largo de los años ochenta. Así de 1980 a 1988 Ronald Reagan llevó a cabo una importante reforma fiscal que redujo el tipo marginal del impuesto sobre la renta al 28 por 100 y desmanteló, en gran medida, la regulación administrativa de la economía, generando un importante auge económico que creó en su país más de 12 millones de puestos de trabajo. Y más cerca de nosotros, Margaret Thatcher impulsó el programa de privatizaciones de empresas públicas más ambicioso que hasta hoy se ha conocido en el mundo, redujo al 40 por ciento el tipo marginal del impuesto sobre la renta, acabó con los abusos de los sindicatos e inició un programa de regeneración moral que impulsó fuertemente la economía inglesa, lastrada durante decenios por el intervencionismo de los laboristas y de los conservadores más “pragmáticos” (como Edward Heath y otros). En tercer lugar, quizás el hecho histórico más importante haya sido la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento del socialismo en Rusia y en los países del Este de Europa, que hoy se esfuerzan por construir sus economías de mercado en un Estado de Derecho. Todos estos hechos han llevado al convencimiento de que el liberalismo y la economía de libre mercado son el sistema político y económico más eficiente, moral y compatible con la naturaleza del ser humano. Así, por ejemplo, Juan Pablo II, preguntándose si el capitalismo es la vía para el progreso económico y social ha contestado lo siguiente (véase Centessimus Annus, cap. IV, num. 42): “Si por ‘capitalismo’ se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, el mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, la respuesta es ciertamente positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de ‘economía de empresa’, ‘economía de mercado’, o simplemente ‘economía libre'”.

El pensamiento español no se ha mantenido ajeno a este resurgir mundial del liberalismo. Pensadores como Lucas Beltrán o Luis de Olariaga supieron mantener viva la llama liberal durante los largos años del autoritarismo franquista, llevándose a cabo un importante esfuerzo de estudio y popularización del ideario liberal por parte de los profesores, intelectuales y empresarios aglutinados en torno a la sociedad liberal Mont Pèlerin fundada por Hayek en 1947, y al proyecto de Unión Editorial que, a lo largo de los últimos 25 años, ha traducido, publicado y distribuido incansablemente en nuestro país las principales obras de contenido liberal escritas por pensadores extranjeros y nacionales. Entre éstos destacan los hermanos Joaquín y Luis Reig Albiol, Juan Marcos de la Fuente, Julio Pascual Vicente, Pedro Schwartz, Rafael Termes, Carlos Rodríguez Braun, Lorenzo Bernaldo de Quirós, Francisco Cabrillo, Joaquín Trigo, Juan Torras, Fernando Chueca Goitia y, como principal representante de la tradición liberal subjetivista en nuestro país, el prof. Jesús Huerta de Soto. La influencia de esta corriente doctrinal no ha dejado de sentirse en la vida política de nuestro país a partir del restablecimiento de la Monarquía constitucional, primero dentro de la extinta Unión del Centro Democrático a través de Antonio Fontán y del ya fallecido Joaquín Garrigues Walker; después vino el Partido Demócrata Liberal de Antonio Garrigues Walker, que integrado en el Partido Reformista de Miguel Roca no logró representación parlamentaria en las elecciones de 1986; posteriormente tuvieron representación parlamentaria la Unión Liberal de Pedro Schwartz y el Partido Liberal de Antonio Segurado, ambos integrados dentro, primero de Alianza Popular, y después en la Coalición Popular (1982-1987). Y tras los años de gobierno del PSOE, en los cuales, y a pesar de sus atentados al principio liberal de separación de poderes, también cupo distinguir una tímida corriente liberal de la mano de Miguel Boyer y Miguel Angel Fernández Ordóñez, tanto el Presidente del Gobierno del Partido Popular, José María Aznar, como alguno de sus ministros más significados (como Esperanza Aguirre y otros) no han dudado en calificarse como los herederos actuales del liberalismo y del centrismo político.

Dada la trágica trayectoria del socialismo a lo largo de este siglo no es aventurado pensar que el liberalismo se presenta como el ideario político y económico con más posibilidades de triunfar en el futuro. Y aunque quedan algunos ámbitos en los que la liberalización sigue planteando dudas y discrepancias -como, por ejemplo, el de la privatización del dinero, el desmantelamiento de los megagobiernos centrales a través de la descentralización autonómica y del nacionalismo liberal, y la necesidad de defender el ideario liberal en base a consideraciones predominantemente éticas más que de simple eficacia- el liberalismo promete como la doctrina más fructífera y humanista. Si España es capaz de asumir como propio este humanismo liberal y de llevarlo a la práctica de forma coherente es seguro que experimentará en el futuro un notable resurgir como sociedad dinámica y abierta, que sin duda podrá ser calificado como “Nuevo Siglo de Oro español”.

(Jesús Huerta de Soto).

Bibliografía básica en español: Lucas Beltrán, Ensayos de economía política (1996); Luis Díez del Corral, El liberalismo doctrinario (1984); Friedrich A. Hayek, Los fundamentos de la libertad (1998) y La fatal arrogancia: los errores del socialismo (1997); Jesús Huerta de Soto, Socialismo, cálculo y función empresarial (1992), Estudios de economía política (1994) y Dinero, crédito bancario y ciclos económicos (1998); Israel M. Kirzner, Creatividad, capitalismo y justicia distributiva (1995); Bruno Leoni, La libertad y la ley (1995); Ludwig von Mises, La acción humana (1995) y Sobre liberalismo y capitalismo (1995); Karl R. Popper, La sociedad abierta y sus enemigos (1967); Robert Nozick, Anarquía, estado y utopía (1988); Wilhelm Röpke, Más allá de la oferta y la demanda (1996); Murray N. Rothbard, La ética de la libertad (1995); Rafael Termes, Libro blanco sobre el papel del estado en la economía española (1996); Milton y Rose Friedman, Libertad de elegir (1980).
Madrid, 12 de Octubre de 1998
Día de la Hispanidad
Jesús Huerta de Soto
Catedrático de Economía Política
Universidad Rey Juan Carlos de Madrid